Monopolios tecnológicos tecno fascistas
A diferencia de formas anteriores de subordinación, la dependencia cognitiva, en su invisibilidad, dificulta la formación de conciencia de clase, ya que la explotación no se presenta como tal
¿Cuál es nuestro tiempo? ¿Cuál es nuestra ética? ¿Qué hacer? "Que la ética sea la estética del futuro"
André Bretón.
Un espíritu recorre este trabajo; es la obra de Adolfo Sánchez Vázquez. Ética y humanismo frente al llamado "manifiesto Palantir" exigen desmontar con rigor crítico esa ideología de la clase dominante que pretende naturalizar la convergencia entre capital financiero, complejos de seguridad y tecnologías de vigilancia masiva como horizonte inevitable de la civilización contemporánea.
Tal programa no constituye una mera innovación empresarial ni una expansión neutral de capacidades técnicas; más bien condensa una fase específica del capitalismo informacional en la que el secuestro de datos, la modelización conductual y la administración algorítmica de poblaciones devienen fuerzas productivas anestesiadas con dispositivos de control político, incluso entrtenidos.
Desde una perspectiva humanista y crítica, el problema no se reduce a la privacidad individual; abarca la reconfiguración de la relación entre conocimiento, poder y propiedad en beneficio de una minoría que monopoliza infraestructuras digitales y captura valor a partir de la vida social en su conjunto.
En el Informe MacBride, publicado por la Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de la Comunicación bajo la égida de la UNESCO, se advierte con claridad que la concentración de medios y la desigualdad en los flujos informativos generan asimetrías estructurales en la producción de sentido (MacBride, 1980). Necesitamos ese diagnóstico porque implica reconocer que las plataformas de análisis de datos a gran escala operan como aparatos ideológicos y represivos simultáneamente, en términos que recuerdan la doble función señalada por Althusser,aunque intensificada por la capacidad predictiva y prescriptiva de los algoritmos contemporáneos (Althusser, 1970).
Allí donde el informe reclamaba democratización comunicacional, el tecnofascismo propone optimización de control. Palantir, como emblema, sintetiza una racionalidad instrumental que subsume la complejidad social bajo métricas de riesgo, perfiles de amenaza y correlaciones probabilísticas. Tal racionalidad no es neutral: es traducir intereses de clase en parámetros computacionales.
Marx señaló que las relaciones sociales aparecen invertidas como relaciones entre cosas (Marx, 1867/2011). En la economía política de los datos, esa fetichización alcanza un grado extremo: las decisiones políticas se presentan como resultados objetivos de modelos matemáticos, ocultando la selección de variables, la ponderación de factores y los sesgos incorporados durante el diseño. De esta forma, la ideología se codifica en software.
Una crítica humanista no puede limitarse a pura apelación abstracta de los derechos individuales; requiere una praxis que desvele la materialidad de las infraestructuras tecnológicas y su inserción en el modo de producción. Lukács Desarrolló la noción de cosificación para describir cómo la lógica mercantil invade la subjetividad (Lukács, 1923/1971).En la actualidad, esa cosificación se intensifica mediante sistemas que anticipan comportamientos y moldean deseos, produciendo sujetos ajustados a las necesidades de acumulación.
Frente a ello, la ética humanista de nuevo género ha de reivindicar la historicidad de las categorías técnicas y su posibilidad de transformación colectiva. Ya el Informe MacBride insistía en la necesidad de un nuevo orden mundial de la información y la comunicación.basado en la equidad, la participación y el respeto a la diversidad cultural (MacBride, 1980).
Tal horizonte entra en contradicción directa con la lógica de plataformas que centralizan datos en servidores corporativos y subordinados estados a proveedores tecnológicos. Harvey ha mostrado cómo el neoliberalismo impulsa procesos de acumulación por desposesión (Harvey, 2005). La captura de datos personales y colectivos constituye una forma contemporánea de esa desposesión, donde la materia prima es la experiencia humana misma. Y, por ejemplo, el pensamiento de Foucault sobre biopolítica permite comprender la transición hacia formas de Gobierno que gestionan la vida a través de estadísticas y regulaciones (Foucault, 1976/2003).
No obstante, la fase actual introduce un salto cualitativo: los algoritmos no sólo describen poblaciones, intervienen en tiempo real para modular conductas. Tal capacidad, en manos de corporaciones alineadas con intereses geopolíticos, configure un dispositivo de poder que desborda los marcos jurídicos tradicionales. El tecnofascismo emerge como síntesis de vigilancia total, opacidad decisional y legitimación discursiva basada en la eficiencia.
Gramsci aportó la categoría de hegemonía para explicar cómo la clase dominante obtiene consenso (Gramsci,1932/2014). En el contexto digital, ese consenso se produce mediante interfaces amigables, narrativas de innovación y promesas de seguridad.
Plataformas como Palantir construyen legitimidad presentándose como herramientas para combatir el crimen o gestionar crisis sanitarias, mientras se consolidan infraestructuras que pueden ser utilizadas contra movimientos sociales. Conciencia de clase exige desenmascarar esa doble función y resistencias articulares que integran saber técnico y praxis política. Además, el Informe MacBride subrayó la importancia de la alfabetización mediática como condición para la participación democrática (MacBride, 1980). En la era algorítmica, tal alfabetización debe ampliarse hacia una comprensión crítica de modelos de datos, aprendizaje automático y arquitecturas de información. Sin embargo,la formación técnica aislada resulta insuficiente; se requiere una pedagogía política que vincule conocimiento tecnológico con análisis de las relaciones de producción.
Freire sostuvo que la educación auténtica implica concientización (Freire,1970/2005). Aplicado al ámbito digital, significa capacitar para intervenir en el diseño y la gobernanza de sistemas. Todo el debate contemporáneo sobre ética de la inteligencia artificial, representado por autores como Floridi,tiende a centrarse en principios abstractos como transparencia o justicia (Floridi et al., 2018).
Aunque relevantes, cuantos principios corren el riesgo de ser cooptados por discursos corporativos que los integran como estrategias de legitimación. La perspectiva marxista no dogmática propone ir más allá de la ética normativa para abordar la estructura económica que determina el desarrollo tecnológico. Sin transformación de la propiedad y el control de los medios digitales, el código ético permanece subordinado a la lógica de acumulación.
Y el Informe MacBride ofrece una crítica al imperialismo cultural que hoy adquiere nuevas formas mediante plataformas globales (MacBride, 1980). Datos circulan en flujos asimétricos desde periferias hacia centros, donde son procesados y convertidos en valor. Tal dinámica reproduce la dependencia tecnológica y limita la soberanía informativa.
