Cinco reflujos: Santucho y el leninismo, hoy

Hay una fascinación creciente en la figura de Roberto "Robi" Santucho. En medio del desconcierto del hoy, surge el impulso de buscar en sus ideas y su vida las respuestas que nos están siendo negadas. Pero volver a Santucho no significa retroceder a 1976. Retornar a Santucho es aceptar ante todo que Santucho está muerto y que su propuesta particular ha naufragado, pero que al mismo tiempo es portador de una llama emancipatoria que quema todavía. Es pues necesario deslindar entre aquello que Robi hizo y el espacio potencial que desplegó: la dimensión en la que Santucho resulta superior a sí mismo.
Hacer lo que Robi hizo, seguir su ejemplo hoy, no significa repetir como loros sus palabras o sus actos de hace treinta o cuarenta años, sino avanzar sobre sus posibilidades perdidas, sobre los pensamientos que nunca llegó a tener, sobre los documentos que jamás escribió.
De algún modo, Santucho el leninista surge desde el pasado cercano, pero inaprensible, como procedente de un planeta extraño. Pero esa imposibilidad de traerlo al hoy, su irreductibilidad a esta realidad degradada, refleja la constatación de que es nuestro presente el que halla fuera de foco, por lo cual la implacable vocación leninista de Robi aparenta estar fuera de lugar.
Hay quien sostiene que los relatos que elaboramos acerca del pasado cercano donde habita el recuerdo de Robi, sólo ofrecen, enmascarados, nuestros problemas presentes; o sea que no hay posibilidades de expresar la “verdad” en nuestras versiones del ayer. Pero también podría sostenerse lo contrario: en vez de ser la historiografía el reflejo ideologizado y deforme de un presente desdichado, pero real, lo que ha ocurrido es que el pasado objetivo no logró saldar sus conflictos y los está proyectando hoy, también objetivamente, en los problemas actuales.
La inversión del punto de vista no es simétrica. La primera hipótesis es la conexión entre un discurso ideológico (o sea intrínsecamente falso, y sólo los discursos pueden ser falsos; los hechos, no) y una realidad que lo enuncia desde el hoy. La segunda hipótesis expresa la conexión diacrónica entre dos objetividades, concatenación causal entre los puntos irresueltos del ayer y los problemas del hoy. Es sobre esta segunda conjetura que desarrollaré este texto.
Desde el nacimiento del capitalismo, cinco sucesivas oleadas revolucionarias han chocado contara los acantilados de la historia, seguidas de cinco reflujos profundos y prolongados. Así ocurrió después del Congreso de Viena, en 1815, donde el plenario de la reacción europea se dio cita para enterrar el cadáver insepulto de la gran Revolución Francesa de 1789 y 1793. Luego de décadas de oscuridad, una nueva marea roja inundó el todavía inmaduro mundo capitalista europeo en 1848, ocasión en la que los muy jóvenes Marx y Engels publicaron la breve Biblia de la revolución: el Manifiesto Comunista. La crisis capitalista de comienzos de los ’70 dio espacio para la Comuna de París, el crecimiento del anarquismo, los partidos socialistas y marxistas y la Segunda Internacional. A comienzos de la Primera Guerra Mundial (1914), una experiencia catastrófica asimilable a la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética a comienzos de los años ’90 del siglo XX, puso fin a largos años de consolidación del movimiento proletario y dio lugar a la aparición del leninismo: la traición de los parlamentarios socialistas de cada país al movimiento internacional, formalizada en el voto a favor de los créditos de guerra en los respectivos parlamentos, lo cual facilitó la conflagración y derrumbó las esperanzas de las masas en el internacionalismo profesado verbalmente por los partidos de izquierda.
