Estado español :: 30/01/2014
Del sujeto histórico a la izquierda posmoderna
La crítica razonada de esa doctrina de izquierdas posmoderna está aún por hacer en profundidad, aquí únicamente enunciamos el problema planteado
Cuanto peor mejor, solía decirse hace ya varias décadas entre los miembros más activos de la clase trabajadora. Con ello quería significarse que el deterioro creciente del capitalismo extendería el conflicto social y elevaría la conciencia de clase política del movimiento obrero en su conjunto hacia una fase de ruptura revolucionaria sin vuelta atrás. La teoría se dio de bruces con la práctica la mayoría de las veces, salvo en Rusia, China o Cuba, aunque también en estos casos admiten matizaciones las previsiones doctrinales. En ese sentido, los vaticinios marxistas no se cumplieron en el resto del mundo por factores adversos muy dispares, entre otros la reacción estratégica e inteligente de las elites occidentales que al ver la boca al lobo cedieron ante la avalancha reivindicativa de las masas populares, al tiempo que se atrincheraban en sus presupuestos ideológicos e hicieron surgir una coalición de ejércitos colosales y arsenales poderosos liderados por el imperialismo de EE.UU. La línea divisoria contra el fervor revolucionario, subvencionada a través del llamado Estado del Bienestar, aplacó los ánimos de los dirigentes obreros e interpuso diques de interdicción absoluta a la participación gubernamental de los principales partidos comunistas y radicales.
En ese escenario, las ínfulas transformadoras devinieron en formaciones socialdemócratas, que empezaron a colaborar con las derechas tradicionales de modo habitual, dejando el bagaje izquierdista solo para discursos públicos retóricos. El decir y el hacer (la dialéctica) en el espacio de la izquierda se segregaron e institucionalizaron de manera definitiva, divergiendo en sus expectativas materiales. En el terreno exclusivamente teórico, las vanguardias sociales y sindicales perdieron fuelle, de esta manera los dirigentes de los partidos revolucionarios clásicos fueron anquilosándose en burocracias casi inoperantes bastante alejadas de sus bases sociales, cuadros intermedios y simples militantes.
Sujeto en retirada
Desaparecidas las vanguardias, también el sujeto histórico cayó en un progresivo letargo de silencio. El capitalismo del bienestar fue desgajando o diseminando el movimiento obrero en grupos en apariencia diferentes. Del obrero manual de toda la vida surgieron los trabajadores cualificados, los de guante blanco del pujante sector servicios y los funcionarios estatales, desde operarios de oficios varios y administrativos a jefes de departamento o sección, profesores y personal sanitario. El antiguo obrero se quedó en minoría y emergió paulatinamente una clase media sociológica que asomaba al consumo, el turismo y otros bienes intangibles de estatus que le distinguían de sus antecesores como fuerza de trabajo en la sociedad capitalista. De alguna manera, los empleos emergentes se basaban más en el esfuerzo intelectual que en la brega repetitiva y manual bruta y directa. Las nuevas características fueron exaltadas por la elite para dividir a la clase trabajadora en dos mundos casi opuestos, los antiguos y desfasados obreros y los modernos y pujantes empleados.
La relación contradictoria entre trabajo y capital no había cambiado en esencia, pero la ideología capitalista indujo a los nuevos empleados a desmarcarse de sus orígenes de clase, una situación clara de alienación sociopolítica si seguimos con rigor las tesis de Marx. Esta sociedad interclasista sobrevenida se tradujo en pérdida de influencia real y electoral de la izquierda radical o comunista. La democracia parlamentaria se asentó con fuerza y echó raíces en la conciencia colectiva de la gran mayoría de la masa trabajadora. Sin vanguardia ni conciencia de clase, el sujeto histórico se fue desvaneciendo lentamente, pero sin pausa. Y, en un abrir y cerrar de ojos, el derrumbe de la URSS vino a dar la puntilla al sueño o utopía socialista.
