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03/02/2009 :: Pensamiento, Estado español

Huir del trabajo para curar del trabajo

x Pedro García Olivo - La Haine
Apuntes para una psicosociología del ?liberado? como beneficiario y maestro del ritual

PREFACIO

En estas jornadas terribles, en las que Israel, un Estado terrorista como todos los demás, pero por añadidura “genocida”, como también demasiados, ha optado ya por una “solución final” de corte estrictamente hitleriano -el exterminio del pueblo palestino-, presento un escrito aparentemente muy alejado de la inquietud del momento y de la pesadilla del momento, pero, en mi opinión, hundido en el seno de esta “catástrofe de advertencia” regional que devine con acritud como “advertencia de la catástrofe” global. Quiero hablar del “liberado sindical” como posición de subjetividad hermanada a todo terror de Estado, soldada a una estructura de gestión de las poblaciones capaz no menos de enmudecer a los oprimidos que de aspirar al aniquilamiento del Otro.


… … ...

HUIR DEL TRABAJO PARA CURAR DEL TRABAJO: APUNTES PARA UNA PSICOSOCIOLOGÍA DEL “LIBERADO” COMO BENEFICIARIO Y MAESTRO DEL RITUAL

Dentro del “ritual sindical” la figura del ‘liberado’ adquiere una importancia crucial. Aparece, por un lado, como la juntura (el nexo) que une un ritual con otro, una ceremonia con otra, cada símbolo con los demás. En este sentido, se define como un oficiante, y nos recuerda el papel y las atribuciones de los brujos, de los hechiceros, de los intérpretes de la religión en las sociedades primitivas. Desde esa perspectiva, en tanto oficiante, el perfil del “liberado” contemporáneo reproduce algunos de los rasgos de Muchona el Abejorro, “doctor-brujo” ndembu estudiado y descrito por Víctor Turner (1). Pero, por otro lado, y como un exponente mayúsculo del tipo de subjetividad humana dominante bajo el capitalismo, el liberado es algo más que un mero maestro del ritual: es también un beneficiario del mismo, un hombre que rentabiliza en beneficio propio las consecuencias y las implicaciones de los ceremoniales por el protagonizados.

De esta doble caracterización del “liberado” como maestro y beneficiario del ritual se desprende el sentido de su contribución particular a la reproducción del modelo vigente de sindicalismo y del paralelo sojuzgamiento laboral: sin ostentar un poder considerable, sin ubicarse muy arriba en la escalera de la autoridad, sin codearse con los hombres y mujeres de la dirección o de la jerarquía, escenifica sin cesar y despliega cotidianamente los rituales específicos y los símbolos instrumentales y dominantes sobre los que descansa la pretendida legitimidad (la “credibilidad” y la “solicitud de reconocimiento”) de aquel poder y de aquella autoridad, de esta dirección o jerarquía. Deviene, así, como una suerte de mercenario, de agente, de hombre-herramienta; como una especie de subalterno al que se encargan los imprescindibles trabajos sucios de la organización y que cobra en “prestigio”, “pequeñas cotas de influencia”, “vida social”, “exención del trabajo” y “fraudulentos usufructos crematísticos”.

Argamasa del edificio sindical, condición callada del sostenimiento de las cúpulas y de las estructuras jerárquicas, el “liberado” se disuelve en una infinidad de ceremonias, de símbolos, de ritos, etc., encaminados en parte a la reproducción del orden laboral y del status quo social. Es, desde luego, un hombre que ha huido del trabajo, que en verdad se ha curado a sí mismo de la servidumbre y la patología del trabajo; y, a la vez (y he aquí el lado oscuro de su actividad, la cara innoble, la trastienda miserable de su quehacer cotidiano), un hombre que administra la ilusión de curar a los demás del trabajo, que mantiene a los colectivos obreros en la engañifa de que su padecimiento tiene cura, un hombre que se presenta ante sus ex-compañeros, ante las gentes de su ex-condición social, como la garantía exclusiva del “alivio” y de la “analgesia”, proporcionador de “remedios” contra el dolor del empleo -y ya no tanto contra la enfermedad de la sumisión. El liberado como curandero... Y, por lo tanto, el liberado como policía de lo laboral, esbirro (esbirro: “secuaz a sueldo o movido por interés”, Diccionario de la Lengua Española) de los autócratas que gestionan el sindicalismo de Estado.

Como maestro del ritual, el “liberado” manifiesta una indiscutible pericia en el arte de gobernar las asambleas (“prepararlas”, “conducirlas”, “bloquearlas”, “acelerarlas”,...), llevándolas cotidianamente a los lugares prescritos por las autoridades sindicales, a los puertos recomendados por ese diluvio de ‘directrices’ y de ‘consignas’ que cae sobre las bases de los sindicatos desde los cielos encapotados de los órganos superiores. Como hemos señalado en otra parte, pertenece a la naturaleza del “sindicalismo de Estado” proscribir o manipular la dinámica asamblearia en tanto instrumento de gestión democrática de la organización (por lo que la asamblea no existe o está ausente en determinadas esferas, y existe como caricatura de sí misma o está presente como auto-parodia en las esferas restantes), prefiriendo siempre, por razones de cosmética política, el segundo expediente: la “gestión”, el “manejo”, la “planificación” y el “encauzamiento” de las discusiones y de las votaciones en que se materializa el hecho asambleario. Y el hombre habituado a esos menesteres lastimosos, avezado en las técnicas de forzar voluntades, de crear estados colectivos de sensibilidad y de opinión, de minar seguridades de grupo, de focalizar y desplazar las antenas de la atención gregaria, de distribuir el énfasis y las mayúsculas en el conjunto de los discursos populares; el especialista en el despeje de la incógnita asamblearia, mil veces curtido en el oficio de hablar y de hacer hablar, de callar y de hacer callar, de ‘excitar’ o ‘adormecer’ a las masas, individuo que retiene algo de los oradores antiguos y de los demagogos modernos, de los charlatanes de todas las épocas, de los encantadores de serpientes exóticos y de los más comunes amaestradores de cabras, domesticador domesticado, embaucador embaucado,..., no es otro que el “liberado sindical”, probablemente “el más feo de los hombres”, que diría Nietzsche, “kapo” de ese campo inadvertido de concentración constituido hoy por el mundo del trabajo, refinamiento de la hipocresía y del cinismo humanos, cifra de lo que cabe esperar de la lucha político-sindical ritualizada.

