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Estado español :: 30/11/2025

Demócratas por la Gracia de Dios y franquistas indies

David Souto Alcalde
La 'democracia' española no es capaz de explicarle a los jóvenes en qué se diferencia del franquismo y, mucho menos, en qué es superior a este. En definitiva, que no ha habido ninguna Transición

Noviembre está siendo un mes aparentemente negro para el Régimen del 78. Pese a que seguimos siendo líderes en divorcios, mascotas, consumo de cocaína, dependencia de ansiolíticos u operaciones de cirugía estética, algo empieza a fallar. Los casi cincuenta años de tiránica modernidad almodovoriana que cargamos encima generan cada vez más malestar, y nuestra juventud, tan acostumbrada a ser teledirigida, se entrega a fantasías new age de reclusión religiosa a propósito del último disco de Rosalía, de ficciones audiovisuales como Los domingos o La Mesías, o de la calculada reconversión al vaticanismo de Javier Cercas.

Sin embargo, lo que está causando gastroenteritis plebiscitaria entre los "demócratas" que diseñaron la Transición no es este arrebato místico (¿qué mejor para una generación adoctrinada para ser anti-natalista, ególatra y vivir en un cubículo que meterse en un convento o un monasterio?), sino que cada vez más jovencitos díscolos manifiesten abierta admiración por el franquismo y aseguren que no les importaría vivir en un régimen autoritario como el de Franco.

Todos los consensos en los que se basa nuestra idílica democracia pareciesen --pongo énfasis en el "pareciesen" -- estar volando por los aires. Para intentar atajar esta epidemia de desprestigio, nuestros cerebros más significados han diseñado una campaña de propaganda destinada a explicar a los nacidos en libertad las crueldades del franquismo a propósito del 50 aniversario de la muerte del dictador. El resultado no ha podido ser más revelador, pues ha evidenciado que el Régimen del 78 es una continuación descafeinada del franquismo pero sin soberanía, socialmente destructora y más corrupta. Empecinados en ser la vanguardia de los tiempos, hemos pasado de ser la reserva espiritual de Occidente (que aseguraba que éramos los guardianes de la tradición) a convertirnos en el lupanar oficial de la UE (que certifica que somos el país más moderno y sodomórfico del mundo).

Dicho de otra manera, si uno lee cualquiera de los reportajes que celebran a izquierda y a derecha nuestro "medio siglo de libertad", concluirá que la menopáusica, infértil e histérica democracia española no es capaz de explicarle a los jóvenes en qué se diferencia del franquismo y, mucho menos, en qué es superior a este. Estamos ante una campaña berlanguiana que parece haber sido ideada por los Monty Python trabajando al servicio de la Fundación Francisco Franco para conseguir que las nuevas generaciones a las que se intenta educar en valores democráticos y europeos hagan del neo-franquismo un movimiento underground y de la dictadura de Franco una añorada época mesiánica de paz y prosperidad.

Los demócratas españoles no saben qué es la democracia y, lo que es peor, no son ni tan siquiera capaces de imaginar en qué podría consistir. La confunden con una versión actualizada de ese autoritarismo de estado que el franquismo denominaba "democracia orgánica" y, por eso, la identifican, entre coces y rebuznos, con acceso universal a la vivienda, a la educación o a la sanidad, pero también con la seguridad ciudadana (en la que entran, desde luego, las desastrosas leyes contra la violencia de género) o con la protección moral de la población mediante escudos censores. En todos estos indicadores (con excepción, quizás, del de censura) el franquismo gana de calle a la democracia setentayochista, pues esta va camino de condenarnos a vivir perpetuamente de alquiler en condiciones propias de roedores, ha destrozado la educación convirtiéndola en un negocio, ha concentrado el grueso del poder político, económico y mediático en cuatro familias del nuevo régimen y está destruyendo, a fuerza de medicalización y precariedad, el sistema sanitario.

