El sindicalismo modernizado

El sindicalismo, defensor interesado o incauto del "progreso" y analfabeto voluntario o involuntario de esta lógica, se limita a negociar la profundidad de cada adaptación de los de abajo a la globalización competitiva. El sistema necesita bombear sangre humana para la creación financiera de riqueza que, al no salir del dinero mismo, debe salir de la hiper explotación del trabajo, la actividad humana y la naturaleza. El sindicalismo regula, queriendo o sin querer, como un aparato más de poder, la continuidad del ciclo capitalista.
El paso entre el sindicalismo como movimiento y el sindicato como institución, visible desde la transición política española, recibe el nombre de "modernización sindical". Este tránsito consiste en la adaptación dinámica del sindicalismo a las exigencias de un modelo de acumulación crecientemente internacionalizado y competitivo. Su punto de partida es la constitución de la Economía como único principio de realidad y la aceptación sindical del beneficio privado como condición para el cumplimiento del derecho a un trabajo y un salario dignos, a la integridad física, la salud y la vida de l@s trabajador@s, a la vivienda, la protección social y las libertades democráticas.
El "libre comercio", supone la eliminación de cualquier límite a la libre circulación de capital, y seguridad de las inversiones. Tras el libre comercio de mercancías, incluidos los alimentos y las medicinas, viene el libre comercio de los servicios, incluidos los relacionados con la educación, la protección a la salud, la enfermedad y la vejez.
Con la globalización, la economía de mercado acentúa sus fines autoreferentes en un circuito cerrado de crecimiento, productividad y competitividad, al margen de las necesidades de los pueblos y las personas. El proceso de globalización del capitalismo, como modo de producción económico, político y cultural, es paralelo a la historia de la adaptación sindical a este proceso totalitario que supone el alejamiento del sindicalismo de las fuentes de su legitimidad y su poder social. Es, también, la historia de la crisis del sindicalismo anticapitalista y el auge del sindicalismo capitalista. La crisis del movimiento obrero como movimiento popular anticapitalista, es el precio de la transformación del sindicalismo mayoritario[1] en un conjunto de aparatos políticos para la regulación y el control de la relación salarial [2]
La izquierda capitalista, anclada en un liberalismo nostálgico, teorizado en su día por Keynes para unas condiciones políticas y económicas ya desaparecidas, administra esta lógica desde el gobierno ó la combate de palabra desde la oposición. Difunde, como aparentes soluciones estratégicas, el piadoso deseo de democratizar la globalización, intentando que los países pobres lleguen a ser como los ricos o proponiendo, como bandera de "otro mundo posible", un impuesto del 0,5 por mil para las transacciones internacionales del capital financiero, dedicando estas sumas a la ayuda al desarrollo de los países previamente empobrecidos por nuestras formas de producción y consumo.
Con la escala y la consolidación de la economía capitalista, aumenta la subordinación de toda la sociedad a dicha economía. Este proceso estimula la retroalimentación entre sus planos materiales y culturales, originando cambios cualitativos en las formas de explotación y dominio sobre l@s trabajador@s y los pueblos. Entre dichos cambios, cabe destacar el aumento simultáneo de la ferocidad del capitalismo y de la sumisión de la mayoría de sus víctimas.
La Organización Mundial del Comercio (OMC) tiende a fundamentar normativamente, a través de acuerdos opacos entre los gobiernos, la primacía de los derechos del capital respecto a los derechos humanos. Todo ello, sin abandonar el discurso en defensa de los mismos, del medioambiente y de la soberanía y las necesidades de desarrollo de los pueblos.
En este contexto, el sindicalismo mayoritario se legitima por su pragmatismo, invocando los intereses concretos de la gente, más allá de ideologías políticas y también por su eficacia negociadora, mas allá de aventuras temerarias. Pero, es precisamente en las condiciones políticas, invisibles a una mirada superficial, donde radica la explicación y por lo tanto, la potencial solución de los problemas. El desorden de un modo de producción social entregado a las fuerzas ciegas del mercado, se traslada a las relaciones entre las personas y los pueblos. El aumento del desorden, sin una fuerte conciencia y organización popular anticapitalista, no anuncia el final del orden capitalista sino la creación de las condiciones de terror que exige su continuidad.
