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Estado español :: 04/02/2026

Más allá de las cifras de empleo

Albert Recio Andreu
Centrar toda la política económica en el pleno empleo supone condicionar la vida económica a los intereses y caprichos de los capitalistas, de los ricos

El éxito de la política de empleo

La última entrega de la Encuesta de Población Activa (la EPA) presenta unos resultados que, en términos convencionales, podemos considerar excelentes. Se alcanza un récord de ocupación: 22,46 millones de empleados y la tasa de paro se vuelve a situar por debajo del 10%. Quizás más simbólicos que otra cosa, los datos económicos siempre son aproximaciones groseras. Como escribió Oskar Morgenstern[1], solo es relevante el primer dígito. Pero, en todo caso, es innegable que desde la pandemia de la Covid el empleo ha crecido de forma sostenida y el paro se ha reducido.

Tienen razón el equipo de Yolanda Díaz y los sindicatos oficialistas en remarcar que esta experiencia constituye un desmentido de los agoreros que anunciaban una crisis del empleo provocada por la eliminación de parte de las medidas «flexibilizadoras», introducidas en anteriores reformas laborales, y por el aumento sustancial del salario mínimo. Se trataba de predicciones efectuadas en base al análisis económico neoclásico, que, aunque hace mucho tiempo que ha sido cuestionado por numerosos economistas críticos, sigue teniendo predicamento en gran parte de la academia y de la alta tecnocracia económica.

Que los supuestos de la teoría convencional sean poco realistas, que sus predicciones fallen a menudo (un premio Nobel llegó a pronosticar, pocos años antes del estallido de la crisis de 2008, que las crisis capitalistas estaban controladas gracias a los avances de la nueva macroeconomía), no va a desanimar a la hora de seguir apelando a este marco teórico. Cuestionarlo sería un esfuerzo demasiado forzoso y además se pondría en peligro lo que resulta más valioso de la economía neoclásica: el poder justificar la existencia del capitalismo con una pretendida base científica.

Pero que el empleo haya crecido tras la reforma laboral, que se haya producido la caída del empleo temporal (del 32,6% a finales de 2020 hasta el 15,1% a finales de 2025)[2] y haya aumentado el salario mínimo, tampoco sirve para justificar que estas medidas explican por sí solas el crecimiento del empleo. Es cierto que los aumentos salariales y la estabilidad del empleo pueden animar la actividad económica vía demanda de bienes de consumo (al contrario, las políticas de austeridad hundieron la economía por la misma vía) e indirectamente animar la inversión. En una economía abierta e integrada a la economía mundial, hay otros muchos otros factores que han contribuido al éxito, desde un gasto público expansivo hasta una especialización productiva favorable.

Cuando se analiza la evolución sectorial del empleo, se constata que prácticamente todos los sectores han experimentado crecimiento, excepto el sector primario (agricultura, silvicultura, ganadería y pesca), cuya ligera caída del empleo es atribuible a la actividad pesquera. Que todos los sectores cobren fuerza en una fase de crecimiento es lo habitual. En una economía con elevada división del trabajo, con variedad de bienes y servicios, con complejidad de los procesos productivos, el crecimiento de unas actividades arrastra al conjunto, bien porque se traducen en inputs, bien porque el crecimiento de la actividad alimenta más demanda de consumo.

Si tratamos de ver qué sectores han jugado como tractores del empleo, el sector hostelería emerge como líder tanto en términos absolutos (más de 520.000 nuevos empleos) como relativos (crecimiento del 40%, más del doble del crecimiento medio). Nos guste o no, este ha sido el núcleo central del actual éxito económico: una especialización productiva de bajo nivel tecnológico basada en una gran oferta de servicios turísticos (no solo hoteles y restaurantes, también actividades recreativas, comercio, transporte e incluso empresas tecnológicas...)[3] que sigue resultando atractiva y no está sustancialmente afectada por la competencia internacional.

Aunque el turismo es la clave del éxito, no lo explica todo. En términos absolutos, las siguientes mayores contribuciones al empleo se encuentran, por este orden, en sanidad y servicios sociales (donde más de la mitad de los 300 mil nuevos empleos se encuentran en residencias y servicios de atención domiciliaria). A continuación, con más de 200.000 empleos nuevos por sector: industria (a pesar de que sigue perdiendo peso en el conjunto), transporte y logística, construcción, comercio, actividades profesionales y científicas (con un especial crecimiento de los servicios de apoyo a arquitectura e ingeniería y de la actividad publicitaria), información y comunicaciones (fundamentalmente las actividades informáticas) y educación.

