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Estado español :: 09/10/2006

La República y el Frente Popular

Corriente Roja
Posición sobre el frente popular y su contexto histórico. Aprobado en el último aniversario de la victoria del Frente Popular.

La ofuscación de Aznar, forzando a todo un país a coincidir con sus planteamientos fascistoides (España uniforme, subordinación creciente a Estados Unidos, más neoliberalismo, fobia anti-islámica) patinaría con el último órdago: obligar a entrar a 44 millones de ciudadanos y ciudadanas, en el eje Washington-Londres-Ánsar para dar cobertura a la invasión de Irak. Esto ya fue el colmo y, como sabemos, desemboca en multitud de protestas y varios millones de personas manifestándose contra su gobierno. ¿Pero sólo contra su gobierno? ¿A qué venía entonces tanta bandera republicana? Todo parece indicar que el jefe del PP y su equipo de zoquetes, al pasarse de la raya causaron un serio descosido en la estructura del estado, lo cual hizo aflorar por calles y plazas, un soterrado desgaste del sistema surgido del fascismo, o sea, la Monarquía.

Que las protestas anti-PP dieran ese inesperado salto y se vieran coloreadas por "demasiadas" banderas republicanas en manos muy jóvenes, puso las bases para que la conciencia política virara 180º grados: ya no se contemplaría la República sólo como una gesta revolucionaria del pasado, sino como el horizonte que, en nuestro siglo, va a dar perspectiva a la lucha política y social. Hoy, poco a poco, vemos crecer la consistencia de un tejido republicano (manifestaciones, plataformas, actos de recuperación de la memoria, películas, libros, páginas de Internet, banderas, camisetas, pins, etc.) que está brotando entre la generación más joven y machacada, la que entre botellón y botellón va desembocando inexorablemente en una progresiva penuria laboral marcada por la explotación, la precariedad y la represión empresarial sobre el sindicalismo de clase. De manera simultánea crece la recuperación y reivindicación de lo que significó la 2a. República, algo vedado a la generación que creció bajo el terror de la postguerra y que también se hurtó a la que fue hábilmente toreada por el juancarlismo tras la muerte del colega español de Hitler.

El 14 de Abril de 2006 se cumplen 75 años de la caída de la Monarquía. Desde aquel día ha llovido mucho y se ha ido interpretando lo sucedido de acuerdo con los intereses de cada momento. Hoy, la historia institucional versión progre, nos tiene pintado el cuadro de "esa jornada", presentándola como una "fiesta democrática" donde unas elecciones jubilaron a un rey pícaro, incapaz y marrullero, para instaurar así un "régimen de libertades". ¿Es veraz esta perspectiva? ¿Se trató de eso, o estaremos ante el maquillado postmoderno de un hecho más espinoso? La realidad es que lo sucedido en torno al 14 de Abril de 1931 tuvo un calado mucho más hondo. Comenzaba una revolución

El rey Alfonso XIII y las fuerzas que representaba, ante el auge de las luchas y el desgaste de la dictadura, trataban de desvincularse del ya inútil militar golpista Primo de Rivera y con las elecciones del 12 de Abril de 1931, municipales nada más, buscaban sondear el estado de opinión del país y comenzar las maniobras para llevar a cabo una transición desde la ya caduca dictadura a una democracia controlada. ¿Nos suena esto, verdad? La Monarquía y el bloque social que representaba, contaban con un resultado adverso en las grandes capitales de provincia y en las zonas más industrializadas, pero confiaban en compensarlo con un resultado favorable en muchas ciudades menores y sobre todo en los pueblos, gracias a la tupida red de caciques y de casas-cuartel de la Guardia Civil. Después, una vez recuperado el resuello y poniendo el himno de haber salido de la dictadura, tiempo habría de recomponer la hegemonía y fraguar alianzas que estabilizaran la situación, enderezando de nuevo el rumbo de las clases dominantes. Esto también nos resulta familiar.

Sin embargo las cosas transcurrieron de otro modo. El día 13 de Abril, al irse conociendo los resultados electorales, excelentes para la izquierda y muy malos para las fuerzas que apoyaban a la Monarquía, un gran gentío comenzó a salir a las calles en multitud de localidades, sin intención de derribar nada, sólo a dar vítores a una primavera distinta. Luego, a medida que pasaban las horas, todos vieron que aquello tomaba un cariz más crecido, que de la celebración festiva se había pasado a la manifestación y de la oratoria improvisada a la proclama revolucionaria; era evidente que el panorama político había sobrepasado el ámbito de lo municipal, brotando al anochecer, entre la ciudadanía, la certeza de que "al día siguiente pasaría algo".

