30/9/2010 Rompiendo imaginarios, maltratadores políticamente correctos x La Haine    ::    Más articulos de esta autora/or: Más artículos Segundo artículo del dosier "Tijeras para todas". En nuestro día a día nos resistimos a creer esta realidad y mantenemos el imaginario del monstruo y de la mujer desamparada.

El imaginario creado en torno a los maltratadores se constituye como un mito que los perfila como seres irascibles, toscos, con problemas de drogas o alcohol, de bajo nivel educativo, ignorantes, violentos, faltos de habilidades sociales, trastocados, fracasados y/o que han recibido maltrato de niños: sujetos más allá de la bienpensante normalidad. Así las cosas, las mujeres que inician una relación con ellos deberían saber o por lo menos intuir lo que les va a tocar aguantar y, por tanto, podrían considerarse parcialmente responsables de su propio maltrato (San Martín en este volumen). El trabajo de asociaciones de ayuda mutua y de grupos feministas de diferentes partes de planeta (Soriano; Tamaia, en este volumen) ha conseguido, por lo general, desenmascarar esta visión. Gracias a esto, hoy en día, mantener esta caracterización del maltratador en los análisis teóricos o políticos está mal considerado y puede ser leído como sinónimo de ignorancia y atraso cultural. Sin embargo, esta imagen sigue persistiendo, constituyéndose en una realidad que circula en lo cotidiano. Esto conlleva que, por ejemplo, cuando descubrimos que alguien conocido y respetado ha maltratado a su pareja, de manera casi instantánea nos surge la necesidad de justificar, explicar..., tranquilizarnos pensando que fue tal vez un rapto de locura lo que le pudo haber llevado a perder el control, que la agredida de alguna manera desencadenó la ira o no supo prever la reacción...

La presentación desde los medios de comunicación de las noticias de malos tratos (Nadali y Gordo López en este volumen) casi siempre se acompaña de un apoyo en los testimonios de los vecinos que ofrecen una misma visión: nadie podía sospechar del agresor pues se trataba de una persona agradable, trabajadora, simpática, educada, respetable, y toda una larga serie de epítetos para definir un sujeto «perfectamente normal» que ha, inexplicablemente, enfermado. La incredulidad y sorpresa de estos testimonios muestra cómo, aunque las investigaciones hayan demostrado con claridad que no hay patrones que aúnen a los maltratadores, en nuestro día a día nos resistimos a creer esta realidad y mantenemos el imaginario del monstruo y de la mujer desamparada.

Contemporáneamente, desde los ámbitos politizados, ya sea desde partidos o grupos de izquierda como desde movimientos sociales (MS), aparece otro imaginario muy poco analizado: el creer que en el fondo los maltratadores son unos reaccionarios y sus compañeras mujeres débiles y sin apoyo social. Esto comporta que, desde los ámbitos activistas y/o de extrema izquierda, en los que la igualdad de género es teóricamente deseada y llevada a la práctica (sobre la persistencia de las discriminaciones en estos ámbitos: Biglia, 2003; Alfama, Miró, 2005), nos sintamos de algún modo inmunes o protegidas. Desafortunadamente, a raíz de nuestra experiencia personal, de años de debates en colectivos de feministas autónomas de diferentes partes del mundo, así como de charlas y tertulias informales con amigas/ activistas, nos encontramos con que este mito es completamente falso. Así lo apoyan también las informaciones recogidas en el trabajo de tesis de Barbara: el 17,9% de activistas de movimientos sociales que respondieron a un cuestionario en red afirmaban que en espacios del movimiento se verifican episodios de abuso (de forma no aislada o en situaciones de borrachera-desfase) y otro 26,4% afirmaba que situaciones de este tipo se producen en casos aislados o por parte de gente de un entorno más amplio (Biglia, 2005).

Otra confirmación la encontramos en el testimonio de activistas chilenas que denuncian cómo algunos compañeros de la guerrilla antipinochetista descargan hoy su agresividad martirizando a sus compañeras: Yo creo que el hombre en el tiempo de la dictadura fue sumamente combativo y otra cosa es que durante la dictadura el problema era Pinochet y todo su aparado represivo; además, en tiempo de dictadura aquí en Chile como que no había otros problemas, como que el único problema que había era Pinochet y producto de Pinochet la pobreza, la cesantía (además que no se hablaba) y este tipo de cosas, me entiendes. Y llega la democracia y tú te das cuenta de que un excelente dirigente es una mierda en su casa, golpea a su mujer, abusa de niños sexualmente. (GR1CH)* Los ejemplos podrían ser muchos y todos tristemente idénticos a sí mismos. Creemos que los motivos que llevan a algunos activistas a ser violentos con sus compañeras son los mismos que se dan en otros ámbitos; así que no nos interesa de modo particular lo que pasa en la cabeza de estos «supermilitantes» maltratadores ni tampoco cómo pueden vivir en la contradicción de una actitud pública perfectamente politically correct y una realidad de violencia privada impresionante. Lo que sí queremos empezar a investigar son las características peculiares de implementación y justificación de estas situaciones, pues creemos que la posibilidad de que estos actos se sigan perpetrando, y con frecuencia impunemente, es responsabilidad de todas nosotras. Como subraya en un comunicado la Assemblea delle Compane Femministe di Roma (2000) —en respuesta a un abuso sexual y que, a nuestro entender, podría fácilmente ser ampliado a cualquier situación de violencia de género y/o abuso—: No sólo es cómplice quién defiende explícitamente al violador sino también quien, hombre o mujer, fomentando dudas, difundiendo voces, deslegitimando la palabra de las mujeres, crea un clima en el que los violadores siguen manteniendo la libertad de moverse tranquilos por la ciudad. Cómplice es también quien en nombre de la «razón de Estado» y de la prioridad de la política deja intactas e inalteradas las condiciones, los lugares, las dinámicas en las que la violación ha ocurrido. Cómplice es también quién transforma la violación ocurrida tras los muros domésticos en una simple «falta de tacto» de un hombre hacia una mujer, particularmente sensible, en la regla de un ámbito privado en el que cualquier límite está en suspenso.

En este contexto la segunda afirmación resulta particularmente relevante por cuanto muestra cómo todavía cuesta enormemente que la lucha, en lo teórico y en lo práctico, contra las discriminaciones y violencias de género se considere en la agenda de los MS como elemento político importante. Al situarse/ser situadas en lo supuestamente privado de las relaciones, adquieren un valor subsidiario frente a la política de los espacios públicos.

