Extraña fruta, extraña pesca

Ahogarse en una travesía peligrosa intentando traspasar una frontera, una raya en un papel, una convención defendida con ejércitos, está fuera de la imaginación de una cuarta parte de la humanidad.
Para la ciudadanía sueca, inglesa, austriaca, estadounidense o gallega, es ciencia ficción la necesidad de subirse a una incierta barca de madera en la costa de un país pobre, obligado a serlo, aislado de los centros de riqueza por precintos de seguridad, con la única intención de salir al mar, a jugarse todo, soñando formar parte de una sociedad en la que la supervivencia esté más cerca de lo posible.
Entre Mauritania y las Canarias, de unas playas a otras playas, hay cadáveres flotando. En las puertas sureñas de la Unión Europea se amontonan personas intentando saltar una valla vigilada con sensores, infrarrojos y subfusiles. Muchos mueren. Si hacen la valla más alta intentan nuevas rutas, naufragan en el Atlántico antes de llegar a las islas afortunadas.
Son llamadas subsaharianas y subsaharianos, o magrebies, utilizando un neutro término geográfico para evitar referencias raciales que las conciencias televidentes soportamos mal. No somos racistas. A pesar de que miles de personas de otras razas mueren llamando a nuestra puerta. La vida sigue para los que tenemos el mérito de haber nacido al otro lado. Nuestro esquema mental obsoleto y abotargado no se inmuta al procesar los datos: Mueren albaneses que quieren entrar en Italia, cubanos con Florida como destino, iraquíes intentando llegar a Australia, centroamericanos en la frontera mexicana, mexicanos en la estadounidense.
Culpables de no haber nacido en el sitio adecuado, de no tener un número de cuenta. Los bárbaros, nosotros, salvajes, permitimos que se eternice la superchería de las fronteras, nos interesa, estamos en el supuesto lado bueno. Unos más que otros, es verdad.
Algo debemos estar haciendo muy mal cuando disponemos de medios para enviar soldados a Afganistán, actuar contra el fuego con helicópteros y avionetas, desplegar miles de agentes para una operación retorno, organizar una carrera a Dakar o ayudar en las elecciones de Haití, y no somos capaces de evitar que muera gente intentando llegar a las mismas playas que llenan los turistas.
Eso no es fraternidad, ni apoyo mutuo, ni derechos del hombre, ni nada que se le parezca. Es todo lo contrario. Las fronteras, quintaesencia de cualquier nacionalismo, son un crimen palpable.
Si las declaraciones, las constituciones, los tratados, o no importa que artilugios de la parafernalia etnodemócrata, no sirven para evitar que mujeres y hombres dejen la piel al cruzar una línea imaginaria, es que el fracaso de nuestras sociedades flota, evidente y televisado, entre Canarias y Mauritania.
Hubo un discurso mantenido por mucha gente, durante mucho tiempo, que hoy parece innombrable; el internacionalismo, aquel internacionalismo contra patrias y fronteras. Los clandestinos se ahogan en el mar. Nosotros, en cambio, nos ahogamos en nuestra propia mierda.
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