Santos ha planteado la necesidad de epistemologías del sur para desafiar la hegemonía del conocimiento occidental.(Santos, 2014). Integrar esa perspectiva implica reconocer saberes locales en el diseño de tecnologías y resistir la homogeneización cultural impuesta por algoritmos. Con nuestra dimensión ética se articula la defensa de la dignidad humana frente a procesos de reducción de la subjetividad a datos cuantificables.
Horkheimer y Adorno denunciaron la razón instrumental que domina la naturaleza y al propio ser humano (Horkheimer & Adorno, 1947/2002). El tecnofascismo representa una actualización de esa razón,donde la dominación se ejerce a través de sistemas aparentemente racionales que eliminan la deliberación política.
El humanismo crítico debe recuperar la capacidad de juicio y la participación colectiva en la toma de decisiones tecnológicas. Ya el Informe MacBride, al abogar por el pluralismo y la diversidad, ofrece un marco para pensar alternativas(Mac Bride, 1980). Cooperativas de datos, infraestructuras públicas digitales y software libre constituyen experiencias que buscan democratizar el control tecnológico. No obstante, su consolidación requiere de fuerzas favorables,lo que remite nuevamente a la lucha de clases. Sin organización política capaz de disputar el poder, tales iniciativas permanecen margínales.
Toda la Historia demuestra que cada revolución tecnológica abre posibilidades contradictorias. Engels observó que el desarrollo de las fuerzas productivas puede entrar en conflicto con las relaciones de producción (Engels,1878/2009). La actual fase digital intensifica esa contradicción: capacidades de comunicación y coordinación global podrían servir a una democratización radical, aunque sean capturadas por intereses corporativos. La resolución de esa tensión depende de la acción colectiva consciente.
Y el Informe MacBride permanece como referencia indispensable para articular una crítica sistemática y propositiva. Su llamado a un orden comunicacional más justo resuena con urgencia en un contexto donde algoritmos gobiernan aspectos crecientes de la vida social.
Ética y humanismo, en clave de lucha de clases, no pueden aceptar la naturalización del tecnofascismo. La construcción de alternativas exige combinar análisis teórico riguroso, organización política y desarrollo de tecnologías orientadas al bien común.
El llamado "manifiesto Palantir"
La naturaleza del documento, no es "marketing", es doctrina.
El llamado "manifiesto Palantir" (2026) no es un documento corporativo convencional, sino la condensación ideológica de un programa estratégico derivado del libro The Technological Republic de Alex Karp. Se estructura en 22 Tesis que articulan una visión del mundo donde tecnología, Estado y guerra quedan reconfigurados en una unidad funcional.
Su especificidad radica en tres rasgos:
Carácter programático: define orientaciones de acción, no sólo valores.
Carácter geopolítico: No habla de empresa, sino de civilización occidental.
Carácter performativo: No describe el mundo, prescribe cómo debe organizarse.
Por eso diversos analistas sostienen que "no es filosofía flotante", sino ideología operativa de una empresa cuyo negocio depende de esas mismas políticas.
Estructura conceptual: los núcleos duros del manifiesto
Primacía del "poder duro" tecnológico
El eje central es la tesis: La supervivencia de las democracias depende del poder duro basado en software.Esto implica un desplazamiento histórico: De la disuasión nuclear -> disuasión algorítmic aDe la soberanía estatal -> soberanía tecno corporativa De la política -> ingeniería de sistemas.
El manifiesto sostiene explícitamente que el poder blando es insuficiente y que el orden global se definirá por superioridad tecnológica.
Interpretación científica: Se trata de una reformulación del paradigma de seguridad bajo lógica cibernética: el poder ya no se mide en territorio, sino en capacidad de procesamiento, predicción y acción automatizada.
Militarización de la inteligencia artificial. El documento afirma que:Las armas con IA serán inevitables. El problema no es si deben existir, sino quién las controla. Esto elimina el debate ético en su nivel fundamental: Desplaza la ética desde la producción hacia la propiedad del dispositivo.
Consecuencia:Naturalización de la guerra algorítmica Legitimación de sistemas autónomos de decisión letal. Los críticos advierten que esto configura una "Guerra Fría de IA" con riesgos existenciales.
Fusión Silicon Valley-Estado. El manifiesto propone claramente:Deuda moral de las tecnológicas con el Estado , Subordinación del talento ingeniero a objetivos militares, Transformación del Estado en plataforma tecnológica.
En términos analíticos :No es privatización del Estado, Es estatalización del capital tecnológico en clave militar. Esto rompe la dicotomía clásica Estado/mercado y crea una tercera forma:-> Complejo tecno-militar algorítmico.
Antropología política implícita
El documento contiene supuestos fuertes: Jerarquía cultural (civilizaciones "superiores" e "inferiores"), Crítica a la inclusión como valor absoluto, Defensa del sacrificio colectivo (servicio militar obligatorio).
Esto indica una antropología anti igualitaria Funcionalista (el individuo vale por su contribución al sistema) orientada a la guerra como condición estructural.
Reconfiguración del trabajo y el conocimiento
El manifiesto sugiere:Devaluación de humanidades, Valorización de saber técnico-operativo. Esto implica una mutación epistemológica: de conocimiento crítico -> conocimiento instrumental de verdad -> eficacia.
Marco teórico: lectura desde ciencias sociales avanzadas
Desde la teoría del poder (Foucault / Deleuze) El manifiesto expresa el paso de: sociedades disciplinarias -> sociedades de control algorítmicas dónde el poder no vigila cuerpos, sino que modela comportamientos predictivamente; Palantir no es sólo vigilancia: es anticipación operativa.
Desde la economía política, se observa una mutación del capitalismo. Es decir:El valor ya no se extrae sólo de trabajo o datos, sino de la gestión de la violencia mediada por software.
Desde epistemología. Un análisis académico lo define como:"Razonamiento motivado": justificación ideológica de prácticas ya existentes, Esto significa:La teoría no guía la práctica.La práctica (militar, corporativa) produce su propia legitimación teórica.
Desde teoría del Estado: El modelo implícito es: Tecnocracia radical , Desplazamiento de funcionarios por ingenieros. Gobierno como sistema optimizable. Algunos análisis lo describen como tendencia a un orden posdemocrático tecnificado.
Categoría crítica: ¿tecnofascismo?