* Los testimonios así marcados han sido recogidos en el marco de la fase empírica de la tesis doctoral de Biglia (2005). Un elemento, como mucho, a ser tratado por «las feministas» como dice Micaela (España)*: Cuando hay un colectivo de mujeres [...] todo lo que tiene que ver con el sexismo se deja en manos del colectivo [...] y el resto del mundo no tiene que preocuparse de nada porque ya lo harán ellas. Entonces a la gente que en el fondo menos le cala y menos le interesa esto del sexismo y del feminismo [...] le viene muy bien porque en su movimiento hay una imagen, «porque mi movimiento también es feminista porque están éstas para presentarla delante cuando haga falta», y el resto de las cosas pues se quedan igual que antes. Por tanto, nos interesa empezar a pensar, sin ánimo de contestarlas de manera definitiva, estas cuestiones: ¿por qué es tan complicado darnos cuenta de los maltratos que ocurren a nuestro alrededor?, ¿cuáles son las dinámicas y procesos que permiten impunemente mantener una doble faceta de encantadores y maltratadores?, ¿por qué las mujeres feministas no son capaces de dejar estos tipos y hacer conocer a las demás la realidad de su vida privada?, ¿por qué si ellas empiezan a hablar son pocas las que están dispuestas a escucharlas y creerles? Escribimos este texto a sabiendas de las críticas y polémicas que traerá consigo, pero con la esperanza de que estas simples reflexiones sirvan de estímulo para el debate y como primer punto de apoyo para compañeras que estén pasando por esta experiencia. Dedicamos así estas líneas a todas aquellas que han conseguido salir de situaciones de violencia de género, a todas las que las han ayudado y, por supuesto, a aquellas que aún no han encontrado suficientes fuerzas y apoyo para hacerlo.

EL MITO DEL MACHO Y LA COHESIÓN DE GRUPO

[¿Cómo podría un movimiento?] «Movilizarse como una fuerza política transformadora si no comienza interrogándose acerca de los valores y las normas internamente asumidos que pueden legitimar la dominación y la des- igualdad neutralizando «diferencias» particulares?» A. Brah, 2004

En primer lugar queremos remarcar cómo, desafortunadamente, aún en muchos ámbitos del activismo el imaginario del «buen militante» toma un carácter casi caricaturesco en algunas figuras prototipo (Subbuswamy y Patel, 2001). De una parte, tenemos una representación extremadamente parecida a la que del mismo dan los medios de comunicación: «joven hombre blanco con capucha negra con propensión a la violencia» (Alldred, 2000). Sus características serían la fuerza, la intrepidez, la decisión, la osadía y, sobre todo, como dice Silvia (Italia)*, la capacidad de esconder todas sus posibles contradicciones. Por otra parte, encontramos el tipo intelectual, que se muestra como alguien con un buen bagaje de conocimientos teóricos (o por lo menos con facilidad para aparentarlos), una fuerte capacidad de convicción, dotes organizativos y de mando, y tendencia al liderazgo. Aunque «este modelo» tiene actitudes más sofisticadas sigue manteniendo dotes de masculinidad clásica (Jorquera en este volumen); podríamos decir que mientras los primeros se acercan más a la idea normativizada de masculinidad de clase social baja, estos últimos serían más parecidos a los varones aristócratas, más refinados pero no menos peligrosos en sus actitudes machistas.

A nuestro entender, la asunción de ambos roles enmarcados en los canales de la masculinidad normativizada puede desembocar en situaciones de maltrato, en su vertiente más física o más intelectualizada. De manera física, con palizas o intentos de violaciones (o baboseos) —ocasionales o continuos—. De manera «invisible», con la creación de relaciones de dependencia, inferiorizando a las compañeras y «haciéndolas creer» que sin ellos ellas no son absolutamente nadie (para un testimonio en este sentido: Nopper, 2005). Pero hay más, las situaciones de maltrato pueden ser de difícil reconocimiento cuando su «protagonista» no corresponde al imaginario del maltratador; así, por ejemplo, nos lo muestra la campaña por parte de la Association contre les Violences faites aux Femmes au Travail (http://www.avf.org), en contra de un profesor universitario profeminista que sigue ejerciendo sin problemas a pesar de varias denuncias de acoso a sus alumnas y colaboradoras. Por otra parte, los grupos de activistas están y/o se sienten frecuentemente amenazados desde el exterior y como estrategia de defensa tienden a buscar una cohesión interna que pasa, con demasiada frecuencia, por una identificación identitaria y una reducción de las posibilidades de poner en duda cualquier dinámica interna de discriminación (Apfelbaum, 1989; Biglia, 2003). Bajo estas circunstancias puede que haya resistencias a reconocer la existencia de maltrato por parte de un activista en cuanto ello podría convertir al grupo minorizado en blanco de críticas de otros espacios externos. Probablemente a este tipo de lógica responde, por lo menos en parte, el vergonzoso desenlace en torno al homicidio de Hélène Legotien por parte de Althusser (Rendueles en este volumen). Finalmente, el maltratador se puede amparar y justificar en nombre del peligro (real o imaginario) que conlleva su activis- mo, de la represión que está recibiendo, que ha recibido (como en el caso de los activistas chilenos citados anteriormente) o podría recibir, o del estrés de su posición de superhéroe, etc. Elementos utilizados para justificar sus ataques, para reivindicar/ exigir un cuidado omnicomprensivo (ya que ponen tanto de sí en la lucha necesitan el «descanso del guerrero») o, finalmente, para acusar (expresamente o de manera latente) de connivencia con el sistema represor a aquellas mujeres que no quieran prestarle estos servicios, se quejen de los malos tratos o intenten denunciar la situación.

Digamos que el maltratador encuentra razones para su justificación, pero ¿qué ocurre con el entorno?, ¿cómo se perciben estas dinámicas? Este testimonio, recolectado por las autoras en una charla privada con una compañera y amiga (2005), deja constancia de la dificultad de reconocer estas dinámicas a partir de su experiencia como mujer maltratada y como activista en el mismo grupo en el que estaba su pareja: Tuve una larga relación de maltrato con un militante heroico, seductor, con carisma. Conseguía que cualquier crítica interna se convirtiera en un ataque a la causa, pero ¿cómo cuestionar a quien constantemente nos demostraba que se dejaba la piel en el intento, en la lucha?, ¿cómo cuestionar a quien parecía tener la experiencia y la lucidez como para guiar al resto? Así se daba el cambiazo mortal: el que criticaba era culpable, la «gracia» estaba en que llegara a sentirse así. Se devolvía, en una carambola de espejo, el cuestionamiento hacia el otro, siempre más frágil, siempre menos valiente, menos heroico, menos comprometido, más egoísta... Esta persona se dedicaba a atacar, en esa técnica de atacar sin que lo parezca a las mujeres. ¿Quién iba a creer (entre ellas yo misma) que esa persona fuera un maltratador?

