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02/12/2020 :: Estado español, Pensamiento

Cómo ser migrante en Europa sin odiar en el intento

x Sara Guerrero Alfaro
«Es triste empezar a sentir odio», dice la autora, migrante mexicana.

«Es triste empezar a sentir odio», dice la autora, migrante mexicana. «Se alimenta con cada noticia racista en la televisión, con cada viralización de los discursos de ultraderecha, con la exclusión social a la que te ciñen tus vecinos, con los comentarios ignorantes que insisten que Europa es superior al sur global y que aún porfían en que los indios no tienen alma», añade.

Cuando era niña me preguntaba por qué mi mamá no se comportaba en la calle como lo hacía en casa. En cuanto cruzaba la puerta, esa mujer divertida, capaz de bailar y cantar a todo pulmón, se convertía en una señora cualquiera.

Lo que entonces concebía como una traición no tardó en revelárseme como algo natural cuando yo misma empecé a desarrollar identidades diferentes según dónde y con quién estaba.

Yo no soy la misma que era antes de migrar. En cuanto crucé la frontera cambió mi forma de hablar, de caminar, de mirar a las demás personas.

Tardé mucho en darme cuenta de que mis movimientos se volvieron temerosos y que mi voz, alguna vez tan estruendosa, se convirtió en una suerte de murmullo que solo retomaba sus decibelios naturales cuando hablaba con mi familia por teléfono. Iba por las calles, las plazas, los centros comerciales como si pidiera perdón, como si esperara que alguna persona oriunda me diera permiso de estar ahí, en su país.

20 de noviembre de 2019.
Hoy me arrolló un coche cuando cruzaba la calle en una de las bicicletas públicas de Barcelona. Después de que mi cuerpo se impactara contra el pavimento y calibrara el daño que me había hecho (fue mínimo), me ofusqué. Me hice pequeña. Escuché los insultos del conductor y bajé la cabeza. Levanté la bicicleta lo más rápido que pude y, mirando al suelo, me fui cojeando hacia la acera. Una mujer me preguntó si estaba bien. No tuve el valor de verla la cara. Le dije que sí con una sonrisa, quitándole al asunto importancia, queriendo desaparecer.

Yo, que nunca tuve fervores patrióticos ni consideré que mis rasgos físicos revelaran particularmente mi origen, me hice mexicana cuando salí de México y llegué al Estado español. La distancia reveló mis idiosincrasias culturales al compararlas con las de la península. También extrajo de mí gestos que creía ajenos. Era como si esos ademanes hubieran logrado esconderse entre mi sangre a través de generaciones y desde 1521.

«Descubrir que la subordinación se trae bajo la piel es complejo de explicar»CLIC PARA TUITEAR

Descubrir que la subordinación se trae bajo la piel es complejo de explicar. ¿Cuándo se instauró el sistema colonial en mi cuerpo?, ¿lo heredé?, ¿lo apre(he)ndí en la escuela? Lo único que sé es que, cada vez que salgo a la calle, olvido quién soy, me siento pequeña y sonrío aún a aquella gente que me mira con escepticismo.

3 de marzo de 2020
Hoy, como hacía buen día, salí a convivir con mis vecinas y vecinos. No me gusta mucho hacerlo porque nunca participo -ni me incluyen- en sus conversaciones que se alargan hasta que empieza a meterse el sol. Pero hoy Alberto me ha mirado las piernas e hizo un comentario sobre mi cuerpo. Se le unió después Manuel con picardía. Todes reían. Incluida yo. “Ella no se enoja, ¿verdad?”. “No”, respondí esperando que mi sonrisa ocultara mi incomodidad. Olvidar mis principios por convivir.

Cuando tu pasaporte, tu estado legal, y el miedo que sientes al encontrarte un guardia civil te recuerdan que no perteneces a un sitio, que formas parte de esa otredad tan desprestigiada, lo único que quieres es o agradar o dejar de llamar la atención. Modulé mi voz, para mostrarme inofensiva; neutralicé mi acento y me adapté para protegerme contra la estigmatización; dejé de hablar de mi país, de mis costumbres, de lo que sabía, de lo que había vivido. Me despojé de mí misma para brindarles tranquilidad.

15 de agosto del 2020
Hubo 41 votos para VOX en Mondariz en las últimas elecciones autonómicas. Cinco en mi aldea. Ahora no salgo de casa sin tratar de suponer quiénes están detrás de los votos. ¿Qué pensarán de mí? No puedo evitar tomarlo personal.
Me enteré que Daniela Ortiz huyó de España por ataques, acoso y criminalización. Siento como la ola de odio se convierte en un tsunami.
Hoy fui a solicitar una tarjeta sanitaria. Sólo me cubriría casos de urgencias y labores de parto. Me pregunto si la enfermera que me ignoró y que –con un aire de oficial de migración- solo se dignó a mirarme para comprobar que yo era la de la foto del pasaporte, es una de esos 41.

