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04/10/2007 :: Estado español

Orwell sólo se equivocó en la fecha

x Grupo FAI Los de Siempre
Ante un panorama tan desolador como éste, los anarquistas no podemos contentarnos con volver la mirada hacia otro lado y relacionarnos únicamente entre nosotros, considerando al resto de los oprimidos como idiotas que veneran la autoridad, ya que tamaña irresponsabilidad entraría en conflicto con los pilares de la moral ácrata.

Resulta irónico y a la vez sumamente inquietante, cuando uno observa cómo es el mundo que nos rodea, las similitudes que éste guarda con la distopía descrita por George Orwell en su novela 1984, texto que fue editado a finales de la década de los cuarenta.

Dando muestras de una gran intuición histórica, y tomando como argumentos hechos que por aquel entonces ya empezaban a aparecer en la sociedad (uniformidad de la información, vigilancia tendente a la omnipresencia, etcétera), el escritor británico aventura en esta novela cómo sería el mundo en el por entonces lejano año 1984 si el totalitarismo incipiente que desde principios del siglo XX asoló Alemania, la antigua Unión Soviética, Italia o España, por citar algunos ejemplos, continuase su desarrollo y expansión hasta dicha fecha. Pues bien; como decíamos al principio, es imposible evitar sentir cierto estupor al comprobar que veintitrés años más tarde del momento previsto, muchos de los horrores sociales que Orwell apuntó en su novela se implementan a marchas forzadas con el beneplácito, la pasividad o la ignorancia de demasiada gente.

Veamos algunos ejemplos de lo mencionado: en el mundo descrito en la novela, concretamente en uno de los tres Estados que gobiernan el planeta entero (donde vive el protagonista de la obra, Winston Smith), existen cuatro ministerios cuyo cometido consiste, precisamente, en manejar a toda la sociedad asegurándose la perpetuidad del sistema. Estos ministerios son los siguientes: el Ministerio de la Abundancia, encargado de cuestiones económicas y de hacer creer a la población que están pasando por una período de riqueza cuando en realidad viven con los recursos mínimos; el Ministerio de la Paz, encargado de mantener una situación de guerra constante a nivel mundial, asegurándose así de que siempre habrá un enemigo de la patria al que demonizar para que el pueblo descargue su ira contra éste y no contra quienes debería: los explotadores; el Ministerio del Amor, que se ocupa de ejercer una feroz represión contra todo elemento subversivo o bajo sospecha de serlo; y por último, el Ministerio de la Verdad, que tergiversa (cuando no miente directamente) todo lo necesario para ajustar la realidad a los designios del Estado, y que obviamente controla todo lo que se publica. Ciertamente hoy en día no existen ministerios con tales nombres, puesto que sería algo demasiado descarado y facilitarían la labor de desenmascarar al Estado como torturador, asesino y mentiroso, pero sí que podemos afirmar tajantemente que existen organismos que cumplen funciones tremendamente similares a las de las instituciones de la novela.
Así pues, cuando empiezan a surgir las primeras voces que avisan de una posible debacle económica tras la crisis del petróleo y la crisis inmobiliaria que se avecina, los órganos y los sindicatos oficiales se apresuran a desmentirlo, asegurando que todo está controlado ("atado y bien atado", dirían otros) y que no hay nada que temer, puesto que atravesamos un período de prosperidad eterna dulcemente dormidos sobre un lecho peligroso, el Estado del bienestar que tantas conciencias ha narcotizado. Por otra parte, atravesamos una situación de belicismo ininterrumpido a nivel global desde que comenzó la II Guerra Mundial, aunque ahora se nos dice que los ejércitos intervienen en "misiones de paz", o peor aún, de supuesta liberación. ¿Qué paz hay en Afganistán? ¿Qué liberación proporcionó al pueblo de Oriente Medio la Guerra del Golfo? ¿Y la de Iraq?

¡Y qué decir de la represión! Mucha gente desconoce que en las cárceles se tortura y se mata, cuando no se empuja a los reos al suicidio después de hacerles soportar situaciones inhumanas, de igual modo que demasiadas personas están seguras de que quien ingresa en prisión, o quien es detenido por la policía, es porque se lo merece, porque "algo habrá hecho". A nadie se le ocurre ya pensar que la policía, las cárceles y el ejército no son más que defensores de la tiranía del Estado y de la burguesía, y que no le hacen ningún bien al pueblo trabajador, porque eso son planteamientos desfasados y decimonónicos, según aseguran los políticos izquierdistas.

