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Estado español :: 15/09/2026

«España ha tomado una posición numantina de negar los errores, y los horrores, del pasado colonial»

Marco Alagna
Entrevista con el historiador Antonio Espino. Tras su regreso al Estado español desde México, Isabel Díaz Ayuso declaró: “México no existió hasta que llegaron los españoles”

En mayo de 2026 la visita de Isabel Díaz Ayuso a México reavivó la polémica sobre el pasado colonial español. Tras su regreso al Estado español, declaró, el 14 de mayo: "México no existió hasta que llegaron los españoles". Esta afirmación ilustra las tensiones actuales en torno a cómo se narra la conquista.

En el Estado español el debate sobre el pasado colonial no se parece al de los países vecinos. Otras antiguas potencias coloniales europeas han abierto, con más o menos convicción, una revisión crítica de su herencia; en el debate español, la discusión sigue atrapada en un pleito viejo. Algunos hablan de "leyenda negra" tejida por los enemigos de España y reivindican la obra civilizadora del imperio. De la conquista de América se suele destacar el legado que dejó, poniendo especial énfasis en la lengua y la religión, olvidando la violencia que la hizo posible y las formas de dominación que la acompañaron durante siglos. Ese relato encuentra hoy caja de resonancia en discursos políticos y mediáticos empeñados en dignificar el pasado imperial.

Contra ese relato escribe Antonio Espino, historiador y catedrático de Historia Moderna en la Universidad Autónoma de Barcelona, autor de La invasión de América (2022, ediciones Arpa). No busca enfrentar una historia "buena" a una "mala": plantea algo más incómodo, por qué al Estado español le sigue costando tanto mirar su pasado colonial con el mismo instrumental crítico que aplica a las demás potencias europeas.

Espino no pregunta si hay que condenar o defender la presencia española en América. Pregunta cómo una sociedad cuenta su propio pasado. Reconocer la violencia y las relaciones de dominación del proyecto imperial no significa, para él, condenar a los españoles de hoy ni negar los múltiples legados de esa presencia en América: se trata de abrir paso a una historia capaz de asumir su complejidad y sus zonas oscuras.

Esa batalla por la memoria plantea, en el fondo, una pregunta muy actual sobre qué España se quiere contar y, en consecuencia, qué España se quiere ser. Las respuestas siguen abiertas, y probablemente lo seguirán mientras la derecha y la izquierda disputen el sentido del pasado colonial. Al final, la verdadera disputa recae sobre el derecho simbólico a contar esa historia, y a quién la sociedad le reconoce ese derecho.

¿Considera que el Estado español constituye una excepción entre las antiguas potencias coloniales europeas por la ausencia de expresiones oficiales de arrepentimiento o de pesar respecto a su pasado colonial?

Absolutamente. En los últimos años diversos Estados han manifestado algún signo de arrepentimiento o de reconocimiento de los errores cometidos en el pasado imperial-colonial. Y es muy sorprendente que el Estado español no haya sido capaz de seguir este mismo camino, cuando ya estaba abierto, por así decirlo. Por lo tanto, se ha escogido situarnos en una numantina posición de negar los errores, y los horrores, del pasado colonial, al alegar que el imperialismo hispánico fue generador (de civilización) y no extractor de riquezas y explotador (de personas). El risible argumento escogido ha sido intentar convencer a la sociedad española de que los territorios americanos nunca fueron una colonia, sino que estuvieron gobernados por virreinatos. Es decir, el mismo modelo que existía en Europa: había virreyes en Valencia, Cataluña, Aragón, Nápoles, Sicilia o Cerdeña, además de gobernadores generales en Flandes o Milán. Por lo tanto, no podía haber explotación puesto que no fueron colonias. Las demás potencias sí tenían colonias, y, por ende, ellas eran explotadoras y si quieren pedir disculpas por su pasado, están en su derecho de hacerlo. Pero España no entraría en esa categoría. Y todos contentos.

Por otro lado, también se recurre a argumentos totalmente adulterados: existieron unas leyes para proteger a los indios, incluso, de la esclavitud. Cierto, existieron dichas leyes, pero los diversos monarcas siempre aplicaban excepciones y, de hecho, la esclavitud existió y se mantuvo hasta el siglo XIX. Se dotó de universidades aquellos territorios, cierto, pero no se explica que ni amerindios ni mestizos podían estudiar en ellas. Y, por supuesto, existió el mestizaje, pero los defensores de este relato no plantean en ningún momento los abusos cometidos sobre las féminas amerindias.

¿Cómo explica que la memoria del pasado colonial ocupe un lugar relativamente limitado en el debate público español en comparación con países como Francia, Reino Unido, Bélgica o Países Bajos?

