¿Integración de encomienda o integración autogestionada?

La Haine. La gran encomienda a que nos quieren someter incluye: a) marcos regulatorios auto-ajustables en favor de los "negocios", b) el montaje de estructuras fiscales y monetarias que endosen la progresión de los conglomerados en nuestros mercados, c) la consecución de proyectos de infraestructura que optimicen la transnacionalización del territorio por intermedio de duraderas asociaciones público-privadas.
Los nuevos encomenderos, gobiernos de los países de la OCDE, las transnacionales y las instituciones financieras internacionales, necesitan reemplazarse ventajosamente en fronteras conocidas y amistosas para explicitar su hegemonía en el centro en nuevas bases. Necesitan consolidar aquí, en esta zona contigua, en este "casi Occidente", la plena primacía de los capitales y los estándares infrahumanos que le corresponden. En los años 90 hubo se intensificó la descentralización de las funciones operacionales y logísticas del capitalismo global para la llamada periferia emergente. La amplia movilidad horizontal-espacial está al servicio de la cristalización de posiciones de poder en la escala vertical. Los rangos superiores se mantienen por medio de la estricta administración de los bloqueos al paso de países y regiones a tecnologías avanzadas, y a la capacidad de desarrollarse y de socializar renta.
El problema con esta fórmula es netamente político. En primer lugar no es tarea simple lograr la adhesión de las elites locales, aunque muy heterogéneas, a un programa de desmantelamiento de mercados internos y de todas sus interdependencias. En segundo, es espinosa la tarea de obtener apoyo electoral que confiera viabilidad política a un régimen al servicio de islas de prosperidad asociadas. En tercer lugar, en cuanto el proyecto de "Reconquista" tropieza y no se solidifica, se van multiplicando y juntando las áreas residuales de resistencia. Las contradicciones agudas en la incorporación de América Latina a la división del trabajo de la globalización, fomentan nuevas convergencias entre los sectores populares del continente hacia una alternativa antineoliberal y anticapitalista.
A partir de 1999 -en un contexto de mayor oscilación de los flujos de capital, de variación descendente de los niveles de crecimiento y variación creciente de los niveles de concentración de la renta- comienzan a caducar las coaliciones coordinadas por partidos orgánicamente atados a los capitales, como el PSDB en el Brasil. Las recientes victorias electorales de fuerzas de centro-izquierda demuestran el agotamiento del "Consenso de Washington" en la región, pero no prefiguran una quiebra de la hegemonía operativa de los conglomerados transnacionales. Si embargo, estas nuevas alianzas políticas están siendo elegidas bajo la expectativa de millones por cambiar los resultados de las políticas que, a lo largo de los últimos quince años, golpearon sus chances de vida y sabotearon sus intentos de construir naciones como espacios equitativos y participativos.
Fue en este cuadro de ambivalencia que se forjó la política de integración regional del Gobierno Lula. Política marcada por bordear las polarizaciones y por el ahínco en vocalizar los intereses de los sectores que se hicieron emergentes en los años de reestructuración. La apuesta por el redireccionamiento de las estrategias territoriales de las transnacionales y el apoyo nacional (financiero y logístico) e internacional (por medio del G-20) a los sectores basados en commodities [mercancías] de bajo valor agregado, son sus dos sostenes.
La integración, desde este punto de vista, es reducida a un medio para la inserción de los países del continente en el mercado mundial. La persistencia de la perspectiva exógena en este modelo de la integración, aún después de los impactos desestructuradores que resultaran de la franca exposición de la región en el mercado mundial, comprueba la prominencia de los habituales jugadores de antes. Si la integración tiene como meta principal la inserción de la región en el mercado mundial, y esta inserción es deudora del protagonismo del capital extranjero en las cadenas de valor de nuestras economías, entonces esta integración no pasa de una oligopolización regional, más estimulada que regulada por nuestros gobiernos.
Urge definir claramente si el objetivo final es construir un mercado común como un adictivo para la atracción de flujos más perennes de inversión o como un dispositivo nodal hacia la cooperación y la complementariedad en escala extendida. La primera versión significa tan solo armonizar mecanismos de promoción y protección de las inversiones extranjeras y asociadas. Los que la abogan que traten de explicar porqué una integración subordinada en bloque sería menos subordinada apenas por eso. El hecho es que no importa recoger flujos más generosos si la malla económica, a ser adicionalmente irrigada, ya fue previamente privatizada y transnacionalizada. En este modelo de enclaves y de clusters [agrupamientos], los capitales continuarán traspasando nuestros países para incorporar valor por vía rápida, sin ninguna reciprocidad. Ni siquiera están previstas medidas de inducción de capilarización de las inversiones tales como índices de nacionalización o regionalización, selectividad tecnológica en los financiamientos públicos y políticas industriales aglomeradoras.
Confrontemos a las políticas comerciales de los conglomerados, sostenidas por los gobiernos y bloques de la OCDE, con genuinas políticas de integración que sean concebidas en ámbitos democráticos de planeamiento público. No podemos olvidar que las compañías globalizadas son proyecciones exitosas de sus economías nacionales de origen, son el resultado de ayudas concatenadas y de una sumatoria de preferencias. No se justifica ninguna parsimonia en el uso de salvaguardias y de requisitos relativos a la inversión extranjera. El territorio o es locus de agregación continuada y equilibrada, o es tierra de nadie, un cantón más para la barbarie.
En un escenario de competición administrada los conglomerados determinan dónde, y lo que se debe, producir y servir. Lugares, funciones y actividades son las opciones ofrecidas a los que no tienen opciones. ¿Por que escalar una jerarquía global que excluye de antemano los no ajustables? Una política de integración basada en el usufructo común de las externalidades positivas de las inversiones extranjeras nos trasformaría en péndulos, colgados en trayectorias predecibles, objetos de cálculo y desecho.
Es necesario ir más allá de las tecnologías consolidadas, más allá de la producción realizada, y avanzar en las actividades de conocimiento que determinan las propias posibilidades de la producción. Las vocaciones y las potencialidades de nuestros países precisan ser consideradas como generaciones subsecuentes, las últimas desdoblándose de las primeras. Tenemos que dedicarnos al desarrollo de nuevas especializaciones en sectores de alto valor agregado, a acumular calificación tecnológica y a la formación de núcleos endógenos de la innovación. La creación de riqueza de forma suficiente, justa y sustentable depende de la generación permanente de informaciones y tecnologías comprensivas de los entornos en tránsito.
Si ya fuimos y aún somos capaces de crear fuentes propias de dinamismo económico, podemos, en conjunto, rechazar y deslegitimar los rangos de la globalización asimétrica. Es inaceptable que países y regiones, bastante equipados para diversificar y densificar sus economías, se especialicen regresivamente en sectores rebajados o paralizados. Seria una sombría condena, no tan solo a las generaciones vivientes si no a todos los que todavía están por nacer en este suelo, a un futuro mediocre, determinado y encapsulado.
* Sociólogo, miembro de ATTAC-Brasil y de la REBRIP. l.novoa@uol.com.br







