¿Qué hay detrás del conflicto entre Tailandia y Camboya y la canonización de Suharto?
Ambos países estaban más motivados por el temor a los aranceles de Trump que por la perspectiva de una paz duradera. Pero en el sudeste asiático no se consigue nada si se ignora a Pekín
El sudeste asiático se encuentra nuevamente en crisis tras dos noticias que han dominado la región el lunes.
La primera es que Bangkok ha suspendido la aplicación del acuerdo de paz con Camboya, del que supuestamente había sido mediador Trump el 26 de octubre, después de que dos soldados tailandeses resultaran heridos por una mina en la zona fronteriza en disputa.
La segunda es que un dictador asiático, amigo íntimo de todos los presidentes norteamericanos y empleado de la CIA, ha sido declarado héroe nacional: el general y expresidente tailandés Suharto, fallecido en 2008. Estuvo en el poder durante 32 años y fue directamente responsable de la masacre de comunistas que, a partir de finales de 1965, llevó a cabo el ejército indonesio bajo su mando contra el PKI, el partido comunista más grande del planeta después de los de la Unión Soviética y China. Al menos 500.000 civiles pagaron el precio, muchos de los cuales sólo eran sospechosos de simpatizar con el comunismo.
Como suele ocurrir en la historia de Asia, los EEUU resultan ser el eje entre estos dos acontecimientos. Cuando Camboya y Tailandia firmaron el acuerdo de alto el fuego en Kuala Lumpur el mes pasado, Trump aprovechó la cumbre de la ASEAN para felicitarse a sí mismo —como ya había hecho en mayo con India y Pakistán— y alardear de las “ocho guerras que mi administración ha logrado concluir en ocho meses”, una hazaña que “nunca antes se había alcanzado”.
Pero más allá de la retórica grandilocuente y el espectáculo, el acuerdo parecía muy frágil desde el principio. El Acuerdo de Paz de Kuala Lumpur, tal como lo había bautizado Trump, se concluyó tras un alto el fuego inicial en julio, después de una guerra de cinco días entre los dos reinos, y había sido descrito por el ministro de Asuntos Exteriores tailandés, Sihasak Phuangketkeow, como nada más que “un camino hacia la paz”, que no es exactamente lo que Trump intentaba presentar.
Phnom Penh había sido el más entusiasta de los dos, porque Camboya, a diferencia de Tailandia, siempre ha tratado de internacionalizar la crisis fronteriza que ha enfrentado a los dos países durante años.
En realidad, al igual que ocurrió en julio, cuando ambos países acordaron un alto el fuego por mediación de Malasia (que presidente actualmente la ASEAN), ambos países estaban más motivados por el temor a los aranceles norteamericanos que por la perspectiva de una paz duradera.
Y aunque Trump influyó algo en ello, utilizando tanto el ánimo como las amenazas, los chinos también contribuyeron a ese primer alto el fuego. En el sudeste asiático no se consigue nada si se ignora a Pekín.
Así pues, bastó con la explosión de una sola mina para que el nuevo primer ministro, Anutin Charnvirakul, dijera que “hay que detenerlo todo”.
Es poco probable que un tuit de Trump sea suficiente para remediar esta situación inestable, que se complica por un factor sutil pero no insignificante: la presencia de servicios de internet ilegales en el lado camboyano de la frontera. Se trata de auténticos centros de fraude digital asociados a casinos que han surgido como setas en los últimos años, entre ellos el Prince Group, un conglomerado que acaba de ser sancionado por EEUU.
En cuanto a Suharto, la decisión de honrarlo como héroe nacional ha sido controvertida durante meses. La controversia comenzó cuando el actual presidente, Prabowo Subianto, que se casó con una de las hijas de Suharto, dejó claro que quería reservar un lugar en la historia nacional para ese adalid anticomunista y asesino de masas.
Prabowo debía su rápido (y sospechoso) ascenso en el escalafón militar a Suharto, y era un habitual del círculo íntimo de la familia Suharto, donde circulaba a manos llenas el dinero de la economía clientelista y nepotista que lo rodeaba.
Así, se ha incluido al antiguo dictador en la lista junto a otros nueve héroes nacionales, entre los que se encuentran el antiguo presidente democrático Wahid “Gusdur” y la sindicalista Marsinah, una mujer asesinada en 1993 después de acudir a su fábrica para informarse acerca de unos despidos. La violaron y torturaron, y sus restos se encontraron días después junto a la fábrica.
Resulta increíble que tres figuras tan diferentes aparezcan ahora en la misma categoría: dos dignas de ser recordadas y una de la que avergonzarse.
il manifesto. Traducción: Lucas Antón para Sinpermiso.