Todo empezó por una sonrisa. Una sonrisa a la que le siguieron múltiples sonrisas. Sonrisas tímidas. Sonrisas forzadas. Sonrisas que hasta a mí me empezaron a parecer auténticas. ¿Saben lo desgastante que es esforzarte por sonreír y ser amable cuando la persona de enfrente te voltea los ojos, te toma por tonta o muestra una indiferencia total a tu persona?

Contaba con que la amabilidad justificaría mi presencia, que amortiguaría la dureza con la que se me hablaba. Pero, después de nunca obtener un resultado considerable, de chocar contra tantos ojos de hierro, me di cuenta que, en realidad, mis sonrisas no representaban amabilidad para mí. Eran sonrisas sumisas, como si con ellas quisiera complacer a un patrón, a un cliente, a un colono. Mi sonrisa se volvió en ceño.

20 de septiembre de 2020
He dejado de simpatizar con todos esos movimientos nacionalistas de izquierda que excluyen a las personas que no nacieron en lo que llaman su tierra y que, cuando nos incluyen, no dejan de hacernos sentir como la permanente “otredad”. ¿Dónde está la representación migrante en sus partidos con reivindicaciones anticoloniales?
Siento que dejé de saber relacionarme con mis nuevas amistades. Por una parte, no quiero que piensen que me aferro a la herida que abrió en mí el racismo. Pero, por otra, ¿me podrían culpar? Estoy cansada que mis propias amigas, cada vez que me preguntan sobre lo que se come en mi país digan: “Qué asco. La comida mexicana simplemente me da asco”.
Es que no sé cómo lidiar con eso. Vivir en una aldea no ayuda. Nadie está abierto a escuchar mi historia. He terminado por recluirme en casa desde hace meses.

Es triste empezar a sentir odio. Es triste reconocer las semillas de aquello de lo que siempre quisiste defenderte. Pero un día, cansada de llevar más de un año sustentando una casa con 200 euros al mes, llega. Aparece en el ínter de los tres años de espera para poder empezar a regularizarte. Emerge cuando descubres que, para tener tus papeles, tienes que tener dinero o tienes que conseguir un contrato de un año y de más de media jornada. Se alimenta con cada noticia racista en la televisión, con cada viralización de los discursos de ultraderecha, con la exclusión social a la que te ciñen tus vecinos, con los comentarios ignorantes que insisten que Europa es superior al sur global y que aún porfían en que los indios no tienen alma.

Duele darte cuenta de que tú también eres capaz de generalizar a las personas y de abominar esa generalización. Aquellas manos que se te tendieron, esos rostros blancos que te sonrieron de vuelta, que te abrieron la puerta de sus casas… se vuelven pequeños. Es como si pasaran a ser una excepción en ese Estado que es racista desde sus leyes y administraciones, hasta los típicos y eternos comentarios en cualquiera de sus bares.

Es desesperante cargar con el peso del odio en el pecho porque, a donde quiera que se mire, pareciera que siempre aparece algo que lo acrecienta.

1 de octubre de 2020
Antes de que se fuera a Perú, le escribí a Daniela Ortiz para preguntarle: ¿cómo se vive en un lugar que nos hace daño sin llenarnos de odio? Me dijo: “Reúnete con otras personas migrantes con experiencias similares. Es sanador no sentirte cuestionada”.
Hoy, cuando llamé a Thimbo Samb para entrevistarlo, me di cuenta de que me había acostumbrado a cierta frialdad en las relaciones sociales. Cuando le pregunté cómo estaba, él me dijo: “Bien. Y tú, ¿cómo estás?” No supe qué responder. Me dio un vuelco al corazón. Me sentí importante, me sentí vista. Quise contarle todo.

Fui ingenua al pensar en que solamente había razones económicas detrás de los barrios que están completamente habitados por personas migrantes. ¿Debe haber algo más liberador que vivir en un espacio en el que no tienes que exacerbar tu amabilidad para que no te tengan desconfianza?

El camino para deshacerse de la rabia es complejo. ¿Cómo lograr que esos espacios de seguridad y sanación no se conviertan en semilleros de rencor?, ¿cómo generar un refugio armonioso cuando golpean fuerte las olas del tsunami xenófobo y fascista?, ¿cómo evitar volvernos el reflejo de su intolerancia? Y, finalmente, ¿cómo dejar de poner sus incesantes ofensas en el centro de nuestra existencia? Porque parece que su odio racista no va a parar pronto y nosotras no podemos estar dispuestas a dejarnos arrastrar por su maremoto.

20 de noviembre
Tomé la decisión de revestirme con la identidad de la que una vez me despojé. Quizás mañana, al sentir sobre mí la mirada inquisitiva de una mujer alta y blanca, vuelva a escapárseme un ademán de desmesurada amabilidad en pos de su validación. Pero hoy, después de hablar con mi familia –a la que no he podido ver en más de un año- y de recordar quién era, salí a la calle orgullosa de las trenzas con las que me coroné. Por primera vez no me las deshice tras la primera mirada de curiosidad que se posó sobre ellas. Me las enseñó a hacer mi madre. Y es mejor aferrarme a ese amor (aunque esté del otro lado del mundo y el racismo aquí, en cada esquina), que al agotador estado de defensa que me priva de disfrutar mi propia existencia.

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