Diversos autores y analistas utilizan el término "tecnofascismo" para describir el manifiesto. No como insulto, sino como categoría analítica basada en:
Rasgos identificables: Fusión Estado-corporación-militar ; Jerarquización cultural: Movilización permanente (guerra como norma), Supresión del disenso ético en nombre de la eficacia; Centralidad de una élite técnica.
Sin embargo, una lectura rigurosa exige precisión: No es fascismo clásico (no hay masas movilizadas). Es una forma nueva:-> Autoritarismo tecnocrático de alta complejidad.
Contradicciones internas del manifiesto
Universalismo versus elitismo. Proclama defensa de "Occidente", sin embargo, concentra el poder en élites tecnológicas.
Democracia vs poder duro: Afirma proteger las democracias al proponer estructuras que las vacían (tecnocracia, militarización).
Innovación vs. control: Celebra la creatividad tecnológica pero la subordinada a multas militares.
Función histórica: síntoma de una transición
El manifiesto no debe leerse aisladamente, sino como síntoma de: Crisis estructural de Orden liberal internacional,Hegemonía estadounidense clásica en la Legitimidad del capitalismo digital "blando", y como respuesta:Emergencia de un paradigma de capitalismo de seguridad total.
Evaluación científica final Tesis central
El manifiesto Palantir constituye un intento de codificación ideológica del nuevo régimen de poder basado en inteligencia artificial, guerra y gobernanza algorítmica. El Nivel de riesgo (según literatura crítica) es Alto en términos de:Derechos civiles, Autonomía política, Estabilidad geopolítica.
Nivel de coherencia interna Alto en términos estratégicos, Bajo en términos ético-filosóficos (por eliminación del problema moral).
Conclusión rigurosa
No se trata de exageración mediática: el documento revela una mutación real en la relación entre tecnología y poder.Su núcleo no es la IA como herramienta, sino: La IA como principio organizador de la soberanía. Y eso implica un desplazamiento histórico profundo: De la política como deliberación hacia la política como optimización computacional de la fuerza.
Conviene empezar por despejar una ilusión frecuente: el llamado "manifiesto Palantir" no es un documento teórico en sentido fuerte --no produce categorías nuevas ni desarrolla demostraciones--, sino una pieza de racionalización estratégica que traduce prácticas ya existentes (contratación estatal, análisis de datos para seguridad,integración militar-corporativa) en un marco de legitimación ideológica. Esa constatación inicial no lo debilita; Al contrario, permite situarlo con mayor precisión en la historia de las formaciones discursivas del poder: pertenece a la familia de textos que no buscan verdad en sentido epistemológico, sino eficacia en la coordinación de voluntades Institucionales.
El núcleo doctrinal se articula en torno a una tesis que puede formalizarse del siguiente modo: si definimos el poder soberano contemporáneo como función de la capacidad de anticipación (A), procesamiento de datos (D) y ejecución operativa (E), entonces la hegemonía geopolítica se expresa como maximización de la composición f(A, D, E)bajo condiciones de conflicto permanente.
En ese esquema, la inteligencia artificial no aparece como instrumento.contingente, sino como operador de integración entre esas variables. La consecuencia es un desplazamiento ontológico del concepto de soberanía: ya no radica primariamente en el territorio ni en la población, sino en la infraestructura algorítmica capaz de modelar escenarios y actuar sobre ellos.
Y la comprensión rigurosa del fenómeno Palantir exige abandonar toda descripción superficial y penetrar la estructura ontológica del capitalismo informacional en su fase de dominación semiótica totalizada. No se enfrenta aquí un simple dispositivo técnico ni una empresa particular, se enfrenta a una mutación en la forma histórica de la subsunción del trabajo al capital, donde la vida entera, en su dimensión sensible, lingüística y cognitiva, es capturada como materia prima para una maquinaria de valorización que ya no requiere mediación directa de la fábrica clásica.
Palantir representa una forma concentrada de esta mutación: una infraestructura de inteligibilidad que transforma la realidad social en un campo de datos correlacionables, gobernables y explotables, reorganizando la lucha de clases mediante una arquitectura de vigilancia predictiva que naturaliza la dominación bajo la apariencia de cálculo.
Una radicalidad ética de esta problemática no puede resolverse mediante categorías liberales de privacidad o consentimiento. Tales categorías, ancladas en una antropología individualista, fracasan al intentar describir una estructura en la que la producción de datos es constitutivamente social y su apropiación es sistemáticamente privada.
Karl Marx, en los Grundrisse (1857-1858/1973), anticipó la emergencia de un "intelecto general" como fuerza productiva decisiva, señalando que el conocimiento social acumulado se convertiría en fundamento directo de la producción. En el régimen contemporáneo, ese intelecto general ha sido cercado, segmentado y convertido en propiedad de plataformas que operan como nuevas formas de capital fijo inmaterial.
Palantir encarna este cercamiento al apropiarse de flujos de información producidos colectivamente para convertirlos en activos estratégicos que alimentan tanto la acumulación privada como la gobernanza estatal.Porque la relación entre conocimiento y poder adquiere aquí una densidad inédita.
Michel Foucault (1975/2002) ha descrito el entrelazamiento de saber y poder en dispositivos disciplinarios que producían sujetos a través de la vigilancia. No obstante, en el contexto actual se verifica una intensificación cualitativa: la producción de sujetos es reemplazada por la modulación probabilística de conductas, donde la normatividad se ejerce a través de modelos predictivos que operan antes de la acción.
Gilles Deleuze (1990/2003) denominó a este régimen "sociedad de control",caracterizada por una continuidad sin fisuras en la que los individuos son reducidos a flujos de información.
Palantir materializa esta transición mediante plataformas capaces de integrar bases de datos heterogéneas y generar inferencias que orientan decisiones en ámbitos tan diversos como la seguridad, la salud y la administración pública. El poder ya no se limita a vigilar o castigar, anticipar, clasificar y distribuir probabilidades de existencia.
Y el Informe MacBride (UNESCO, 1980) adquiere una relevancia decisiva en este análisis al haber identificado tempranamente la concentración de los flujos informativos como una amenaza estructural para la democracia. Su diagnóstico sobre la desigualdad en la producción y circulación de información se intensifica en el presente hasta alcanzar un nivel en el que no solo se concentran los medios, se monopoliza la capacidad de producir realidad inteligible.
Palantir no se limita a gestionar datos, define qué cuenta como dato, qué relaciones son relevantes, qué narrativas se consideran plausibles. Esta capacidad de estructurar la percepción colectiva constituye una forma de poder semiótico que excede la mera dominación económica, articulándose con la reproducción ideológica del orden capitalista.
