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17/09/2020 :: Estado español, Estado español

“El Gran Reinicio” huele a Brumario

x Andrés Fernández
Desde hace meses escuchamos y leemos a través de diferentes medios de comunicación la anunciada “nueva normalidad”.

Desde hace meses escuchamos y leemos a través de diferentes medios de comunicación la anunciada “nueva normalidad”. Nadie sabe muy bien en qué consistirá y qué forma adoptará, pero, a pesar de la incertidumbre, en voz baja intuimos que será peor que la vieja normalidad. Desde esta modesta TRINCHERA intentaremos sacar a la luz algunos de esos rasgos “nuevos” que presenta la actualidad.

A principios de siglo asistíamos a los albores de un cambio tecnológico de gran profundidad cuyo significado es probablemente comparable a la puesta en marcha de la máquina de vapor. Digitalización, inteligencia artificial y robótica son elementos que han ido incorporándose al imaginario colectivo. Hoy, en medio de una crisis económica y sanitaria asistimos a un ensayo y puesta en escena mundial del desarrollo tecnológico. Esta puesta en escena tiene dos elementos característicos:

Velocidad: el huso o telar tardó unos 120 años en difundirse fuera de Europa, mientras que Internet permeó todo el mundo en menos de una década. Amplitud y profundidad: la digitalización no sólo se aplica a grandes complejos industriales sino también a la actividad doméstica, modificando la forma en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos.
 

Para millones de personas de países desarrollados lo que parecía reservado a la ciencia ficción se ha convertido en cotidianidad: una vida a través de dispositivos electrónicos. Se ha telematizado el día a día de tal forma que teletrabajo, visitas médicas y clases on-line, videoconferencias, reuniones de trabajo, militancia y brindis con familiares y amistades han pasado en pocos meses de excepción a norma. Hemos visto robots y drones por las calles dando indicaciones para que respetemos el confinamiento y la distancia física; calles vacías de coches, llenas de animales, vegetación exuberante, sin ruidos. La puesta en escena era tal que gobiernos capitalistas de todos los colores se aprestaban a dar ruedas de prensa cada día cargadas de heroísmo, responsabilidad y transparencia: había que mostrar unidad ante la amenaza. “El virus no entiende de fronteras ni de clases”, nos decían.

En la misma línea, desde el Foro Económico Mundial nos invitan al “Gran Reinicio”, una propuesta que sería conmovedora si no nos diera escalofríos. Hemos aprendido que los planes de dominio de la burguesía vienen siempre edulcoradas por discursos cargados de buenos deseos, de buenas intenciones. A quien piense que desvariamos le invitamos a leer íntegramente el discurso pronunciado por el presidente del Foro, Klaus Schwab, en el que afirma textualmente que “nos hace falta un ´Gran Reinicio` del capitalismo.”

La propuesta de un Gran Reinicio del capitalismo nos huele a Brumario. Según sus promotores, la agenda consta de tres componentes principales:

Orientar el mercado hacia unos resultados más justos, para lo cual los gobiernos deberían aplicar reformas que promuevan resultados más equitativos. Garantizar que las inversiones promuevan incentivos comunes, como la igualdad y la sostenibilidad. Se trata de arreglar las grietas del viejo sistema con los fondos que las instituciones puedan aportar para crear un sistema “más resiliente, equitativo y sostenible a largo plazo”. Aprovechar las innovaciones tecnológicas en pos del bien público, sobre todo para hacer frente a los desafíos sanitarios y sociales.”
 

Nos invitan al reinicio del modo de producción capitalista y no al cambio del modo de producción. El reinicio es para evitar el fin de la humanidad, el colapso capitalista, que siempre es más fácil de imaginar que el socialismo. Nos invitan a producir nuevos valores de cambio, nuevas mercancías “verdes”, que enriquecen a unos pocos, pero no a dejar de producir valores de cambio. Siempre producir para vender. Nos invitan a un nuevo contrato social basado en la explotación del ser humano por el ser humano.