Así, criticar a un «buen compañero» tiene con frecuencia la contrapartida de recibir la acusación de estar haciendo el juego al sistema y de no entender que hay problemáticas más importantes a afrontar; y las mujeres que se han atrevido a esto son acalladas, escarnecidas, ignoradas, excluidas, cuando no amenazadas— y acusadas de ser cómplices de los adversarios políticos. Hace pocos años presenciamos un caso de este tipo en Cataluña. Cuando una activista explicó su situación de maltrato por parte de su ex compañero, un reconocido activista, la respuesta generalizada fue de fuerte escepticismo. Dentro del movimiento se crearon dos bloques enfrentados (quienes la creían y la apoyaban a ella, y quienes le creían y le apoyaban a él), y tal vez lo peor: algunas de las personas se posicionaron sólo por lo que habían oído decir o por proximidad política con el/la activista en cuestión. Hablando con algunas de las mujeres que apoyaron a la activista «denunciante», nos comentaban la sensación de tristeza, de soledad y de rabia al ver cómo personas con las que habían compartido años de militancia antifascista, anticapitalista, autogestionada, etc., se podían mostrar tan cerradas e inflexibles cuando los discriminadores eran sus propios amigos. Es obvio que, especialmente cuando conocemos a las personas implicadas en una situación de este tipo, mantengamos una cierta precaución antes de formarnos una idea precisa sobre los hechos. Pero nos parece que tal vez las precauciones hacia el «supuesto maltratador» son desmesuradas en comparación con otras situaciones. De hecho, por ejemplo, en el caso de que alguien haga público el haber recibido una paliza por parte de otros por divergencias políticas, nadie pondrá en duda que esto haya ocurrido y la persona no deberá explicar miles de veces todos las particularidades del evento en correcta y precisa sucesión, ni justificar por qué el puñetazo recibido debe considerarse violento. En cambio, en el caso de que una activista sea maltratada por un activista se desarrolla un fenómeno cuanto menos curioso: la mujer que se atreve a «denunciar públicamente» antes de poder «demostrar la culpabilidad» de la otra persona debe primero defenderse de la acusación de mentirosa, rencorosa e histérica (y aun así no siempre funciona como, por ejemplo, nos detalla Rendueles en este mismo volumen). Con frecuencia, hemos oído comentarios del tipo «si fuera verdad y ella no tuviera nada que esconder vendría aquí al colectivo a explicarnos exactamente lo que ha pasado; mejor podrían venir los dos, así con la confrontación sabríamos quién tiene razón», que muestran una clara insensibilidad hacia las dolorosas dinámicas del maltrato y las dificultades para superarlas. Nadie se plantearía, por ejemplo, obligar a un compañero que ha sido torturado y/o violado por algún organismo represor a contar con pelos y seña- les lo ocurrido delante de todos los grupos a los que se pide la participación en una campaña de denuncia-solidaridad. Esta doble moral hace suponer tres cosas: la primera, que es fácil reconocer los errores de «los enemigos», pero que la protección del «nosotros» resulta aún muy fuerte; la segunda, que todavía las palabras de las compañeras tienen menos credibilidad que las de los compañeros; y la tercera, que el maltrato aún se percibe como una experiencia personal en los espacios privados y no como parte de un proceso político.

Cuando además los malos tratos son de tipo psicológico, la situación se complica aún más, por la imposibilidad de «probar» lo que ha pasado: no hay marcas físicas y se trata de situaciones de abuso sutil cuyo resumen las vacía de sus matices más cruentos y devastadores. Así, como sugiere una compañera de la Eskalera Karakola (sin fecha): Otro salto que hay que hacer posible es la atención a la mujer que ha sufrido la agresión [...]. Primero, para entender y aprender cómo se experimenta la agresión [...] y no tener miedo al intercambio y al fantasma del morbo. Cuando se producen agresiones hay que crear grupos de apoyo, de intermediación y seguimiento porque una vez ocurrida la agresión, quien la sufre sigue circulando por ahí y tiene mucho que digerir. Nada de invisibilizar sino saber, conocer cómo se siente la agredida, cómo define la violencia y actúa en su contra, contra la violencia del momento y contra la de los momentos posteriores.

Enganchar con el ritmo y las exigencias de quien la vive. En este sentido, un intento de encarar esta problemática reconociendo que aún tenemos mucho por aprender (lo que es un buen principio) son las recomendaciones por parte de la red activista People Global Action Europe(PGA, 2005) ante situaciones de malos tratos dentro de los colectivos.

YO, MUJER FUERTE: SOLA ENTRE MUCHAS

Otra imagen a derrumbar para una superación de los malos tratos dentro de los grupos activistas es la de que una mujer, para ser feminista o para ser no sexista, debe haber superado todas las limitaciones de una cultura heteropatriarcal; que una mujer liberada tiene que parecerse al estereotipo del hombre blanco moderno: independiente, fuerte, activa, segura de sí y, además en el caso de las militantes, exenta de contradicciones (para un testimonio: Anónima, 2004). Este imaginario lleva a activistas maltratadas a tener extremas dificultades en reconocer su dependencia de un hombre y su poca fuerza para salir de una situación abusiva. Así, por ejemplo, lo remarca el testimonio de esta activista norteamericana: La incomodidad asociada a decirle a la gente que has sufrido un abuso, o como en mi caso, que has estado en una relación abusiva, aumenta por las respuestas que recibes de la gente. Más que simpatizar, mucha gente estuvo como decepcionada conmigo. Muchas veces me dijeron que estaban «sor-prendidos» de que me «hubiera metido en esa mierda» porque lejos de ser una «mujer débil» era una mujer «fuerte» y «política». (Nopper, 2005)

De alguna manera seguimos sintiéndonos culpables o inferiores por estar soportando una situación de este tipo y nos da mucha vergüenza admitirlo, aparte del miedo a hacerlo. A nuestro entender, esta característica se debe a una mala comprensión, que queremos denunciar aquí, de lo que es el feminismo. Ser feministas o ser una mujer activista no implica, afortunadamente, no necesitar apoyo de nuestras amigas y amigos, ni ser completamente autónoma ni tener que resolver cualquier problema personal sólo individualmente. Más aún, desafortunadamente, todas reproducimos formas de dependencia heteropatriarcal y algunas veces nos comportamos de modo sexista. Reconocer limitaciones y contradicciones, compartir nuestros malestares en el diálogo con unas y otros, pedir ayuda, consejos, soporte, son prácticas feministas que nos pueden ayudar a crecer tanto a nivel individual como de manera colectiva. Romper la imagen de mujer fuerte y dura pase lo que pase, vivirnos en nuestras múltiples facetas, performándonos de manera diferencial según las ocasiones y los momentos, son prácticas de subversión y desarticulación del heteropatriarcado que nos quiere construir como subjetividades individualizadas. Obviamente, abatir las barreras de la soledad (que pueden existir aunque tengamos muchas amigas) y de lo privado no es una tarea fácil y, por supuesto, no incumbe exclusivamente a las que están en situaciones de abuso, sino que debería ser un trabajo político y colectivo que nos implique a todas y todos para dejar de ser, como decían las compañeras de Roma (cita más arriba), cómplices de nuestro silencio o ceguera.