El día 14, con ese estado de ánimo, las manifestaciones y actos que se organizan por todo el país, tienen ya un planteamiento revolucionario: derribar el régimen monárquico. Los pilotos de dicho régimen, Alfonso XIII y Romanones (a diferencia de Juan Carlos y Suárez) habían demorado demasiado el comienzo de la transición, y el descontento se había vuelto demasiado fuerte como para poderlo encauzar mediante una hábil combinación de represión y zanahoria (reformas democráticas). El desbordamiento popular iba dejando inoperantes a todas las instituciones, e incluso el aparato represivo se hallaba en un estado de shock, comprobando el rey y el gobierno, atónitos, que ni siquiera la guardia civil se atrevía a reprimir. Se trataba de una situación que no estaba prevista por nadie, algo que afloraba súbitamente, pero que bajo la superficie, en lo cotidiano, se había ido forjando durante décadas de esfuerzo militante. Si recordamos la toma de la calle, las proclamas anti-guerra y la parálisis estupefacta del Gobierno Aznar, durante las protestas masivas del "No a la guerra" y lo multiplicamos por cuatro o por cinco, podemos comprender muy bien lo que sucedió en aquellos días de Abril de 1931.

Se instaura entonces un gobierno republicano, burgués por supuesto. ¿Pero se agota en esto la descripción de lo que políticamente estaba sucediendo? Ni mucho menos. El nuevo régimen estaba haciendo un apurado surfing sobre el potente oleaje de un movimiento obrero y popular ya veterano, que había arrancado décadas antes en Cataluña y que curtido en la represión y la lucha constante, fue contagiando su ideal revolucionario a otros sectores proletarios que habían llevado una trayectoria más tibia o pasiva, a veces incluso colaboradora, con la monarquía y el poder dictatorial. La República, con su presidente y sus ministros burgueses, se había instaurado de modo revolucionario, quedando peligrosamente desguarnecido el bloque de clases explotadoras y reaccionarias que habitaba feliz y radiante bajo el manto protector de la monarquía. El Gobierno provisional que se presenta al país, se siente, y literalmente alguno de sus miembros así lo expresa, como Kerenski, el político socialdemócrata que catorce años atrás, abolida la monarquía en Rusia, fracasó tratando de detener la revolución en una estación republicana burguesa.

Aunque había similitudes con lo sucedido en febrero de 1917 en Rusia, la sima en que había caído allí el régimen monárquico era más honda. El zar incluso había sido detenido. En efecto, había diferencias. Kerenski y su gobierno podían contemplar, si se asomaban a los ventanales de palacio, el paseo impaciente de unos revolucionarios que estaban midiendo los tiempos para culminar lo que había sido el primer acto de una revolución. Aquí no se llegaba a tanto. En España el estado no se hallaba desmoronado por años de guerra. Además, el bloque de clases dominantes, al unísono con los demás países, había ido previniéndose contra "el peligro bolchevique". Por añadidura, el nivel de conciencia de los trabajadores no alcanzaba para una solidificación en estructuras organizativas de contrapoder (los famosos soviets), sino que aquella dualidad de poderes, palpable en los primeros días de la revolución de Abril, se evapora en forma de apoyo popular, más o menos entusiasta, al Gobierno provisional de Alcalá Zamora. El proceso revolucionario prosigue su andadura sin suficiente empuje como para arribar al poder, pero ejerciendo considerable presión y vigilancia sobre un gobierno reformador que necesitaba neutralizar el proyecto socialista de las organizaciones obreras, convirtiéndolas en su flanco izquierdo, sumando masa para desarbolar a la derecha y estabilizar una república laica y socialmente avanzada. Azaña era la encarnación de esta idea que contaba con el precedente de lo sucedido en Méjico y su revolución.

Este impasse revolucionario se traduce en ambivalencia y desorientación. Aún aumentará la dificultad de la táctica a seguir, al reorganizarse la reacción y quedar dibujado el amenazador horizonte de una derecha recompuesta con perfiles de contrarrevolución, la CEDA. Esta fuerza crece con rapidez sustentada por quien continuaba siendo el bloque dominante en la estructura social y económica del país. La CEDA, con el concepto aglutinador de "catolicismo" como resumen de los valores clásicos de la derecha y el capitalismo (orden, propiedad, familia, patria, religión), que antaño se concretaban y resumían en la palabra "monarquía", se felicita cuando en enero de 1933 Hitler gana las elecciones y es elegido canciller. Unos meses después el partido socialista y el partido comunista han dejado de existir en Alemania. Gil Robles y la CEDA optan por una fórmula similar para "extirpar de nuestra patria la hidra roja y separatista".