Al “liberado” como maestro del ritual no sólo incumbe el gobierno de las asambleas: también le compete la conducción de las huelgas, la resolución estudiada y estratégica de los conflictos laborales. Los intereses particulares de la organización sindical como ente burocrático, sus exigencias de reproducción y reforzamiento, las expectativas mediatas e inmediatas de los hombres y mujeres que copan los círculos de poder y de dirección en su seno, marcarán en todo momento las pautas y los modos de tal “resolución”, las premisas y las formas de dicha “conducción”. Así como la ‘asamblea’ se ha definido en los tiempos modernos como un rito dentro del cual el liberado-oficiante puede desplegar su margen de influencia y de control, la ‘huelga’, no menos estereotipada, no menos ritualizada, convocada y pesquisada por los sindicatos mayoritarios, ha terminado convirtiéndose en un nutriente más de las estructuras burocráticas para-estatales que parasitan el ámbito laboral, hallando en el liberado, en este pseudo-trabajador que habla en nombre de los trabajadores, a su peculiar maestro de ceremonias. Diseñadas desde las alturas de los sindicatos de Estado, concebidas por las élites políticas y por las tecnocracias sindicales, las “huelgas” contemporáneas se desenvuelven en nuestras ciudades bajo la mirada atenta y la intervención efectiva de estos agentes del orden laboral que se han formado en ellas y ahora trabajan normalmente contra ellas. A veces “marcando el paso” en primera línea y a veces andando a la zaga como simples “infiltrados”, a veces ejerciendo de “asesores” secretos y a veces renunciando a opinar para no despertar sospechas, ubicando y reubicando gentes de su confianza en los distintos frentes del conflicto (casi al modo de los generales de antaño, que observaban la batalla a distancia pero en el mismo escenario del combate), prestando interesadamente sus servicios a los protagonistas y damnificados de la conflagración -defensa jurídica, información legal,...-, los “liberados” saben qué hacer y qué no hacer, dónde estar y dónde no estar, qué decir y qué silenciar, para que la huelga se desarrolle y se resuelva en la satisfacción de las expectativas que en ella habían puesto las organizaciones convocantes -para que la lucha venga a morir donde los sindicatos habían marcado desde el principio.

Pero no sólo ante estos “símbolos” cardinales del ritual sindical (la asamblea a modo de símbolo dominante y la huelga en tanto símbolo instrumental) el ‘liberado’ se define como un oficiante, como un maestro de ceremonias, cuasi-brujo, cuasi-hechicero, cuasi-curandero: también a lo largo de los distintos encuentros, reuniones, charlas, entrevistas, asesorías, conversaciones, etc., en que se desgrana su “día a día”, el liberado, procurando ajustar su actuación a un conjunto vaporoso pero ineludible de convenciones no-articuladas y de normas tácitas, desenvolviéndose de hecho en el respeto y en la aceptación de un papel predeterminado, en el acatamiento de una serie de rituales específicos, puntuales, declinables, entrelazados, asume tal condición, revistiendo su praxis de simbolismo, formalizándola, esclerotizándola, siempre en provecho de los fines perseguidos por el sindicalismo de Estado -el control de los colectivos laborales... De ahí la impresión manifestada por muchos de los trabajadores que han recurrido en alguna ocasión a una asesoría sindical, que se han acercado a algún sindicato para resolver este o aquel problema personal: ante ellos se ha sentado algo así como una máscara sonreidora que hablaba un lenguaje maquínico y tedioso y parecía estar representando no se sabe bien qué papel en qué extraña obra trascendente. Y estos trabajadores confiesan a menudo que salieron de aquella reunión como se sale de misa, quizás vagamente consolados, reconfortados por algunas palabras acariciadoras u oportunas, con alguna recomendación mordiéndoles las sienes, pero con la sensación de haber perdido de todas formas el tiempo, de haber caído en una trampa, de haber resultado útiles a la persona que en teoría estaba allí para servirles,... Estas vagas impresiones, estas sensaciones indefinidas, corroboran no obstante una certidumbre reconocida como tal por los “liberados” menos interesados en auto-engañarse: la certeza de que, en tales encuentros, ante los trabajadores y sus quejas, ante los obreros y sus demandas, se está oficiando una ceremonia, está desplegándose un rito. El liberado sabe exactamente lo que tiene que decir y lo que tiene que hacer (su papel ha sido prefijado por la costumbre, por la doxa sindical); sabe cómo debe reaccionar, las poses que ha de asumir, los gestos tras los que deberá esconderse, las palabras-clave y las expresiones-mágicas que habrá de diseminar por su discurso, con astucia, con cálculo, con sentido de la oportunidad; conoce, en definitiva, a la perfección, su papel en la reunión. Y se somete a él como el párraco a la estructura de la misa, como el hechicero a los “pasos” de la ceremonia, como todos los oficiantes de un rito a las exigencias y dictados del mismo. El trabajador, por su parte, percibe, en efecto, esa disposición teatral, mecánica, de su interlocutor; percibe el ambiente de fingimiento, la atmósfera saturada de artificiosidad, de segundas intenciones y propósitos no-confesos. Y siente que lo más importante del acto no es él ni su problema, sino el acto mismo, la ceremonia por la ceremonia, el rito por el rito. Presiente que su comparecencia ha servido verdaderamente al hombre que, en principio, fue colocado allí para ayudarle; que el auxiliador ha sido auxiliado; que toda la máquina institucional y burocrática del sindicato se ha visto engrasada, lubricada, con su presencia; que sus problemas y sus expectativas han sido meramente absorbidos por tal engendro “industrial” casi a modo de carburante; y, a fin de cuentas, que ha sido utilizado a todos los niveles, explotado en profundidad, usado y violentado. “El rito por el rito”, hemos escrito; pero, en realidad, hubiéramos debido escribir “el rito por la reproducción del sindicato, el rito por la consolidación de sus jerarquías y nomenclaturas, el rito por la preservación de su estructura autoritaria y anti-democrática, el rito por la legitimación del aparato del Estado y del orden social del cual aparece como sostén y garante”. “El rito por los requerimientos psico-sociales y político-económicos que satisface toda ceremonia simbólica y sobre los que funda su razón de existir”: “el rito por la cohesión de la sociedad y por la integración del conflicto”. El rito, en nuestro caso, por la paz de las fábricas y el orden en las calles, por la bonanza de la empresa y la incuestionabilidad del Estado. El rito como escarnio de la praxis, sucedáneo de la praxis, pseudo-praxis que trabaja como anti-praxis; el rito como conjuro contra la acción y contra la resistencia, como conjuro contra la lucha. El rito como agente de la disolución de todos los descontentos, de todas las insumisiones y de todas las incredulidades... Y el “liberado”, en tanto maestro y beneficiario del ritual, como funcionario del consenso, funcionario de una paz social que es también intocabilidad de la dominación social, exterminador a sueldo de la praxis y de la posibilidad misma de la lucha.