Las barreras —como hemos ido señalando— son múltiples, e insistimos, toman especial fuerza al seguir considerando el maltrato expresión de relaciones privadas. Así, delante de sus manifestaciones, nos encontramos frecuentemente con una extrema indecisión e incertidumbre sobre las posibles acciones a realizar y tendemos a asignar a la mujer la responsabilidad última de la respuesta a esta situación, como muestra este extracto de entrevista con Paloma (Chile)*:

P: [...] Yo quedé impactada con la actitud de un compañero que se llena la boca con lo de la igualdad social y el respeto mutuo. Anoche fuimos a comer pizza y su esposa [...] pidió la pizza y [...] no eran las que él quería [...] y le dijo «pero cómo se te ocurre pedir esta huevada mala» y no comió y nos echó a perder toda la tarde porque él quería una pizza y la trató como un déspota... B.: ¿Nadie dijo nada? P.: No, o sea algunos de nosotros como que le dijimos ya [...] pero no fue como algo «oye corta el juego». Es que también ella debería haberle parado los carros, pero se quedo callada y estuvo a punto de llorar entonces, como súper resignada.

A pesar de algunas interesantes campañas, generalmente llevadas a cabo o por lo menos iniciadas por colectivos feministas en respuesta a situaciones concretas, el maltrato, y en concreto el que se desarrolla dentro de los espacios del movimiento, no ha sido todavía objeto explícito de debate político profundo en los movimientos sociales. Esto nos lleva a situaciones de enorme fragilidad e incertidumbre que se constituyen en dificultades para reconocer y actuar. Como hemos podido constatar a través de conversaciones privadas, en diferentes ocasiones en que colectivos de feministas autónomas han iniciado campañas de respuesta ante agresiones generizadas por parte de algún activista, se han enfrentado también a muchas contradicciones, dudas y, obviamente, a una cantidad de críticas que han sido tremendamente dolorosas. La falta de debate sobre el tema, las pocas campañas realizadas, el fuerte obstruccionismo al que se han visto por lo general sometidas, y el hecho de tener que intentar maneras de actuar que sean incisivas pero que no despierten rupturas en el movimiento no ha permitido desarrollar líneas de intervención. Esto, aparte de requerir muchas energías, convierte a veces las campañas en poco efectivas. Por ejemplo, en Cataluña, hace unos años, una mujer explicó la situación abusiva en la que estaba viviendo y no hubo capacidad de arroparla suficientemente ni de protegerla de la situación. Finalmente esta activista no tuvo más remedio que denunciar al maltratador al sistema judicial, siendo entonces acusada de «traidora». Nos preguntamos: ¿cómo se pueden juzgar las actuaciones de las personas por pedir ayuda externa, si no somos capaces de asumir colectivamente la responsabilidad en la solución de la problemática?

ALGUNAS REFLEXIONES DE CONCLUSIÓN

¿Cuál es la finalidad de este escrito? Simplemente la de servir para mirar hacia nosotras y hacia nuestras compañeras, para que se acabe con las dinámicas de los malos tratos y que juntas podamos arrinconar a quienes se creen con derecho a realizarlos. Lo que esperamos es que genere polémica, que se considere el maltrato como una cuestión política sobre la que nos debemos posicionar y frente a la que debemos actuar. Quisiéramos que las activistas que pasan por esta experiencia no se sientan solas, ni poco feministas por lo que les está pasando, sino que descubran que es algo que ocurre más de lo que se dice y que la solución deba ser colectiva. Por ello hay que encontrar fuerzas para hablar, compartir la experiencia de maltrato con una amiga es un primer paso para salir de él. Por otra parte, esperemos que, cuando una mujer lance señales de lo que le está ocurriendo, las personas que estén a su lado intenten percibirlas y, a partir de ello, le puedan ofrecer el apoyo necesario, sin que se desaten respuestas de rechazo, de juicio y ataque, sino que haya escucha y acogida. Aunque nos parezca exagerada la expresión «cada hombre es un maltratador en potencia», es importante reivindicar que el imaginario del maltratador con que iniciábamos este escrito nos desvía de la posibilidad de reconocer el abuso en todas sus formas y expresiones. Esperamos además que se entienda que aunque «reconocidos activistas» puedan ser maltratadores, físicos o psíquicos, en realidad quien maltrata no es y no puede ser un compañero.

Ser capaces de ver más allá de la imagen, de lo aparente y desarticular los imaginarios de género,así como los que circulan alrededor de las «identidades militantes», es —a nuestro entender— una práctica necesaria contra las violencias de género.

