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14/08/2019 :: Estado español, EE.UU.

Supremacismo y delincuencia

x Francisco García Cediel
En una sociedad que trafica con todo, abordar el debate sobre la delincuencia sin cuestionar el capitalismo, es como pretender combatir la peste sin molestar a las ratas

 Comenzó el pasado mes de agosto con la noticia de la matanza protagonizada en El Paso (Texas), por un joven llamado Patrick Crusius, supuesto supremacista, que antes de segar la vida de más de 20 personas en un centro comercial, había, al parecer, difundido media hora antes de los hechos una suerte de manifiesto contra la “invasión” mexicana, en el que además alababa al autor de la matanza de más de 50 personas, en el mes de marzo de este año, en una mezquita de una ciudad de Nueva Zelanda. Al día siguiente, se produjo otra matanza masiva en Dayton (Ohio), efectuada también por un joven banco, aunque no hay informaciones concretas sobre sus motivaciones.

Estos sucesos generaron dos debates en paralelo en Estados Unidos; el primero, la ya enésima disputa sobre la conveniencia de limitar la venta de armas de fuego en ese país. El segundo, si la política norteamericana, con su Presidente tildando un día sí y otro también a los latinos en general y a los mexicanos en particular de violadores y criminales, estaba dando alas a acciones tan deplorables como la de El Paso.

Ni que decir tiene que el primer debate eclipsó convenientemente el segundo: Las declaraciones públicas de Trump, tildando de terrorista al asesino de esa ciudad tejana, y desmarcándose por tanto de complicidad alguna con su acción, supuso, al menos en los grandes medios de comunicación, el cese gradual y ordenado de una línea argumental que podía poner de manifiesto que tales hechos, más allá de explicaciones psicológicas, podía tener bases materiales en la política migratoria norteamericana, algo que tiene que ver con sus políticas económicas. Parece que esa línea de reflexión se ha cerrado, al menos momentáneamente, concluyéndose que se puede odiar al migrante, pero dentro de un orden.

Cruzando el Atlántico, el líder parafascista Santiago Abascal, ante una agresión sexual cometida en Bilbao al parecer por personas de origen magrebí, afirmó que la solución es la deportación masiva a los países de origen. Esta y otras declaraciones sobre los menores migrantes no acompañados, a quienes para despersonalizarlos denomina despectivamente “menas”, han avivado las llamas de un incendio que lleva ardiendo largo tiempo, la asociación entre migración y delincuencia.

Resucitando las apolilladas teorías elaboradas en el siglo XIX por el médico y criminólogo Lombroso, que afirmaba que la delincuencia obedecía a causas innatas, de origen genético y biológico, una muy interesada rumorología relaciona origen cultural o étnico con la criminalidad, alimentada por la magnificación de noticias, tanto en Estados Unidos como aquí.

Los agitadores de tales opiniones utilizan como munición desde la malvada madrastra del pequeño Gabriel hasta una conveniente serie de estadísticas que supuestamente acreditarían sus afirmaciones. Con esto de las estadísticas convienen no distraerse; nadie hace una estadística al azar, sino que pretende de un modo inductivo corroborar una tesis previa que es, por tanto, interesada.

A este respecto: ¿Se han difundido estadísticas sobre el porcentaje de miembros de las fuerzas de seguridad o del ejército implicados en delitos violentos o de narcotráfico? ¿Y sobre el porcentaje de personas procesadas por corrupción que pertenecen al PP, al PSOE o a CiU, por ejemplo? Recuerdo que en los años 80 del pasado siglo en Nafarroa, ante unos casos de violación que se achacaban a miembros de las Fuerzas de Seguridad, una organización juvenil distribuyó un cartel que decía “contra la violación, fuera fuerzas de ocupación”, lo que dio lugar a un agrio debate popular.

Es evidente que dichas estadísticas, caso de existir, no se van a difundir públicamente. Como decía el periodista Rodolfo Walsh: “El sistema no castiga a sus hombres: los premia. No encarcela a sus verdugos: Los mantiene”.

Pero, siguiendo con las estadísticas ¿Se ha analizado a que nacionalidades pertenecen quienes acosan sexualmente en el trabajo, o quienes han cometido violaciones, por ejemplo, en la recogida de la fresa en Huelva? Igual lo que pasa es que, en tal caso, no tendríamos ningún sitio a donde deportarlos; por nativos y/o por burgueses, están en su tierra.

De siempre, tal como apuntaron desde Charles Dickens a Truman Capote, los fenómenos delincuenciales han estado asociados a la degradación que genera la marginalidad, de tal modo que las olas de personas condenadas por graves delitos enviadas por Inglaterra a Australia en el siglo XIX, no han transferido su “genética antisocial” a sus descendientes, la actual mayoría de la población australiana. Cabe por tanto reflexionar sobre si el método más adecuado para atajar dichos comportamientos pasa o no por incrementar medidas represivas tales como la deportación o el endurecimiento de las penas.

Me atrevo a aventurar que las provocaciones de Abascal y compañía servirán para que las moderadas opciones constitucionalistas, tan biempensantes ellas, se escandalicen públicamente pero incorporen a su actuación la llamada “regulación de los flujos migratorios”, basada en la necesidad del sistema de ordenar la mano de obra, que actúa en el sistema capitalista como una mercancía más, evitando acumular una excesiva población sobrante no necesaria en la actualidad para el proceso productivo.

Puesto que no solo las armas, sino también algunas ideas, “las carga el diablo”, no hemos de extrañarnos que, a raíz de éstas campañas, nos encontremos con fenómenos tales como insultos a migrantes en los transportes públicos, o agresiones de corte racista y xenófobo, protagonizadas por nativos pobres e ignorantes que, ante su propia problemática, prefiere cargar contra quienes ven como diferentes que enfrentarse a la patronal que, esa sí, está unida por sus intereses de clase, sea cual sea su origen nacional o racial.

En una sociedad que trafica con todo, desde ideas a personas, abordar el debate sobre la delincuencia sin cuestionar el capitalismo, es como pretender combatir la peste sin molestar a las ratas.

Francisco García Cediel

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