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Estado español :: 23/07/2026

La victoria en el Mundial y la exaltación del nacionalismo español

Santiago Lupe
El problema comienza cuando detrás de ese gol se nos pide celebrar también una bandera, un Estado y un proyecto político que siguen siendo los de quienes gobiernan contra la mayoría social

La victoria deportiva de la selección española ha desatado celebraciones multitudinarias en todo el Estado. Más allá de la comprensible alegría por un éxito deportivo, el fenómeno vuelve a poner sobre la mesa el papel político que desempeña la selección en la promoción del nacionalismo español: la normalización de los símbolos del régimen del 78 (de transición pos franquista), la negación del derecho de autodeterminación de las naciones del Estado español --cuyas selecciones tienen vetada su participación en los campeonatos internacionales-- y el refuerzo de un marco ideológico que blanquea el imperialismo español con un discurso "progre", al tiempo que alimenta el crecimiento de la derecha y la extrema derecha.

La victoria de la selección española en el Mundial ha provocado escenas de euforia en plazas y calles de todo el Estado. Miles de personas han salido a celebrar un triunfo deportivo que, para muchos, es simplemente motivo de alegría. Nadie puede negar el derecho de cualquier aficionado a disfrutar de un éxito futbolístico. Pero sería ingenuo pensar que la selección española y las celebraciones que la rodean son un fenómeno políticamente neutro.

Conviene recordar, que la selección española no es un sujeto deportivo abstracto o neutral. Es la representación oficial de un Estado concreto, de sus instituciones y de su proyecto nacional. Cada partido internacional se disputa bajo la bandera rojigualda, el himno de la monarquía y la denominación oficial del Reino de España. Como ocurre con cualquier selección estatal, no representa simplemente a un conjunto de futbolistas, sino a un determinado marco político e institucional.

Por eso resulta imposible separar completamente la celebración deportiva de su dimensión política. La euforia colectiva generada alrededor de la selección actúa también como un mecanismo de identificación con el Estado y con sus símbolos, reforzando una idea de comunidad nacional que pretende situarse por encima de los conflictos sociales, de clase y de las aspiraciones democráticas de las naciones que forman parte del Estado. La selección no crea ese nacionalismo, pero sí contribuye decisivamente a difundirlo y normalizarlo.

No es casualidad que los sucesivos gobiernos hayan convertido sistemáticamente los éxitos deportivos en acontecimientos de Estado. Las recepciones oficiales en el Palacio de la Zarzuela o en la Moncloa, los desfiles institucionales y la apropiación política de cada victoria muestran hasta qué punto estos triunfos son utilizados para fortalecer la identificación entre el Estado, sus instituciones y la idea de una España unida bajo los símbolos del régimen del 78.

Una sola nación, una sola selección

El deporte de élite, y especialmente las selecciones nacionales, siempre ha sido una herramienta de construcción nacional. En el caso del Estado español, la selección constituye la escenificación deportiva de una determinada idea de España: la de una nación única e indivisible, impuesta históricamente a pueblos como el catalán, el vasco o el gallego.

Mientras Escocia, Gales o Irlanda del Norte cuentan con selecciones propias en numerosas competiciones internacionales, el Estado español sigue negando a Catalunya o Euskal Herria el derecho a competir con sus propios equipos nacionales, una reivindicación sostenida durante décadas por amplios sectores sociales y deportivos. Cada triunfo de "La Roja" refuerza así la identificación entre deporte y unidad de España, invisibilizando la existencia de naciones que reclaman su derecho a decidir también en el ámbito deportivo.

Ayer mismo se realizaron manifestaciones en ciudades vascas como Bilbo en defensa de una selección vasca con plenos derechos, y el pasado otoño los partidos de las selecciones vasca y catalana con la selección de Palestina se convirtieron en demostraciones de decenas de miles en apoyo a estas demandas históricas y a la lucha del pueblo palestino.

Uno de los elementos más notables de la restauración del régimen con barniz progresista de los últimos años ha sido, precisamente, volver a cerrar bajo siete candados la lucha por estos derechos democráticos nacionales. Esta obra de los gobiernos "progresistas" del PSOE - primero con Unidas Podemos y ahora con Sumar - junto con las direcciones procesistas de ERC y Junts en Catalunya y EH Bildu en Euskal Herria, tiene en "La Roja" a su embajadora más amable.

Las imágenes de millones de banderas rojigualdas ondeando en balcones y plazas - incluso en lugares donde hasta hace poco eran masivamente rechazadas, como Catalunya - representan la consolidación de unos símbolos nacionales que son los de los vencedores de la guerra civil y del régimen político heredero de la dictadura. La bandera oficial del Estado y la monarquía parlamentaria representan la continuidad institucional del régimen nacido de la Transición, que preservó buena parte del aparato del Franquismo bajo nuevas formas constitucionales.