Texto publicado en “Estado de wonderbra” - Entretejiendo narraciones feministas sobre las violencias de género, Virus ed. Referencias bibliográficas: - ALFAMA, E. y MIRÓ, N. (coords.) (2005): Dones en moviment. Un anàlisis de gènere de la lluita en defensa de l'Ebre. Valls: Cossetània. - ALLDRED, P. (2002): «Thinking globally, acting locally: women activists' accounts». Feminist review, 70, pp. 149-163. - ANÓNIMA (2004): «Amor y Respeto, ¿si no qué?». Mujeres Preokupando, 4, pp. 46-48. - APFELBAUM, E. (1989): «Relaciones de dominación y movimientos de liberación. Un análisis del poder entre los grupos». En J. F. Morales y C. Huici (eds.): Lecturas de Psicología Social. Madrid: UNED, pp. 261-297. - ASSEMBLEA DELLE COMPAGNE FEMMINISTE DI ROMA (2000): La cultura dello stupro é viva e lotta insieme a noi. En http://www.tmcrew.org/-sessism /assfemmroma.html. - BIGLIA, B. (2003): «Modificando dinámicas generizadas. Estrategias propuestas por activistas de Movimientos Sociales mixtos». Athenea Digital, 4. http://antalya.uab.es/athenea/num4/biglia.pdf. (2005): Narrativas de mujeres sobre las relaciones de género en los movimientos sociales. Tesis doctoral.BRAH, A. (2004-1992 begin_of_the_skype_highlighting              2004-1992      end_of_the_skype_highlighting: «Diferencia, diversidad, diferenciación». En b. hooks, A. Brah y otras (2004): Otras inapropiables. Feminismos desde las fronteras. Madrid: Traficantes de sueños, pp. 107-136. - COMPAGNI DEL CENTRO SOCIALE «MACCHIA ROSSA» MAGLIANA (2001): Sulla violenza sessuale. Documento del CSOA Macchia Rossa di Roma,http://www.tmcrew.org/sessismo/macchiarossa.html. - ESKALERA KARAKOLA (Desde la) (sin fecha): Espacios Okupados, espacios con cuidado, HYPERLINK "http://www.sindominio.net/karakola/agresion_labo.htm"http://www.sindominio.net/karakola/agresion_labo. htm. - NOPPER, T. K. (2005): Activist Scenes are no Safe space for Women: on abuser of activist women by activist men. En http://www.melbourne.indymedia.org/news/2005/02/87132_comment.php. - PGA (2005): In case of physical or psychological violence. En http://www.- all4all.org/2004/12/1362.shtml. - SUBBUSWAMY, K. y PATEL, R. (2001): «Cultures of domination: Race and gender in radical movements». En K. Abramsky (ed.) Restructuring and Resistences. Diverse voices of struggle in Western Europe, publicacióndel autor, pp. 541-3. - WATCH TOWER BIBLE AND TRACT SOCIETY OF PENNSYLVANIA (2001): «Indicadores de riesgo. Ayuda para la mujer maltratada». Despertad!, 8 de noviembre de 2001. También en http://www.watchtower.org/languages/espanol/library/g/2001/11/8/article_02.htm. Barbara Biglia y Conchi San Martín


[Català]

Trencant imaginaris, maltractadors políticament correctes

Segon article del dossier “Tijeras para todas”. El dia a dia ens resistim a creure aquesta realitat i mantenim l’imaginari del monstre i de la dona desamparada.

L’imaginari creat al voltant dels maltractadors es construeix com un mite que els perfila com a éssers irascibles, toscos, amb problemes de drogues o alcohol, mancats d’habilitats socials, trastocats, fracassats i/o que han rebut maltractaments de petits: subjectes més enllà de la normalitat imaginable. Així les coses, les dones que inicien una relació amb ells haurien de saber o com a mínim intuir el que hauran d’aguantar, i, per tant podrien ser considerades parcialment responsables del seu propi maltractament.1 La feina d’associacions d’ajuda mútua i de grups feministes d’arreu del planeta2 ha aconseguit, en general, fer sortir a la llum aquest punt de vista. Gràcies a això, avui dia mantenir aquesta caracterització del maltractador als anàlisis teòrics o polítics està mal considerat i pot ser interpretat com una senyal d’ignorància i endarreriment cultural. Tot i això, aquesta imatge persisteix tot construint-se en una realitat que circula en la quotidianitat. Això comporta que, per exemple, quan descobrim que algú conegut i respectat ha maltractat la seva parella, de manera quasi instantània tenim la necessitat de justificar, explicar..., tranquilitzar-nos pensant que potser va ser un atac de còlera o una anada d’olla, que l’agredida d’alguna manera va desencadenar o no va saber preveure la reacció...

La presentació des dels mitjans de comunicació de les notícies de maltractaments3 gairebé sempre va acompanyada d’un reforç amb els testimonis de veïns que donen una mateixa versió: ningú podia sospitar de l’agressor, era una persona agradable, treballadora, simpàtica, educada, respectable i tota una llarga sèrie d’epítets per a definir un subjecte “perfectament normal” que inexplicablement ha emmalaltit. La incredulitat i la sorpresa d’aquests testimonis mostren com, tot i que les investigacions hagin demostrat amb claredat que no hi ha patrons que uneixin els maltracadors, en el dia a dia ens resistim a creure aquesta realitat i mantenim l’imaginari del monstre i la dona desemparada.

Contemporàniament, des dels àmbits polititzats, ja sigui des de partits o grups d’esquerra com des de moviments socials (MS), apareix un altre imaginari molt poc analitzat: creure que en el fons, els maltractadors són uns reaccionaris i les seves companyes, dones dèbils i sense recolzament social. Això comporta que, des dels àmbits activistes i/o d’extrema esquerra en els quals la igualtat de gènere és teòricament desitjada i duta a la pràctica4 ens sentim d’alguna manera immunes o protegides. Desafortunadament, arran de la nostra experiència personal, d’anys de debats en col·lectius de feministes autònomes de diferents parts del món així com de xerrades i tertúlies informals entre amigues/activistes, ens trobem amb que aquest mite és completament fals. Així ho corroboren també les informacions recollides al treball de tesis de la Barbara: el 17,9% de les activistes de MS que van respondre a un qüestionari en xarxa afirmaven que en espais del moviment es produïen episodis d’abús (de forma no aïllada o en situacions borratxera-desfase) i un altre 26,4% afirmava que situacions d’aquest tipus es produeixen en casos aïllats o per part de gent d’un entorn més ampli.

Una altra confirmació la trobem en el cas de testimonis d’activistes xilenes que denuncien l’agressivitat que alguns guerrillers antipinochetistes descarreguen sobre les seves companyes, martiritzant-les: “Yo creo que el hombre en el tiempo de la dictadura fue sumamente combativo y otra cosa es que durante la dictadura el problema era Pinochet y todo su aparado represivo; además, en tiempo de dictadura aquí en Chile como que no había otros problemas, como que el único problema que había era Pinochet y producto de Pinochet la pobreza, la cesantía (además que no se hablaba) y este tipo de cosas, me entiendes. Y llega la democracia y tú te das cuenta de que un excelente dirigente es una mierda en su casa, golpea a su mujer, abusa de niños sexualmente.” Els exemples podrien ser molts i tots tristament idèntics entre ells. Creiem que els motius que porten a alguns activistes a ser violents amb les seves companyes són els mateixos que es donen en altres àmbits, així que no en interessa de manera particular el què els passa pel cap a aquests “supermilitants” maltractadors ni tampoc saber com poden viure en la contradicció d’una actitud pública políticament correcta i una realitat de violència privada impressionant. El què sí volem començar a investigar són les característiques peculiars d’implementació i justificació d’aquestes situacions, atès que pensem que aquests actes se segueixin perpetuant amb freqüència i impunitat és responsabilitat nostra. Així es veu en un comunicat de l’Assemblea delle Compane Femministe di Roma- en resposta a un abús sexual i que, segons el nostre punt de vista podria estendre’s a qualsevol situació de violència de gènere i/o d’abús-: no només és còmplice qui defensa explícitament el violador sinó també qui, essent home o dona, fomentant dubtes, difonent veus, desacredita la paraula de les dones i crea un clima on els violadors segueixen mantenint la llibertat de moviment i passegen tranquils per la ciutat. Còmplice és també qui en nom de la ‘raó d’Estat’ i de la prioritat de la política deixa intactes i inalterades les condicions, els llocs, les dinàmiques en les quals ha ocorregut la violació. Còmplice és també qui transforma la violació darrere els murs domèstics en una simple “falta de tacte” d’un home cap a una dona particularment sensible, en la llei d’un àmbit privat on qualsevol límit està en suspens.