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A partir de esta conceptuación preliminar del “liberado” como maestro y beneficiario del ritual, cabe adelantar un conjunto de hipótesis sobre el “carácter social” (Horkheimer) de los hombres y mujeres que han optado por esa función y por ese modo de vida. Podemos embastar una caracterización somera, aproximada, más válida para unos que para otros, de los principales rasgos de su perfil psico-sociológico. Tan cierto es que hay distintos tipos de “liberados” como que todo el mundo no se prestaría a tal actividad, por lo que resulta lícito explorar el fondo común, la nota compartida, de los individuos involucrados en la perfidia y en la infamia del sindicalismo de Estado. Vamos a aglutinar nuestras observaciones en torno a seis puntos cardinales, seis ventanas desde las que asomarse al alma del sindicalista contemporáneo. Estas son:

1) El cinismo (P. Sloterdijk) de los “liberados”: “saber lo que se hace y seguir adelante”.

2) A propósito del “síndrome de Viridiana” (L.Buñuel) en el sindicalismo de nuestro tiempo.

3) “Carácter destructivo” (W. Benjamin) y liberación sindical.

4) El ascenso de la “mentalidad funcionaria” (F. Nietzsche) en los liberados ‘consolidados’.

5) Sobre la astucia del gestor interesado.

6) Sindicalismo y “curanderismo”: el liberado como “doctor-brujo” (V. Turner).

1) El cinismo de los “liberados”: “saber lo que se hace y seguir adelante”.

Parece innegable que, en una u otra medida, el “cinismo”, entendido como un “reconocer la ignominia de la propia función y continuar no obstante desempeñándola” (P. Sloterdijk), se halla presente en la subjetividad de la mayor parte de los liberados hoy en ejercicio. Esto quiere decir que no terminan de engañarse en relación con las finalidades últimas del “ritual” al que se consagran, y que son conscientes del abismo abierto entre el discurso que glorifica su función (autojustificación sindical, ideología específica de los sindicalistas) y la naturaleza y el alcance de su práctica. Quiere decir, sobre todo, que, sabedores de esa mentira de su oficio, de los propósitos viles y denigrantes hacia los que se orienta, perseveran no obstante en el cumplimiento puntual de sus tareas asignadas, se afianzan en su condición y desdoblan su consciencia a fin de tolerarse en sí mismos aquello que no tolerarían en los demás -la impostura, la falsía, la hipocresía, la contradicción, el servilismo, la obediencia culpable, el asentimiento mecánico, la indignidad,...

Los móviles últimos del cínico contemporáneo son, sin duda, raquíticos y casi irrisorios: su bienestar personal, el incremento de su capacidad de consumo, una multiplicación de los signos de prosperidad y de éxito en la vida, cierta densificación de su vida social,... Irrisorios y raquíticos son, para nuestro caso, los beneficios que el liberado extrae de su hundimiento cotidiano en un ritual deplorable, de su progresiva y deshumanizadora familiarización con la abyección: una “tregua” en la alienación laboral, no se sabe bien qué motivo para mirar a lo alto y levantar la cabeza en medio de una colectividad aplastada y cegada, recompensas materiales, interacción social con otras marionetas como él -marionestas de la empresa y del Estado... De ahí que todo “liberado” se nos aparezca como un perdedor de fondo, un hombre que ha renunciado a lo más precioso de sí mismo -la consciencia, el apego a la verdad, el derecho a decir lo que se siente y a vivir en lo que se cree,...- para conquistar lo que menos vale y lo que menos cuenta en la comunidad: ocios con fecha de caducidad, disfrutes lastimosos, juegos de la charlatanería gregaria, etc.