Todo sucedió gradualmente, con tensiones y vaivenes políticos y sociales, sin embargo con la posmodernidad globalizada se sancionó el estreno universal de un mundo de libertad plena, en el que cada relato individual sería igual de importante al del otro semejante. Objetivamente, el caldo de cultivo social estaba a la temperatura deseada por el sistema para que el neoliberalismo entrara en acción como un vendaval furioso. La clase trabajadora dividida, sin ideología propia y endeudada por hipotecas y ventas a plazos alegres, era una presa fácil para ponerla en el lugar histórico que le correspondía como mera mercancía enajenable en el mercado de trabajo, pero ahora con un sistema público en declive y con menor capacidad reivindicativa y negociadora.
La crisis que vivimos hoy agudizó el conflicto social con la aparición súbita del riesgo vital y la precariedad laboral. Los partidos y los sindicatos de izquierdas, tomada esta acepción en términos nominales, ya no eran la punta de lanza sociopolítica ni la expresión de la voluntad de la clase trabajadora en su conjunto o en un amplio sentido sociológico. La crisis económica desveló una fractura de representatividad más que evidente en el movimiento obrero y las capas populares. En realidad, el mayo del 68 francés ya fue un grito desgarrado contra las otrora izquierdas revolucionarias, entonces y hoy incapaces de crear una alternativa auténtica al régimen capitalista.
99 contra 1
El grito del 15M en España y sus secuelas internacionales (Occupy y otras variantes locales), fue un aldabonazo en la conciencia colectiva, un No total pero cuarteado en cientos de directrices, una voz desgarrada y furibunda que no incluía afirmaciones programáticas elaboradas y coherentes. No había ya sujeto histórico al que recurrir ni una sociedad de nuevo cuño a la que referirse como horizonte ideológico de esperanza colectiva. La controversia latente se centró en una contraposición gráfica idealizada en exceso que precisaba mayor prestancia política: los que se manifestaban proclamaban que eran el 99 por ciento, siendo el uno por ciento restante el causante de todos los problemas sociales, de la crisis en suma. La relación 1/99 continúa siendo fuente de inspiración para iniciativas de factura similar en la actualidad, Podemos de Pablo Iglesias sin ir más lejos.
Podemos dice ser la expresión horizontal de ese grito huérfano de referente político que nace de la misma base social, de los que sufren los recortes salvajes, de los parados y los yayoflautas, de los que luchan por una sanidad y educación públicas, de los activistas antidesahucios y segmentos asimilados. Estamos ante una amalgama de composición muy diversa, clase trabajadora sin duda alguna. Llama la atención no obstante de que esa horizontalidad que predican movimientos o iniciativas de corte parecido al mencionado siempre comienzan su andadura con un manifiesto personalista y mediático al que se acompaña un documento de firmas y adhesiones particulares, casi todas pertenecientes a trayectorias muy señeras o protagonistas en los mass media o en redes digitales de alcance social muy relevante. Situación paradójica aquella en la que se predica la horizontalidad democrática y asamblearia de los nuevos movimientos y la postulación in pectore como líderes indiscutibles de personas concretas muy conocidas públicamente por diversas razones, sin previa discusión democrática y pública.
Existe una corriente filosófica de izquierdas (Jacques Rancière y otros autores) que pretende sacar provecho de la posmodernidad en un sentido opuesto al fin de la historia de Fukuyama y del neoliberalismo global. Viene a señalar que ese magma indeterminado de inquietudes y sensibilidades (¿la multitud de Toni Negri en un envase actualizado?) se hace automáticamente político y sujeto activo en la propia acción social. El solo atributo del grito colectivo, puntual o no, espontáneo casi siempre, se convierte en política real y efectiva que modifica en riguroso directo a la persona participante y al espacio urbano en general. Se trata de un empoderamiento ideal de cualquiera, sin jerarquías ni consignas a seguir ni militancia formal. Verdad es que las reivindicaciones no se convierten ipso facto o a medio plazo en ley, pero la estela o huella que dibujan tiene consecuencias objetivas tangibles o mentales, aunque sea difícil enumerarlas o distinguirlas en un análisis rápido y superficial. Eso aseguran sus valedores.