Hace apenas una década, la exhibición masiva de la bandera española estaba socialmente asociada al "a por ellos" contra el pueblo catalán, muy ligada a la derecha y la extrema derecha, aunque el PSOE se sumó con entusiasmo al golpismo del artículo 155 y Podemos miró para otro lado. Hoy, tras el fracaso del procés, la desmovilización del movimiento independentista y la integración de Podemos primero y de Sumar después en los gobiernos del PSOE, esos símbolos han sido ampliamente rehabilitados y son enarbolados también por sectores que se presentan como "progresistas".

Una "Roja" multicultural que no puede tapar el racismo institucional, expolio imperialista y la complicidad con el genocidio

Quienes presentan a esta selección como un ejemplo de una España diversa, multicultural o progresista pretenden ocultar la realidad material del Estado al que representa. Porque la España cuya camiseta se celebra estos días mantiene una de las políticas migratorias más criminales de Europa, responsable de una de las mayores fosas comunes de las rutas migratorias: la ruta atlántica hacia Canarias y el Mediterráneo occidental. Ha sido parte del establecimiento de acuerdos con los regímenes dictatoriales del norte de África para que levanten campos de concentración de migrantes que nada tienen que envidiar a los centros del ICE de Trump. Es la España de las concertinas, de los CIE, de las devoluciones en caliente y de crímenes como la masacre de la valla de Melilla o la playa del Tarajal.

Es también una potencia imperialista cuyas grandes multinacionales participan desde hace décadas en el expolio de recursos naturales, la privatización de servicios públicos y la explotación laboral en América Latina, África o Asia, obteniendo enormes beneficios gracias a la posición privilegiada del capital español en numerosos países y su pertenencia a la OTAN y la UE.

Y no, no es el Estado amigo del pueblo palestino que se pretende vender. Si bien los gestos de algunos deportistas, como Lamine Yamal, han supuesto un importante apoyo mediático a su causa, el papel del Estado español y del Gobierno de PSOE-Sumar es bien distinto. Más allá de algunos discursos y decisiones simbólicas, el Estado español es plenamente cómplice del genocidio contra el pueblo palestino, tal y como siguen denunciando las organizaciones propalestinas en cada movilización.

Pese a la retórica del Gobierno, el Ejecutivo de Sánchez sigue sin decretar un embargo integral de armas contra Israel; no ha roto las relaciones diplomáticas ni comerciales y sus equipos siguen participando en todas las competiciones deportivas posibles. Los puertos españoles continúan siendo utilizados para el tránsito de material militar, mientras los planes de rearme imperialista - que han llevado el gasto militar a cifras históricas -, impulsados primero por el Gobierno de PSOE y Unidas Podemos y después por el Ejecutivo de PSOE y Sumar, incluyen contratos millonarios con empresas de la industria militar israelí. La distancia entre el discurso institucional y la práctica política vuelve a hacerse evidente.

La fiesta españolista es el mejor trampolín para el auge de la extrema derecha

Por todo esto resulta profundamente engañoso presentar a la selección española como una especie de símbolo contra la extrema derecha internacional, el genocidio o el racismo. Las trayectorias vitales o los valores personales que puedan defender algunos jugadores no alteran el papel político que desempeña la selección como representación del Estado y de su proyecto nacional.

La historia demuestra que el aliento del nacionalismo español nunca constituye un dique frente a la extrema derecha. Ocurre precisamente lo contrario. La normalización de sus símbolos, de su marco político y de su identidad nacional prepara el terreno para que las fuerzas reaccionarias los radicalicen posteriormente.

La derecha y la extrema derecha no necesitan inventar nuevos símbolos cuando el propio "progresismo" se dedica a rehabilitar los existentes. Cuando sectores de la izquierda aceptan la bandera, el marco nacional y el relato patriótico español como elementos compartidos, terminan desplazando todo el debate hacia posiciones favorables al nacionalismo español y a sus principales defensores.

No se combate a la derecha comprándole sus símbolos, sus valores o su marco ideológico. Tampoco asumiendo que existe un patriotismo español "bueno" frente a otro "malo". Mucho menos compartiendo celebraciones con turbas que amenazan a migrantes, personas racializadas o LGTBI, o que proclaman "Arriba España" o "Franco, Franco".

Toda la experiencia reciente confirma justamente lo contrario: la adaptación del progresismo al nacionalismo español no ha frenado el avance reaccionario, sino que ha contribuido a normalizarlo.

Frente a quienes pretenden convertir cada victoria deportiva en una reafirmación nacional, la izquierda debería defender otra perspectiva: la solidaridad entre los pueblos, el derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas, el internacionalismo de la clase trabajadora y la ruptura con un Estado que sigue siendo garante del racismo institucional, del militarismo y de los intereses de las grandes empresas.

Porque el problema nunca ha sido celebrar un gol. El problema comienza cuando detrás de ese gol se nos pide celebrar también una bandera, un Estado y un proyecto político que siguen siendo los de quienes gobiernan contra la mayoría social, contra los pueblos oprimidos, y sostienen un orden profundamente reaccionario.

Esquerra Diari

 

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