Operación Pilgrim
El día en que Gran Canaria estuvo a punto de convertirse en un campo de batalla de la II Guerra Mundial :: Gran Bretaña planeó invadir la isla con 25.000 soldados, tomar Gando y el Puerto de la Luz
Al amanecer, los habitantes del sureste de Gran Canaria habrían visto aparecer sobre el horizonte una flota gigantesca como nunca se había llegado a aproximar a sus costas.
Mientras los aviones británicos bombardeaban el aeródromo de Gando, un acorazado y varios destructores abrirían fuego contra las baterías costeras. Seis minadores avanzarían hacia la bahía para limpiar un canal; una cortina de humo ocultaría las embarcaciones de desembarco y, antes de que la infantería pusiera pie en tierra, los hombres del Comando número 9 tratarían de apoderarse de los cañones y del aeródromo.
Al mismo tiempo, una segunda fuerza desembarcaría en Arinaga para atacar por la retaguardia a los defensores de Gando. Si Las Palmas de Gran Canaria no capitulaba en los dos días siguientes, la Royal Navy bombardearía la ciudad y lanzaría un asalto directo contra el Puerto de la Luz.
La escena nunca se produjo, pero tampoco pertenece a una novela. Así estaba concebida, en sus líneas fundamentales, la "Operación Pilgrim", el proyecto británico que en 1941 estuvo a punto de convertir Gran Canaria en uno de los frentes más inesperados de la II Guerra Mundial.
CANARIAS EN EL CENTRO DEL TABLERO
Cuando las tropas alemanas derrotaron a Francia en junio de 1940, Gran Bretaña quedó prácticamente sola frente al Tercer Reich. Hitler dominaba gran parte de Europa occidental e Italia acababa de incorporarse a la guerra. En Madrid, el régimen de Franco, nacido de la victoria fascista en la Guerra Civil, abandonó la neutralidad y se declaró "no beligerante".
La expresión parecía prudente, pero tenía un significado bastante preciso: España todavía no combatía, aunque se situaba políticamente junto a Alemania e Italia y esperaba obtener territorios coloniales a cambio de entrar en la guerra cuando la victoria del Eje pareciera segura.
El principal motivo de preocupación para Londres era Gibraltar. Si España autorizaba el paso de tropas alemanas por la Península, la fortaleza británica podía quedar aislada y caer. Alemania había elaborado la Operación Félix para atacar el Peñón y Franco había presentado unas reivindicaciones territoriales y económicas que Hitler consideró excesivas. España, además, acababa de salir devastada de una de las guerras civiles mas cruentas de la historia europea, y dependía del exterior para obtener trigo, petróleo y otras mercancías esenciales.
Pero Londres no podía confiar su supervivencia a la debilidad económica española ni tampoco a las vacilaciones de Franco. Si perdía Gibraltar, necesitaba otro gran puerto desde el que proteger las comunicaciones atlánticas. El Puerto de la Luz, junto con el aeródromo de Gando, aparecía como la alternativa natural.
Canarias interesaba también a Alemania. Gran Canaria podía convertirse en una gran base aeronaval desde la cual proteger las comunicaciones con el futuro imperio colonial alemán en África y hostigar las rutas británicas. La importancia de las islas no residía, por tanto, en su territorio, sino en su posición: quien controlara sus puertos y aeródromos tendría una plataforma privilegiada sobre el Atlántico oriental.

DE PUMA A PILGRIM
Los británicos comenzaron a estudiar la ocupación de los Archipiélagos ibéricos desde junio de 1940. El primer proyecto específico para apoderarse de Canarias recibió en 1941 el nombre de Operación Puma. Los planificadores estimaron inicialmente que serían necesarios unos 11.000 hombres.
Pero la guerra siguió ampliándose. El 22 de junio de 1941 Alemania invadió la Unión Soviética y Franco respondió enviando la División Azul para combatir junto a la Wehrmacht. El 17 de julio, durante el quinto aniversario del golpe militar, el dictador pronunció un discurso marcadamente favorable al Eje. En Londres se temió que la beligerancia española estuviera a punto de dejar de ser retórica.