A las elecciones de Noviembre del 33 llegan divididas las organizaciones obreras, entre quienes desean mantener la alianza gubernamental con los republicanos y quienes abogan por llevar un rumbo propio en clave de revolución social. La CNT, con su política de "gimnasia revolucionaria" y de mover la alfombra al gobierno, ha conseguido erigirse en la primera fuerza proletaria, logrando además, atraer al sector mayoritario del PSOE hacia el polo insurreccional. Entonces cambia su planteamiento de 1931 de dar libertad de voto a los afiliados y llama activamente a la abstención, alegando que ningún gobierno o parlamento concederá lo que el obrero demanda. Al mismo tiempo advierte que habrá insurrección en caso de acceso de la CEDA al poder. Con ello aflora una contradicción del anarco-sindicalismo y se viene a reconocer que no es indiferente el gobierno que se forme, ya que desde él, y dependiendo del sesgo que tenga, se pueden hacer políticas muy distintas. Pero el tabú es muy fuerte y aún no cuaja la teoría "del mal menor". Las derechas ganan las elecciones e inmediatamente se forma un Comité Revolucionario que en diciembre del 33 se lanza a una insurrección: ésta, logrando éxitos iniciales en Aragón, y la Rioja, al cabo de una semana había sucumbido. Aunque se produce una demora de la entrada de la mussoliniana CEDA en el gobierno, finalmente llega en octubre del 34 y en seguida se reproduce el llamamiento a la sublevación general, que triunfa de pleno solamente en Asturias, donde existía una sólida alianza de socialistas, comunistas y anarquistas, además de fábricas de armas y una clase obrera numerosa y familiarizada con la dinamita. Tras la derrota, y a caballo de una crecida reacción que sigue a la represión de la comuna asturiana, Gil Robles, el "Jefe" de la CEDA, se hace cargo del Ministerio de la Guerra en mayo de 1935. Desde allí promociona sistemáticamente a los militares más derechistas, entre ellos a Franco, ascendido a Jefe del Estado Mayor. Así da comienzo, desde los propios despachos gubernamentales de la República, la planificación del inevitable enfrentamiento Ejército-Revolución, del cual Asturias, pese a su importancia, había sido sólo un esbozo.

Mientras tanto y ante el cariz de guerra que van tomando los acontecimientos en Europa, la izquierda francesa resuelve zanjar las dinámicas sectarias en su seno creando una amplia alianza antifascista. El 14 de julio de 1934, tras un gigantesco mitin, queda constituido en Francia el Frente Popular. En septiembre del 35, durante el VII Congreso de la 3a. Internacional, se establece la política de crear Frentes Populares. A fines de ese año el PCE traslada la propuesta a España. Izquierda Republicana (Azaña) y los socialistas reformistas (Prieto) aceptan, pero los socialistas de izquierda (Largo Caballero) se oponen abogando por el Frente Unido, de fuerzas exclusivamente obreras. Sin embargo, y ante la perspectiva de unas elecciones decisivas, cambian de postura; también se suman el POUM, la UGT y una serie de grupos republicanos, entre ellos la Esquerra Republicana de Cataluña. El PCE, sectaria y torpemente, se solivianta con la presencia del POUM, estigmatizado de trotskista, pero los demás partidos la imponen. CNT y FAI no entran en el Frente Popular pero deciden apoyarlo electoralmente y el 16 de Febrero de 1936 el Frente Popular gana las elecciones.

Si en los planteamientos de la 3º Internacional y en Francia, donde también se formaría un gobierno de Frente Popular unos meses después, el frentepopulismo consistía en una alianza de carácter antifascista aderezada con ciertos avances sociales, en España se deslizaba en andas de otra corriente más impetuosa: la de una revolución. Las clases populares sin esperar las decisiones del gobierno comenzaron desde abajo a realizar el programa del Frente Popular. Liberaron a los presos por haber participado en la sublevación del 34 contra el intento de Gil Robles de acceder al gobierno; obligaron a los patronos a readmitir a los trabajadores despedidos por motivos políticos e iniciaron la ocupación de tierras. En marzo comenzó un gran movimiento de masas con huelgas que se extendían a todos los gremios y generalmente eran ganadas por los huelguistas. Grandes manifestaciones obreras desfilaban por las calles exigiendo pan, trabajo, tierra, aplastamiento del fascismo y victoria total de la revolución. Se crearon las primeras empresas colectivas. Los mítines congregaban decenas de miles de personas y los obreros aplaudían con entusiasmo a los oradores que anunciaban la hora no lejana del hundimiento del capitalismo.

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