El vendaval social-chauvinista, “patriótico”, hace casi cien años, derrumbó en pocos días convicciones muy profundas. Los líderes de los respectivos partidos social-demócratas (proletarios) de las naciones en pugna traicionaron el mandato de sus bases, las cuales exigían convertir la guerra imperialista en ciernes, en una guerra civil contra las aristocracias y las grandes burguesías aventureras de Gran Bretaña, Francia, Alemania, Austria y Rusia. En lugar de ello, los dirigentes “socialistas” se plegaron al frenesí patriótico y fueron cómplices en la masacre de millones de jóvenes realizada durante la conflagración.
Cuando ello ocurrió, hacían ya más de diez años que Lenin había publicado su principal obra fundante, el “Qué hacer”. Gran parte del ideario clásico del leninismo procede de ese famoso libro y de sus demás textos sembrados en los albores del siglo XX: la inquebrantable atención a la lucha de clases, el militante revolucionario profesional, el Partido Revolucionario como forma privilegiada de organización, la toma revolucionaria y violenta del poder, la dictadura del proletariado, y siguiendo. Muchas de estas ideas impregnaron nuestra propia praxis en la Argentina y tratamos de aplicarlas de la misma manera implacable que Lenin, bajo la guía indiscutible de Santucho.
El modelo leninista esbozado en el “Qué hacer” reflejaba ante todo el rechazo que sentía Lenin ante las formas artesanales de la militancia poco comprometida, de tiempo libre o fin de semana, a las que consideraba prácticas de aficionado, frente a las cuales proponía el modelo de revolucionario profesional, enteramente entregado a la causa. El marco organizativo de esa militancia era un partido de nuevo tipo que Lenin diseñó bajo la influencia de las ideas de Taylor, un teórico de la gran fábrica capitalista de esa época. La dirección, las gerencias, los capataces y los operarios tenían su contraparte análoga en el secretariado, el comité central, los militantes, etc. del partido leninista. Se trata de una estructura vertical y bastante autoritaria, donde el centralismo domina sobre la democracia, pese a las frecuentes protestas en contrario, y donde se valoriza la disciplina en pos de la eficacia.
Este modelo partidario no era el único posible y otros alternativos postulados por Antonio Gramsci, Karl Korsh y Rosa Luxemburgo, por ejemplo, compitieron por un tiempo hasta el triunfo bolchevique de 1917. Después, el poderoso “criterio de verdad” constituido por la victoria saldó empíricamente la polémica. Se correspondía con el modelo conocido como “fordista” de la gran fábrica capitalista, dentro del cual un trabajador era en términos generales intercambiable por cualquier otro y las prácticas tayloristas incrementaban la productividad. El partido de tipo leninista recibió su reconocimiento cosmopolita a través de la articulación de la Tercera Internacional Comunista, enteramente subordinada al Partido Comunista de la Unión Soviética, que se fue constituyendo entre 1918 y 1924.
La muerte de Lenin y la irrupción de formas extremas de autoritarismo dentro y fuera del partido instauradas por Stalin, contribuyeron en los años siguientes al creciente descrédito del modelo leninista, provocando pánico entre los trabajadores y militantes socialistas pertenecientes a los partidos socialdemócratas reformistas de la Segunda Internacional, por lo general mayoritarios en sindicatos y corporaciones. El oportunismo político (reflejado primero en un extremo sectarismo de izquierda que asimilaba a los socialdemócratas con los fascistas; luego el apoyo táctico a ciertas corrientes fascistas -en especial a Hitler en 1932, en las elecciones de algunos estados prusianos-; después, la política de unidad con los socialdemócratas antes de la Segunda Guerra Mundial; y finalmente el pacto Ribentropp-Molotov de coexistencia entre Hitler y Stalin, de 1941), aumentó la confusión y el descrédito de la III Internacional, que fue disuelta finalmente el año siguiente porque dificultaba la nueva política de alianza con los anglosajones desplegada por Stalin después de la invasión alemana a la URSS.