Puma fue ampliada y rebautizada como Pilgrim. La fuerza expedicionaria prevista llegó a rondar los 25.000 hombres. La operación fue estudiada con tal seriedad que los servicios británicos elaboraron voluminosos informes sobre las costas, carreteras, pueblos, puentes, túneles, puertos y aeródromos del Archipiélago. Uno de aquellos expedientes reunió 168 fotografías de playas, bahías, comunicaciones e instalaciones consideradas vulnerables. Gran Canaria estaba siendo retratada anticipadamente como futuro campo de batalla. La investigación de Marta García Cabrera reconstruye esos trabajos de inteligencia.
El objetivo formal era capturar y conservar Gran Canaria, especialmente el Puerto de la Luz y el aeródromo de Gando. Para Londres no era imprescindible ocupar inmediatamente todas las islas. Bastaba con dominar los dos enclaves que permitían controlar las comunicaciones marítimas y aéreas.
DOS DESEMBARCOS Y UNA CARRERA HACIA LAS PALMAS
La versión del plan, fechada el 20 de septiembre de 1941, preveía que la aproximación se realizara durante un periodo lunar desfavorable, aprovechando la oscuridad. Un submarino podía adelantarse para reconocer la zona y orientar a la flota si las luces costeras eran apagadas.
El ataque comenzaría con bombardeos sobre Gando y Los Rodeos, en Tenerife. La aviación británica también atacaría las baterías de Gando y Arinaga si estas lograban sobrevivir al fuego naval.
Después aparecería la cortina de humo. Un acorazado y varios destructores batirían las posiciones españolas mientras los minadores abrían paso. Cuatro destructores entrarían en la bahía para proporcionar fuego cercano. El Comando número 9 desembarcaría en vanguardia para tomar el aeródromo y neutralizar la artillería costera.
Tras los comandos llegarían los Royal Marines, la artillería, los vehículos y los medios de apoyo. Una brigada desembarcaría en Gando y avanzaría hacia Las Palmas. Otra lo haría en Arinaga para caer sobre la retaguardia de los defensores. Una tercera fuerza permanecería como reserva.
La operación tenía un plazo implícito: la capital debía quedar sometida rápidamente. Si no se conseguía en dos días, los británicos intentarían apoderarse directamente del Puerto de la Luz. Cinco unidades de comandos penetrarían en sus instalaciones, protegidas por destructores, transportes y buques de guerra de mayor tonelaje. Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife podían ser bombardeadas para forzar su capitulación.
No habría sido una ocupación incruenta. En los documentos británicos se esperaba la máxima resistencia.
UNA ISLA LLENA DE UNIFORMES, PERO PÉSIMAMENTE DEFENDIDA
El régimen franquista había movilizado fuerzas y dividido Canarias en dos grandes agrupaciones defensivas. La oriental comprendía Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura; la occidental, Tenerife y las demás islas. La idea era que cada isla resistiera por separado, pues, una vez comenzada la guerra, las comunicaciones entre ellas quedarían interrumpidas.
Gran Canaria fue dividida en cinco sectores. La mayoría de la infantería, los nidos de ametralladoras y los cañones fijos se concentraron en las costas oriental y suroriental, precisamente donde los británicos proyectaban desembarcar. Las baterías costeras protegían principalmente el Puerto de la Luz y, en menor medida, Gando.
Sobre el papel, la Capitanía General de Canarias podía poner en pie de guerra a más de 20.000 militares. Pero estos se encontraban dispersos por todo el Archipiélago. En Gran Canaria habría aproximadamente 7.600 hombres: unos 5.310 infantes, 1.905 artilleros y 387 ingenieros. La Operación Pilgrim tenia previsto movilizar más de tres veces esa cifra.
La desigualdad más decisiva no era numérica, sino material. En julio de 1941 faltaban casi la mitad de los morteros de 50 milímetros y más de la mitad de los de 81. Solo existían cuatro de las 57 ametralladoras antiaéreas consideradas necesarias. Faltaban también tres de cada cuatro cañones contracarro.
La aviación ofrecía pocas esperanzas. Los viejos cazas Fiat CR-32, utilizados durante la Guerra Civil, se habrían enfrentado a aparatos Hurricane mucho más modernos. Los Ju-52 disponibles eran aviones de transporte adaptados para lanzar bombas. El dominio del aire habría pasado previsiblemente a manos británicas desde las primeras horas.