Una crítica ética debe situarse entonces en el terreno de la lucha de clases entendida en sentido ampliado. La clase dominante no solo controla los medios de producción material, controla los medios de producción de sentido. La clase trabajadora, en su configuración contemporánea, produce continuamente datos a través de su actividad cotidiana, desde el trabajo formal hasta la interacción digital, pasando por el consumo y la movilidad. Esa producción es capturada sin reconocimiento ni retribución, transformada en valor y utilizada para reforzar las condiciones de su propia subordinación. Se configura así un circuito de explotación en el que la vida misma deviene fuente de plusvalía informativa.
Shoshana Zuboff (2019) ha conceptualizado este proceso como "capitalismo de vigilancia", subrayando la extracción de excedente conductual. Sin embargo, una perspectiva materialista exige ir más allá de la descripción del modelo de negocio para analizar su inserción en la dinámica global del capital.
David Harvey (2014) ha señalado que las crisis de sobreacumulación impulsan la búsqueda de nuevas esferas de valorización; la digitalización de la vida cotidiana constituye una de esas esferas.
Palantir opera como un mecanismo de absorción de excedentes mediante la conversión de incertidumbre social en información rentable, estabilizando temporalmente las contradicciones del sistema. Toda la violencia estructural de este dispositivo se manifiesta en su aplicación concreta. Sistemas de predicción policial y análisis de riesgos reproducen y amplifican desigualdades históricas al basarse en datos que reflejan prácticas discriminatorias previas.
Cathy O'Neil (2016) ha demostrado cómo los algoritmos pueden convertirse en "armas de destrucción matemática" que legitiman decisiones injustas bajo la apariencia de neutralidad; desmontar esta ilusión de objetividad, mostrando que los modelos matemáticos incorporan valores, intereses y relaciones de poder.
Palantir no escapa a esta lógica; su eficacia técnica está intrínsecamente ligada a la reproducción de un orden social desigual Y una dimensión geopolítica del problema introduce una capa adicional de complejidad. Integración de Palantir con agencias de inteligencia y fuerzas armadas revelan una articulación entre capital y Estado que recuerda las tesis de Rosa Luxemburgo (1913/2003) sobre la expansión imperialista como condición de supervivencia del capitalismo.
La Exportación de tecnologías de vigilancia a diferentes contextos nacionales contribuye a la consolidación de un régimen global de control que refuerza la hegemonía de las potencias tecnológicas. El Informe MacBride y la publicidad sobre la dependencia informativa de los países periféricos; la actualidad muestra una dependencia ampliada que abarca la infraestructura misma de la cognición social. Desde una perspectiva ética, la cuestión central radica en la autonomía.
Immanuel Kant (1785/1996) formuló el imperativo de tratar a la humanidad siempre como fin y nunca como medio. En el contexto del capitalismo informacional, esta exigencia se ve sistemáticamente vulnerada por prácticas que instrumentalizan a las personas como fuentes de datos. No se trata de una simple violación de derechos individuales, se trata de una estructura que convierte la vida en recurso explotable.
La Ética marxista no dogmática permite articular esta crítica con el análisis de las relaciones de producción, mostrando que la instrumentalización no es un accidente, es una condición de la acumulación. Nuestro debate contemporáneo en filosofía de la tecnología ofrece herramientas para profundizar esta reflexión.
Bernard Stiegler (2015) ha señalado que la automatización de decisiones conduce a una proletarización del espíritu,erosionando la capacidad crítica de los individuos. Yuk Hui (2016) propone repensar la tecnología desde una pluralidad de tradiciones culturales, cuestionando la universalidad del paradigma occidental. Estas perspectivas convergen en la necesidad de reconfigurar la relación entre humanidad y técnica, evitando tanto el determinismo tecnológico como el rechazo romántico.Y la transformación de esta situación requiere una praxis política que articule teoría y acción:
Control Democratico de las infraestructuras digitales, transparencia de los algoritmos y construcción de bienes comunes de datos, constituyen elementos indispensables de una estrategia emancipadora. Sin embargo, tales medidas sólo serán efectivas si se inscribe en una dinámica de lucha de clases que cuestiona la propiedad privada de los medios de producción.
La Conciencia de clase en el siglo XXI implica reconocer que la batalla por los datos es una batalla por el poder, por la capacidad de definir la realidad y orientar el futuro. Así el lenguaje desempeña un papel decisivo en esta lucha. La Retórica de la innovación y la seguridad funciona como dispositivo ideológico que legitima la expansión de plataformas como Palantir. La Crítica semiótica debe desarticular estas narrativas, mostrando su función en la reproducción del orden dominante.
El Informe MacBride subrayó la importancia de la diversidad de voces para una comunicación democrática; la actualidad exige extender este principio a la arquitectura misma de los sistemas digitales. Se necesita un horizonte emancipador que no pueda limitarse a la regulación de los excesos del capital. Se debe Requerir una reconfiguración profunda de las relaciones entre tecnología, sociedad y naturaleza: Experiencias de software libre, infraestructuras comunitarias y cooperativas de datos ofrecen indicios de alternativas posibles, aunque se enfrentan obstáculos significativos.
La Ética de la resistencia implica no solo denunciar, también construir, experimentar y sostener prácticas que encarnan valores de justicia y solidaridad. Este análisis no puede ser complaciente.
Palantir representa una amenaza global en la medida en que condensa las tendencias más regresivas del capitalismo contemporáneo: concentración de poder, explotación de la vida, erosión de la autonomía y reproducción de desigualdades. Enfrentar esta amenaza exige una crítica radical que articule filosofía,ciencia y política, orientada por un humanismo capaz de reconocer la dignidad irreductible de cada ser humano y la potencia colectiva de la clase trabajadora.
Sin esa articulación, la expansión de dispositivos de control continuará profundizando la dominación, transformando la promesa de la tecnología en instrumento de sometimiento. Nuestra fundamentación ética por la soberanía en la era de la analítica masiva exige un desplazamiento categorial que no admita concesiones a la neutralidad técnica proclamada por el capital.
Palantir Technologies encarna una forma histórica de poder que subsume la producción de sentido, la memoria social y la anticipación de la conducta bajo un régimen de acumulación que convierte la vida en dato explotable. No comparece aquí un instrumento inocente, comparece una racionalidad de clase que reorganiza la dominación mediante la captura sistemática del intelecto social..
Una Ética rigurosa, de vocación normativa, impone declarar ilegítima toda arquitectura que privatiza el conocimiento producido colectivamente y lo reinserta como dispositivo de vigilancia, clasificación y decisión sobre las mayorías.
