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18/11/2022 :: Estado español, Argentina

Los intelectuales españoles exiliados en Argentina

x Daniel Campione
Los más de dos mil que se refugiaron durante y después de la guerra civil, muchos de altas calificaciones intelectuales, dejarían una marca particular en la cultura del país

En abril de 1939 se constituyó en Buenos Aires, la Comisión Argentina de Ayuda a los Intelectuales españoles, de la que formaban parte Eduardo Mallea, José Babini, Adolfo Bioy Casares, Gabriel del Mazo, Arturo y Risieri Frondizi, Silvina Ocampo, Emilio Troise, entre otros. Ese y otros grupos intervinieron para que académicos españoles obtuvieran cátedras y plazas de investigadores en las universidades argentinas.

En las universidades.

Entre ellos puede mencionarse a Lorenzo Luzuriaga, pedagogo, con varias cátedras en la Universidad de Tucumán en psicología y ciencias de la educación. Luis Jiménez de Asúa, abogado penalista que fue director del Instituto de Criminología y Altos Estudios Jurídicos en la Universidad Nacional de La Plata y Luis Santaló, matemático, que fue contratado por la Universidad del Litoral.

En la Universidad de Buenos Aires primaron las reticencias frente a los “rojos”, lo que hizo que sólo en pocos casos los expatriados hallaran destino en sus aulas. El más destacado entre ellos fue Claudio Sánchez Albornoz, que llegó a ser director del Instituto de la Cultura Española Medieval y Moderna en Filosofía y Letras de la UBA, donde fue un pionero en los estudios medievalistas. Asimismo hubo unos pocos casos de médicos de renombre que se incorporaron a cátedras de la Facultad de Medicina como Pío del Río Hortega y Gumersindo Sánchez Guisande.

“¿La Nueva España?”

Así opinaba el destacado investigador Américo Castro, que estuvo un breve lapso en el país, sobre Argentina en relación con el exilio: “Argentina tiene que ser la Nueva España, La única pensable hoy por hoy. No hay duda que, por lo que quiera que sea, ese país tiene más tono vital que el resto de la Hispania transoceánica…”

Sin llegar a la envergadura que preveía Castro, la presencia española fue importante en el terreno cultural argentino. Escritores y periodistas, como Francisco Ayala, encontraron la más amable acogida en publicaciones como La Nación y Sur, de inmediato después de su arribo a Buenos Aires. Al respecto escribía:

“Mis circunstancias personales me permitirían recuperar de inmediato en Buenos Aires (…) tanto el papel de escritor como una posición social muy aceptable. Se me abrieron las páginas de las publicaciones argentinas más importantes. Instalado, pues, en Buenos Aires, y desde el mismo día de mi llegada, reanudé allí la tarea de creador literario que había estado suspendida en España durante los años de nuestro conflicto civil.”

Tanto en el caso de Ayala, como en el de Guillermo de Torre y Ramón Gómez de la Serna, influyó eficazmente las redes sociales, culturales y editoriales en el país, construidas en buena proporción a través de sus viajes anteriores a Argentina, que los tres mencionados habían hecho.

Un personaje destacado, como jurista, historiador y editor fue Guillermo Cabanellas, hijo del general rebelde del mismo apellido, que se había exiliado de España siendo diputado socialista. Fue el autor de obras sobre derecho laboral y de una extensa historia de la guerra civil, titulada La guerra de los mil días. Fundó una editorial llamada Heliasta.

Con un perfil en principio más destacado, pero trayectoria menos afortunada en el país, Ángel Ossorio y Gallardo, el último embajador de la República, escribió dos volúmenes de memorias y autobiografía antes de morir, en 1946.

Un caso peculiar fue el de Niceto Alcalá Zamora, expresidente de la república española. Después de múltiples penalidades, debido a la ocupación alemana y a la actitud colaboracionista del gobierno de Vichy, salió de Francia y tras un viaje transatlántico de 41 días en barco llegó a Argentina en enero de 1942. Vivió aquí de sus libros, artículos y conferencias hasta su muerte. Esta se produjo el 18 de febrero de 1949 en Buenos Aires.