Algo similar ocurría en el mar. España carecía de una escuadra capaz de proteger Canarias o mantener las comunicaciones con la Península. Las baterías de Gando y Arinaga tenían menos alcance que la artillería pesada de los acorazados y cruceros británicos.
La situación del Puerto de la Luz rozaba en algunos casos lo grotesco. Ocho baterías utilizaban piezas del sistema Ordóñez diseñadas en las últimas décadas del siglo XIX. En el mapa parecían defensas respetables, pero frente a un acorazado moderno, eran casi piezas de museo.
TORPEDOS SIN AIRE, MINAS INSERVIBLES Y SOLDADOS QUE DORMIAN EN LAS CARBÓNERAS
La distancia entre los planes militares y los medios disponibles produjo algunas de las estampas más reveladoras de aquella defensa.
La Marina contaba teóricamente con torpedos fijos, minas, cargas de profundidad, barreras y otros recursos para impedir que los barcos enemigos penetraran en el Puerto de la Luz. Sin embargo, los servicios encargados de utilizarlos ni siquiera estaban correctamente organizados. Los torpedos permanecieron almacenados durante toda la guerra porque no había un compresor de aire con el que cargarlos. Cuando finalmente pudieron revisarse, terminada la contienda, ya estaban inservibles.
Las minas navales tampoco ofrecían mucha seguridad. El primer ejercicio de colocación no se realizó hasta 1947 y se utilizaron artefactos anticuados, deteriorados por la falta de mantenimiento.
El Tercio de Infantería de Marina de Canarias existía oficialmente desde 1940, pero en 1941 apenas reunía los efectivos de una compañía. Una de esas compañías estuvo alojada desde aquel año hasta el final de la guerra en los almacenes de carbón de la empresa británica Cory Brothers. Mientras los estados mayores dibujaban flechas sobre Gando, Arinaga y el Puerto de la Luz, parte de quienes debían rechazar la invasión dormía en dependencias carboneras.
Incluso en 1945 seguía sin haberse completado el armamento de varias secciones de morteros. La guerra terminó antes que la preparación de quienes debían defender las islas.
EL ENSAYO DE LA INVASIÓN
El 19 de enero de 1942, meses después de la redacción de Pilgrim, las fuerzas españolas realizaron en Gando y Arinaga un ejercicio con fuego real. El supuesto era poco disimulado: una potencia enemiga que dominaba el mar trataba de desembarcar en Canarias.
Participaron las tropas instaladas en los nidos de ametralladoras, un tabor de Tiradores de Ifni, dos baterías costeras, siete de artillería de campaña, dos antiaéreas, el minador Marte, dos Ju-52 y seis Fiat CR-32.
El ejercicio se desarrolló como una pequeña representación teatral con final patriótico. Primero, la artillería antiaérea y los cazas rechazaban a los bombarderos. Después, las baterías costeras, el Marte y la aviación atacaban a los transportes. A pesar de todo, uno de los tres grupos enemigos conseguía desembarcar. En la última escena, los Tiradores de Ifni cargaban contra él y lo obligaban a retirarse.
Este guion permitía mantener la moral, pero invertía la relación real de fuerzas. Los cazas británicos probablemente habrían dominado el cielo; el acorazado podía disparar desde fuera del alcance de las baterías españolas; el Marte difícilmente habría sobrevivido a la aviación y a los destructores. El transporte de la artillería desde Teror y Valsequillo podía, además, ser paralizado desde el aire.

NAZIS, EMPRESARIOS Y AGENTES SECRETOS
La presencia alemana en Canarias era real, aunque esto no significa, ni mucho menos, que las islas fueran una gran base militar nazi.
Desde antes de la guerra existía una influyente colonia alemana vinculada al comercio, la navegación, los consulados y compañías como Lufthansa. El Partido Nazi había organizado agrupaciones en Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife, acompañadas de asociaciones laborales, juveniles, femeninas y asistenciales. Canarias llegó a contar con una de las mayores concentraciones de afiliados nazis residentes en España, solo detrás de Madrid y Cataluña y próxima a las del País Vasco y Andalucía. La historiadora Marta García Cabrera ha reconstruido esta organización a partir de archivos alemanes y estadounidenses.