Abordemos ahora la cuestión informativa; el poder, o mejor dicho, quienes lo detentan, son personas viles y amorales pero no estúpidas, y aprenden de los errores de sus predecesores, perfeccionándose cada vez más. De este modo, no se presenta ante nosotros una Verdad unívoca de manera clara, como en el ministerio orwelliano, sino que ésta aparece soterrada bajo una aparente disyuntiva derechas-izquierdas, cuyos adalides son la COPE, La Razón o El Mundo por un lado, y El País, la SER o el canal Cuatro por el otro. Así, el poder se ha provisto de una aparente imagen de pluralidad que le lava la cara ante la opinión pública, cuando en realidad cualquiera de los medios arriba mencionados son defensores de una misma cosa: el injusto orden establecido. No resulta extraño por consiguiente que cuando una noticia relacionada con quienes nos oponemos no sólo a las formas, sino también al fondo de este sistema consigue colarse en los medios informativos más seguidos, éstos dejen a un lado sus aparentes disputas para condenar unánimemente a esos "radicales", "violentos", "bárbaros" y un largo etcétera de descalificativos que sirven para evitar contar nada que tenga que ver con la realidad. Lo mismo ocurre cuando la noticia hace referencia a las tremendas contradicciones del capitalismo. En el caso de las migraciones que se están dando desde África hacia Europa, por ejemplo, se fomenta de manera ladina el odio racial, impulso absurdo e infantil donde los haya, asegurándose así que el pueblo vea en el propio pueblo a su enemigo, de modo que todo el mundo se convenza a sí mismo de la necesidad del Estado y la represión (igual que en 1984, y a diferencia de las dictaduras tradicionales, hoy en día se procura que la gente se convenza a sí misma de aquello que al poder le conviene, en lugar de ocuparse éste de disuadir a las masas mediante la fuerza bruta, que sólo se emplea cuando las sutilezas no son suficiente, pues éstas son mucho más efectivas).

Además, y gracias en buena medida a la cultura del miedo que los medios de comunicación han estado desarrollando e imponiendo durante buena parte del siglo pasado, cada día existen más herramientas a disposición de la autoridad para controlar al individuo. Existen micrófonos diminutos casi imposibles de encontrar y que pueden servir para grabar lo que se dice en un lugar que se pensaba que era seguro, se controla toda la información que fluye por Internet, y rara es la ciudad cuyas calles principales no tienen cámaras que graban todo lo que ocurre las veinticuatro horas del día.

Acompañando a todo esto y complementando lo hasta ahora explicado, Orwell señala en su novela la existencia de la neolengua, un idioma basado en el autóctono pero plagado de eufemismos que poco a poco va desplazando al lenguaje original, y cuya función es imposibilitar el pensamiento rebelde y crítico (sobra decir que el lenguaje y el pensamiento son dos elementos íntimamente unidos, y que uno es reflejo del otro y viceversa). Una vez más observamos que algo parecido está sucediendo a nuestro alrededor, con ejemplos tan esclarecedores como el ya mencionado de que a una invasión se le llame misión de paz, o el hecho de que cuando el Estado comete un crimen a éste se le denomine "daño colateral", "accidente laboral" o expresiones por el estilo, dependiendo de la situación.

Ante un panorama tan desolador como éste, los anarquistas no podemos contentarnos con volver la mirada hacia otro lado y relacionarnos únicamente entre nosotros, considerando al resto de los oprimidos como idiotas que veneran la autoridad, ya que tamaña irresponsabilidad entraría en conflicto con los pilares de la moral ácrata. Hemos de recuperar el terreno perdido, nuestras ideas-fuerza tienen que volver a estar presentes en las mentes de todos los desheredados, y esto sólo lo podemos conseguir mediante una labor dura y constante de difusión del anarquismo, la cultura libertaria y la acción directa desde la base, una tarea ineludible que posiblemente no será nada agradable en un principio, pero que es necesaria si de verdad deseamos alcanzar la anarquía y ver el fin de la opresión.



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