El desorden se manifiesta en el enfrentamiento de los intereses inmediatos de los trabajadores fijos con los de los eventuales y precarios, de los hombres con las mujeres, de los obreros productores de servicios con los ciudadanos consumidores de servicios, de los agricultores que buscan el precio más alto posible para los alimentos que producen, contra los consumidores urbanos, que persiguen el precio más bajo posible de los mismos; de los autóctonos contra los inmigrantes, ocupados y parados, viejos y jóvenes, etc. El desorden es la precariedad y la inseguridad de la mayoría, la contaminación y la soledad, la explotación, el hambre, las enfermedades evitables, la muerte y la guerra.
Es en la envolvente política y en el proceso histórico de cada situación, donde se oculta la verdad más verdadera, la segunda naturaleza de la verdad que se nos presenta. Sin esa segunda naturaleza de la realidad, no se puede comprender por qué la gente acepta trabajar por un salario humillante y en condiciones insoportables; por qué, para la mayoría, el horizonte vital se limita a sobrevivir como un ser solitario enfrentado a sus semejantes; por qué la libertad consiste, para millones de personas, en la elección entre el paro y la precariedad, entre la miseria y la emigración, viéndose obligados a vivir una vida de trabajadores sin trabajo, consumidores compulsivos sin recursos y ciudadanos sin derechos. La repetición incesante de la crítica al capitalismo sin que dichas críticas comprometan a nuestras acciones y nuestras omisiones, es la materia prima de la progresía sin cuya complicidad, sería inviable el turbocapitalismo actual.
El sindicalismo mayoritario defiende poco y mal las condiciones de venta de la fuerza de trabajo de los asalariados. Pero lo peor de todo es que considera dicha venta como la única forma posible de trabajo y asume la noción de "mercado de trabajo", como algo natural. Al obviar la violencia de los mecanismos de creación de trabajo asalariado a escala mundial, carece de instrumentos teóricos para una valoración justa de la globalización y para enfrentar los flujos migratorios masivos que contribuyen a una modificación radical de los mercados de trabajo. Hablar de limosnas para el desarrollo de países previamente arruinados por nuestros hábitos de consumo, es un acto de hipocresía cuyo origen es el respeto reverencial hacia la globalización capitalista, el desarrollo tecnológico y la multiplicación de las expectativas de consumo que ambos factores permiten en el primer mundo.
La relación de desigualdad y explotación de la actividad humana que impone el trabajo asalariado, se incrementa con la potenciación material y cultural de la "libre empresa", el "libre comercio" y la "libertad de movimientos de los capitales". Con el poder social del capital, crece la exclusión en sus múltiples formas. Una de ellas es la apropiación, por parte del capital, del trabajo de cuidados que, para la producción, reproducción y mantenimiento de la vida humana, se realiza por parte de las mujeres fuera del mercado en el espacio privado del hogar familiar.
La abrumadora falta de legitimidad del modelo sindical imperante, se compensa con el vacío de cualquier alternativa tanto teórica como práctica. Los discursos descalificadores o las reclamaciones de luchar más, sin una teoría que explique las claves del apoyo de la clase obrera a este tipo de sindicalismo, son inútiles. Siendo necesario este trabajo, no es suficiente. Es necesario experimentar, una vez tras otra, fórmulas de organización y autodefensa de las mayorías precarizadas, privadas de derechos políticos y sociales, dentro y fuera del espacio laboral. Este es un punto clave para la refundación de un sindicalismo anticapitalista con poder social autónomo. El ciclo de experimento, error, análisis y rectificación, debe complementarse con la apertura a lenguajes sociales externos a la empresa. Deslocalizarse creando espacios de apoyo mutuo y cooperación en luchas territoriales, sectoriales y generales. La formación, el debate y la comunicación son actividades ineludibles para los colectivos sociales. El estudio colectivo para la construcción de las palabras que expresan la verdad de los hechos, es una condición para la reactivación, la participación y la movilización de la gente. Sin ellas, no es posible un sindicalismo anticapitalista.
Hablar de sindicalismo mayoritario o de sindicalismo capitalista, supone hablar de CCOO y UGT, pero no solo. El modelo sindical mayoritario contiene a la mayoría de la clase obrera, no solo a su parte sindicada (aproximadamente el 19% de la población asalariada). Por el contrario, hablar de sindicalismo anticapitalista supone hablar de organizaciones sindicales más a la izquierda, pero no solo. Hay mucha gente anticapitalista dentro de los sindicatos mayoritarios.