En Las Palmas, el director de Lufthansa, Otto Bertram, desempeñó durante la guerra un papel dirigente dentro del partido y mantuvo estrechos contactos con las autoridades franquistas. En Tenerife, uno de los responsables nazis era Anton Paukner, representante de una compañía naviera y, al mismo tiempo, oficial de la Wehrmacht con grado de teniente de corbeta.
La penetración política llegaba hasta la educación. El Colegio Alemán servía para mantener la cohesión de la colonia y transmitir la ideología nacionalsocialista. En Las Palmas funcionaban también organizaciones juveniles y una sección de la Liga de Muchachas Alemanas, mientras asociaciones benéficas ayudaban a presentar el nazismo como una comunidad disciplinada y solidaria.
Pero aquel mundo no era homogéneo. August Sauermann, cónsul alemán en Las Palmas y agente de la inteligencia naval, solicitó entrar en el Partido Nazi. La petición fue rechazada porque las autoridades del Reich desconfiaban de sus relaciones con los círculos británicos de la isla, entre ellos el Rotary Club. En el reducido espacio social de Las Palmas, un hombre podía servir a los intereses navales alemanes y, al mismo tiempo, resultar demasiado próximo a los ingleses para ser considerado un nazi fiable.
El Puerto de la Luz era entonces un escenario particularmente turbio. Allí se refugiaron mercantes alemanes e italianos y se desarrollaron actividades clandestinas de apoyo naval. El vapor alemán Corrientes fue señalado como buque de abastecimiento de submarinos. En 1941, agentes polacos del servicio británico SOE llegaron a prepararse para viajar camuflados como marineros y colocar bombas lapa en siete barcos fondeados en Las Palmas. La llamada Operación Warden fue cancelada, pero muestra hasta qué punto el puerto estaba ya inmerso en la guerra secreta. Los documentos británicos describen incluso el plan para secuestrar un barco y huir tras las explosiones.
ESPIAR UNA ISLA DONDE TODOS SE CONOCÍAN
Los británicos tampoco permanecían inactivos. El consulado, las empresas de origen británico, agentes secretos y residentes anglófilos reunían información sobre las fortificaciones, los movimientos militares, los puertos y el estado de ánimo de la población.
La Dirección General de Seguridad franquista sospechó siempre que el gerente de la Casa Miller dirigía en Las Palmas una red de espionaje apoyada por residentes locales y opositores al régimen de Franco. La acusación no fue probada en todos sus extremos, pero los informes británicos demuestran que Londres recibía información bastante aproximada sobre las defensas.
A veces se equivocaba. Los británicos atribuyeron a Canarias unidades que no existían o confundieron regimientos españoles con brigadas. También sobrevaloraron algunas baterías. Pero acertaron en lo esencial: las islas estaban militarizadas y, al mismo tiempo, eran materialmente muy vulnerables.
¿QUÉ PENSABAN LOS CANARIOS?
No puede hablarse de una opinión unánime. La dictadura controlaba la prensa y reprimía cualquier manifestación contraria al régimen, por lo que resulta imposible reconstruir cual era en aquellos momentos el estado de ánimo y la opinion popular mediante encuestas o debates públicos que ran entonces inexistentes.
Había una Falange activa, sectores comprometidos con el franquismo y una colonia alemana organizada. Pero sobrevivía también una importante tradición anglófila, especialmente en las ciudades portuarias y en ambientes relacionados con el comercio británico. A ello se sumaban los vencidos de la Guerra Civil, familiares de represaliados y personas que difícilmente podían considerar al Ejército franquista como su defensor.
Los servicios británicos tendieron a exagerar aquella anglofilia y llegaron a imaginar una recepción favorable a sus tropas. Londres preparó propaganda destinada a presentar una eventual ocupación no como una agresión, sino como una ayuda contra Alemania. Los agentes debían promover la colaboración de los isleños y estimular la resistencia frente a una entrada nazi.
Se trataba de una visión interesada. Una cosa era escuchar clandestinamente emisiones británicas de la BBC de Londres, desconfiar de Franco o conservar relaciones comerciales y culturales con Inglaterra; y otra muy diferente, contemplar con entusiasmo el bombardeo masivo sobre Gando, Arinaga o Las Palmas. Previendo situaciones como la que podia provocar una operación militar de la envergadura de Pilgrim, no pocas familias pertenecientes a sectores sociales acomodados de la Isla, habian trasladado sus domicilios a Tafira como precaucion de lo que pudiera suceder.