El “liberado” sindical no es, pues, un creyente a la antigua usanza, un hombre que ha depositado su fe en una doctrina, que se ha entregado a una causa, y vive en paz consigo mismo en medio de la incomprensión o indiferencia circunstanciales de los demás. Su carne no se ha fundido con el rito, sino que, simplemente, se ha dejado vestir por él -ha sido investida o revestida por una simbología ajena y extraña que tolera interesadamente. Dicho de otra manera: el sindicalista contemporáneo no aparece nunca como un verbo hecho carne. Este es un rasgo que comparte con muchos maestros de ceremonias de las sociedades primitivas, con muchos “brujos”, “magos”, “hechiceros”, “augures” y otros soportes del ritual: a pesar de la fuerza que imprimen a sus palabras, a pesar del apasionamiento que revela su gesticulación, a pesar de tanto ceño fruncido, de tanta mirada airada, de tanto aspaviento, de tanta expresión perdida o trascendente, ..., estos hombres no creen realmente en lo que hacen, no están persuadidos de la verdad y del valor de su práctica, no ignoran el lado miserable y mezquino de su actividad -los “fines sociales” del ritual y el usufructo personal que pretenden extraer de su observancia y escenificación. En “Un doctor ndembu en acción”, y refiriéndose a su amigo Ihembi, “curandero” africano, Víctor Turner ejemplificó el modo en que esta dimensión fraudulenta y polito-crematística sobredetermina la práctica cotidiana de los oficiantes del ritual: “Ihembi se dedicó con ahínco a su práctica como doctor ‘ihamba’, haciéndose con una renta sustanciosa, ya que la gente estaba dispuesta a pagar diez chelines y hasta una libra por una ‘extracción’. El jefe Ikelenge, que había prestado cuidadosa atención a los misioneros cristianos en sus dominios, en más de una ocasión multó a Ihembi por explotación fraudulenta de la gente. No obstante, Ihembi se las arreglaba para seguir adelante con su práctica y gozaba de una amplia reputación. En varios aspectos presentaba los rasgos típicos de los doctores nedmbu: capaz, carismático, autoritario, aunque estuviera excluido de los cargos seculares por varias razones, estructurales las unas, personales las otras. Era el típico ‘marginado’ que se labra un “status”en el campo ritual, para compensar su exclusión de los cargos de autoridad en el campo político.”(37). Capital, reputación y poder: he aquí el tríptico inevitable sobre el que se asienta, desde el punto de vista de la “motivación”, la práctica cotidiana de todos los maestros del ritual, lo mismo en el corazón del África negra que en el ombligo del Occidente blanco. Capital, reputación y poder enmascarados, en tanto “objeto” de la práctica, por unos discursos que remiten, vaga pero perceptiblemente, al altruismo, a la filantropía, al servicio a la comunidad, a la beneficiencia, a un tipo u otro de redención...

Nada de ésto escapa al “liberado”, maestro y beneficiario del ritual, que sigue no obstante adelante con su mentira, en una manifestación depurada de cinismo moderno. Para García Gual, “el cinismo moderno, esa ‘mala consciencia ilustrada’, busca también, como el antiguo, la senda de la felicidad, ya que no un ‘sendero de perfección’. Pero, después de tantos libros, de tantas revoluciones, de tantas críticas filosóficas, está desencantado de todo, y no mantiene la actitud de desafío a las normas abiertamente. Es un cinismo resignado”. P. Sloterdijk cita la frase de G. Benn, ‘uno de los más destacados portavoces de la moderna estructura cínica’, que dice: ‘Ser tonto y tener trabajo, eso es la felicidad’, como lúcida y desvergonzada formulación del cinismo de nuestro siglo. Lo contrario: ser inteligente y cumplir una tarea supone una consciencia desgraciada en un contexto alienante”(38). Nos parece que el cinismo de los liberados encaja perfectamente en el retrato-robot de la estructura cínica contemporánea trazado por Sloterdijk, Benn y García Gual entre otros...

2) A propósito del “síndrome de Viridiana” (L. Buñuel) en el sindicalismo de nuestro tiempo.

Hay un prejucio muy extendido entre aquellas corporaciones profesionales que se auto-conciben como servicio benéfico-social, entre aquellos actores sociales que adornan su cometido con una retórica filantrópica o humanitaria (pedagogos, misioneros, psicólogos, educadores, políticos,..., y también sindicalistas), y que podemos denotar como “síndrome de Viridiana”, por recordar el film y el personaje creados por Buñuel: la presuposición de que existen, como entidades separadas, por un lado, un colectivo social necesitado de algún tipo de socorro particular, un segmento de la comunidad al que hay que ayudar, prestar auxilio, re-habilitar, y, por otro, un conjunto de hombres y mujeres preparados para atender diligentemente tal demanda social, movidos por la consciencia del problema, si no por la conmiseración o por la lástima. Para nuestro caso, el “liberado” sindical tiende a presentarse como un agente de la defensa de los trabajadores ante las agresiones de la empresa, como un valedor de su causa frente a las instancias estatales. En principio, el sindicalista parece simpatizar con el colectivo socio-profesional del que procede (y del que ha escapado), como si depositara en él alguna clase de esperanza o percibiera en los trabajadores -en tanto “clase”- cierta inmanencia de la bondad, cierto rescoldo de la inocencia. Lo mismo que Viridiana, se aproxima a la supuesta víctima de la infamia social afectando todas las poses del altruismo, de la generosidad y del desinterés, con una sonrisa de comprensión o de complicidad dibujada estultamente en los labios; y, al igual que el personaje de Buñuel, retrocede espantado cuando comprueba que el objeto del auxilio, el destinatario de la prestación filantrópica, no coincide con el estereotipo burdo (mítico, idealizado) que de él manejaba y muestra unos pefiles inquietantes, desagradables, molestos o enojosos -no menos que la riqueza, la pobreza corrompe; casi tanto como el acomodo, el dolor degrada, inmoraliza... Los “liberados” se quejan, entonces, de la escasa ‘solidaridad’ de los trabajadores, de su nula disposición para una lucha colectiva, de su ‘falta de consciencia’, de la mezquindad inusitada de sus intereses, del estrechamiento de sus perspectivas político-ideológicas, de su centramiento obsesivo y excluyente en el campo de reivindicación material, salarial, corporativo,... Y, afectados de pleno por un desencanto que es casi parte de su cinismo, de su mentira íntima, se mantienen en sus puestos -vale decir, en sus privilegios- responsabilizando a los colectivos obreros de su propia condición subalterna y aceptando el estado de las cosas socio-laborales como si nada pudiera ya oponérsele.