En aquest context, la segona afirmació esdevé particularment significativa ja que mostra les immenses dificultats que encara avui la lluita - en la teoria i en la pràctica- contra les discriminacions i violències de gènere sigui considerada com un element polític important en l’agenda dels MS. En situar-se/ser situades en la suposada part privada de les relacions, prenen un valor subsidiari a diferència de la política dels espais públics.

Un element, com a molt, a ser tractat per “las feministas” com diu Micaela: “Cuando hay un colectivo de mujeres (...) todo lo que tiene que ver con el sexismo se deja en manos del colectivo (...) y el resto del mundo no tiene que preocuparse de nada porque ya lo harán ellas. Entonces a la gente que en el fondo menos le cala y menos le interesa esto del sexismo y del feminismo (...) le viene muy bien porque en su movimiento hay una imagen, «porque mi movimiento también es feminista porque están éstas para presentarla delante cuando haga falta», y el resto de las cosas pues se quedan igual que antes. 8 Per tant, ens interessa començar a pensar sobre aquestes qüestions sense ànim de respondre-les de manera definitiva: per què és tan complicat adonar-nos dels maltractaments que succeeixen al voltant nostre? Quines són les dinàmiques i processos que permeten mantenir impunement una doble faceta d’encantadors i maltractadors?Per què les dones feministes no són capaces de deixar aquests elements i fer conèixer a les demés la realitat de la seva vida privada? Per què si elles comencen a parlar són poques les que estan disposades a escoltar-les i creure-les? Escrivim aquest text sabent que portarà cua, que generarà crítiques i polèmica però amb l’esperança que aquestes simples reflexions serveixin d’estímul pel debat i com a primer punt de suport a les companyes que estiguin passant per aquesta experiència.

Dediquem així aquestes línies a totes aquelles que han aconseguit sortir de situacions de violència de gènere, a totes les que han ajudat i, per suposat, a totes les que encara no han trobat les forces i el suport per fer-ho.

EL MITE DEL MASCLE I LA COHESIÓ DE GRUP

[Com podria un moviment?] mobilitzar-se com una força política transformadora si no comença interrogant-se sobre els valors i les normes internament assumides que poden legitimar la dominació i la des-igualtat neutralitzant <

En primer lloc, volem remarcar com, desafortunadament, encara dins molts àmbits de l’activisme l’imaginari del ‘bon militant’ pren un caràcter quasi caricaturesc en algunes figures prototip. 10 D’una banda, tenim una representació extremadament semblant a la que del mateix donen els mitjans de comunicació: “jove, home blanc amb caputxa negra i propens a la violència”. Les seves característiques serien la força, la intrepidesa, la decisió, la gosadia i sobretot com diu Silvia, la possibilitat d’amagar totes les seves possibles contradiccions. D’altra banda, trobem el tipus intel·lectual, que es mostra com algú amb un bon bagatge de coneixements teòrics (o com a mínim, amb facilitat per aparentar-los), una forta capacitat de convicció, dots organitzatius i de comandament i tendència al lideratge. Tot i que aquest model té actituds més sofisticades segueix mantenint dots de masculinitat clàssica13; podríem dir que mentre els primers s’apropen més a la idea establerta de masculinitat de classe social baixa, aquests darrers serien més aviat aristòcrates, més refinats però no per això menys perillosos en les seves actituds masclistes.

Tal com ho veiem nosaltres, l’assumpció de tots dos rols emmarcats en els canals de la masculinitat establerta pot desembocar en situacions de maltractament, en la seva vessant més física o intel·lectualitzada. De manera física, amb pallisses o intents de violacions (o baboseigs) -ocasionals o continus-. De manera invisible, amb la creació de relacions de dependència, inferioritzant les companyes i fent-les creure que sense ells no són ningú. Però no s’acaba aquí, les situacions de maltracte poden ser de difícil reconeixement quan el seu ‘protagonista’ no correspon a l’imaginari del maltractador, així, per exemple, ens ho mostra la campanya duta a terme per l’Asssociation contre les Violences faites aux Femmes au Travail, en contra d’un professor universitari pro-feminista que segueix exercint sense problemes malgrat haver rebut diverses denúncies d’assetjament a les seves alumnes i col·laboradores. Per una altra banda, els grups d’activistes estan i/o se senten freqüentment amenaçats des de l’exterior i com a defensa tendeixen a buscar una cohesió interna que passa, amb massa freqüència, per una identificació identitaria i una reducció de les possibilitats de qüestionar qualsevol dinàmica interna de discriminació. Sota aquestes circumstàncies pot ser que hi hagi resistències a reconèixer l’existència de maltractament per part d’un activista atès que això podria convertir el grup minoritzat en el blanc de crítiques d’altres espais externs. Probablement a aquest tipus de lògica respon, com a mínim en part, el vergonyós desenllaç de l’homicidi d’Hélène Legotien per part d’Althusser.

Per últim, el maltractador pot emparar-se i justificar-se pel perill (real o imaginari) que comporta el seu activisme, per la repressió que està rebent o ha rebut (com el cas dels activistes xilens mencionats abans) o podria rebre, o bé per l’estrés de la seva posició de superheroi etc. és a dir en una sèrie d’elements emprats per a justificar els seus atacs, per a reivindicar/exigir una atenció omnicomprensiva (ja que ho donen tot en la lluita, els és necessari ‘el descans del guerrer’) o finalment, per a acusar (expressa o latentment) de connivència amb el sistema repressor aquelles dones que no vulguin prestar-li aquests serveis, es queixin de maltractaments o intentin denunciar la situació.

