Ardanza también pidió el sí... a la OTAN

¿Extraño? ¿Sorprendente? ¿Incomprensible? ¡Qué va! Total y absolutamente lógico si lo interpretamos desde esa óptica que tan a menudo arrinconamos: la lucha de clases como actividad de distribución de los capitales económicos, sociales y culturales y el hecho, comprobable una y otra vez, de que los intereses de clase priman siempre sobre cualquier otra lealtad, lo que convierte a nuestra burguesía «nacionalitaria» en un permanente caballo de Troya para las aspiraciones soberanas del pueblo trabajador vasco, y al Gobierno Vasco, hegemonizado por el PNV, en el aparato privilegiado de los privilegiados (sean o no vascos), es decir, en un aparato al servicio de los intereses, las exigencias y los vetos de esa burguesía.
Aunque es obvio que el Tratado consagra el cierre de cualquier posibilidad soberanista, y busca, por tanto, nuestra desaparición, Josu Jon Imaz nos intenta vender su apoyo al sí en «clave nacionalista», asegurando que la Carta europea es «el mejor marco para el autogobierno vasco en los últimos 50 años». Sin embargo, la motivación de fondo que impulsa al PNV es la misma que impulsa al PSOE y a un sector del PP, y que todos ellos ponen muchísimo empeño en ocultar mediante lo que Bernard Cassen llama «una espectacular operación de desinformación»: su total disposición a poner todos los medios a su alcance para desarrollar en la práctica la esencia neoliberal del Tratado constitucional e instaurar así definitivamente la primacía del mercado y de la llamada «libre competencia», en salvaguardia de los intereses de una fracción multinacional europea (a la que la burguesía vasca está subordinada) que necesita desafiar en todos los terrenos la hegemonía yanki y aumentar su competitividad y su influencia económica, tecnológica, polí- tica y militar ante la inminente lucha a muerte entre bloques imperialistas. No tenemos más que subrayar, como hace Bernard Cassen, que las palabras clave del Tratado (que nos ocultan como si de la lepra se tratara) son mercado, competencia y capital. O bastaría también con recordar el formidable complejo militar-industrial (BAE Systems en Gran Bretaña y EADS en el continente) puesto ya en marcha para comprender la significación de las palabras de Giscard d’Estaing con ocasión de la Convención sobre el Futuro de Europa: «Si lo conseguimos, Europa habrá modificado su papel en el mundo. Será respetada y se le escuchará, no sólo como la potencia económica que ya es, sino como potencia política que se expresa en pie de igualdad... con las más poderosas potencias del planeta».
Esto dicho así nos deja quizá un poco fríos. Sin embargo, y desgraciadamente, la aplicación rigurosa del modelo neoliberal que impregna el Tratado supone mayor explotación, mayor exclusión y mayor subordinación para la gran mayoría vasca (y europea). Supone el desmantelamiento del llamado Estado social, con las consiguientes «reformas» del sistema de salud, la educación y las jubilaciones. Implica la legitimación del despido y de la precariedad laboral, el aumento de los accidentes laborales, el fomento de las deslocalizaciones, la corrupta privatización en pocas manos del dinero público y la puesta a disposición de las multinacionales (y también de nuestra burguesía interior) de todas las fuentes de beneficios que todavía no controlan, como sanidad o educación, para su total libera- lización y reestructuración. El espíritu neoliberal que inspira el documento, y que se desarrolla ampliamente en su tercera parte, busca, en definitiva, la supeditación última de lo social a los imperativos de la competitividad y la movilidad internacional del capital, la eliminación de toda forma de democracia participativa, nuestra conversión a su lógica y a su imaginario (individualismo feroz, irracionales deseos de consumir, de poseer...), y, en última instancia, la legitimación de la represión, bajo la etiqueta de «terrorista», de toda resistencia y de toda lucha reivindicativa social, económica y/o nacional que consideren amenazante para la perpetuación del modelo.
Se trata pues de copiar punto por punto ese modelo yanki competitivo, violento, reaccionario, racista y sexista, en el que la desigualdad y el desamparo son tan dramáticos que, según la revista on line "Health Affairs", dos millones de personas acaban anualmente en bancarrota por las facturas derivadas del tratamiento de su enfermedad. Y hay que señalar (y esto es lo grave y lo preocupante) que el equipo de Ibarretxe y la gran mayoría de equipos municipales con alcaldías tanto del PNV, como del PSOE o del PP tienen ya muy avanzada la ejecución de las líneas principales del modelo. No tenemos más que pensar en el desmantelamiento paulatino de Osakidetza (reducción de personal y trabajo en precario, privatización de servicios...), en las amenazas sobre el sistema de pensiones, en el progresivo paso a manos privadas de lo que era administración pública (polideportivos como el de Zuhaizti en Donostia; OTA...)... hasta ciertas fiestas antes populares e incluso parte importante de la «seguridad» son ya de explotación privada... Y lo que queda por venir.
Según dice engañosamente Josu Jon Imaz, es necesario votar afirmativamente «porque fuera de Europa hace frío». Aquí repite jugada: su partido se apoyó también en el mito del «progreso» y de la «modernidad» para defender la construcción de centrales nucleares o presionar indirectamente a favor de la entrada en la OTAN, demonizando así por «atrasados» los argumentos adversos, y justificando su posicionamiento del lado del capital y del imperialismo. Euskal Herria le demostró entonces con su lucha popular y con su voto que su «lógica» era una lógica equivocada. Es el momento de volver a hacerlo.
«No» a la neoliberalización económica, social, cultural y nacional de Euskal Herria. «No» a la Constitución europea.
Gara
13.02.05