No nos dejemos engañar. Si la democracia consistiese en proporcionar a la ciudadanía las condiciones materiales y sociales necesarias para vivir con cierta seguridad, la Unión Soviética o el franquismo --aún más este último en su segunda fase-- serían los ejemplos a seguir. Pensemos, por ejemplo, a propósito de la desastrosa situación actual de especulación inmobiliaria, en la vivienda. El franquismo, a ojos de cualquier milenial, pareciese más eficaz que la democracia, pues con el fin de desactivar el atractivo político del comunismo apostó por políticas públicas destinadas a transformar España en "un país de propietarios, no de proletarios". El alto índice de viviendas en propiedad que presenta aún hoy en día España si se compara con otros países europeos proviene del cambio de mentalidad impulsado por las políticas franquistas de vivienda pública. Sin embargo, en aras de la liberalización económica nuestra democracia abandonó la construcción de pisos de protección oficial y la sustituyó por un birlibirloque inmobiliario que ha sometido a la población a un engaño hipotecario que está detrás de los desorbitados precios que mantienen al rojo vivo la crisis habitacional.

Pero si hay un elemento en el que la competitiva democracia española quiere diferenciarse para bien del franquismo ante los ojos de las nuevas generaciones es en el acceso que estas han tenido a una educación pública que, se nos asegura, es de calidad y posibilita el funcionamiento del ascensor social. En un reportaje propagandístico publicado la semana pasada al respecto en La Voz de Galicia se afirmaba que las bases de nuestro exitoso y anti-franquista sistema educativo se sentaron ya en 1970 (¡cinco años antes de la muerte de Franco!) con la implantación de la EGB, que "llegó como una bocanada de aire fresco a un sistema asfixiado por la ideología y el atraso: prometía escuelas para todos, conocimiento más allá del catecismo" y que, además, sustituyó la ajada Enciclopedia Álvarez por los modernos libros de texto. Pareciese obvio que si la democracia española necesita mentir a la juventud asegurándole que en el franquismo solo se estudiaba el catecismo es porque no tiene muy claro cuáles están siendo los logros de la educación demócrata.

El sistema educativo ha sido, de hecho, el principal instrumento de destrucción social utilizado por la democracia para someternos a los intereses de los mercados y fortalecer, de manera insólita en la historia reciente de España, un poder oligárquico concentrado en el puñado de familias que pusieron en marcha el Régimen del 78. Por una parte, nadie parece discutir que la educación primaria y secundaria ha empeorado como resultado de un ir y venir de leyes acéfalas de educación. Pero por otra, lo más preocupante y significativo es que las universidades, siguiendo protocolos de contratación endogámicos basados en el servilismo y no en una apuesta por el conocimiento y la investigación, han producido una inflación de títulos superiores que ha acabado con la idea de mérito. La crisis laboral española ha sido ocultada, con consecuencias fatales, mediante la conversión de los ciudadanos en eternos estudiantes.

Imitando al Instituto Español de Emigración franquista, que facilitaba a los españolitos un trabajo en el extranjero para así remedar la situación laboral patria, la democracia española ha posibilitado la marcha presuntamente voluntaria --en realidad forzada-- de nuestros mejores estudiantes e investigadores al extranjero. El objetivo no fue otro que el de evitar que estas masas de cerebros provenientes de la clase baja o media baja disputasen las posiciones de poder a los hijos del puñado de familias que dirigieron la Transición. Como resultado, las nuevas élites de la democracia española son menos diversas y eclécticas que las del franquismo, proviniendo en exclusiva de las élites fundacionales del Régimen del 78 y dando lugar a lo que en otro texto he denominado como la borbonización de la política (para entender este engaño solo tienen que trazar el árbol genealógico de los líderes de Podemos y cia.).

La perversidad del Régimen del 78 es, en este sentido, la propia de un autoritarismo que se considera inmune al descontento popular. Mientras que regímenes autoritarios como el franquismo necesitaban incluir de manera selectiva a miembros de las clases sociales más desfavorecidas en sus órganos de poder para así perpetuarse sin mayor riesgo de contestación popular, la moderna democracia oligárquica española considera que no necesita ser inclusiva para sobrevivir. El gran camelo de la democracia española consiste en repetirle al pueblo que es él el que tiene el poder y en haber "dado" a los miembros más curiosos de las clases bajas una educación universitaria con la cual expatriarse en el extranjero para que así estos miembros de la plebe se auto-vanaglorien a miles de kilómetros de distancia de sus logros y no molesten a las cuatro familias destinadas a manejar nuestros destinos.