También se producen actitudes sectarias que, en nombre de glorias pasadas, brillan por su ausencia en la lucha cotidiana, coexisten pacíficamente con la precariedad e impiden la unidad entre gente combativa por razones puramente identitarias. Las enormes insuficiencias y patologías de los sectores anticapitalistas, facilitan el trabajo del sindicalismo mayoritario que, para la continuidad de su hegemonía, necesita el vacío de cualquier alternativa sindical que demuestre, practica y teóricamente, su capacidad de enfrentamiento con los empresarios y de defensa participativa y real de l@s trabajador@s.
Cuando hablamos de sindicalismo capitalista no solo hablamos de veinte o treinta miembros de una ejecutiva federal, sino de docenas de miles de cuadros liberados del trabajo en la empresa, integrantes de órganos de dirección sectorial o territorial, asalariados estables, envejecidos, con un alto nivel de consumo, con una formación muy baja, que se maquilla con la basura teórica que se produce desde la dirección o desde los medios de comunicación. Una parte de esta capa de esta sociedad tiende a enfrentarse inmediatamente con los compañeros de su propio sindicato, o en su defecto, en el cuarto sindical, son sus mayores aspiraciones. Ese personal conservador, servil ante las patronales, es la influyente burocracia que gestiona, desde dentro de las "organizaciones de clase", los intereses presentes y futuros de la clase obrera. Estas direcciones sindicales no traicionan a la clase obrera sino a sus sectores minoritarios mas combativos. Su hegemonía es rigurosamente democrática. Se basa en una corriente circular de generación mutua entre una población asalariada individualizada, impotente consumista, calculadora y oportunista y esta penosa vanguardia.
Los miles de militantes que, tanto fuera como dentro de las grandes corporaciones sindicales, se esfuerzan cada día por organizar a las víctimas del terrorismo de la globalización, agonizan aplastados, "democráticamente", entre la pasividad de las masas y la degeneración de los burócratas.
El discurso que legitima este círculo vicioso es : "No podemos hacer mas desde el sindicato porque la gente no quiere hacer mas". "Cualquier intento que no parta de esta realidad está condenado al fracaso y a derrotas que solo traerán retrocesos" Pero, en realidad, la verdadera cosecha de derrotas y retrocesos corresponde a este modelo de sindicalismo capitalista que, con la usurpación de un pasado de lucha, cubre las vergüenzas de un presente de ignorancia, desmoralización y colaboración con el enemigo.
En el modelo sindical del franquismo, los sindicatos eran verticales porque albergaban en la misma organización a los empresarios y a los obreros. El corporativismo fascista abolía por decreto la lucha de clases. La forma política que expresaba esta teoría era el nacionalsindicalismo que, junto con la familia y el municipio, vertebraban políticamente el Estado Franquista. En un aparato sindical corporativo (todo para el estado, nada fuera del estado, nada contra el estado), era impensable la lucha de clases porque disolvía el orden político. Este modelo sindical fue combatido por los sectores mas generosos de la clase obrera que, en unas condiciones muy duras de clandestinidad y represión, en la década de los sesenta y setenta, consiguieron imponer por la vía de los hechos cotas de libertad , mejoras laborales y el respeto de empresarios y gobiernos.
NOTAS
[1] Mayoritario a) en términos institucionales (CCOO y UGT suman, a mediados de 2003, casi siete de cada diez delegad@s sindicales, en computo 1999-2003), b) en términos ideológicos (su discurso sindical es dominante en la gran mayoría de la clase obrera ), c) en términos políticos (la institución sindical consigue impedir que se extiendan y se coordinen las múltiples dinámicas de resistencia y antagonismo social que al margen e, incluso dentro del sindicalismo mayoritario, proliferan en la constante conflictividad).
[2] La relación salarial capital-trabajo debe ser entendida como una relación social que atraviesa otras muchas relaciones sociales (género, edad, ciudadanía, especie, raza, nacionalidad, creencias, opción sexual, etc) y que, a su vez, es atravesada por ellas.