El “desencanto” de Viridiana se resuelve como un regreso a lo dado, a la cotidianidad alienada y alienante, a la norma afectiva y sexual establecida, en un abandono de sus ideales y de sus prácticas ‘benefactoras’. El “desencanto” de los liberados se materializa en otro regreso, en un retorno al lado gris y tedioso de su actividad; en la reincorporación a aquellos roles mecánicos e irrelevantes, profundamente ritualizados, que lo erigen en el habitante de departamentos patéticos, de despachos lastimeros, donde ejerce de escucha-gestor interesado -escucha de raquíticos problemas personales y descontentos a la carta sin poesía ni trascendencia, gestor de ambiciones egoístas y de propósitos particulares... Y es por esta puerta por donde se reinstala el rito en la praxis cotidiana de los sindicalistas: maneras prefijadas de atender y de responder a las demandas, gestos exigidos por las circunstancias, obediencia estricta a una lógica de la situación en la que cada actor conoce su papel y se comporta como es debido, recurso masivo a determinadas frases hechas y a un conjunto limitado de poses de conveniencia, un modo maquínico de poner en marcha procesos que no llevan a ninguna parte o que llevan a los lugares de siempre,... El “liberado”, en definitiva, cae en el rito, redunda en la anestesia y en la malevolencia de los símbolos integradores, como consecuencia, entre otras cosas, de una inconfundible patología profesional: el ‘síndrome de Viridiana’.

3) “Carácter destructivo” (W. Benjamin) y liberación sindical.

En un texto quizás ambiguo, W. Benjamin describió un tipo de carácter, una estructura de la personalidad, que, en nuestra opinión, halla entre los ‘liberados’ de nuestros días no pocos exponentes: el “carácter destructivo”. Esta psicología, que termina anegando el pathos destructivo en la conformidad y hasta en la reacción, que encuentra su referente social en la pequeña burguesía descontentadiza (o en los sectores revoltosos de la clase media, por utilizar otra expresión), y que también caracteriza a un segmento de la clase empresarial, se distingue por la insistencia en el rechazo visceral y en las propuestas demoledoras desde un cierto acomodo, desde una inocultable seguridad, desde un estar a salvo de las consencuencias previsibles de aquel rechazo y de aquella demolición. El “carácter destructivo” aboga por una conmoción en la que no arriesga personalmente nada, unos trastocamientos que en nada afectan a su mundo. No se compromete verdaderamente, no se involucra hasta el fin, en las luchas que proclama, en los conflictos que suscita, en las convulsiones a que asiste. Su beligerancia, su radicalismo, su disconformidad, es, exactamente, de índole ritual, escenográfica, y tiene que ver, por un lado, con cierta subida del telón profesional y, por otro, con una particular conformación de su carácter -con un desdoblamiento de su psicología que reconcilia la sed de crisis con el conservadurismo secreto, el apetito de infierno con el amor de Dios, los gestos de la negación insobornable con el soborno de una afirmación no-declarada. En tanto “carácter destructivo”, el liberado sindical se incapacita para la verdadera praxis transformadora, disuelve e inoculiza su aparente insumisión en una parafernalia de ritos catárticos, en una gesticulación simbólica de hombre que niega las cosas de este mundo desde su bienestar en este mundo y que parece amar el desorden por el exceso mismo del orden que ha instaurado sobre los asuntos de su vida (39). Ritual y casi hipócrita, la ‘destrucción’ por la que suspiran muchos sindicalistas vale lo mismo que una consigna de rebelión escrita en la arena de la playa por un hombre desocupado que toma el sol entre bostezos: no es sincera, y la borrará cualquier pequeña ola...

4) El ascenso de la “mentalidad funcionaria” (F. Nietzsche) en los liberados ‘consolidados’.

El “funcionario” es un hombre que ha soldado su vida al Estado. A cambio de sus servicios perpetuos, la instancia estatal le proporciona seguridad (económica, en primer lugar) y otras recompensas materiales y simbólicas. La mentalidad funcionaria, descrita por Nietzsche entre otros, se halla muy marcada por esa circunstancia de “vivir a salvo”, y por la consciencia de que, en contrapartida, se ha de obedecer, se ha de seguir las normas, se ha de guardar y hacer guardar la legalidad vigente. En cierto sentido, el liberado ‘consolidado’, el sindicalista que ha encontrado el modo de escapar permanentemente del trabajo, que se ha adherido al aparato burocrático de la organización, que ha hecho carrera politico-sindical, aparece hoy como un tipo rebajado de funcionario, una suerte de funcionario menor, o para-funcionario, que vive igualmente a cobijo de la penuria, aferrado a un conjunto nebuloso de privilegios y de prerrogativas. En su discurso, como ocurre con el de los funcionarios “sensu estricto”, la palabra “ley” juega cada vez un papel mayor; y en su comportamiento, al igual que en el de todos los ‘servidores del Estado’, la transgresión, el ilegalismo, la mera autonomía, brillan prácticamente por su ausencia. Este liberado ‘consolidado’ se convierte, entonces, en un hombre temeroso, aterrado por la posibilidad de empeorar, de perder sus derechos, de caer del privilegio; un hombre que se auto-reprime y que reprime, que se auto-modera y que modera, que valora por encima de todo la estabilidad, la regularidad, la previsibilidad -la continuidad y la repetición. Se convierte, por decirlo en pocas palabras, en un “aniquilador de la disensión” y en un “exterminador de la diferencia”. Es el hombre del consenso y de la perseverancia testaruda en Lo Mismo. Nietzsche diría que es un ser que ha perdido irremisiblemente el sentido de la tierra (40); y Artaud remarcaría que ha dado la espalda asimismo a las exigencias irrestañables del cuerpo (41). Hombre de la existencia muelle, de los pequeños placeres para el día y los pequeños placeres para la noche, “envenenador y calumniador de la vida” (42), inventor de la felicidad -entendiendo por “felicidad” el sucio disfrute, el lamentable bienestar, de aquellos que, por haber vendido su alma al Estado, son ya tan ineptos para la plegaria como para la blasfemia, incapaces de odiar tanto como de amar, hombres y mujeres de un hueco en el lugar del corazón...

