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29/03/2019 :: Pensamiento

El nacimiento del fascismo desde el espíritu del capitalismo

x Joan Sebasità Colome
Con VOX ha llegado el escándalo y una explosión de hipocresía

Con VOX ha llegado el escándalo y una explosión de hipocresía. Sus resultados en las elecciones autonómicas andaluzas han encendido las alarmas de todas las mentes bienpensantes. Pero VOX ya existía. Y también su programa y su espacio sociológico.

Naturalmente no es irrelevante que haya conseguido finalmente unos resultados electorales brillantes, particularmente por los y -aunque más! – para las andaluzas. Qué es lo que ha cambiado? En los últimos años han aparecido varias opciones al panorama electoral, como consecuencia de la crisis económica global y de sus manifestaciones políticas concretas en España. Las más relevantes han sido Ciudadanos y Podemos, a las que se puede añadir la expansión de la CUP desde los municipios pequeños y medianos hacia la política autonómica. Cada una de ellas tiene un perfil particular y responde a unos intereses de clase (y financiaciones) diferentes.

Mientras estas fuerzas irrumpían, VOX se mantenía en la sombra. A pesar de que las obsesiones de VOX abarcan varios niveles, desde el furor patriarcal al racismo etnocéntrico, se puede afirmar rotundamente que VOX es hijo de la cultura del «a por ellos» en la medida en que ha hecho su irrupción en medio de un contexto de inflamación patriótica motivado por el «proceso». Sin pretensiones regeneracionistas ni el disfraz de la «nueva política» (empleada por Ciudadanos e incluso para las diversas reformulaciones de CiU), VOX reproduce un discurso inequívocamente fascista en buena parte de sus aspectos, incluida la Reconquista. Aún faltan dos: un Caudillo (o Duce, o Führer) digno de este nombre y la clásica escenificación pseudo-obrerista de un NSDAP (el partido de Hitler) o de Falange. El primer aspecto está aún por ver, pues bien podría ser que Santiago Abascal llegara a acumular el carisma necesario. Tampoco es despreciable, a este nivel, la aparición del Rey como actor político significativo y claramente alineado. El segundo aspecto denota claramente hasta qué punto el sistema considera que la clase trabajadora está derrotada y, por tanto, no hay que competir con los comunistas en su terreno. Y me refiero al sistema para que se pinte como se pinte, VOX es hijo del sistema.

La columna central de la ideología burguesa contemporánea en los países occidentales es la interpretación del sentido de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945, aunque en realidad la inició el Alzamiento en 1936) y, por tanto, del advenimiento del fascismo . Según esta narrativa, la catástrofe económica posterior a la Gran Guerra (1914-1918) habría sido aprovechada por un loco peligroso (Adolf Hitler) para materializar sus fantasías expansionistas (Lebensraum o «espacio vital») y genocidas (antisemitismo y «solución final »). La clase trabajadora habría comprado el producto y la sacrosanta democracia, hija inmaculada del libre mercado y el liberalismo, habría quedado atrapada entre la espada del fascismo y la pared del comunismo (representado a nivel interior por los partidos comunistas y a nivel geoestratégico por la URSS) .

La realidad es que en Italia un rey de mierda como cualquier otro (Vittorio Emmanuele III), en medio de un contexto convulso de huelgas y de ocupaciones de fábricas y tierras, entregó a Benito Mussolini, en 1922, el mando del país como garantía de la subsistencia de la dominación de clase y la propiedad con el beneplácito de las instituciones burguesas.

Alfonso XIII, otro rey de mierda, en este caso español, hizo lo mismo con Miguel Primo de Rivera en 1923 y Adolf Hitler, lejos de tener un apoyo popular absolutamente hegemónico, se coló en minoría a la presidencia con el apoyo de los conservadores en Alemania en 1933. los mismos sectores conservadores apoyaron el Alzamiento tres años después en España.

