Transparencia y regulación para la industria del sexo

"El modo capitalista de producción basado en la explotación del trabajo asalariado, deforma física y espiritualmente al hombre, condenándolo por toda la vida a ejecutar una determinada operación, convirtiéndolo en un simple apéndice de la máquina. En la sociedad capitalista la organización del trabajo se mantiene mediante la disciplina del hambre, bajo la constante amenaza de que el trabajador sea expulsado de la producción, se mantiene por el temor de los trabajadores a quedarse sin medios de subsistencia. De ahí que, bajo el capitalismo, el trabajo sea para el obrero una pesada carga y una obligación forzosa, carezca de todo contenido creador." [Diccionario de Economía Política de Borisovs Zhamin y Makarova]
"¿Quiere la sociedad legitimar este mercado de seres humanos? (Esta actividad) no es una opción libre sino una opción forzada, fruto de las circunstancias, siendo estas circunstancias, en la inmensa mayoría de los casos: la pobreza, la desigualdad, la drogodependencia, el abuso sexual en la infancia, los malos tratos, la inmigración, etc." [Pilar Martínez López, Consejera de Servicios Sociales de la Comunidad de Madrid, España].
Estos dos textos muestran la coincidencia de los autores, que a pesar de haberse escrito con muchos años de diferencia y proceder de países, historias e ideologías distintas, hablan del trabajo en la sociedad capitalista. Mientras que los soviéticos hablan del trabajo asalariado, la funcionaria del PP habla de la prostitución, una actividad que pertenece a la industria del sexo y que en España tiene un mercado consumidor de más de un millón de hombres. Una cifra que siendo impresionante, seguramente no incluye a los clientes de burdeles o casas de citas, clubes de alterne, ciertos bares, cervecerías, discotecas, cabarets y salones de cóctel, líneas telefónicas eróticas, sexo virtual por internet, sex shops con cabinas privadas, casas de masaje, de relax, del desarrollo del "bienestar físico" y de sauna, servicios de acompañantes (call girls), agencias matrimoniales, hoteles, pensiones y pisos, anuncios comerciales y semi-comerciales en periódicos y revistas y en formas pequeñas para pegar o dejar (como tarjetas), cines y revistas pornográficos, películas y videos en alquiler, restaurantes eróticos, servicios de dominación o sumisión (sadomasoquismo), es decir, una proliferación inmensa de posibles maneras de pagar una experiencia sexual o sensual.
La industria del sexo, junto con el armamento y la droga, mueve miles de millones de euros en todo el mundo y al igual que todas las actividades alegales, se nutre de la delincuencia más aberrante. En muchas calles de las ciudades españolas trabajan mujeres prostitutas, en su mayoría jóvenes inmigrantes que, como en otros trabajos no cualificados, han ido desplazando a la mujer española. Las quejas de los ciudadanos de bien, consumidores clandestinos y los comerciantes, han hecho que los políticos hayan creado una comisión para debatir si hay que reprimir esta actividad o por el contrario, es necesario regularla para evitar males mayores. Es por este motivo que las feministas españolas de izquierdas estamos debatiendo si prostitución sí o prostitución no, negándonos a coincidir en nuestras valoraciones con la inestimable Da. Ana Botella y la Conferencia Episcopal.
Desde la izquierda anticapitalista denunciamos la globalización pero no somos todavía capaces de crear una alternativa política a la miseria y desigualdad que este proceso está generando. Mientras la libre circulación de capitales permite satisfacer la demanda de los reducidos grupos de clases consumidoras en todos los países y causa la desaparición de las fuentes de trabajo nacionales, la destrucción de las economías de supervivencia y la depredación de los recursos naturales, no se permite a los habitantes del planeta buscarse la vida cómo puedan y dónde puedan, vendiendo su fuerza de trabajo en virtud de la demanda. Con todo lo de injusticia, alienación, explotación y abuso que conllevan los trabajos en esta etapa del capitalismo, desde la izquierda estamos luchando por conseguir mejores derechos para el trabajador y no por la abolición de los puestos de trabajo. Esto es así para todos los trabajos, menos para los trabajos en la industria del sexo y más concretamente, para la prostitución.
¿Por qué no objetamos que las mujeres puedan trabajar en las maquilas, el servicio doméstico o el campo y se nos paran todos los pelos al pensar en la prostitución? ¿Por qué no nos manifestamos en la puerta de las multinacionales de ropa barata para que las clases trabajadoras de los países del norte dejen de comprar con sus sueldos de 600 euros la ropa producida en las maquilas en régimen de esclavitud? ¿Por que no pedimos militantemente la abolición del trabajo doméstico, a pesar de que es el recurso con que las clases medias compensan la falta de implicación del hombre en la limpieza y el cuidado de hijos y mayores, contratando a empleadas domésticas dispuestas a aceptar sueldos absurdos por una jornada de 24 horas interrumpida? Los que de verdad nos altera es que se pueda equiparar la venta en el mercado de nuestros cerebros y nuestras manos con la venta de nuestro sexo, a pesar de que existan mujeres que lo prefieren porque les permite una independencia económica y una libertad de la que no gozarían en otros trabajos.
Al mismo tiempo que denunciamos los delitos que conllevan el tráfico de armas, drogas y personas, entendemos que la legalidad y la transparencia son un arma válida para luchar contra la parte delictiva de las actividades económicas. Las mujeres feministas de izquierdas debemos apoyar las demandas de las mujeres que "eligen" dentro de la falta de libertad existente, trabajar como prostitutas. Debemos apoyarlas en la lucha por mejorar las condiciones de trabajo de las mujeres que quieren ejercer de prostitutas, para que trabajen en condiciones que ellas mismas consideren "dignas", reconociéndoles sus derechos como trabajadoras del sexo y poniendo a sus disposición instrumentos legales que les permitan enfrentarse a los abusos económicos y de poder que se dan en la actualidad.
A menos que seamos católicos practicantes o freudianos convencidos, no podemos ignorar las reivindicaciones de las mujeres que ejercen de prostitutas (cuando ellas mismas así lo han decidido) solamente porque la venta de su fuerza de trabajo está en su sexo. A falta de tener una alternativa real a lo existente, tenemos que pelear por mejorar las vidas de hombres y mujeres en el marco de lo posible, apoyando la inmigración libre y la libertad laboral, en la defensa del derecho último que tienen todas las personas de buscarse la vida como puedan. No podemos ser nosotras las que nos opongamos a que las inmigrantes prostitutas puedan legalizar su situación como trabajadoras del sexo cuando pertenecemos a una sociedad que se basa en la cosificación de las personas. Esto no nos impedirá seguir luchando con todas nuestras fuerzas para desmantelar la sociedad capitalista y patriarcal y conseguir una sociedad más justa e igualitaria basada en la dignidad de las personas.
* Alicia Couselo es militante feminista de Madrid.