Sin embargo, el modelo leninista de partido parecía tan evidentemente inevitable, que la “bestia negra” del estalinismo, constituida por los partidos trotskistas y de la oposición de izquierda de la Tercera Internacional (como el POUM de Cataluña), mantuvieron en lo esencial ese diseño ya clásico, atribuyendo las “desviaciones” burocrático-autoritarias a las direcciones estalinistas de los P.C.’s de cada país, y no a un defecto intrínseco del modelo organizativo. Lo extendido del fenómeno (que involucró a organizaciones revolucionarias europeas, asiáticas, americanas y hasta africanas) y el hecho de que a lo largo de los años no apareciera alguna alternativa importante, alerta acerca de la existencia de alguna base objetiva para que esto ocurriera. Esta base residía en la experiencia más o menos parecida compartida por las clases trabajadoras de Occidente en las grandes fábricas “fordistas” (por Henry Ford), que “naturalizaba” las prácticas autoritarias de los respectivos partidos Comunistas, encabezados en la mayoría de los casos por conducciones burocráticas o directamente stalinistas. La disciplina de la “gran fábrica” se extrapolaba como la disciplina “comunista”.
Pero volvamos al Lenin del año 14, presa de la desesperación. La catástrofe estaba implícita en la contradicción entre el supuesto cosmopolitismo de la II Internacional, que consideraba anacrónicas a las naciones, y el carácter estrictamente nacional de las seccionales. Pero ese carácter nacional en lo organizativo de la II Internacional reflejaba un hecho completamente objetivo: que los mercados y las burguesías y las aristocracias eran nacionales, y que (como remarca enfáticamente Lenin) la propia “aristocracia obrera” (sector de la clase trabajadora que apoyó también el chauvinismo y los réditos de guerra) también era nacional.
Ya Marx había advertido que para derrotar al capitalismo teórico, bastaba el socialismo teórico; pero éste era insuficiente para enfrentar al capitalismo práctico y positivo. La II Internacional era, en 1914, teóricamente internacionalista, pero prácticamente no, porque estaba inmersa en un sistema mundial capitalista-monopolista que atravesaba todavía una etapa claramente nacional (y que debería librar dos guerras mundiales para superarla). Así que Turatti, Kautsky y cía., líderes respetados de II Internacional a los que Lenin y Rosa Luxemburgo sólo habían criticado hasta entonces por reformistas, se deslizaron al social-patriotismo capitulando frente a sus respectivas burguesías.
Uno de los aspectos de la respuesta de Lenin a la gran debacle es bastante conocido: lideró los llamados a las conferencias socialdemócratas de Zimmerwald y Kienthal, en Suiza, durante los dos años siguientes, tratando de recoger del suelo los restos desmenuzados de la II Internacional. La llamada “izquierda zimmerwaldiana”, de la que participó, se enfrentó a los social-pacifistas puros que se oponían simplemente a la guerra “en general”. Fue claro en insistir con la gran oportunidad que el rechazo creciente a la guerra imperialista (guerra que estaba haciendo sufrir toda suerte de calamidades a los pueblos) ofrecía a los revolucionarios socialistas, si se era consecuente en la consigna de convertir la guerra imperialista en guerra civil contra la burguesía de cada país. La “izquierda zimmewaldiana” fue poco después el núcleo duro de la fundación de la III Internacional, enteramente leninista.
Con toda la importancia que tuvo ese aspecto de su praxis, éste todavía era el Lenin del “Qué Hacer” de 1902. Aislado en Suiza, de pie sobre los escombros de las certezas que hasta 1914 aparecían como verdades incontrovertibles, solamente le quedaba un camino: interrogar las fuentes primigenias sobre la que el marxismo había edificado el grueso de su cuerpo teórico, esto es, la “Lógica” de Hegel (1).