La propaganda anti-franquista que estamos consumiendo estos días es, insisto, grotesca. Si en medios extranjeros como The Guardian se ataca al franquismo con bulos como que Franco no fue neutral en la Segunda Guerra mundial (lo acusan de no haber dimitido tras el final de la contienda), en España el Gobierno elabora vídeos infantilizadores que identifican la democracia con el aborto o con el derecho a ser monárquico, republicano o promotor de bulos. Está claro que una monarquía constitucional que asegura a sus ciudadanos que pueden ser republicanos no es más que una versión degradada de un régimen de partido único. Pero lo es aún más cuando perjura que cualquiera puede expresarse como desee e impulsa, sin embargo, estrategias de censura que hacen palidecer al franquismo con el que se compara. El Ministro de Cultura Urtasun, por ejemplo, acaba de excluir de las celebraciones por el centenario de la Generación del 27 a Ignacio Sánchez-Mejías, impulsor y miembro destacado de la misma, por ser torero y miembro de una España a exterminar. No hablemos ya de los casos de raperos encarcelados, de juicios como el del procés o de los novísimos proyectos de Pedro Sánchez para imponer una ley marcial digital.

¿En qué se diferencia, entonces, la democracia española del franquismo? La triste realidad nos muestra que en nada, excepto en el hecho de que han pasado cincuenta años y la enclenque estructura que nos sostenía está ya oxidada y aún más corrompida que en sus orígenes. La democracia española setentayochista no es capaz de asegurar las condiciones mínimas de vida que permiten a los regímenes autoritarios sobrevivir pese a la falta de libertad. Consciente de sus defectos, nuestra democracia se presenta abiertamente como un régimen moderno que se basa en garantizar el libre ejercicio de la sodomocracia. En lugar de proporcionarnos una libertad política y ciudadana que lo diferenciase del franquismo (¿se atreverá alguien a decir que somos libres políticamente en nuestro régimen partitocrático sometido feudalmente a los intereses de la OTAN y la UE?), el Régimen del 78 nos permite poner en práctica todo el catálogo de pecados de Sodoma, atentando contra el sentido común y la ley natural, y forzándonos, por tanto, a rendir pleitesía a ese Gran Cabrón que es la modernidad protestantizada que nos destruye.

Podemos divorciarnos, abortar, tratar a un perro como si fuese nuestro amante, abandonar a nuestros ancianos o descuidar a nuestros nietos, convertir una mano en pene y otra en vagina para así batir palmas y sentirnos hermafroditas, pero no nos es permitido vivir en una sociedad en la que podamos casarnos hasta que la muerte nos separe, tener hijos y disponer de una pequeña propiedad con la que vivir en libertad. Llegados a este estado de cosas, no debe extrañarnos que las generaciones más jóvenes hagan gala de un inocente franquismo indie que se propone combatir el infantilismo de sus mayores, poniendo así al descubierto la gran trampa de los últimos cincuenta años: que España se convirtió en una democracia por la misma Gracia de Dios que mantuvo al Caudillo en el poder hasta su muerte en la cama con una edad ya muy avanzada.

En definitiva, que no ha habido ninguna Transición y, por eso, el mayor peligro de este franquismo indie juvenil es que puede acabar legitimando un autoritarismo como el representado por Sánchez o cualquiera de sus opositores que refuerce aún más el despótico y degenerado Régimen del 78. Créanme si les digo que sé de lo que hablo porque esta es precisamente la tesis que defendían con arrobo --que no con pesar-- hace apenas unos días tres de las personas con más poder de España en una reunión semiclandestina convocada para salvar nuestra democracia. La organizadora del encuentro fue Federica Jimena, la monjita liberal arrepentida con ademanes de santa de la que les tengo hablado en textos anteriores. Federica Jimena, que fue locutora estrella de la COPE durante mucho tiempo, decidió hacer de tripas corazón en cuanto se enteró el pasado jueves de la condena al Fiscal general del Estado, y llamó a dos antiguos amigos con los que llevaba años enemistada a muerte para que la ayudasen a mover hilos y salvar el Régimen del 78 de la destrucción. Si se preguntan por qué Federica Jimena me invitó también a mí les diré que es largo de explicar, pero que fue a petición de uno de sus camaradas y que tiene que ver con mi pasado como investigador en la cultura y la política hispánica de los siglos 16 y 17.