Posem per cas que el maltractador troba raons per a justificar-se, però què passa amb l’entorn?, com es perceben aquestes dinàmiques? Aquest testimoni, recollit per les autores en una xerrada privada amb una companya i amiga (2005), deixa constància de la dificultat de reconèixer aquestes dinàmiques a partir de la seva experiència de dona maltractada i com a activista del mateix grup que la seva parella: Vaig tenir una llarga relació de maltractament amb un militant heroic, seductor, amb carisma. Aconseguia que tota crítica interna acabés convertint-se en un atac a la causa, però com qüestionar a qui de manera constant demostrava deixar-se la pell en l’intent, en la lluita? Com qüestionar a qui semblava tenir l’experiència i la lucidesa per a guiar la resta? Així es produïa el tomb mortal: qui criticava era culpable, la ‘gràcia’ era que s’arribés a percebre així. Tornava, en una carambola de mirall, la qüestió cap a l’altre, sempre més fràgil, sempre menys valent, menys heroic, menys compromès, més egoista... Aquesta persona es dedicava a atacar, seguint aquesta tècnica incògnita d’atac a les dones. Qui creuria doncs (entre elles, jo mateixa) que aquella persona fos un maltractador?

Així, criticar un ‘bon company’ té amb freqüència la contrapartida de rebre l’acusació d’estar fent el joc al sistema i de no entendre que hi ha problemàtiques més importants a les quals plantar cara, i les dones que s’hi ha atrevit han sigut silenciades, escarnides, ignorades, excloses, amenaçades i acusades de ser còmplices dels adversaris polítics. Fa pocs anys presenciarem un cas d’aquest tipus a Catalunya. Quan una activista va explicar la situació de maltractament que patia per part del seu ex-company, un activista reconegut, la resposta generalitzada va ser d’un alt grau d’escepticisme. Dins del moviment es van crear dos blocs enfrontats (qui la creien i recolzaven a ella i qui el creien i recolzaven a ell) i el pitjor de tot va ser que algunes de les persones es posicionaren només pel que havien sentit o per proximitat política amb l’activista en qüestió. Parlant amb algunes de les dones que van recolzar a l’activista “denunciant”, ens comentaven la sensació de tristesa, de soledat i de ràbia en veure com persones amb les quals havien compartit anys de militància antifeixista, anticapitalista, autogestionada, etc., podien mostrar-se tan inflexibles i tancades quan els discriminadors eren els seus propis amics. És obvi que, especialment, quan coneixem les persones implicades en una situació d’aquest tipus, mantinguem una certa precaució abans de formar-nos una idea precisa dels fets. Però ens sembla que potser les precaucions preses cap al subjecte ‘maltractador’ són desmesurades en comparació amb d’altres situacions. De fet, per exemple, en el cas que algú faci públic haver rebut una pallissa per part d’altres divergències polñitiques, ningú posarà en dubte que això hagi succeït i la persona no haurà d’explicar milers de vegades a totes les particularitats dels fets en correcta i precisa successió, ni justificar per què el cop de puny rebut ha de ser considerat violent. En canvi, en el cas que una activista sigui maltractada per un activista es desenvolupa un fenomen si més no curiós: la dona que gosa ‘denunciar públicament’ abans de poder demostrar la ‘culpabilitat’ de l’altra persona primer ha de defendre’s de l’acusació de mentidera, rancorosa i histèrica (i tot i així, no sempre funciona, com per exemple detalla Rendueles). Amb freqüència hem sentit comentaris del tipus “si fos veritat i ella no tingués res a amagar vindria aquí al col·lectiu a explicar-nos exactament el que ha passat” o “de fet, podrien venir els dos, així en la confrontació sabríem qui té raó” que mostren una clara insensibilitat cap a les doloroses dinàmiques del maltractament i les dificultats per a superar-les. Ningú es plantejaria, per exemple, obligar un company que ha sigut torturat i/ o violat per algun organisme repressor a relatar amb pels i senyals el què ha viscut davant de tots els grups a què es demana suport en una campanya de denúncia-solidaritat. Aquesta doble moral fa suposar tres fets de coses: la primera, que és fàcil reconèixer els errors dels ‘enemics’, però que la protecció del ‘nosaltres’ resulta encara molt forta; la segona, que encara les paraules de les companyes té menys credibilitat que les dels companys; i, la tercera, que el maltractament encara es percep com una experiència personal als espais privats i no com part d’un procés polític.

Quan a més a més els maltractes són de tipus psicològic, la situació es complica més encara, per la impossibilitat de ‘provar’ el que ha passat: no hi ha marques físiques i es tracta de situacions d’abús subtil que en ser resumides són també buidades dels matisos més cruents i devastadors. Així ho suggereix una companya de la Eskalera Karakola (sense data): “Un altre salt que s’ha de fer possible és l’atenció a la dona que ha sofert l’agressió (...) Primer, per entendre i aprendre com s’experimenta l’agressió (...) i no tenir por a l’intercanvi i al fantasma del morbo. Quan es produeixen agressions s’han de crear grups de suport, d’intermediació i de seguiment perquè un cop ocorreguda l’agressió, qui l’ha comesa segueix circulant per allà i té molta cosa a digerir.” No invisibilitzar sinó saber, conèixer com se sent l’agredida, com defineix la violència i actua en contra seva, contra la violència del moment i contra la dels moments posteriors. Enganxar amb el ritme i les exigències de qui la viu. En aquest sentit, un intent d’encarar aquesta problemàtica tot reconeixent que encara tenim molt a aprendre (és un bon punt d’inici) són les recomanacions de la xarxa activista People Global Action Europe 18davant de situacions de maltractament dins els col·lectius.

JO, DONA FORTA: SOLA ENTRE MOLTES

Una altre imatge a esfondrar per a una superació dels maltractaments dins els grups activistes és la que manté que una dona, per a ser feminista o per a no ser sexista ha d’haver superat totes les limitacions d’una cultura heteropatriarcal; que una dona alliberada ha d’assemblar-se a l’estereotip de l’home blanc modern: independent, forta, activa, segura de sí mateixa i a més, en el cas de les militants, exempta de contradiccions (per a un testimoni: Anònima, 2004). Aquest imaginari porta a activistes maltractades a tenir extremes dificultats a l’hora de reconèixer la seva dependència d’un home i la seva força per a sortir d’una situació abusiva. Així per exemple, ho remarca el testimoni d’aquesta activista nord-americana: la incomoditat associada a dir a la gent que has patit un abús, o com en el meu cas, que has estat en una relació abusiva, creix per les respostes que reps de la gent. En lloc de simpatitzar, molta gent es va mostrar decebuda amb mi. Mols cops em van dir que estaven “sorpresos” que “m’hagués ficat en aquella merda” perquè lluny de ser una “dona dèbil” era una dona “forta” i “política”.19

D’alguna manera seguim sentint-nos culpables o inferiors pel fet d’estar suportant una situació d’aquest tipus i ens tanta vergonya com

por admetre-ho. Tal com ho veiem nosaltres, aquesta característica ve donada per una mala comprensió –que volem denunciar aquí- del que és el feminisme. Ser feministes o ser una dona activista no implica, afortunadament, no necessitar suport de les nostres amigues i amics, ni ser completament autònoma ni haver de resoldre qualsevol problema únicament de forma individual. Encara més, desafortunadament, totes reproduïm formes de dependència heteropatriarcal i algunes vegades ens comportem de manera sexista. Reconèixer limitacions i contradiccions, compartir els nostres malestars en el diàleg amb unes i altres, demanar ajuda, consells, suport, són pràctiques feministes que ens poden ajudar a créixer tant a nivell individual com de manera col·lectiva.