A Santucho le gustaba repetir la famosa frase del Lenin acerca de que la teoría marxista es todopoderosa porque es cierta. Aquí se juega con la ambivalencia del concepto de “verdad” y la falsa dicotomía entre “teoría” y “práctica”. La verdadera antagonía sin solución, como advierte Juan Samaja en “Epistemología y Metodología”, es entre una actitud pasiva y contemplativa, por un lado, y la práctica, por el otro. En cambio, la teoría revolucionaria está cargada y dirigida a la acción, toda vez que ni el más nimio de los datos puede comprenderse fuera del contexto teórico en el que el dato fue colectado. Por lo tanto, la relación entre teoría y práctica revolucionarias, lejos de ser antagónicas, configura una tensión dialéctica de la que brota la negación de la negación, esto es, la praxis. El concepto de “teoría” pierde así la connotación pasiva y recupera el sentido dinámico que poseyó originalmente (2).
Comparando los textos filosóficos leninistas “Materialismo y Empiriocriticismo”, de 1908, con los “Cuadernos de la Lógica”, de 1916, se percibe ante todo en este último una percepción mucho más madura y operativa de la dialéctica hegeliana. En los “Cuadernos…” puede detectarse, además, una preocupación por los problemas estructurales de los fenómenos sociales que se estaban desplegando, preocupación que poco después exhibe su utilidad en la política práctica, como veremos de inmediato (3) y (4).
En febrero de 1917 se produjo en Rusia una revolución democrática, que convirtió al país en uno de los más democráticos del mundo. La línea partidaria de los bolcheviques había sido, durante años, justamente la liquidación de la autocracia zarista. La continuación lógica de esta línea, interpretando linealmente los acontecimientos, no podía ser otra que el fortalecimiento de las instituciones representativas como la Duma, frente al peligro muy cercano de la restauración zarista a través del avance del ejército contrarrevolucionario sobre las capitales, Petrogrado y Moscú. Esta era la posición que defendía el periódico bolchevique Pravda. Sin embargo, el parlamento coexistía con una institución surgida en la revolución rusa de 1905, el soviet (consejo) donde también se encontraban representados algunos de los partidos y corrientes presentes en la Duma. Esta situación fue denominada por Lenin como un doble poder y era intrínsecamente inestable, ya que las decisiones tomadas por cada una de ambas instituciones, solían ser contradictorias entre sí y mutuamente se cuestionaban su legitimidad.
Al retornar a Petrogrado del exilio en Zurích, Lenin se dio cuenta del carácter ambiguo de semejante situación. Como narra Trotski en la “Historia de la Revolución Rusa”, la representación formal de los partidos en el seno de la Duma cambiaba mucho más lentamente que los puntos de vista de las masas supuestamente representadas en el mencionado parlamento. Estos puntos de vista viraban con firmeza hacia la izquierda., mientras que la mayoría conservadora de la Duma se resistía inclusive a adoptar la principal medida democrática exigida por las masas desde el principio, esto es, poner fin a la guerra.
A Santucho le gustaba en especial la anécdota de Lenin, llegado minutos antes a Petrogrado, llevando en un aparte a Stalin (uno se imagina a Lenin furioso, tomando del pescuezo al georgiano) y preguntándole: “¿Qué demonios han estado escribiendo en el Pravda?”. El desconcierto de Stalin (y del resto de la conducción bolchevique) resulta en ese escenario particularmente sincero: después de todo, el consenso respecto a defender políticamente la revolución de febrero era unánime e incluía al propio Lenin.
Es que Lenin, a pesar de encontrarse en el exilio todavía, había percibido en ese breve lapso de febrero a abril, que el loco ritmo con que evolucionaban los acontecimientos en Rusia había dejado atrás las más optimistas expectativas, incluyendo las de los bolcheviques, pero a la vez ponía en grave peligro la supervivencia misma de la revolución. Se había dado cuenta que la revolución democrática (libertad de prensa, de agremiación, de organización política, etc.) era demasiado débil y conservadora para defenderse a sí misma de la reacción autocrática. Pero los logros democráticos habían reforzado a las fuerzas sociales (en especial al proletariado urbano, el campesinado sin tierras y las organizaciones de soldados) capaces, ellas sí, de consolidar a la revolución. No obstante, a esas fuerzas el programa democrático no les bastaba; para galvanizarlas, para ponerlas en pie de guerra contra los generales zaristas, era preciso desencadenar la fase socialista de la revolución.