El caso es que Federica Jimena intercambió, ante mi discreta presencia, confidencias en el Monasterio de Oseira con Gérmano Terftch (antiguo subdirector de El País, corresponsal de guerra en Yugoslavia y ahora eurodiputado por Vox en Bruselas) y con un anciano de aspecto obispal que se hacía llamar Ausonio con alas y que aseguraba haber dirigido El Mundo y haber sido víctima de los socialistas, quienes lo grabaron bebiéndose un Möet Chandon salido a chorro de la vejiga de una negra. Los tres olvidaron rápidamente sus rencores rememorando las reuniones secretas que habían tenido hacía casi cincuenta años en la desaparecida Barcelona para poner a andar el mismo Régimen del 78 que ahora se proponían salvar. Gérmano Terftch era el más arisco de los tres: iba vestido a lo Indiana Jones, con casaca verde, tenía voz de gargajo y miraba despectivamente a sus oponentes. Solo relajaba el gesto cuando confesaba su plan de poner fin al expolio que nos había hecho la Ahnenerbe nazi al robarnos gran parte de nuestro patrimonio en su búsqueda de los orígenes de la raza aria. Estaba obsesionado en recuperar el orinal de cerámica sevillana que había usado Isabel de Portugal en su noche de bodas con Carlos V en la Alhambra porque, según él, aquella pieza había salvaguardado las esencias de las que había emergido un imperio que era tan hispánico como germano.

Las relaciones entre estos tres grandes personajes eran tan fluidas que, entre chascarrillo y chascarrillo, les costaba centrarse en el asunto que los había llevado allí. Ausonio con alas, educado, haciendo gala de su voz algodonada se burlaba de las muecas que ponía Gérmano Terftch al hablar del orinal sagrado, pues a este se le descolocaba la mandíbula como si fuese el mismo Carlos V y le caía por las comisuras una babilla nicotínica. Federica Jimena, luciendo hábito de novicia, pero portando un gran crucifijo ortodoxo sobre el pecho, intentaba meterse con los extraños gustos de Ausonio con Alas, pero como todo buen liberal, Ausonio, orgulloso de sus desvíos, le contestaba, cachondo, que tras haber conseguido entrar en todos los hogares y baños del país con su periódico, ahora su ilusión era poder convertirse en el paño bajo que recogiese el ámbar de todos los badajos de España.

Entre pullitas del pasado y chistes setentayochistas, la conversación avanzaba y giraba cada vez más alrededor de la grave situación que sufría España. Pidiendo silencio, Federica Jimena se sacó de su faldón un ejemplar de El Mundo lleno de migajas de pastas almendradas y apuntó con el dedo hacia una noticia que decía: "El mundo académico señala al Rey como eje de la concordia". Gérmano Terftch abalanzó los ojos sobre el periódico llamándole por lo bajo mamarracho a alguien y pronunció indignado, en voz alta, el nombre de Iñaki Gabilondo. Sorprendido, continuó leyendo las declaraciones del susodicho, quien declaraba que "La palabra que define la etapa de la Transición es concordia y el papel que tuvo la Corona fue fundamental"

--Es que Gabilondo tiene razón, coño, por muy rojo que sea-- aseguró con una voz áspera que daba la impresión de haber salido de una garganta estreñida.

Federica Jimena, dejándose llevar de más por los ímpetus de su acento maño, pasó a leer con emoción devota unas declaraciones del historiador liberal-moderado Juan Pablo Fusi, quien defendía que "la refundación de España como país democrático implicó una ruptura total con la dictadura. No hubo franquismo después de Franco". Federica dio un golpe sobre la mesa y maldijo a todos los sanchistas que estaban intentando impugnar una verdad tan rotunda como esa, que hasta algunos amantes de la Unión Soviética reconocían como cierta. Con voz pringosa de cacatúa catecuménica, Ausonio con alas puso la nota pacífica y leyendo otra parte de la noticia destacó que la filósofa Adela Cortina resaltaba lo más importante, que "la transición política vino precedida de una transición ética protagonizada por los españoles". Todos estaban impresionados por descubrir que seguía existiendo una España democrática en la que convivían derecha e izquierda bajo la autoridad del Rey, al que ellos también juraban fidelidad y prometían erigir en garante de un nuevo pacto entre españoles.

Cogiendo mucho aire en los pulmones y emitiendo un soplido de jilguero, Gérmano Terftch confesó a sus dos amigos y a mí que tenía una próstata del tamaño de un pomelo y necesitaba ir afuera a relajarse para intentar mear en pleno campo. No tuvimos más remedio que acompañarlo, y mientras pisábamos bostas de vaca perdidas entre la hierba ellos tres seguían metiéndose los unos con los otros como si fuesen adolescentes, al tiempo que ideaban soluciones al grave problema de la democracia española. Gérmano Terftch hablaba en términos muy elogiosos de Silvia Orriols, la líder de Aliança Catalana, de quien decía que su único defecto era ser independentista, pero que era la persona que la derecha española necesitaba, porque era ultraliberal en lo económico como Miley, civilizatoriamente antimusulmana como todo español de bien, e ilustrada en lo moral, pues era favorable, como correspondía a una política liberal y moderna, al divorcio, al aborto, a la eutanasia e incluso a los derechos sexuales siempre que estos no llegasen a la locura trans.