Si hemos definido, en otra parte, el sindicato como una entidad para-estatal, no debe extrañar que conceptuemos también al “liberado” como una especie de para-funcionario, un funcionario temporal si se quiere, transitorio, pero identificado en su psicología de fondo, en su perfil caracteriológico, con esos otros hombres que han jurado fidelidad eterna a Leviatán y agotan sus días entre las cuatro paredes cartesianas de la Propiedad, la Familia, el Trabajo y la Ley, esos otros “moribundos y emponzoñadores de la existencia”, como los llamó el filósofo del martillo (43), “hombres comunes que ignoran hasta qué punto puede llegar el vicio de tener un cuerpo y de servirse de ese cuerpo”, tal los consideraba el autor de Para acabar... (44), tropa de reconciliadores sin escrúpulos y pacificadores a punta de pistola, inteligencias prostituidas y sensibilidades malbaratadas, garantía y sostén de la ignominia social y de la opresión política...

Como signo de este ascenso de la mentalidad funcionaria entre los liberados ‘consolidados’, encontramos la preeminencia otorgada a los intereses del propio sindicato en tanto organización burocrática, que se anteponen a las expectativas de los colectivos laborales y a las exigencias circunstanciales de la praxis. El sindicalista arraigado en su condición mira en primer lugar por la bonanza y el fortalecimiento de la institución para la que trabaja, por la estabilidad del organismo al que ha amarrado su presente y parte de su futuro. Es, desde este punto de vista, una encarnación de la estructura, el soporte vivo del aparato. Habituado, por otra parte, a vivir del trabajo de los demás, nada teme tanto como el regreso a la condición obrera, como su re-asalarización, ya que empieza a considerar como un derecho adquirido e inviolable esa existencia suya de “liberto”, de hombre que ha hallado el modo de evadirse de la mazmorra laboral. También como un signo de la mentalidad funcionaria en ascenso cabe destacar su progresivo pragmatismo, su posibilismo, su eclecticismo, su pretendido realismo político-social, su horror al exceso, su antipatía a los gestos de insumisión y a las explosiones lúdicas, su pánico ante lo espontáneo y lo no-calculado...

Con todos estos rasgos, la subjetividad del para-funcionario sindical acentúa sus analogías con el carácter de aquel conjunto de curanderos, brujos, hechiceros,..., descritos por Víctor Turner: se trata, en ambos casos, de hombres que han ascendido materialmente, que han progresado en la escala social, en virtud de alguna cualidad de su naturaleza, de cierta feroz determinación de su deseo; hombres que se han instalado en el privilegio y en la distinción social, en la estima comunitaria, por su propio esfuerzo (recordemos a Ihembi), por una conquista de su voluntad y de su tenacidad, y no por el azar de un patrimonio heredado o de una adscripción social de nacimiento... Por decirlo coloquialmente, la personalidad del sindicalista liberado, lo mismo que la de los funcionarios de las sociedades occidentales modernas y la de los doctores-brujos de determinadas sociedades primitivas y de algunas comunidades africanas contemporáneas, es la personalidad de un “trepa”, de un “advenedizo”, individuo que desde el principio ha ido “terriblemente a la suya”... La relación del para-funcionario sindical con el ordenamiento social y político instituido es también semejante a la relación que los curanderos y doctores-brujos sostenían con las redes de jerarquías y los usos de dominación propios de sus culturas: conscientes de que sus prerrogativas personales y sus posiciones de privilegio dependían del mantenimiento de un particular conformación política y socio-cultural, se erigían -a su manera- en un factor de reproducción de las estructuras vigentes, disuadiendo cotidianamente a los hombres de vivir fuera de la Norma y de oponerse a lo establecido, tal meros ‘propagandistas’ de los sistemas de saber-poder imperantes. Víctor Turner ha esclarecido de un modo admirable el sentido de esa contribución al sostenimiento del orden social y político desde las prácticas “adivinatorias” de los doctores-brujos y curanderos ndembu, suerte de para-funcionarios muy próxima a la representada por los liberados sindicales de nuestras sociedades: “El principal cometido de Ihembi (doctor-brujo, curandero, adivino) era hacer que los individuos fueran capaces de representar sus papeles sociales de forma lograda, en el interior de la estructura tradicional de las posiciones sociales. La enfermedad no era para él más que la señal de una indebida desviación de la norma” (45). No sorprende, por ello, que la manera en que los doctores-brujos ndembu se acercan al “conflicto”, el modo en que abordan su resolución, halle sorprendentes analogías con la disposición y las técnicas empleadas por los “sindicalistas profesionales” para inmiscuirse en los descontentos laborales y establecer las formas de su disolución. De nuevo Turner, descubriendo en las prácticas del curanderismo africano lo que cada día se hace más evidente en la labor de los liberados sindicales occidentales: “Al parecer, los ‘doctores’ ndembu consideran su tarea más que como una cura individual, como un remedio a los males del grupo. La enfermedad del paciente es sobre todo signo de que ‘algo anda mal’ en el grupo corporativo. El paciente no se pondrá mejor hasta que todas las tensiones y agresiones en las interrelaciones del grupo no hayan sido sacadas a la luz y sometidas a tratamiento ritual. Ya he mostrado lo complejas que tales relaciones pueden ser, y de qué modo los conflictos que tienen lugar en una dimensión social pueden reverberar en las otras. La tarea del doctor es tantear las diversas corrientes de afecto asociadas con estos conflictos y con las disputas sociales e interpersonales en que se manifiestan, y canalizarlas en una dirección socialmente positiva. Las energías brutas en conflicto quedan así domesticadas al servicio del orden social tradicional.” (46)

5) Sobre la astucia del gestor interesado.