En las cárceles de Villa Devoto y Rawson, a comienzos de los años ’70, leíamos ávidamente esta polémica verificada tan lejos y más de medio siglo antes en las “Actas del Comité Central Bolchevique” inmediatamente previas a Octubre, las cuales afortunadamente habían sobrevivido, y sobre todo en las “Tesis de Abril”, en las cuales Lenin expresaba de modo cada vez más crispado la necesidad de romper los moldes de “Febrero” liquidando el parlamento burgués, convertido en anacrónico en pocas semanas, y reemplazándolo por el poder de los soviets. A Santucho le gustaba especialmente la aceleración de los tiempos revolucionarios perceptible en el frenesí creciente de las polémicas. El POSDR no podía bloquear la publicación de las Tesis de Abril en el Pravda, pero la mayoría de la dirección puso distancias respecto a ellas (no las reconoció como línea oficial bolchevique). Lenin apeló entonces a las bases partidarias, a fin de obligar a las conducciones a ponerse a la cabeza de lo que concebía como un final inevitable. Tuvo éxito porque su apelación encontró eco en el formidable estallido de democracia directa desde las bases mismas, de comités locales que emergían y se multiplicaban. Ignorando la autoridad del supuesto gobierno “legítimo”, tomaban la gestión de la cosa pública en sus manos. Mucho antes de octubre, se estaba consolidando el poder popular.
Un fenómeno parecido de incorporación masiva a las luchas observábamos en la Argentina de 1972. Cuando muchas organizaciones progresistas empezaron a discutir la legitimidad de la guerrilla argentina, cuestionando la violencia revolucionaria para la que “nadie nos había elegido en especial”, Robi mostró el paralelo con las discusiones libradas en el propio seno de los bolcheviques durante el lapso marzo-septiembre de 1917. Lenin dice que la revolución no necesita ser autorizada por nadie, ella sola se autoriza con el propio triunfo. La idea de que los revolucionarios “pidan permiso” a alguien antes de lanzarse a la toma del poder estatal, le parecía a Robi (poco afecto a los énfasis) “una pelotudez infinita”. “La búsqueda de garantías es el temor ante el abismo del acto”, afirma S. Zizek. No hay garantía alguna para la revolución.
Las cosas en la Argentina, en efecto, se precipitaron. El 15 de agosto, Robi y varios compañeros más lograron fugar de la cárcel de Rawson. Otros no lo logramos, pero fuimos liberados con la restauración de la democracia el 25 de mayo de 1973. El ambiente era espectacular, con decenas de miles de personas dispuestas a movilizarse ante el llamado de sus organizaciones, la gente en la calle todo el tiempo, las instituciones del Estado, las universidades, los colegios, los hospitales, en disputa fáctica con la derecha. Santucho observó que la situación era un doble poder embrionario. No se le escapaba la analogía con febrero de 1917, pero con una falencia fundamental. “No tenemos ningún órgano de poder popular”, observó. La gran ola revolucionaria nunca logró constituirlos.
La forma del poder democrático-parlamentario instaurado en febrero de 1917 (la Duma) era intrínsecamente inadecuada para la profundización de la revolución hacia una etapa socialista, pero incluso para la supervivencia de la revolución en la módica modalidad democrática. No se trataba solamente de la cuestión programática. El tratamiento de los problemas del común bajo la modalidad parlamentaria ya los condenaba, de modo inevitable, a ser acometidos a través de soluciones reformistas, que no eran soluciones en absoluto. El argumento de Lenin contra los críticos formal-democráticos, era que esta opción “puramente democrática” resulta utópica, porque el único modo práctico, “realista” de proteger las conquistas de la revolución de febrero era avanzar hacia la revolución socialista. En términos hegelianos, inicialmente el viejo orden (la autocracia) es negado dentro de su propia forma política (la Duma); después, mediante la “negación de la negación”, esta forma es la que es negada.