Las fantasías expansionistas de Hitler eran compartidas por Mussolini y Franco y no eran más que la ornamentación poética de la necesidad de las oligarquías de construir un imperio colonial que las últimas guerras imperialistas (incluida la Gran Guerra) habían reservado casi en exclusiva en el Reino Unido, Francia y algún socio menor. La obsesión nazi contra los judíos no es más que la expresión doméstica de un racismo de matriz inglesa y francesa que hacía décadas que servía para justificar el genocidio en las colonias. Si estos delirios fueron tolerados e instigados por las clases dominantes fue porque, aparte de que coincidían con sus pulsiones imperialistas, servían como fuerza de choque contra el movimiento obrero. Es así como los comunistas alemanes fueron liquidados (asesinato, prisión, exilio) mucho antes que la mente lisérgica del Führer paríese la “solución final” (por otra parte mucho más vinculada a objetivos pragmáticos de lo que podría parecer).

Cuando la guerra terminó los intelectuales del nuevo orden capitalista (de Bertrand Russell a Karl Popper pasando por Hannah Arendt y Friedrich Hayek) crearon la categoría del totalitarismo sobre un esquema que ocultaba la lucha de clases, de la que la guerra no había sido una expresión concreta, bajo un marco ideológico según el cual la «sociedad abierta» (en expresión de Karl Popper) estaba amenazada a derecha e izquierda por el fascismo y el comunismo a partes iguales. Había que ocultar el hecho de que la burguesía, histérica ante la amenaza de la revolución, había instigado el fascismo contra el comunismo y la había utilizado, también, para vehicular sus objetivos imperiales. Y que, por tanto, quien compartía esencias con el fascismo no era el comunismo marxista si no el propio sistema capitalista, del espíritu del que había surgido el Tercer Reich (que no dejó de ser nunca, además, un régimen capitalista ). Y así se extendió la gran cortina de humo sobre el matrimonio (a veces apasionado, a veces de conveniencia) entre fascismo, burguesía y capitalismo.

La prueba irrefutable de los hechos nos la da precisamente la historia de los Paises Catalanes. Como el Estado español siendo un actor débil (y debilitado por la guerra) nadie tuvo ningún problema en permitir la continuidad del régimen de Franco que, además, recibió el incuestionable apoyo de EEUU como peón en la Guerra Fría . La utilización del fascismo como arma defensiva contra la revolución ha tenido muchas otras manifestaciones (Brasil, Indonesia, Argentina, Chile, Uruguay …), hasta el punto que podemos decir que el fascismo es la forma política que toma el capitalismo cuando se siente amenazado . O lo que es lo mismo: el arma política de la burguesía en situaciones de urgencia. Por ello, los límites entre un estado fascista y otras formas de capitalismo autoritario pueden llegar a ser, a veces, difusos.

Es así como soportamos al General hasta 1975 y sus muñecos hasta 1978. Y no es necesario insistir en cómo el régimen constitucional actual conservó las estructuras de estado reales del franquismo en forma de jueces, militares, policías y burócratas de diversos tipos. Aparte de las garantías constitucionales (libertad de expresión, prensa, asociación, etc.) el cambio más relevante fue la convocatoria de elecciones por sufragio universal. Si bien estas medidas no se pueden despreciar, lo cierto es que se adoptaron para maquillar el régimen de cara a su entrada en los organismos internacionales y que la clase dominante creyó, acertadamente, que si controlaba los resortes profundos del Estado , los anhelos de libertad del pueblo no amenazarían seriamente su dominio.

Y así es como el fascismo se ha mantenido latente en la parte de los Países Catalanes bajo ocupación española. Pero no es ahora cuando el fascismo supera esta fase de latencia, debemos retrotraer a la mitad de los años 90, con la victoria del PP en el Estado y la instauración de su fuerte hegemonía en Valencia, es decir, a la irrupción del aznarismo. El discurso antiterrorista en la lucha contra el movimiento vasco jugó un papel principal en la configuración del discurso dominante; el islamismo y el independentismo catalán han tomado el relevo como factores aglutinantes.