Principio rector: ningún sistema de análisis que opere sobre la vida social puede sustraerse al control democrático directo de quienes generan los datos, bajo sanción de constituirse en forma de violencia estructural. Una doctrina de esta ética se ancla en la crítica materialista de la propiedad.
Karl Marx estableció que la apropiación privada de los medios de producción funda la explotación; en el presente, los medios de producción incluyen infraestructuras de cómputo, repositorios de datos y modelos predictivos. Apropiación de tales medios por corporaciones asociadas a aparatos de inteligencia estatal configura una expropiación ampliada del trabajo social, donde la plusvalía se extrae de la actividad cognitiva difusa.
Norma ineludible: socialización de las infraestructuras de datos como condición de justicia. Sin esta transformación, cualquier regulación se reduce a maquillaje jurídico de la dominación. La Conciencia de clase contemporánea debe reconocer que cada interacción digital participa en un proceso de valorización que refuerza la subordinación, y que la emancipación requiere reapropiación colectiva de los circuitos de información.
Referencia obligada para esta doctrina se encuentra en Many Voices, One World, donde se denunció la concentración de los flujos informativos y se exigió un nuevo orden mundial de la comunicación. Vigencia de ese diagnóstico se intensifica ante plataformas que no solo distribuyen mensajes, configuran la inteligibilidad misma de la realidad. Principio macbridiano actualizado: pluralidad efectiva de fuentes, transparencia de los sistemas de procesamiento y soberanía de los pueblos sobre sus datos. Cualquier arquitectura que concentre la capacidad de correlacionar, inferir y decidir sin escrutinio público vulnera el derecho colectivo a la comunicación y erosiona la democracia material.
La Política ética exige convertir ese principio en mandato vinculante, no en recomendación retórica. Nuestro combate teórico contra la ilusión de neutralidad algorítmica constituye otro eje doctrinario. Michel Foucault mostró que todo saber está atravesado por relaciones de poder; en el régimen actual, esa relación se intensifica mediante modelos que pretenden objetividad matemática mientras codifican sesgos históricos.
Gilles Deleuze anticipó sociedades de control donde la modulación sustituye a la disciplina; hoy, la modulación se ejecuta mediante puntuaciones de riesgo, perfiles dinámicos y predicciones conductuales que orientan decisiones institucionales.
Norma ética: prohibición de sistemas que asignen probabilidades de peligrosidad a sujetos o colectivos sin base en garantías materiales de igualdad y sin control popular directo sobre los criterios de clasificación. Donde opera la predicción opaca, se instala una presunción de culpabilidad estadística incompatible con la dignidad humana. Y la lucha de clases se manifiesta en la estructura misma de estas tecnologías.
La Clase dominante concentra capital, infraestructuras y capacidad analítica; las clases subalternas aportan datos, padecen decisiones y carecen de mecanismos de impugnación. La Configuración no es accidental, responde a la necesidad del capital de gestionar la incertidumbre social transformándola en información explotable.
Shoshana Zuboff ha descrito la extracción de excedente conductual; una ética combativa debe ir más allá y afirmar que tal extracción constituye una forma de explotación que debe ser abolida.
Mandato político: construcción de bienes comunes de datos, con gobernanza participativa y control obrero y comunitario de los algoritmos. Sin esta base, cualquier apelación a la ética corporativa carece de eficacia. La Soberanía aparece aquí como categoría material, no meramente jurídica; los Estados que delegan su capacidad analítica en plataformas privadas abdican de funciones esenciales y se subordinan a intereses ajenos. En contextos periféricos, dependencia tecnológica se traduce en vulnerabilidad política, económica y cultural.
La Doctrina ética sostiene que la soberanía informacional es condición de posibilidad de cualquier proyecto democrático. Requiere inversión pública en infraestructuras propias, formación crítica y cooperación internacional basada en la reciprocidad.
UNESCO, a través del Informe MacBride, ya señaló la necesidad de equilibrar los flujos de información; actualidad impone ampliar ese horizonte hacia el control de los sistemas de análisis y decisión. Y la violencia inscrita en estas arquitecturas se expresa su uso de la seguridad, migración, salud y administración social. Sistemas de predicción policial amplifican discriminaciones; plataformas de gestión migratoria endurecen fronteras mediante perfiles de riesgo; análisis sanitarios pueden derivar en exclusiones basadas en probabilidades. La Ética doctrinaria establece un principio de precaución radical: ningún sistema que pueda producir daño estructural a colectivos vulnerables debe implementarse sin evaluación pública exhaustiva y capacidad efectiva de veto por parte de las comunidades afectadas. Este principio no admite excepciones por razones de eficiencia o seguridad, dado que tales razones suelen operar como justificación de la violencia de clase. Es un lenguaje que legitima estas prácticas debe ser desmontado.
Narrativas de innovación, eficiencia y seguridad funcionan como ideología que oculta relaciones de poder. La Crítica semiótica revela que términos como "optimización" o "gestión de riesgos" encubren decisiones políticas que redistribuyen cargas y beneficios. La Ética combativa exige una pedagogía crítica que desnaturalice estos discursos y restituya la capacidad de nombrar la explotación. Sin lenguaje crítico, la conciencia de clase se diluye en tecnicismos que neutralizan la acción colectiva.
Es un programa político derivado de esta doctrina incluye medidas concretas: socialización de plataformas de análisis que operan sobre datos públicos; auditorías obligatorias y permanentes de algoritmos con participación ciudadana; prohibición de contratos opacos entre Estados y corporaciones para el tratamiento de información sensible; establecimiento de derechos colectivos sobre los datos producidos socialmente; creación de organismos de control con representación de trabajadores, comunidades y expertos independientes; desarrollo de infraestructuras tecnológicas soberanas bajo principios de software libre.
Estas medidas no constituyen un catálogo reformista, conforman una estrategia de transición hacia un régimen donde la tecnología se subordine a la democracia material. Y la dimensión ética última remite a la dignidad.
Immanuel Kant formuló el imperativo de tratar a la humanidad como fin en sí; en el contexto actual, ese imperativo exige rechazar cualquier sistema que convierta a las personas en meros insumos de cálculo. La Perspectiva marxista amplía esta exigencia al señalar que la dignidad no puede realizarse plenamente bajo relaciones de producción que convierten la vida en mercancía. La Convergencia de ambas tradiciones fundamenta una ética que no se contenta con limitar abusos, busca transformar las condiciones que los hacen posibles. No se admite ambigüedad.