La famosa discusión acerca de si las condiciones objetivas y subjetivas de la revolución se encuentran o no maduras, ya venía dándose en el movimiento socialista por lo menos desde fines del siglo XIX, cuando Rosa Luxemburgo las discutió con Karl Kautsky. La respuesta de Lenin en 1917 fue la repetición del argumento de Rosa: “aquellos que esperan las condiciones objetivas para la revolución esperarán para siempre”. Se trata de dos modelos incompatibles para la revolución: algunos esperan el “momento maduro” de la crisis final. Lenin (y Santucho) eran concientes de que la revolución no tiene ningún “tiempo propio”. La oportunidad revolucionaria es algo que emerge y que tiene que ser atrapado en las fluctuaciones mismas del desarrollo histórico. La excepción ofrecida por circunstancias extraordinarias, ofrece la ocasión de saltearse prolongadas etapas de acumulación de fuerzas y maduración del movimiento. ¿Cómo prever en 1973, en medio del auge revolucionario y el fresco recuerdo del Che Guevara y el Cordobazo, cuándo el envión de las masas se detendría y comenzaría el reflujo? Era preciso avanzar, dejando que los hechos respondieran esa pregunta.
Han transcurrido noventa años desde el ’17 y treinta y seis del ’73. Hemos vivido hace poco, en términos históricos, con el derrumbe del “socialismo real”, una debacle comparable o aun más grave que la del “cuarto reflujo” que dio origen al leninismo maduro de las “Tesis de Abril” y “El Estado y la Revolución” (escritos casi contemporáneamente). Cabe preguntarse qué respuesta esbozaría el leninista Santucho a los problemas actuales de la revolución.
Los pocos “leninistas ortodoxos” sobrevivientes, especialmente si son trotskistas, se comportan como si se pudiera reciclar el leninismo. Se enzarzan en discusiones eruditas y apasionadas demostrando cómo los anticomunistas falsean a Lenin. ¿Qué relevancia tiene el tema hoy? Los teóricos de la derecha intentan falsear los hechos y torcer las interpretaciones de lo sucedido en vida de Lenin por razones ideológicas destinadas a construir hegemonía. Cuando un teórico de la derecha sugiere que la democracia parlamentario-burguesa está acabada, porque las decisiones importantes no se toman ya allí, todo parece obvio. Pero cuando se argumenta en forma “leninista” se prenden todas las luces rojas del tablero, porque el significante “Lenin” transforma una serie de trivialidades en una enunciación teórica“terrorista-subversiva”. Es en ese sentido que los “leninistas ortodoxos” no andan tan desencaminados.
Vivimos en una era en la que el Estado capitalista y sus aparatos son cada vez menos capaces de articular los problemas claves de nuestro tiempo. La premisa clave del “Estado y la Revolución” es que no se puede “democratizar” totalmente el Estado (ni el capitalista ni ningún otro). En la medida en que todavía estamos bajo el dominio de algún Estado, éste se halla legitimado para ejercer la coacción violenta. En estas condiciones, toda democracia es un fraude. Por vez primera en la historia de la humanidad, nuestra experiencia actual científico-técnica (en especial en la informática, las comunicaciones y la ingeniería biológica) nos impulsa colectivamente a afrontar los grandes problemas filosóficos básicos sobre la naturaleza de la libertad y la identidad de nuestra especie. Nos vemos así sometidos al imperativo de liquidar al Estado (burgués o cualquier otro) y diseñar una nueva formación económico-social sin burocracia ni fuerzas represivas, en la que todos los seres humanos puedan participar en la gestión de los intereses colectivos.