Su reinicio deja intacta la esencia explotadora del capitalismo. Perpetúa nuestro despojo y por tanto su acumulación de riquezas. Un cambio tecnológico no implica un cambio en el modo de producción: el capitalismo sigue bien vivo. No sólo el capitalismo no ha desaparecido sino que nos animamos a sostener que su fase imperialista sigue vigente. Recordamos las leyes de tendencia propias de esta fase:

Concentración y centralización de capitales (como ejemplo cercano y reciente la fusión CaixaBank-Bankia). Fusión del capital bancario con el industrial. Exportación de capitales que supera a la exportación de mercancías. Lucha por el reparto de los mercados existentes en el planeta (el cierre de Nissan es un ejemplo). Reparto territorial entre las potencias imperialistas, que hoy se está trasladando al espacio para colocar satélites. 

Poco a poco el idilio patriótico que nos invitaba a quedarnos en casa, en el sofá, para entablar “la guerra contra el virus invisible” ha ido mostrando sus grietas. Comprobamos que no todo el mundo tenía el derecho a enfrentar al virus desde casa porque había que mantener activos los sectores más esenciales de la economía. Hemos visto también la “importancia” de las llamadas Economías de Plataforma. Uber, la empresa de taxis más grande del mundo, no es propietaria de ningún vehículo. Twitter, Facebook, Instagram, Tik Tok son grandes medios de comunicación que no crean contenido. Airbnb es la inmobiliaria más grande del mundo y no posee ningún piso en propiedad. Amazon o Alibaba, los grandes minoristas, no poseen inventarios propios. A día de hoy es más importante tener la plataforma (la cuota de mercado) que el activo subyacente (los recursos que sostienen esa plataforma). Todas estas grandes plataformas han incrementado su actividad y su capital, y desde luego no han perdido nada (tampoco Airbnb, que no nos engañen), mientras que quienes realmente producen las mercancías han visto su economía destrozada.

Aplaudimos los ERTE’s porque salvaban puestos de trabajo pero luego nos dimos cuenta que beneficiaban más grandes empresarios que se han ahorrados gastos de salarios. El Estado, es decir del grueso de la población que hace sus aportes en forma de impuestos, ha venido una vez más a garantizar la balanza de pagos de los explotadores. El gran empresariado, ese que tiene sedes en paraísos fiscales, se ha ahorrado el desprestigio social de despedir en un momento sensible y ha tenido acceso a todo tipo de crédito barato. La nueva propuesta del Ministerio de Trabajo, si se confirma, nos abre aún más los ojos: la continuidad de los ERTEs supondrá consumir tiempo de prestación por desempleo. En este contexto la no derogación de la reforma laboral ha sido la cuadratura de un círculo que ahora permite aplicar EREs. Una vez más vemos como lo único que se socializa en este sistema es la Deuda Pública. A riesgo de repetirnos nos parece justo señalar que hasta el momento no hemos visto aumento de las plantillas de personal sanitario ni personal docente o de servicios sociales, menos aún promesas de construcción de hospitales y colegios. No hay compensaciones económicas para la clase trabajadora en una crisis donde a pesar de la obligatoriedad de las mascarillas nadie se planteó la posibilidad de subvencionarlas.

Frente a ese supuesto “Gran Reinicio” creemos que es urgente recordar la reflexión de Marx en “El 18 Brumario de Luis Bonaparte” 1

La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.

Si la revolución burguesa resultó ser una tragedia para las trabajadoras porque no llevó hasta las últimas consecuencias sus principios, hoy este reinicio se presenta como una farsa.

Pensar que es posible un nuevo contrato social con un capitalismo sostenible, verde, morado, arcoíris, con rostro humano, reseteado, no es ni más ni menos que caer en el derrotismo. No se trata de caer en el optimismo ciego, tampoco dejar todo al espontaneísmo. Si no de pensar en la reales posibilidades que se abren y de afinar el olfato: las prisas por reiniciar el sistema e implantar un nuevo consenso, en parte, buscan tapar el hedor del miedo de la burguesía.

Andrés Fernández

Militante de TrinCHEra

1 Marx, Karl; 18 Brumario de Luis Bonaparte; Pág. 95; Obras Escogidas; Comares editorial.

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