La idea del supuesto carácter específico del imperialismo colonial hispano, generador de todo tipo de ventajas para los amerindios (se les dotó de una civilización/religión cristiana, cultura avanzada, una lengua europea, ciertos avances tecnológicos, una economía moderna y monetizada, etc, etc), y no de la aplicación de un terrible sistema de explotación colonial similar al de otras potencias, es una burda falacia promovida por ciertos autores/ensayistas, curiosamente ninguno/a historiador/a de formación, y reproducida insistentemente por determinados medios de comunicación, hasta alcanzar conocidas cadenas de librerías controladas por potentes editoriales, que no dudan en mimar la presencia de dichos ensayistas. Así, predomina un discurso totalmente contrario a la posibilidad de indagar de forma crítica en nuestro pasado imperial-colonial. Esto desautoriza cualquier iniciativa de tipo político-institucional que procure un cambio de orientación en cuanto a las políticas estatales de reconocimiento de los excesos cometidos en el pasado.

Yo no diría que la memoria del pasado colonial ocupa un lugar limitado en el debate público español, sino que se está buscando adulterar dicha memoria impidiendo que las visiones críticas de dicho pasado tengan eco en los medios de comunicación generalistas. El hecho de que, incluso, en TVE se prefiera entrevistar a ciertos ensayistas, por no llamarlos pseudohistoriadores, todos cortados por el mismo patrón, propagandistas de la derecha, por no decir de extrema derecha, hace que sea muy difícil perforar ese frente con un discurso alternativo que, paradójicamente, siempre está defendido por académicos. También se acude al prestigio de determinados veteranos periodistas para lanzar toda una batería de medias verdades, o visiones torticeras, sobre una cuestión tan sensible como la supuesta perduración de las lenguas amerindias gracias a la presencia del sistema colonial hispano en el Nuevo Mundo.

¿Existe en el Estado español una dificultad particular para criticar la conquista o el Imperio español sin ser percibido como antiespañol o como alguien que suscribe la llamada "leyenda negra"? En su opinión, ¿a qué se debe?

Si el discurso dominante acerca de estos temas está sometido a una visión esencialista y acrítica del pasado colonial hispano, es normal que, además, se acuda al argumento negrolegendario para señalar al que discrepe de tales argumentos. Siempre he defendido que mi posición crítica al respecto del desempeño de la monarquía hispánica como potencia colonial se fundamenta en un profundo patriotismo, eso sí, fruto de un juicio reflexivo sobre estos temas. Creo que es una muy buena oportunidad para defender que el verdadero patriota es aquel que se esfuerza por conocer los lugares o rincones oscuros del pasado colonial de su país, pues toda potencia imperial o imperialista ha tenido, por definición, comportamientos poco edificantes. Se trata, pues, de conocer lo mejor posible, con argumentaciones basadas en trabajos serios, académicos, tanto de historiadores, arqueólogos, antropólogos o filósofos de la historia, dicho pasado colonial. Es el conocimiento crítico el que permitirá a la sociedad actual hacerse cargo de los excesos cometidos en el pasado, no para que se sienta culpable, pero sí para que pueda entender que existan demandas en nuestro presente acerca de hechos ocurridos en un pasado cada vez más remoto.

El Estado español ha recibido en las últimas décadas una importante inmigración procedente de América Latina. ¿Cree que esta realidad podría acabar influyendo en la manera en que la sociedad española recuerda y debate su pasado colonial y la conquista?

Pues me temo que no. E, incluso, y lo que es peor, es posible que influya en que muchos se nieguen a considerar la posibilidad de debatir estos asuntos. Se está buscando que, lejos de sentirse incómoda con dicho pasado, la sociedad española del presente se sienta orgullosa del mismo. Por lo tanto, yo más bien percibo un interés por revitalizar un (falso) pasado colonial para, en el presente, defender posiciones políticas de derecha o extrema derecha que han hecho de estas cuestiones, y nunca mejor dicho, una bandera. Un caso muy muy parecido sería el de procurar no cuestionar un término tan denostado académicamente como el de "Reconquista" cristiana de la Península, negando los incuestionables avances en diversos campos que aportaron los musulmanes a toda Europa en nuestro pasado medieval.

Como comentaba en un artículo publicado en una revista peruana Willakuy, para esta cuestión de la Reconquista recomiendo el libro de Alejandro García Sanjuan, La conquista islámica de la península Ibérica y la tergiversación del pasado (Madrid, Marcial Pons, 2013). García Sanjuan distingue entre la conquista que protagonizaron árabes y beréberes, de la cual surgió al-Andalus, de la creación de una sociedad andalusí, que fue un claro producto de la islamización y la arabización de los habitantes locales. Es decir, que al-Andalus fue una realidad histórica tan propia como los reinos cristianos del Norte de la península Ibérica. La gran paradoja es que hoy en día se ensalza la nueva sociedad (mestiza) creada en las Indias, pero se desprecia el pasado social que le debemos a los árabes y beréberes, tan invasores como los propios españoles. Esa es la gran contradicción.

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