Pero ¿quién será el sujeto histórico destinado a protagonizar esta emancipación? Por supuesto, la clase obrera. Esta “clase obrera” fantasmática, cuyo “impulso revolucionario” es asfixiado repetidamente por la traición de los burócratas sindicales y los políticos liberales o nacionalistas, es el fetiche de los trotskistas sobrevivientes. Su fijación fetichista al viejo marco marxista-leninista es simétrica con el parloteo de los “nuevos teóricos” sobre cómo debemos dejar atrás viejos paradigmas como el de “proletariado”. Son maneras complementarias de escapar al reconocimiento de lo nuevo/diferente que efectivamente está surgiendo hoy. Ante todo, es preciso admitir que la clase obrera fordista simplemente no existe ya. Marx distingue entre la clase obrera como categoría social objetiva (tema de estudios sociológicos) y el proletariado como una cierta posición subjetiva: la clase para sí, la encarnación de la negatividad social. En lugar de tratar de encontrar a la clase obrera en proceso de desaparición, deberíamos preguntar más bien ¿quién es capaz de subjetivar hoy su posición como proletario? Y la contestación es: el cognitariado (los asalariados dedicados al trabajo inmaterial) y los excedentarios (los trabajadores que han perdido para siempre su lugar de asalariados en el capitalismo monopolista tardío).
La emancipación sigue siendo, pues tan necesaria y posible como siempre. El núcleo duro del leninismo sigue políticamente incólume: la negación implacable del capitalismo realmente existente. Negación a la que los múltiples fantasmas de Santucho adhieren con alegría y con pasión.
Notas
(1) A primera vista este rodeo parece poco razonable y explicable solamente como originado en el ocio forzoso del exilio y la soledad política (“en algo hay que pasar el tiempo”). Grave error. Lenin interpela a Hegel con la misma pregunta, y en un tono más enfático si cabe, que titula sus propuestas de 1902, “¿QUÉ HACER?”. Y como veremos, con mucha más urgencia. Porque lejos de tratarse de una interrogación retórica, en términos especulativos, Lenin se sumerge en la “Lógica” en busca de los dispositivos heurísticos destinados a sacar del marasmo, en términos de práctica política, al movimiento revolucionario internacional, y en especial al partido bolchevique.
(2) S. Zízek se pregunta: “¿y la verdad? ¿Es un conocimiento objetivo, neutral, o es la verdad de un sujeto comprometido?” Juan Carlos Marín advierte que a lo largo del siglo XX, el concepto de “verdad” se ha ido desvaneciendo de la epistemología, perdiendo entidad ontológica y convirtiéndose en la designación de la coherencia interna de un discurso. Pero no para el marxismo, que sostiene todavía el concepto “duro” de verdad aristotélica: “decir que lo que es, es, y que lo que no es, no es, debe ser llamado verdad”. Por lo tanto, cuando Bertold Brecht afirma que el saber del partido revolucionario ocupa el lugar de la verdad, quiere decir que la verdad se convierte en la posición política del partido, o dicho de otro modo, que al tomar el proletariado como clase la responsabilidad conjunta de los destinos de la humanidad entera, la verdad objetiva se identifica con la ideología partidaria de esa fuerza social (“ideología” en la acepción de “cosmovisión” y no de “falsa conciencia”).
(3) Esta preocupación por las cuestiones estructural-sincrónicas del texto de Lenin fue empleada por la corriente marxista-estructuralista encabezada por Louis Althusser, en los años ’70, para afirmar un supuesto y paulatino alejamiento de Lenin respecto de la dialéctica hegeliana. Santucho, sin desdeñar del todo a algunos autores cercanos a esa corriente, como Nikos Poulantzas, desconfiaba del explícito abandono del método dialéctico y de la preocupación histórica, no así del análisis estructural.
(4) Resulta remarcable que en circunstancias tan difíciles, Lenin se refugie en una profundización teórica, lo cual puede aparecer como contraintuitivo, en especial en la actualidad cuando muchas de las corrientes emancipatorias o progresistas parecen resignarse a un empirismo poco ambicioso, justo cuando la complejidad de los problemas de la revolución continúan desafiando nuestra capacidad analítica.
25 de mayo de 2009
Colectivo Nuevo Proyecto Histórico