Palantir Technologies constituye una amenaza global en tanto cristaliza la tendencia del capital a colonizar la totalidad de la experiencia humana mediante dispositivos de vigilancia y predicción. La Respuesta ética y política debe ser proporcional a esa amenaza: doctrinaria en sus principios, combativa en su praxis, orientada por la soberanía de los pueblos y la emancipación de la clase trabajadora. Persistir en la ilusión de neutralidad tecnológica equivale a consentir la expansión de un régimen de control que profundiza la desigualdad y erosiona la libertad. Solo una acción colectiva consciente, informada por una crítica rigurosa y sostenida en instituciones democráticas fuertes, puede revertir esta deriva y abrir la posibilidad de una tecnología al servicio de la vida.
Es inevitable analizar la contribucón de Adolfo Sánchez Vázquez que en el campo de la ética ofrece un instrumental teórico de primer orden para abordar críticamente la arquitectura de poder que hoy condensan plataformas como Palantir Technologies. No se trata de aplicar mecánicamente categorías heredadas, se trata de desplegar una ética materialista que, en su núcleo, se define por su carácter práctico, histórico y transformador. En Ética (1969) y en Filosofía de la praxis (1967), Sánchez Vázquez rompe con todo formalismo abstracto al sostener que la moral no es un sistema de normas eternas, tampoco un repertorio de prescripciones subjetivas, constituye una forma específica de la praxis social, inseparable de las condiciones materiales de existencia y de la lucha de clases que las estructura.
Esta tesis adquiere una potencia singular en el análisis de tecnologías de vigilancia y predicción, donde la moral dominante se presenta como neutralidad técnica mientras reproduce relaciones de dominación. Su lectura reside en su concepto de praxis. Para Sánchez Vázquez, praxis no equivale a mera actividad, designa una actividad consciente, orientada, que transforma la realidad y se transforma a sí misma en ese proceso (Sánchez Vázquez, 1967). Trasladado al terreno del capitalismo informacional, este concepto permite comprender que la producción de datos no es un residuo pasivo de la vida social, constituye una forma de praxis colectiva que es expropiada y reconfigurada por plataformas que la convierten en instrumento de control.
La Apropiación privada de esa praxis constituye, desde esta perspectiva, una forma de alienación específica: el sujeto no solo pierde el producto de su actividad, pierde el control sobre la interpretación y el uso de su propia experiencia objetivada en datos. Tal alienación alcanza un grado cualitativamente nuevo cuando sistemas como Palantir utilizan esa información para anticipar y modular conductas, cerrando el circuito de la dominación. Ética de la praxis elaborada por Sánchez Vázquez introduce un criterio normativo decisivo: la validez de una acción moral se mide por su contribución a la emancipación humana concreta. No basta con la coherencia interna de normas ni con la intención subjetiva; se requiere evaluar los efectos reales en la transformación de las condiciones de vida.
Aplicado a las tecnologías de análisis masivo, este criterio conduce a un juicio severo: cualquier sistema que refuerce la subordinación de las mayorías, que concentre el poder cognitivo y que limite la capacidad de autodeterminación colectiva carece de legitimidad ética, por más eficiente que se presente. Aquí la crítica converge con el horizonte del Many Voices, One World, que ya denunciaba la concentración de los flujos informativos como obstáculo para la democratización. Sánchez Vázquez permite radicalizar ese diagnóstico al situarlo en el terreno de la praxis y la lucha de clases.
Otro aporte central radica en su crítica al moralismo abstracto. Frente a corrientes que conciben la ética como un conjunto de principios universales desvinculados de la historia, Sánchez Vázquez insiste en la necesidad de una moral concreta, históricamente situada. En el contexto actual, esto implica rechazar discursos que apelan a valores genéricos como "innovación responsable" o "uso ético de la inteligencia artificial" sin cuestionar las relaciones de poder que estructuran su desarrollo. Tales discursos funcionan como ideología en el sentido marxista: encubren la realidad material de la explotación bajo una apariencia de universalidad. Ética de la praxis exige desenmascarar estas formas de legitimación y articular una crítica que parta de las condiciones efectivas de producción y uso de la tecnología. Y la relación entre ética y política se vuelve aquí inseparable.
Sánchez Vázquez sostiene que la moral no puede realizarse plenamente sin transformación de las estructuras sociales que la condicionan. Esta tesis adquiere una relevancia particular en el análisis de la soberanía informacional. Plataformas como Palantir operan en estrecha articulación con aparatos estatales, configurando un entramado donde el poder económico y el poder político se refuerzan mutuamente. Desde la ética de la praxis, la defensa de la soberanía no puede limitarse a regulaciones superficiales; requiere la democratización efectiva de las infraestructuras tecnológicas y la participación activa de las mayorías en su gestión. Se trata de trasladar el control de la praxis digital desde el capital hacia la sociedad.
Así la dimensión de la conciencia ocupa un lugar estratégico. Sánchez Vázquez rechaza tanto el determinismo económico como el voluntarismo idealista, proponiendo una concepción dialéctica en la que la conciencia de clase emerge en la interacción entre condiciones objetivas y práctica transformadora. En el contexto del capitalismo de datos, esta conciencia implica reconocer que la producción cotidiana de información constituye una forma de trabajo social explotado. Sin esa comprensión, la dominación algorítmica se naturaliza y se reproduce. Ética de la praxis se convierte así en herramienta para la formación de una conciencia crítica capaz de identificar las nuevas formas de explotación y de articular respuestas colectivas. Un aporte adicional se encuentra en su noción de valores. Para Sánchez Vázquez, los valores no existen en abstracto, se generan en la práctica social y se validan en la medida en que contribuyen al desarrollo humano.
Este enfoque permite evaluar críticamente los valores promovidos por el capitalismo informacional: eficiencia, seguridad, predictibilidad. Tales valores, presentados como universales, responden en realidad a las necesidades de control y acumulación del capital. Ética materialista propone sustituirlos por valores orientados a la emancipación: autonomía, solidaridad, justicia social. En términos concretos, esto implica diseñar y gobernar tecnologías que amplíen la capacidad de decisión de las comunidades, en lugar de restringirla. Nuestra lectura de Sánchez Vázquez también ilumina la cuestión de la responsabilidad. Frente a la tendencia a diluir la responsabilidad en sistemas complejos, su enfoque insiste en la imputabilidad de las acciones en función de su inserción en la praxis social. Ingenieros, directivos, funcionarios y usuarios participan en distintos niveles de la producción y uso de tecnologías como Palantir; todos están implicados en las consecuencias de su funcionamiento. Ética de la praxis no permite refugiarse en la excusa de la neutralidad técnica o la obediencia institucional. Exige asumir la responsabilidad por los efectos sociales de las acciones y orientarlas hacia la transformación emancipadora.