El doctor-brujo ndembu, lo mismo que el liberado sindical occidental, es, ante todo, un hombre astuto. Y un hombre que explota sobradamente, en provecho propio, esa cualidad suya. Su intervención en los conflictos de los demás, su labor como gestor de disputas y desavenencias ajenas, se rige siempre por la satisfacción astuta y disimulada de sus propios intereses. Inmiscuyéndose en las luchas de los otros, hablando sin descanso de la causa de los trabajadores, el liberado sindical, en realidad, no hace más que proseguir su propia lucha en pos de la exención laboral y del acomodo y defender su causa personal de hombre que desea arraigar duraderamente en el privilegio. Todo esto, por supuesto, no es pensable sin una dosis estimable de hipocresía -es la hipocresía del operador interesado... Turner ha aludido en diferentes ocasiones a esa especie egoísta de talento, a esa inteligencia práctica, a esa sutileza carroñera de la imaginación, ejemplificándola en el caso de Ihembi, doctor-brujo ndembu que se labró un puesto destacado en la sociedad y en la estima comunitaria gracias a aquellas artes innobles de la mediación interesada en los problemas de los otros (47). Y, como fundamento de las prácticas “adivinatorias” de estos doctores-brujos, ha sorprendido un trabajo arduo, concienzudo, de análisis racional; una labor, muy poco ‘sobrenatural’, de observación, recogida de datos, documentación, experiencia, información y hasta asesoramiento, sistematización y reflexión recapitulatoria, que desemboca en el diagnóstico y en la terapia; una tarea minuciosa que el curandero lleva a cabo sin perder nunca de vista sus intereses particulares en el asunto, aquello que se juega personalmente, todo cuanto tiene que ganar y que perder en la mediación solicitada... No es muy distinto el caso de los sindicalistas contemporáneos, que basan sus gestiones en un conocimiento personal, constantemente re-actualizado (fruto de la experiencia y de la observación, de la intuición y del análisis), del ámbito del trabajo, de las relaciones de fuerza que lo constituyen, del juego de los intereses personales y de grupo que en él se cruzan, del telón de fondo social e institucional sobre el que se dibujan los conflictos, de las estructuras de la personalidad (o tipos de carácter) más frecuentes entre los trabajadores y los empresarios, entre los directivos y los burócratas, de los ejes no-declarados en torno a los cuales giran los remolinos de la simpatía colectiva y de los afectos gremiales, de las ambiciones dominantes y las obsesiones “de referencia” que pueblan el imaginario social laboral,... Conocimiento personal rigurosamente “usufructuado” en la gestión, sometido a la criba del “provecho propio”, “rentabilizado” en aras de unas causas estrictamente idiosincráticas... “Astucia” e “interés”, en definitiva, sobre la base de un trabajo riguroso de exploración social y psicológica: he aquí la esencia del curanderismo africano lo mismo que del curanderismo sindical.

Víctor Turner ha señalado este fundamento analítico de las prácticas adivinatorias ndembu en varios trabajos. En La selva de los símbolos, anotó lo siguiente: “Ihembi poseía toda la información e incluso era capaz de hacer los análisis que aquí presentaré, pues su trabajo consistía precisamente en el estudio de las relaciones sociales, con vistas a diagnosticar la incidencia y las pautas de las tensiones, para intentar reducirlas mediante el empleo de sus ritos”(48). Y, en otra parte, caracterizó así los prolegómenos de la actuación ‘curativa’ de los adivinos: “El adivino claramente sabe que está investigando en el interior de un contexto social particular. Establece pues, en primer lugar, la ubicación del cliente -primeramente la jefatura a que pertenece, luego la subjefatura, la vecindad (el conjunto de poblados vecinos) y, finalmente, el poblado de la víctima. Cada una de estas unidades políticas tiene características especiales: divisiones faccionales, rivalidades entre poblados, personalidades dominantes, grupos nucleados y dispersos de parentescos, cada uno de ellos con una historia propia de asentamiento y migración. Un adivino experimentado ya de por sí conoce el estado momentáneo de los diversos subsistemas, a partir de otras consultas previas y del continuo chismorreo de los viajeros. Luego se asegura de cuál es el estado de las relaciones entre la víctima y los que han venido a consultarle. En esta tarea se ve asistido por su conocimiento de las categorías de personas que típicamente componen cada poblado: el matrilinaje de la víctima, sus parientes patrilineales, afines, cognaticios y personas no emparentadas con él. Averigua el tipo y la naturaleza de las relaciones que la víctima mantiene con el caudillo del poblado, y orienta su atención hacia el matrilinaje del cacique, descubriendo en cuántos sublinajes se halla segmentado. Cuando termina sus pesquisas, el adivino tiene ya un cuadro completo de la estructura del poblado en ese momento, y del lugar que en la red de relaciones ocupa la víctima.” (49).

6) Sindicalismo y “curanderismo”: el liberado como “doctor brujo” (V. Turner).

A manera de recapitulación, podemos establecer que la práctica sindical contemporánea coloca al “liberado” en una posición social e interpersonal general que recuerda la ubicación y las funciones asignadas a los “doctores brujos” ndembu, al menos tal y como Víctor Turner las describe. Desde esta perspectiva, el liberado sindical, sentado ante el trabajador que recurre a él para solventar algún problema (y afectado por aquel “síndrome de Viridiana” que lo persuade de que no es ya ‘otro’ su cometido), se nos aparece como una de las versiones modernas de los curanderos primitivos, una suerte de brujo, de adivino, que desplegará una actividad profundamente ritualizada para dar satisfacción a la demanda en el cumplimiento de las normas tácitas que permiten la reproducción del orden socio-laboral vigente, obteniendo de paso unos beneficios personales -como, p.ej., la justificación de su papel- que tenderán a consolidarlo en el privilegio y que él se encargará de disimular cínicamente, al modo de la mayor parte de los funcionarios y como uno más de los servidores del Estado.