Trencar la imatge de dona forta i dura passi el que passi, vivim en les nostres múltiples facetes, performant-nos de manera diferencial segons les ocasions i els moments, són pràctiques de subversió
i desarticulació de l’heteropatriarcat que vol construir-nos com subjectivitats individualitzades.

Òbviament, abatre les barreres de la soledat (que poden existir encara que tinguem moltes amigues) i d’allò privat no és una tasca gens fàcil i, per suposat, no incumbeix exclusivament a les que estan en situació d’abús, sinó que hauria de ser una feina política i col·lectiva que ens impliqui a totes i tots per a deixar de ser, com deien, les còmplices del nostre silenci o ceguesa.

Les barreres –com hem anat assenyalant- són múltiples, i insistim, s’enforteixen en seguir considerant el maltractament com expressió de relacions privades. Així, davant de les seves manifestacions, ens trobem freqüentment amb una extrema indecisió i incertesa sobre les possibles accions a realitzar i tendim a assignar a la dona la responsabilitat última de la resposta a aquella situació com demostra l’extracte de l’entrevista feta a Paloma (Xile)*:

P: [...] Yo quedé impactada con la actitud de un compañero que se llena la boca con lo de la igualdad social y el respeto mutuo. Anoche fuimos a comer pizza y su esposa [...] pidió la pizza y [...] no eran las que él quería [...] y le dijo «pero cómo se te ocurre pedir esta huevada mala» y no
comió y nos echó a perder toda la tarde porque él quería una pizza y la trató como un déspota...

B.: ¿Nadie dijo nada?

P.: No, o sea algunos de nosotros como que le dijimos ya [...] pero no fue como algo «oye corta el juego». Es que también ella debería haberle parado los carros, pero se quedo callada y estuvo a punto de llorar entonces, como súper resignada.

Tot i algunes campanyes interessants, portades a terme generalment o almenys iniciades per col·lectius feministes en resposta a situacions concretes, el maltractament i, en concret, el que es produeix dins els espais del moviment, no ha sigut encara objecte explícit de debat polític profund en els moviments socials. Això ens porta a situacions d’enorme fragilitat i incertesa que es constitueixen en dificultats per a reconèixer i actuar. Com hem pogut contrastar a través de converses
privades, en més d’una ocasió en les que col·lectius de feministes autònomes han iniciat campanyes de resposta davant agressions generalitzades per part d’algun activista, s’han enfrontat també a
moltes contradiccions, dubtes i, òbviament, crítiques a mansalva que han resultat profundament doloroses. La manca de debat sobre el tema, les poques campanyes realitzades, el fort obstruccionisme al que s’han vist normalment abocades i el fet d’haver de provar formes incisives d’actuació però sense que aquestes despertin ruptures en el moviment, no ha permès desenvolupar línies d’intervenció.

Això, a part de requerir moltes energies, converteix a vegades les campanyes en poc efectives. Per exemple, a Catalunya, fa uns anys, una dona va explicar la situació que estava vivint i no va haver-hi
capacitat de protegir-la tot recolzant-la en aquella situació. Finalment, aquesta activista no va tenir més remei que denunciar el maltractador al sistema judicial essent acusada de “traïdora”.

Ens preguntem: com es poden jutjar les actuacions de les persones pel fet de demanar ajuda externa, si no som capaces d’assumir col·lectivament la responsabilitat en la solució del problema?

ALGUNES REFLEXIONS DE CONCLUSIÓ

Quina és la finalitat d’aquest escrit? Simplement la de servir per a mirar cap a nosaltres i cap a les nostres companyes, per a que s’acabi amb les dinàmiques de maltractaments i que juntes puguem arraconar als qui es creuen amb dret a dur-los a terme.

Esperem que generi polèmica, que el maltractament sigui considerada una qüestió política davant la qual hem de posicionar-nos i davant la qual haguem d’actuar.

Voldríem que les activistes que passen per aquesta experiència no se sentissin soles, ni poc eministes pel què els està passant, que descobreixin que és una cosa que passa més del que se’n parla i que la solució ha de ser col·lectiva. Per això cal trobar forces per a parlar-ne, compartir la experiència de maltractament amb una amiga és un primer pas per a sortir-ne. D’altra banda, esperem que quan una dona llenci senyals del què està passant, les persones que tingui a la vora intentin percebre-les i, a partir d’això, li puguin oferir el recolzament necessari, sense que sorgeixin mostres de rebuig, judicis i atacs, ans al contrari, que hi hagi una capacitat d’escoltar i de respecte cap a ella.

Tot i que ens sembli exagerada la expressió “cada home és un maltractador en potència”, és important reivindicar que l’imaginari del maltractador amb el qual iniciàvem aquest text ens desvia de la
possibilitat de reconèixer l’abús en totes les seves formes i expressions.

Esperem a més que s’entengui que, tot i que “reconeguts activistes” puguin ser maltractadors físics o psicològics, en realitat, qui maltracta no es ni pot ser un company.

Ser capaces de veure més enllà de la imatge, d’allò aparent i desarticular els imaginaris de gènere, així com els que circulen al voltant de les ‘identitats militants’ és –segons el nostre punt de vista-
una pràctica necessària contra les violències de gènere.

Text publicat a Estado de wonderbra: Entretejiendo narraciones feministas sobre las violencias de género, Barbara Biglia y Conchi San Martín (coords.),Barcelona, Virus, (2007).


Artículos anteriores en La Haine de Tijeras para todas

Apoya económicamente a
La Haine


    tamaño texto Versión para imprimir  imprimir Enviar por e-mail  enviar Convertir a PDF  pdf
>> Búsqueda avanzada

Traductor


   Compartir:
barrapunto  Tuenti  twitter  facebook  Meneame  google

Contactar con La Haine :: Envíanos tus convocatorias y actividades!

  Estado Español  |    Barcelona  |    Euskal Herria  |    Galiza  |    Madrid  |    Salamanca  |    Valladolid  |    Mundo

La Haine - Proyecto de desobediencia informativa, acción directa y revolución social
:: [ Acerca de La Haine ]       [ Nota legal ]        Creative Commons License       [ Clave pública PGP ] ::