En síntesis, la contribución de Adolfo Sánchez Vázquez proporciona un marco ético capaz de enfrentar la complejidad del capitalismo informacional sin caer en reduccionismos. Su énfasis en la praxis, la historicidad, la lucha de clases y la transformación social permite formular una crítica que no se limita a describir la amenaza, la confronta desde un horizonte normativo claro. Frente a plataformas como Palantir Technologies, esta ética sostiene que la legitimidad no puede derivarse de la eficiencia ni de la utilidad estratégica, solo puede fundarse en su contribución a la emancipación humana. Todo sistema que contradiga este principio debe ser transformado o abolido en función de una praxis colectiva orientada a la soberanía y la justicia. Por eso la afirmación de que los monopolios mediáticos operan como armas de guerra cognitiva no constituye metáfora exagerada, designa una transformación estructural del poder donde la producción, circulación y validación de signos se integra orgánicamente a la estrategia de dominación de clase.
En este campo, plataformas de análisis como Palantir Technologies no solo procesan información, configuran matrices de inteligibilidad que determinan qué puede ser pensado, dicho y creído, articulando una infraestructura de intervención sobre la conciencia colectiva. La guerra deja de limitarse a territorios físicos y se desplaza hacia el terreno de la percepción, la memoria y la anticipación, donde el objetivo no es únicamente vencer, es producir sujetos que consientan su propia subordinación. Es una comprensión rigurosa de este fenómeno que exige recuperar el diagnóstico del Many Voices, One World, que identificó la concentración mediática como una amenaza para la pluralidad y la democracia. Actualidad intensifica ese diagnóstico hasta un punto crítico: ya no se trata solo de controlar medios de difusión, se trata de monopolizar la arquitectura misma del conocimiento social mediante algoritmos que jerarquizan información, invisibilizan disidencias y legitiman narrativas dominantes.
Monopolio mediático deviene monopolio cognitivo. En tal contexto, la verdad pierde su carácter público y se convierte en producto gestionado por intereses privados que operan en estrecha alianza con aparatos estatales. Y una teoría crítica clásica ofrece herramientas para desentrañar esta dinámica. Antonio Gramsci conceptualizó la hegemonía como dirección intelectual y moral que asegura la dominación sin recurrir exclusivamente a la coerción. Hoy, esa hegemonía se ejerce mediante sistemas que combinan producción simbólica y análisis de datos a gran escala, permitiendo una intervención más fina y continua sobre la subjetividad. Louis Althusser habló de aparatos ideológicos del Estado; en la actualidad, tales aparatos se hibridan con corporaciones tecnológicas, generando dispositivos híbridos donde lo estatal y lo privado se refuerzan mutuamente en la reproducción ideológica. Contamos con una dimensión específicamente cognitiva de esta guerra que implica un desplazamiento en las técnicas de dominación.
Michel Foucault analizó la relación entre saber y poder; en el presente, esa relación se intensifica mediante algoritmos que no solo organizan el conocimiento existente, producen conocimiento operativo orientado a la intervención. Gilles Deleuze anticipó sociedades de control donde la modulación reemplaza a la disciplina; los monopolios mediáticos contemporáneos, apoyados en infraestructuras analíticas, realizan esa modulación en tiempo real, ajustando contenidos, flujos informativos y estímulos para orientar conductas y percepciones. Guerra cognitiva no busca únicamente persuadir, busca anticipar y preconfigurar. Ética crítica, en la línea de Adolfo Sánchez Vázquez, obliga a situar esta problemática en la praxis social. Producción de información es actividad colectiva, resultado de la interacción cotidiana de millones de sujetos. Apropiación privada de esa producción y su utilización para moldear la conciencia constituye una forma de explotación que opera en el plano simbólico y cognitivo. No se trata de manipulación ocasional, se trata de una estructura que convierte la experiencia social en insumo para la reproducción de la dominación. Desde esta perspectiva, los monopolios mediáticos no son meros intermediarios, son operadores activos en la lucha de clases.
Con el carácter bélico de estos dispositivos se evidencia en su integración con estrategias de seguridad y geopolítica. Sistemas de análisis de datos permiten identificar patrones, segmentar poblaciones y diseñar intervenciones específicas, desde campañas de desinformación hasta operaciones psicológicas. Historia reciente muestra cómo la manipulación de redes sociales y la microsegmentación de mensajes pueden influir en procesos electorales y conflictos sociales. En este sentido, los monopolios mediáticos funcionan como armas de guerra no convencional, capaces de intervenir sin recurrir a la violencia física directa, aunque sus efectos pueden ser igualmente devastadores. Y la crítica a la neutralidad tecnológica resulta imprescindible. Discursos que presentan estos sistemas como herramientas objetivas ocultan su inserción en relaciones de poder.
Shoshana Zuboff ha señalado la extracción de excedente conductual; ampliando esta perspectiva, puede afirmarse que la guerra cognitiva se financia con la propia actividad de los sujetos que la padecen. Producción de datos alimenta algoritmos que, a su vez, orientan comportamientos, cerrando un circuito de retroalimentación que refuerza la hegemonía. Ética rigurosa debe desmontar esta circularidad, evidenciando su carácter estructural. Defender la soberanía frente a esta forma de guerra exige una estrategia integral. En primer lugar, democratización de los sistemas de comunicación y análisis, retomando el espíritu del Informe MacBride. En segundo lugar, desarrollo de infraestructuras tecnológicas propias que reduzcan la dependencia de monopolios globales. En tercer lugar, formación crítica que permita a la población comprender y resistir las técnicas de manipulación.
La Conciencia de clase adquiere aquí una dimensión cognitiva: reconocer que la batalla por el sentido es parte constitutiva de la lucha por la emancipación. Y el lenguaje se convierte en campo de disputa central. Los monopolios mediáticos imponen marcos interpretativos que delimitan lo pensable. Resistencia implica crear contra-discursos, prácticas comunicacionales alternativas y espacios de producción simbólica autónoma. No basta con acceder a la información, es necesario disputar su significado. En este punto, la ética se encuentra con la política: defensa de la verdad como construcción colectiva frente a su privatización. Todos los monopolios mediáticos, articulados con plataformas analíticas como Palantir Technologies, operan como armas de guerra cognitiva en el contexto del capitalismo contemporáneo. Su poder radica en la capacidad de moldear la conciencia y orientar la conducta a escala masiva, reforzando la dominación de clase. Enfrentar esta realidad requiere una ética de la praxis que no se limite a denunciar, que impulse transformaciones estructurales orientadas a la soberanía informacional y la emancipación colectiva. Sin esa intervención, la guerra cognitiva continuará profundizando la desigualdad y erosionando las bases mismas de la vida democrática.