Astuto e interesado, el liberado sindical se separa del resto de la comunidad laboral y justifica sus prerrogativas mediante los servicios que alega prestar al resto de sus ex-compañeros. Sin embargo, no son los individuos concretos del mundo del trabajo los beneficiarios últimos de su práctica, sino el sistema socio-político general -que lo ha reclutado, erigiéndolo en una especie de para-funcionario, para que tramite toda demanda, atienda todo descontento, en la salvaguarda de las normas y los valores del Orden establecido. Cómodo en su papel, armado de cinismo, apoyándose de vez en cuando en una retórica destructiva que oculta su conformismo secreto, y presentándose como un hombre defraudado por los supuestos destinatarios de sus servicios, el liberado irá arraigando en la ética y en la estética de la pequeña burguesía, de la clase media acomodada, acogiendo insidiosamente los códigos de represión y reconducción del deseo que caracterizan a la subjetividad funcionaria. El “rito”, los “simbolos dominantes” no menos que los “instrumentales”, le sirven para legitimar su papel y contribuir a la cohesión del orden político-social. Siendo mucho lo que se espera de él, no es demasiado lo que se le exige: un conocimiento del medio, una permanente exploración del estado de la comunidad laboral, un ejercicio cotidiano del análisis psico-sociológico e institucional...

Doctor-brujo, curandero, advino, neo-Ihembi, el liberado sindical de nuestro tiempo es simplemente un arribista, un hedonista, que ha fundido su causa personal con la causa del Estado y mantiene a la comunidad laboral en la engañifa de que existe para servirla. Individuo particularmente cínico, mentiroso profesional, agente del orden real y del desorden aparente, policía soterrado de la subjetividad, no se merece más respeto que el que hoy profesamos a aquellos kapos de los campos de concentración alemanes, ratas astutas procurando vivir mejor que el resto de sus compañeros de presidio.



NOTAS

(1) TURNER, V., “Símbolos en el ritual ndembu” (1958), recogido en La selva de los símbolos, S.XXI de España Editores, S.A, Madrid, 1980, p. 21.

(2) Op. cit., pp. 21-22.

(3) Op. cit., p. 22.

(4) Ibid.

(5) Op. cit., p.29.

(6) Op. cit., pp. 50-52.

(7) Op. cit., p. 29.

(8) TURNER, V., “Simbolismo ritual, moralidad y estructura social entre los ndembu” (1960), recogido en La selva..., p. 56.

(9) TURNER, V., “Símbolos en el ritual ndembu”, p. 50.

(10) Véase, p. ej., “Simbolismo ritual, moralidad y estructura social entre los ndembu”, op. cit., pp. 56-57.

(11) TURNER, V., “Símbolos en el ritual ndembu”, p. 40.

(12) Op. cit., p. 43.

(13) Op. cit., p. 44.

(14) SAPIR, E., “Symbols”, en Encyclopedia of the Social Sciences, XIV, Nueva York, Macmilla, citado por TURNER, V., en “Símbolos en el ritual ndembu”, op. cit., p. 32.

(15) Op. cit., p. 30.

(16) SAPIR, E., “Symbols”, citado por TURNER, V., en “Símbolos en el ritual ndembu”, op. cit., p. 32.

(17) TURNER, V., op. cit., p. 32.

(18) Op. cit., p. 31.

(18 bis) Ibid.

(19) Op. cit., p. 33.

(20) Ibid.

(21) Ibid.

(19 bis) Op. cit., p. 50.

(20 bis) Op. cit., p. 52.

(21 bis) Op. cit., p. 51.

(22) Op. cit., p. 35.

(23) Op. cit., p. 41.

(24) TURNER, V., “Simbolismo ritual, moralidad...”, p. 55.

(25) JUNG, C., Psychological types, Londres, Routledge and Kegan Paul, 1949, citado por TURNER, V., en “Símbolos en el ritual ndembu”, p. 29.

(26) TURNER, V., “Símbolos en el ritual...”, p. 49.

(27) Op. cit., pp. 33-35.

(28) Op. cit., p. 41.

(30) Op. cit., p. 47.

(31) TURNER, V., “Simbolismo ritual, moralidad...”, p. 56.

(32) TURNER, V., “Símbolos en el ritual ndembu”, p. 30.

(33) TURNER, V., “Simbolismo ritual, moralidad...”, p. 55.

(34) Ibid.

(35) Op. cit., p. 53.

(36) TURNER, V., “Muchona el Abejorro, intérprete de la religión” (1959), recogido en La selva..., op. cit., pp. 145-167.

(37) En “Un doctor ndembu en acción” (1964), incluido en La selva..., pp. 414-15.

(38) GARCÍA GUAL, C., La Secta del Perro, Alianza Editorial, Madrid, 1993, p. 12.

(39) Véase BENJAMIN, W., “El carácter destructivo”, en Discursos Interrumpidos 1, Taurus, Madrid, l975.

(40) NIETZSCHE, F., Así habló Zaratustra, Alianza, Madrid, 1985, p. 34.

(41) ARTAUD, A., Van Gogh: el suicidado de la sociedad y Para acabar de una vez con el Juicio de Dios, Fundamentos, Madrid, 1977, p. 261 y siguientes.

(42) NIETZSCHE, F., op. cit., pp. 38-40.

(43) Op. cit., pp. 34-35.

(44) Op. cit., p. 261.

(45) TURNER, V., “Un doctor ndembu en acción”, op. cit., p.438.

(46) Ibid.

(47) Op. cit., pp. 413-15.

(48) Op. cit., p. 415.

(49) Op. cit., p. 416.

(50) TURNER, V., “Símbolos en el ritual ndembu”, op. cit., p. 25.

(51) Op. cit., p. 32.

(52) Ibid.

(53) Ibid.

(54) Op. cit., pp. 29-30.

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