Sin mediar palabra alguna, Gérmano Terftch se sacó la chorra --que según él, siempre estaba llena de sangre porque la tenía bradicárdica-- y se puso a mear emitiendo suspiros de alivio. Federica Jimena se posicionó de cuclillas, levantó los hábitos y procedió a descargar un par de litros de líquidos retenidos. En una situación tan insólita como esta no se me ocurrió otra cosa que mirar a Ausonio con Alas, quien tocándome el hombro me guiñó un ojo y me confesó, para amenizar la meada comunal, que la orina de las negras sabía a sardina ahumada, la de las rusas a té hervido en samovar con su puntito de caviar beluga, pero que la de las francesas estaba sobrevalorada y amargaba en la boca con un grasiento regusto a foca ártica.

--Mirad, mirad aquella señora--grito, gerontofílico Gérmano Terftch, señalando a una paisana vestida con mandilón de cocina que cruzaba la carretera con dos manojos de grelos bajo un hombro y un lacón colgando a modo de escapulario del brazo.

--Lleva el lacón así, balanceante, para espantar a los moros--intervino Ausonio con alas, fachendeando por primera vez de cierta intolerancia. --Es increíble como se está poniendo España, que hasta en las aldeas gallegas se teme más a los musulmanes que a las meigas.

Federica Jimena intervino algo histérica explicándole que aquella paisana iba a hacer una laconada y que no era antimusulmana porque su nuero se llamaba Mohammed y era el que regentaba la posada del pueblo, que había sido de la misma familia galaica desde hacía más de siete generaciones. Federica lamentaba la ingenuidad de los gallegos que permitían que habitasen entre ellos gentes como aquel musulmán, que vendía al populacho productos que él mismo no osaba ingerir.

--Diréis lo que queráis --contestó Gérmano Terftch, mirando con las pupilas desorbitadas para el chasis ingente de aquella señora--, pero a mí no hay nada que me ponga más palote que ver a una española de las de antes vivir en democracia.

Puede que fuera por los olores mefíticos de la bosta de vaca o por el embrujo de la niebla gallega, pero la situación se desmadró. Federica Jimena lanzó a los aires un "Santiago y cierra España" mientras sostenía su crucifijo en alto con las dos manos, maldiciendo, ante la señora, al musulmán del restaurante. Gérmano Terftch, por su parte, no paraba de lanzarle piropos a la matriarca, a quien Ausonio con Alas definía como bávara. El referido Mohammed hizo su aparición gritando en gallego que se cagaba en la cona que nos había parido a todos y comenzó a perseguirnos con una escopeta de caza.

En la huida, estos tres grandes periodistas carcundas que marcaron a fuego los destinos de nuestra democracia, se decían, con el corazón saliéndole por la boca, que la inmigración musulmana era el mayor problema de España, y que había que dejarse de remilgos y convencer a Silvia Orriols para que aceptase ser, al mismo tiempo, presidenta de Cataluña y de España. Poco después, ya recuperados, bebiendo unos orujos en el refectorio, Federica Jimena aseguró tener contactos para poder hacer una reforma constitucional que permitiese a Orriols ser presidenta española y catalana (¿no se podía ser ya, al fin y al cabo, tras décadas de lucha, monárquico y republicano en la democracia española?). Germano Terftsch estaba encantado ante la idea de que España fuese gobernada por primera vez por una derecha sin complejos como la de la abortista eutanásica Orriols, y prometía hablar con el mismísimo Viktor Orban, con Trump y con Miley para ganarse apoyos internacionales.

Entre alcoholes de alta graduación, café de pota y una cañas de crema del Carballiño, estos magnates del constitucionalismo compartieron conmigo muchas otras intrigas y confidencias que no puedo reproducir aquí, pero que me dejaron, en todo caso, estupefacto por haber comprobado que el Régimen del 78 sigue vivo y coleando.

brownstoneesp.substack.com

 

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