En el núcleo de la dependencia tecnológica agravada no reside en una brecha cuantitativa de acceso, tampoco en una carencia meramente instrumental de infraestructuras, se ubica en la subordinación estructural del proceso social de conocimiento a matrices de propiedad y decisión externas que capturan la praxis colectiva y la reinscriben como capital. En ese punto se articula la dominación contemporánea: pueblos enteros producen datos, lenguajes, hábitos, trayectorias, y esa producción es expropiada, procesada y devuelta como norma, vigilancia y orientación de conducta por plataformas como Palantir Technologies, que operan como centros de cálculo geopolítico y económico. Dependencia ya no significa solo importar tecnología, significa habitar un régimen donde la inteligibilidad de la realidad se define fuera del campo soberano, donde la capacidad de interpretar, anticipar y decidir se concentra en actores ajenos a la comunidad que vive las consecuencias. Diagnóstico formulado en el Many Voices, One World anticipó esta deriva al denunciar la asimetría en los flujos informativos.
Aquella advertencia se ha profundizado hasta un umbral en el que la dependencia alcanza la estructura misma del conocimiento operativo. No solo circulan contenidos de manera desigual, se centraliza la capacidad de producir correlaciones significativas, de establecer qué cuenta como dato y qué no, de fijar criterios de relevancia. Este monopolio cognitivo convierte a los países dependientes en proveedores de materia prima informacional y en consumidores de interpretaciones ajenas, reproduciendo en el plano digital la lógica centro-periferia descrita por la economía política crítica. Con el aporte de Adolfo Sánchez Vázquez se permite comprender la dimensión ética de este fenómeno. Desde su filosofía de la praxis, la producción social de conocimiento constituye una actividad humana esencial que debería orientarse a la emancipación. Cuando esa praxis es capturada por estructuras externas que la utilizan para reforzar la dominación, se produce una forma de alienación agravada: no solo se pierde el control sobre los productos del trabajo, se pierde el control sobre la interpretación de la propia realidad. Dependencia tecnológica se convierte así en dependencia ontológica, donde la experiencia vivida es reinterpretada por algoritmos que responden a intereses de clase y a estrategias geopolíticas ajenas.
En términos de Karl Marx, puede afirmarse que el intelecto general ha sido cercado y privatizado. Infraestructuras digitales funcionan como capital fijo que incorpora conocimiento social acumulado y lo pone al servicio de la valorización. Países dependientes, al carecer de control sobre estas infraestructuras, quedan atrapados en una relación donde su propia actividad alimenta la acumulación externa. No se trata de atraso tecnológico en sentido clásico, se trata de una integración subordinada a un sistema global que extrae valor de la vida misma. Y la dimensión política de este problema se manifiesta en la erosión de la soberanía. Estados que delegan funciones analíticas en corporaciones extranjeras pierden capacidad de decisión autónoma. Políticas públicas, estrategias de seguridad, sistemas de salud y mecanismos de administración social pueden quedar condicionados por modelos y datos cuya lógica interna no es transparente ni controlable localmente.
La Dependencia tecnológica se traduce en heteronomías política. La Soberanía formal se vacía de contenido cuando la capacidad de conocer y gobernar la realidad se externaliza. En este contexto, noción de guerra cognitiva adquiere centralidad. Monopolios mediáticos y plataformas analíticas no solo difunden información, configuran marcos interpretativos y orientan percepciones. Antonio Gramsci conceptualizó la hegemonía como dirección intelectual y moral; hoy, esa hegemonía se ejerce mediante sistemas que integran producción simbólica y análisis de datos, permitiendo una intervención continua sobre la conciencia social. Dependencia tecnológica implica también dependencia semiótica: incapacidad de producir narrativas propias con eficacia estructural frente a dispositivos que monopolizan la visibilidad y la legitimidad. Y el carácter agravado de esta dependencia se explica por su invisibilidad.
A diferencia de formas anteriores de subordinación, que podían identificarse en la importación de bienes o en la deuda externa, la dependencia cognitiva opera en el nivel de la percepción y la interpretación, naturalizándose como eficiencia técnica. Esta invisibilidad dificulta la formación de conciencia de clase, ya que la explotación no se presenta como tal. Ética materialista debe romper esta opacidad, mostrando que la captura de datos y su procesamiento constituyen un proceso de apropiación de valor y de control social. Cualquier respuesta a este problema no puede limitarse a políticas de acceso o capacitación. Requiere una estrategia integral orientada a la soberanía tecnológica y cognitiva. En primer lugar, desarrollo de infraestructuras propias bajo control público y social, que permitan procesar datos de acuerdo con prioridades locales. En segundo lugar, establecimiento de marcos normativos que reconozcan los datos como bien común y limiten su apropiación privada. En tercer lugar, formación crítica que articule conocimiento técnico con conciencia política, permitiendo a las mayorías comprender y disputar el uso de la tecnología. En cuarto lugar, cooperación internacional entre países periféricos para construir alternativas al monopolio global.
Una ética de la praxis exige que estas medidas no se conciban como fines en sí mismos, sino como momentos de un proceso de emancipación más amplio. Tecnología no es neutral, tampoco es destino inevitable; constituye un campo donde se dirime la forma de vida social. Dependencia tecnológica agravada revela que la lucha de clases se ha desplazado hacia el terreno del conocimiento y la información, sin abandonar sus dimensiones materiales. Soberanía, en este contexto, significa capacidad colectiva de producir, interpretar y utilizar el conocimiento en función de las necesidades sociales, no de la acumulación privada. Se impone con rigor el problema medular de la dependencia tecnológica agravada que radica en la expropiación del intelecto social y su utilización para reproducir la dominación de clase a escala global. Mientras plataformas como Palantir Technologies concentren la capacidad de análisis y decisión, la autonomía de los pueblos permanecerá limitada. Superación de esta dependencia requiere una transformación estructural que articule ética, política y tecnología en un proyecto orientado a la emancipación. Sin esa transformación, la promesa de la tecnología continuará operando como vehículo de subordinación.