Desde entonces, cada vez se ha ido haciendo más explícita la existencia de un programa de máximos de la derecha española que era una combinación entre los sueños húmedos de la patronal (despido libre, por ejemplo) y las pulsiones nacionalistas más extremas (política imperial -Guerra de Irak-, liquidación de las autonomías, persecución de la lengua y la cultura no castellanas). Es decir, el programa del franquismo con el añadido posmoderno del discurso antiinmigrantes y la respuesta virulenta (y muy típicamente franquista) a un movimiento feminista creciente. El PP, la COPE, FAES, Intereconomía, Ciudadanos y ahora VOX no son más que los canales de transmisión de este programa en función de cada momento. Y con este arsenal del Estado y la oligarquía que lo domina se preparan para la eventualidad de unos tiempos convulsos. VOX es, en este contexto, la expresión del subconsciente de la burguesía, de su programa de máximos. Hasta qué punto VOX es hijo de la burguesía y de su ideología (el liberalismo) lo demuestra el hecho de que sus objeciones a la legislación contra la violencia machista son perfectamente paralelas al discurso de la patronal sobre el trabajo: la negación que en el trabajo existe una relación especial que requiere una legislación especial que no se reduce al simple contrato civil responde a la misma idea liberal de igualdad abstracta según la cual la legislación contra la violencia machista privilegia las mujeres y discrimina los hombres.

Qué hace pensar, que llegan tiempos convulsos? La crisis económica (y sus efectos en forma de movimientos populares, 15-M) y la crisis del Estado expresada en el proceso soberanista. Pero, sobre todo, la clara conciencia de que ya no se podrá ofrecer nunca más a la clase obrera ni pacto social ni Estado del Bienestar. Y que, por tanto, el autoritarismo, la represión y el recorte de libertades serán los únicos instrumentos en manos del Estado si la clase trabajadora se le ocurre pensar incorrectamente.

En los meses posteriores al final de la Gran Guerra el proletariado alemán se puso en pie de guerra y los años 1918 y 1919 la amenaza de la revolución planeó sobre las clases dominantes. Para controlar el gallinero un ministro socialdemócrata -Friedrich Ebert- no tuvo ningún escrúpulo en utilizar los Freikorps (paramilitares ultrapatriotas protofascistas) contra la insurgencia. Este es un instrumento propio de todos los movimientos fascistas (desde los «fasci di combattimento» a Falange) que no hay que despreciar. Por ridículo que parezca el movimiento contra los lazos amarillos en el Principado (impulsado por Ciudadanos) tiene todos los ingredientes de un ensayo tímido de impugnación de la hegemonía del movimiento popular en la calle y, en este sentido, la irrupción de VOX podría tener un efecto proliferador de formas de intimidación contra el independentismo, el feminismo y los inmigrantes … de momento.

Y el escenario propicio para la irrupción del fascismo se completa con un contexto internacional extremadamente convulso en el que las potencias occidentales (EEUU y UE) se sublevan como una bestia herida ante la irrupción de antagonistas fuertes como China y Rusia, con la guerra por los recursos y el islamismo internacional como telón de fondo. En este sentido los liderazgos fuertes están a la orden del día en forma de Donald Trump, Vladimir Putin, Jair Bolsonaro y otros actores menores.

Pronto oiremos voces que dirán que el problema es la tendencia de la clase trabajadora a asumir discursos demagógicos aunque el perfil sociológico del votante de VOX lo desmienta claramente y la experiencia histórica del fascismo en España y Alemania también. Y que lo que hay es volver a la buena política burguesa.

Ya se han iniciado las llamadas a la «unidad de los demócratas” y los “cordones sanitarios» (todo ello tiene resonancias que nos recuerdan a la política antiterrorista y el Pacto de Ajuria Enea). Y así, la socialdemocracia, cooperador necesario de la expansión del fascismo, prueba a liderar a la izquierda y ligarla a un programa de mínimos. Es decir, desactivarla. Si esta estrategia tiene éxito y cumple su función intimidatoria sobre la izquierda española y los movimientos de liberación nacional, el fascismo ya habrá cumplido uno de sus principales objetivos. Si no, la lucha de clases se manifestará políticamente en el choque entre dos bandos: la revolución y el fascismo, como expresión política del programa de la clase trabajadora, por un lado, y de la burguesía, de la otra. Y un partido que se juega se gana o se pierde. Quien busque el empate ya ha perdido porque en política el empate no existe

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