Lo crucial de cualquier economía abierta es contar con un sector o varios sectores que actúan como tractores del conjunto y, en este caso, es obvio que el turismo es el principal factor que explica el buen desempeño macroeconómico de la economía española, más que otros aspectos como un gasto público expansivo, la modernización de parte del aparato industrial o el desarrollo de nuevos sectores tecnológicos, que también han contribuido a reforzar esta dinámica.

A corto plazo, estamos atados al turismo, con sus efectos sobre el empleo (temporalidad) y sus costes asociados en aspectos como la vivienda, la sobreutilización y vaciamiento de espacios urbanos o la degradación ambiental. A lo que hay que sumar que esta actividad contribuye a crear un amplio espacio laboral donde predominan los bajos salarios y las malas condiciones de trabajo, de difícil control por los sindicatos y el sector público.

Hay que puntualizar que el volumen de empleo no mide la cantidad total de horas de trabajo que se realizan en un país. Se omite toda la cantidad de actividades reproductivas que tienen lugar en el espacio familiar y toda la cantidad de trabajo voluntario que garantiza el funcionamiento de muchas entidades y organizaciones sociales. No cabe duda de que unos y otros contribuyen a garantizar nuestro estándar de vida, nuestro bienestar. Que son tan esenciales, o más, que las actividades mercantiles. Y que su realización está casi siempre condicionada por los horarios y dinámicas que impone el empleo mercantil. Por ello, cualquier política de empleo debe plantear esta interrelación entre espacios diferentes y buscar soluciones de encaje.

Empleo, renta y bienestar

La euforia por el éxito en la creación de empleo conduce a plantear la posibilidad del pleno empleo. Las previsiones más optimistas se refieren al potencial del país para convertirse en un gran productor de energía renovable barata como facilitador de una «oleada industrializadora» generadora de mucho empleo, en condiciones mejores que las del modelo turístico. Ciertamente, los salarios en la industria son más elevados que en los servicios, pero siempre tengo la sospecha de que las enormes bondades del empleo industrial sólo las defienden quienes no han trabajado nunca en una fábrica.

La preocupación de la gente, y de la izquierda, por el empleo es lógica. En una economía capitalista donde una parte de la provisión de bienes y servicios debe hacerse a través del mercado (o sea, con dinero) y donde casi nadie tiene la posibilidad de obtener los recursos necesarios para una actividad independiente, obtener un empleo es el único medio para conseguir los recursos monetarios que permiten subsistir. El paro es siempre un camino a la miseria --sin contar el papel que tiene como estigma social--.

Pero tener un empleo no garantiza siempre ni salir de la pobreza ni contar con unas condiciones que garanticen una vida personal aceptable. Si los salarios son muy bajos, el empleo simplemente genera trabajadores pobres. Si los empleos son inestables, la vida de la gente se convierte en una especie de montaña rusa. Si las jornadas laborales son muy largas o su configuración es mala (tipo de horario, trabajar en turnos, de noche, en fin de semana...), puede ser imposible llevar a cabo de forma satisfactoria otras actividades y relaciones sociales. El empleo es una variable importante, pero no la única.

Esto es especialmente relevante en la situación actual, por varias razones. La primera y más general es que, tras la crisis de la Covid, se ha desatado un proceso inflacionario que afecta al poder adquisitivo de los salarios. Si mis cálculos son adecuados, el IPC habría aumentado un 25% desde finales de 2020 y, en cambio, los salarios (según el índice de coste salarial) sólo lo habrían hecho un 10,4%, o sea, con una pérdida de un 15% del salario real. Puede que este cálculo sea exagerado, pues las estadísticas salariales no son muy completas (la más detallada, la Estructura de Costes Salariales, sólo está disponible hasta 2023).

Es también cierto que el impacto real puede diferir para diversos grupos laborales: los aumentos salariales difieren de un sector a otro y el IPC presupone un consumidor medio posiblemente inexistente. Cada persona tiene una cesta de la compra distinta --fundamentalmente asociada a su nivel de renta y al ciclo vital-- y el impacto de las variaciones de precios es diferente según el tipo de consumo de cada unidad familiar. Hay además que incluir el impacto de la vivienda, que es muy desigual en función de la situación de cada cual, pero que está afectando especialmente a la gente con menos ingresos, que ni tiene recursos para entrar en el mercado de compra ni encuentra soluciones en el de alquiler.

