Sobre los crímenes de la desesperación y su necesario elogio

¿Es la esperanza, como lo pretende Malraux, la fuerza más grande de la revolución? El hombre que todavía espera algo de un mundo ahuecado y de sujetos históricos que giran como veletas ante la corriente del mercado, el hombre que aún cree que el comunismo es inevitable, vive alienado y se alegra de su condición. No porque viva, sino porque vive preso de una ilusión: la ilusión de que "la historia es objeto de una construcción cuyo lugar está constituido por el tiempo homogéneo y vacío", en palabras de Walter Benjamin.
Por el contrario, ¿qué hay del hombre desesperado? Quien nada aguarda de su alrededor posee un contacto material con la miserabilidad, un contacto despojado de ideales asimilable a una terrible sensación de ahogo. Esta experiencia lo conduce, en un primer momento, a desear su propia aniquilación; es, sobre todo, la conciencia de que no puede intervenir en la realidad. En un segundo momento, aflora la rabia de vivir, la necesidad bestial de respirar y de afirmarse como fuerza individual, de tal forma que el hombre desesperado abandona la apatía inicial para equiparse con las armas del derrumbe.
Quien nada aguarda de su alrededor se encuentra en condiciones de empeñar todo el ardor que le queda a su destrucción. No estando tampoco sometido a la ética de los amos, su energía corporal fluye al igual que un torrente libre de obstáculos; ya no busca la disolución del ego en una inconsciencia enajenante y conciliadora, sino la exteriorización de sus pulsiones internas, tanto tiempo reprimidas bajo las ruedas dentadas del Capital. Algunos objetarán que esta actitud es profundamente inmoral; nosotros estamos convencidos de que el libre desenvolvimiento del hedonismo es también la más alta moralidad, porque tiene la empatía por corolario.
Burócratas corriendo en desbandada por las avenidas del distrito financiero, pantallas publicitarias ajusticiadas ante la mirada atónita de los viajeros de metro, mobiliario de oficina utilizado en vista de una subversión sexual colectiva, libros de texto y declaraciones de Hacienda volando desde la ventana de un sexto piso, barrios periféricos sacudidos por el fuego de la juventud, manifestantes cargando contra la policía a grito de "¡Muerte al Estado y viva la Anarquía!"...
Del mismo modo que juzgamos con severidad el discurso espontaneista, en el que resulta difícil creer a pesar de su fuerte arraigo en determinadas corrientes libertarias que nos resultan cercanas, hemos de reconocer su potente valor simbólico. Quizá estos actos no sean susceptibles de generalizar la imprescindible revuelta, pero abren heridas de una profundidad irreparable. Atestiguan el progresivo levantamiento de la conciencia en contra de la sociedad de clases en su fase espectacular, así como la constitución de una hueste de nuevos ateos liberada del falso optimismo bajo el que algunas personas disfrazan su irresponsabilidad. ¿Acaso Dios va a presentarse ante la humanidad para redimirla? ¿Acaso una hipotética crisis energética va a reordenar el mundo según criterios de justicia, participación y placer? ¿Acaso el actual modelo sindical va a conducir a los explotados hacia la huelga salvaje? ¿Acaso la burguesía va a proclamar la autodeterminación social en base a su incapacidad para administrar los medios de producción en pro del bienestar colectivo?
Sabemos que todo esto es vano. Sólo los crímenes de la desesperación terminarán de horadar la brecha donde logremos sembrar los cimientos del nuevo mundo, siendo éstos heraldos de un cierto espíritu poético que se abate en picado contra los defensores de la humillación y la falsa cordura. Al rebelarse, el proletariado revela su pretensión de suprimirse como tal; de lo que se desprende que toda rebelión es una revelación, al mismo título que la poesía, en tanto que expresión de un deseo albergado en el inconsciente humano. ¿Qué esperamos para hacer sonar las campanas del fin de la prehistoria? Ha llegado la hora de anudar la soga al cuello de todos los propietarios y de tirar de ella hasta que el estertor melodioso anuncie la muerte del viejo mundo; la hora de redimirnos mediante el pecado
Concluimos con la siguiente sentencia del Grupo Surrealista de Madrid: "La causa de la poesía ha sido entendida y sigue adelante, y la del hombre con ella".