Como otras personalidades que no habían participado en la defensa de la república, porque se habían expatriado con anterioridad y eran de ideas más bien conservadoras, quedaron más bien al margen de la comunidad de exiliados.

Vivió durante largos años en Buenos Aires el muy exitoso dramaturgo Alejandro Casona, que luego regresaría a la España de Franco.

El escritor y dibujante Alfonso Castelao, que tenía fuertes vínculos con el país desde antes de la guerra, se estableció en Buenos Aires al final del conflicto, y fue considerado “el máximo portavoz del galleguismo”, tanto por su trayectoria anterior al exilio, como por la prolífica obra que realizó durante su residencia en Buenos Aires.

La pintora Maruja Mallo permaneció en el país entre 1937 y 1945. Vinculada a la revista Sur y otras publicaciones, su contribución pictórica más relevante en Buenos Aires fue un mural en el cine “Los Ángeles”, que fue destruido en la década de 1990.

Editoriales porteñas de raigambre hispánica

Una mención aparte merece la influencia del exilio español sobre la industria editorial. Escritores y académicos desterrados jugaron un rol protagónico en un conjunto de sellos editoriales fundamentales. Antonio López Llausás, un editor catalán, fue escogido para dirigir la Editorial Sudamericana, fundada poco antes por Victoria Ocampo, Oliverio Girondo y Federico Pinedo, entre otros.

Durante la Guerra Civil Española, el mercado argentino comenzaría a crecer y en esos años se concretaría la fundación de Espasa Calpe Argentina y Emecé, además de Sudamericana. En todas ellas actuarían españoles exiliados, junto a compatriotas residentes en el país desde antes de la guerra y argentinos.

En particular la editorial fundada por un español de anterior emigración, Losada, se convirtió en un centro de reunión de intelectuales arribados después del final de la guerra. Junto con la edición de grandes clásicos de la literatura universal, ese sello llevó al público en ediciones económicas un muestrario de la literatura hispana que iba desde los escritos medievales hasta las últimas producciones de víctimas y expatriados del franquismo.

El escritor y poeta Arturo Cuadrado y el pintor Luis Seoane agregaron a sus disciplinas artísticas específicas la labor editorial, participando en Emecé, Nova y Botella al Mar. Cuadrado trabajó también en ediciones que mantuvieran viva la herencia cultural gallega y su lengua, prohibida por el franquismo.

Se vivió un auge de la industria editorial argentina, que se corresponde con la crisis de la misma industria en España, justamente a causa de la guerra y la dictadura subsiguiente.

La comunidad de expatriados

Entre los escritores del exilio ocupó un lugar destacadísimo la pareja integrada por Rafael Alberti y María Teresa León, puntos de referencia durante mucho tiempo no sólo entre la colonia de exiliados sino del campo cultural en general. Tuvieron también una fuerte inserción en la industria editorial, en particular en la empresa de Gonzalo Losada y en las revistas literarias de la época.

 En Buenos Aires en particular, la guerra seguía teniendo una presencia mucho después de su terminación. Así lo expresa María Teresa León en sus memorias: “¡Qué Buenos Aires aquel de nuestra primera amistad con la vida nueva! En las mesas de los cafés de la Avenida de mayo se discutía y se gritaba como si aún Madrid estuviese defendiéndose.”

Los exiliados editan sus propias revistas, Pensamiento español, De mar a mar, Correo Literario y Cabalgata.

Es interesante ver cómo se construye la figura del intelectual entre los españoles desterrados. Se consideran a sí mismos intelectuales que fueron expulsados de su tierra por su ideología política y terminan conformando esa comunidad que se interpela constantemente para mantener esa subcultura.

En su conjunto, los refugiados españoles constituyeron un grupo con rasgos distintivos, que contribuyeron a prolongar el impacto causado en Argentina por la guerra española, vigente hasta nuestros días. Lograron una presencia en las actividades culturales y en el arte destinada a dejar huellas profundas.

Sin quererlo, pusieron su contribución para que la guerra civil siguiera siendo un tema en la experiencia vital y las discusiones políticas de los argentinos, aún mucho después de la derrota de 1939 y hasta la actualidad.

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