Como sabemos desde hace bastante tiempo, el mercado laboral es un mercado segmentado y coexisten grandes diferencias de salario entre diferentes grupos de empleados. De todo ello podemos concluir que los «éxitos» en la creación de empleo están empañados por la moderación de la renta y las desigualdades laborales que experimentan sectores importantes de la población. Y, por ello, no se puede hacer mucho triunfalismo con las cifras de creación de empleo sin ponerlas en relación con la calidad de este. Fundamentalmente, con su relación con el nivel de vida real, con la posibilidad que da un empleo de desarrollar un proyecto vital aceptable.

Para qué producir, para qué trabajar

Centrar toda la política económica en el pleno empleo supone condicionar la vida económica a los intereses y caprichos de los capitalistas, de los ricos. Aunque es obvio que, en las economías capitalistas reales, el papel del sector público es crucial en muchos ámbitos, y una parte sustancial del empleo está supeditada a decisiones políticas, considerar que lo único importante es la creación de empleo es un sinsentido. Los empleos difieren en condiciones y, por tanto, son útiles si garantizan una vida laboral y social aceptable. Los empleos se orientan a la producción de bienes y servicios específicos y, por consiguiente, sus efectos sociales pueden ser muy diferentes. Por poner un ejemplo extremo, las mafias generan muchos empleos en actividades dañinas: traficantes de drogas, matones y sicarios, etc. Y nadie pensará que un país decente potenciará el crecimiento del empleo por esta vía.

Cuando analizamos el contenido de los diversos empleos, observamos que tienen utilidades sociales muy diversas. Algunos generan externalidades sociales muy perversas. Por ello, una política adecuada tiene que preguntarse no sólo por cuánto empleo se crea, sino también por sus condiciones y por el objetivo que se plantea. Y cuando hacemos este análisis observamos que, efectivamente, tenemos actividades que cubren necesidades sociales básicas y/o socialmente estimulantes, otras que tienen efectos externos dañinos y otras que son simplemente inútiles o directamente lesivas.

Una política de empleo debe estar orientada también por estos elementos: potenciar las actividades sociales positivas y frenar o eliminar las innecesarias o dañinas. El balance neto de empleo es difícil de conocer de antemano, pero, en el caso de que políticas de este tipo acabaran provocando una destrucción neta de empleos, la respuesta debería ser la reducción de la jornada de trabajo y la recolocación de efectivos. Una operación de este tipo nunca es sencilla, pero seguro que es menos dolorosa socialmente que las brutales reestructuraciones de las recurrentes crisis capitalistas.

A corto plazo, los márgenes de actuación son pequeños. Pero una política transformadora debe saber, actuar en los márgenes y luchar por ampliarlos. Un planteamiento, además, necesario, a la vista de las crecientes exigencias que impone la crisis ecológica, de los impactos negativos del modelo productivo vigente y de la necesidad de dar respuestas a los problemas de la vida cotidiana de gran parte de la población trabajadora. Es tiempo de plantear, a la vez, la cuestión del empleo y la del tipo de modelo productivo deseable.

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Notas

1. O. Morgenstern, On the Accuracy of Economic Observations, 1950 (hay una traducción española bastante antigua que puede encontrarse en la biblioteca de alguna facultad). Es un texto lleno de sabiduría y sentido común que debería ser lectura obligada para quien quiere discutir sobre datos económicos.

2. El empleo temporal es empleo asalariado (el empleo autónomo siempre se considera indefinido), por esto el 15,1% se refiere al porcentaje de empleo asalariado. Si se considera el empleo total, su peso baja al 12,9% en 2025 y al 24,6% en 2020. Aunque puede argumentarse que la cifra del 32,6% era muy elevada a causa de la pandemia, puede observarse que en la década anterior la tasa de temporalidad siempre se movió en torno al 25%. La reducción actual es realmente notable.

3. Amadeus IT Group, una de las grandes empresas del Ibex propiedad de diferentes fondos de inversión, es fundamentalmente una gran gestora de reservas de billetes de avión y paquetes turísticos.

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