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30/06/2017 :: Mundo, Pensamiento

La domesticación del pensamiento

x Marcos Roitman Rosenmann
Aunque usted sea explotado, ninguneado, insultado y menospreciado, siempre habrá una acción positiva que le alegre el día

Siga la flecha. En una sociedad algorítmica, mutamos en robots. Muchos son los indicios. No busque respuestas al margen del sistema. Compórtese. Sea políticamente correcto. Seres acríticos, sin capacidad de juicio, incapaces de reflexionar, previsibles y pendientes de la voz del amo. Nos dan órdenes y las cumplimos rauda y velozmente. Cada vez que lo hacemos esperamos ser gratificados. El premio, a diferencia de los animales domésticos, son mercancías, coches, apartamentos, joyas, etc., o su equivalente general, dinero. Otras, el resultado es vanidad y orgullo. Ego contenido para señalar las diferencias de estatus y posición de clase. Nos complace el reconocimiento público. Ser los machos alfa de la manada o en su defecto el líder.

Con los animales, el proceso de domesticación sigue el mismo itinerario. Una orden cumplida, una recompensa. Es cosa de observar espectáculos en los parques acuáticos. Focas, delfines, orcas, obtienen más o menos sardinas, en función del ejercicio realizado. Si por casualidad los animales domésticos alteran nuestra existencia, no hay rubor en someterlos hasta desfigurar su naturaleza. La castración, sin ir más lejos. Así, el propietario, dueño del animal, evita los cantos, aullidos o maullidos en periodo de celo. Los destruimos, a cambio les brindamos seguridad, un techo donde vivir y comida. Nos sirven de compañía, satisfacen nuestros deseos. Sólo les pedimos sumisión, y levantar la patita a la voz del amo.

¿Pero qué sucede si no cumple la orden? No hay que ser muy listo, el premio se convierte en castigo. La desobediencia se penaliza. Si las recompensas no surten efectos, el animal será declarado peligroso, no apto para vivir entre humanos. Mejor sacrificarlo. Como mucho se le perdonará la vida, pasando el resto de su existencia en una jaula, aislado y en condiciones miserables. Los ejemplos de castigos son variados, no haremos una lista, pero sabemos cuál es su función, crear miedo y violentar el cuerpo. Así, los vemos temblar cuando se les recuerda que defecar y mear en el salón está penalizado. Saben la respuesta, pero no han podido frenar sus instintos, la domesticación, tiene sus límites. Cada cierto tiempo, se les recordará quien manda para evitar indisciplinas, sublevaciones o malos comportamientos. Otro tanto ocurre con los seres humanos, temerosos de perder el empleo, se someten a vejaciones múltiples. Es preferible callar que levantar la voz. Amenazas, presiones, calumnias todo será utilizado como mecanismo represivo y de coerción.

Seguramente usted ya está reflexionando. Haciendo comparaciones y sometiendo lo dicho a un juicio reflexivo. En otras palabras, ejerciendo la facultad de pensar. No somos homo sapiens, somos dos veces sapiens, sabemos que sabemos y eso nos hace únicos, como especie. Pensar, anticipa medir las acciones, enjuiciarlas y contrastarlas por sus resultados. No es posible aceptar la injusticia, el hambre, la esclavitud, el tráfico humano, la explotación, la desigualdad. Menos aún justificar guerras, levantar muros fronterizos.

Sin embargo el miedo se ha ido apoderando lentamente de nuestra existencia. Cambiamos derechos y libertades por seguridad. Asesinatos, secuestros, robos, violaciones, catástrofes provocadas, crisis inducidas, guerras étnicas. No hay espacio público que no se encuentre tocado por la inseguridad y el miedo. Tampoco en la esfera privada. La dualidad público-privado ha perdido su significado en un mundo en el cual se nos exige sumisión completa al poder. Podemos ser asaltados, trasformados en rehenes, violados, convertidos en carne de cañón del crimen organizado. La violencia se extrema y permea al conjunto de actividades. El miedo se extiende y se generaliza. Vivimos con miedo. La salida resulta obvia, trocamos miedo por seguridad. Somos capaces de renunciar a cualquier cosa, ser sumisos, con tal de no padecer las angustias de una sociedad sumida en la desconfianza.

Las consecuencias son palpables. Si el poder piensa en verde, nosotros pensamos en verde, si en rojo, nosotros en rojo, si en amarillo, pues en amarillo, y así cuantas veces sea necesario. Nos adaptamos y queremos ser gratificados por ello. Hemos aprendido la lección. No se puede ser la oveja negra, la manzana podrida, el inconformista, el crítico. Mejor seguir el libro de instrucciones para convertirse en un animal de compañía, dócil y siempre dispuesto a complacer al amo. ¿Cómo hemos llegado a esta situación deshumanizante?

Primero, renunciando a la conciencia. Acallando la memoria. Ya no juzgamos las acciones del poder, acatamos órdenes. Segundo, disciplinando el pensar, obedeciendo ciegamente y creyendo ser libres, cuanto más esclavo somos. Tercero, siendo sumiso y socialconformista. Llevando una vida sosegada y placentera, convertidos en caricaturas de seres humanos.

El proceso de domesticación teje sus redes [sociales], creando un sucedáneo para la facultad de pensar, la llamada inteligencia artificial y el consabido pensamiento positivo. Aunque usted sea explotado, ninguneado, insultado y menospreciado, siempre habrá una acción positiva que le alegre el día. Todo está dispuesto para hacer de la actividad de pensar un delito. A partir de ese instante su ejercicio será perseguido y criminalizado.

El proceso de deshumanización se yergue para apuntalar un orden social totalitario y represivo. Es necesario, enfrentarse al proceso de domesticación, recuperar la capacidad de pensar secuestrada por el sistema, y perder el miedo, sin caer en actitudes imprudentes y temerarias. Hay que ser osados pero no idiotas. Hablamos de no dejarse avasallar, de romper el círculo del miedo, en nuestra especie, ser indomables.

La Jornada

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