La crítica razonada de esa doctrina de izquierdas posmoderna está aún por hacer en profundidad, aquí únicamente enunciamos el problema planteado del cual surgen preguntas de mucha enjundia a nuestro parecer. ¿Tomar el poder y realizar las transformaciones necesarias o bien construir poder horizontal sin entrar en el juego parlamentario capitalista, teoría ésta de indudable paternidad anarquista? ¿El uno por ciento (poder ideológico, empresarial y financiero de facto) tiene conciencia de clase de sus propios intereses corporativos o es una expresión sin aglutinante ideológico? ¿Forman el inmenso 99 por ciento de la humanidad explotada una clase unitaria o está formado por grupúsculos de intereses irreconciliables coaligados emocionalmente por la crisis actual? ¿Pueden los sentimientos puntuales transformarse en sujeto histórico? ¿Solo con voluntad ética y principios morales puede hacerse una transformación radical de la sociedad capitalista? Recordemos que ese uno por ciento manda en los ejércitos, la policía y los medios de comunicación de masas. La historia demuestra que las mayorías sin conciencia de sí (sujeto colectivo que se reconoce como tal en el tablero social y político) suelen perder las batallas ante enemigos menores pero mejor pertrechados ideológica y militarmente. El debate está en la calle. Vayamos a su encuentro.
Existe una corriente filosófica de izquierdas (Jacques Rancière y otros autores) que pretende sacar provecho de la posmodernidad en un sentido opuesto al fin de la historia de Fukuyama y del neoliberalismo global. Viene a señalar que ese magma indeterminado de inquietudes y sensibilidades (¿la multitud de Toni Negri en un envase actualizado?) se hace automáticamente político y sujeto activo en la propia acción social. El solo atributo del grito colectivo, puntual o no, espontáneo casi siempre, se convierte en política real y efectiva que modifica en riguroso directo a la persona participante y al espacio urbano en general. Se trata de un empoderamiento ideal de cualquiera, sin jerarquías ni consignas a seguir ni militancia formal. Verdad es que las reivindicaciones no se convierten ipso facto o a medio plazo en ley, pero la estela o huella que dibujan tiene consecuencias objetivas tangibles o mentales, aunque sea difícil enumerarlas o distinguirlas en un análisis rápido y superficial. Eso aseguran sus valedores.
La crítica razonada de esa doctrina de izquierdas posmoderna está aún por hacer en profundidad, aquí únicamente enunciamos el problema planteado del cual surgen preguntas de mucha enjundia a nuestro parecer. ¿Tomar el poder y realizar las transformaciones necesarias o bien construir poder horizontal sin entrar en el juego parlamentario capitalista, teoría ésta de indudable paternidad anarquista? ¿El uno por ciento (poder ideológico, empresarial y financiero de facto) tiene conciencia de clase de sus propios intereses corporativos o es una expresión sin aglutinante ideológico? ¿Forman el inmenso 99 por ciento de la humanidad explotada una clase unitaria o está formado por grupúsculos de intereses irreconciliables coaligados emocionalmente por la crisis actual? ¿Pueden los sentimientos puntuales transformarse en sujeto histórico? ¿Solo con voluntad ética y principios morales puede hacerse una transformación radical de la sociedad capitalista? Recordemos que ese uno por ciento manda en los ejércitos, la policía y los medios de comunicación de masas. La historia demuestra que las mayorías sin conciencia de sí (sujeto colectivo que se reconoce como tal en el tablero social y político) suelen perder las batallas ante enemigos menores pero mejor pertrechados ideológica y militarmente. El debate está en la calle. Vayamos a su encuentro.