Para una buena parte de la población, ya agotada por la Guerra Civil, la represión, el racionamiento y la escasez, una invasión habría supuesto probablemente miedo antes que adhesión ideológica. Los rumores sobre desembarcos y movimientos de flotas debían mezclarse con preocupaciones más inmediatas: conseguir comida, combustible o jabón. El fortalecimiento militar de las Islas no eliminó el hambre; añadió más bocas que alimentar y multiplicó las requisas, restricciones y trabajos de fortificación.
¿HABRÍAN PODIDO RESISTIR?
La resistencia inicial podía haber sido dura. Las ametralladoras, la artillería de campaña y las posiciones defensivas habrían causado bajas entre las primeras oleadas. Si el factor sorpresa fracasaba, los comandos podían quedar aislados. Tampoco estaba garantizado que el Puerto de la Luz cayera mediante un golpe rápido: en Argel, durante la Operación Torch de 1942, dos destructores que intentaron penetrar en el puerto fueron rechazados con graves pérdidas por las baterías francesas.
Pero Gran Canaria no disponía de medios para disputar a Gran Bretaña el control del mar ni del aire. Los barcos británicos podían bombardear las posiciones desde gran distancia, cortar las comunicaciones y desembarcar refuerzos. Las unidades españolas, en cambio, no podían recibir ayuda inmediata desde la Península ni trasladarse fácilmente desde otras islas.
Lo más probable es que Gando y Arinaga hubieran sido ocupados. La lucha podía prolongarse en los accesos a Las Palmas y alrededor del puerto, pero la superioridad material británica terminaría imponiéndose. Otra cuestión es cuánto habría costado: combates urbanos, destrucción de barrios próximos al puerto, incendios en los depósitos de combustible y numerosas víctimas civiles.
UNA OCUPACIÓN QUE PODÍA CAMBIAR ESPAÑA
La conquista de Gran Canaria habría abierto un escenario imprevisible. Franco podía declarar la guerra a Gran Bretaña, aunque España no contaba con combustible, alimentos ni armamento para sostener un conflicto prolongado. Alemania podía intentar intervenir, pero trasladar tropas y aviación hasta Canarias exigía controlar antes Gibraltar, el sur peninsular y las rutas marítimas.
El resto del Archipiélago habría quedado aislado. Tenerife podía sufrir nuevos desembarcos o bombardeos. Las comunicaciones interinsulares se interrumpirían y el abastecimiento, ya precario, podía colapsar. Gran Canaria se convertiría en una base británica y también en objetivo de las fuerzas del Eje.
La ocupación habría acelerado, sin duda, una crisis interna del franquismo. También podía haber provocado el efecto contrario: unir temporalmente al sector mas derechista de la población en torno al Régimen frente a una invasión extranjera. No es posible poderlo intuir. Lo que sí puede afirmarse es que Pilgrim habría comenzado con fuego naval, bombardeos y desembarcos, no con una ceremonia política.
Finalmente, Londres aplazó la operación. El embajador británico y sus asesores advirtieron que una invasión preventiva podía empujar a España definitivamente hacia el Eje, provocar la pérdida de Gibraltar y causar más problemas de los que pretendía resolver. Con el cambio del curso de la guerra, el peligro fue disminuyendo. Pilgrim se transformó posteriormente en otros planes --Adroit y Tonic-- hasta que la derrota italiana redujo la posibilidad de una entrada española en el conflicto. En el otoño de 1943, los proyectos de ocupacion de las Islas fueron cancelados.
Los soldados británicos no desembarcaron. Los torpedos españoles continuaron somnolientos en sus almacenes sin aire comprimido. Los viejos cañones siguieron apuntando al mar. La compañía de Infantería de Marina permaneció entre depósitos de carbón. Y los fortines y nidos de ametralladora, levantados apresuradamente, quedaron diseminados durante decadas por las costas como ruinas de una batalla que nunca llegó a librarse.
Gran Canaria no fue un frente de la II Guerra Mundial. Pero durante algunos meses de 1941 estuvo a un tris de poder haberlo sido. Hubiera bastado con una orden transmitida desde Londres, una nueva decisión de Franco o un movimiento alemán sobre Gibraltar para que Gando, Arinaga y el Puerto de la Luz amanecieran bajo el fuego de la mayor armada del mundo.
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