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28/08/2019 :: Chile, Chile

Breve historia de la resistencia

x Manuel Cabieses
El FPMR y el MIR compartían una irreductible vocación de rebeldía

“Un solo traidor puede con mil valientes”.
(Alfredo Citarrosa, “Adagio en mi país”)

La historia de Mauricio Hernández Norambuena (Comandante Ramiro) es la historia de miles de hombres y mujeres que lucharon contra la dictadura. Pacíficos y anónimos ciudadanos, obreros, desempleados, estudiantes, pobladores [habitantes de villas miseria], intelectuales, profesionales, dueñas de casa, jubilados, artistas, empuñaron las armas o apoyaron a quienes lo hacían para recuperar libertad, democracia y justicia social en nuestra Patria.

El Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), creado por el Partido Comunista, y la Resistencia Popular, generada por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), tenían diferentes concepciones estratégico-políticas. El primero, nacido en los años 80, era una organización militar clandestina apoyada en la extensa base social del PC cuya estrategia era la política de rebelión popular de masas. El MIR, fundado en 1965, tenía una estrategia insurreccional que hacía suya la tradición de las revoluciones proletarias. De ahí su consigna: Pueblo, Conciencia y Fusil que para 1973 alcanzaba notable incidencia en distintos sectores sociales.

El FPMR y el MIR compartían una irreductible vocación de rebeldía que les llevó a enfrentar la dictadura de las FF.AA. y del gran empresariado nacional y extranjero. Vista con la óptica de mesura y cálculo político de hoy, esa decisión aparece como una insensatez que rayaba en la locura. El estado terrorista disponía de 200 mil hombres en el ejército, marina, aviación, Carabineros y policía civil, armados hasta los dientes. Sus organismos de inteligencia contaban con el mejor instrumental operativo de la época (una basura comparado con el de hoy) y que, además, actuaban coordinados con los aparatos represivos de Argentina, Paraguay, Uruguay, Bolivia y Brasil, entrenados y equipados por la CIA.

La fuerza de la resistencia consistía en la moral de nuestros militantes y en la justicia de nuestra causa. Teníamos absoluta confianza en la solidaridad activa de los pobres del campo y la ciudad y en el apoyo de la opinión pública internacional. La resistencia conoció las formas más altas del heroísmo y generosidad que puede alcanzar el ser humano. Pero también la expresión más perversa de la miseria moral: la traición. En junio de 1987 las “escuchas” radiales del MIR captaron los seguimientos que la CNI hacía a tres rodriguistas. Intentamos avisar al FPMR pero no fue posible tomar rápido contacto. Vivimos horas de impotente desesperación mientras en distintos puntos de Santiago se registraba la caída de doce militantes del FPMR. Siete sobrevivientes fueron torturados y llevados a una casa deshabitada en Pedro Donoso 582, donde fueron masacrados por los verdugos de la CNI.

En septiembre de 1983 el MIR ejecutó al intendente de Santiago, general Carol Urzúa, y la CNI respondió asesinando a cinco miristas en Fuenteovejuna 1330 y Janequeo 5707. El actor Daniel Alcaíno, entonces un muchacho que vivía cerca de la Plaza Garín, recuerda que la vivienda de Janequeo presentaba decenas de balazos pero en la casa del frente no se veía impacto alguno (1). Estos eran los “enfrentamientos” de la CNI –según la prensa cómplice- con los “terroristas” del MIR y FPMR.

En marzo de 1985 Carabineros degolló a tres militantes comunistas, Nattino, Guerrero y Parada, un crimen cuyo salvajismo pretendía aterrorizar a la población para restar apoyo a la resistencia. Ocurrió lo contrario: la indignación del pueblo multiplicó la solidaridad con la lucha clandestina.

El 7 de septiembre de 1986 el FPMR intentó ejecutar al dictador en el Cajón del Maipo. El tiranicidio fracasó pero la represalia fue automática: al siguiente día la CNI asesinó a dos miristas –José Carrasco y Gastón Vidaurrázaga- y a dos comunistas –Felipe Rivera y Abraham Muskatblit-, todos los cuales hacían una vida legal.

En 1987 el PC inició un viraje político y cortó el cordón umbilical que lo unía al FPMR. No obstante, el Frente Autónomo siguió adelante y proclamó la guerra patriótica nacional. La jefatura la asumió Raúl Pellegrin Friedmann (Comandante José Miguel), uno de los más talentosos dirigentes revolucionarios de ese periodo. En octubre de 1988 Pellegrin cayó en la toma del poblado de Los Queñes junto a su compañera, Cecilia Magni (Comandante Tamara). Los cadáveres de ambos, torturados, fueron arrojados al río Tinguiririca.

En septiembre de 1989 la dictadura iniciaba su repliegue, sin embargo la Dirección de Inteligencia del Ejército (Dine) asesinó a un joven dirigente del MIR, Jécar Neghme Cristi, que había destacado en la lucha abierta. El siniestro móvil del crimen fue cobrar “gastos operacionales” por “horas extras de trabajo” de los verdugos que temían quedar cesantes. (2)

En marzo de 1990 comenzó el gobierno del presidente Patricio Aylwin pero la sangre no cesó de correr. A “La Oficina” se le asignó la misión de desarticular los restos de la resistencia. En noviembre fue asesinado el militante del Mapu-Lautaro, Marcos Ariel Antonioletti, al que sus compañeros habían rescatado herido del Hospital Sótero del Río.

En abril de 1991 el FPMR decidió ajusticiar al senador Jaime Guzmán Errázuriz, prominente ideólogo de la dictadura y coautor de la Constitución Política aún vigente. Este crimen político -que tuvo alto costo para el FPMR Autónomo- hay que enjuiciarlo en el contexto de una época sangrienta. Aún estaban abiertas las heridas que causó el estado terrorista. Esos 17 años habían significado centenares de ejecutados políticos, más de 1.200 detenidos desaparecidos, miles de torturados, exiliados y cesantes. La justicia reclamada por miles de familias se estrellaba contra el apotegma de la “justicia en la medida de lo posible” que bloqueaba toda esperanza de inclinar la balanza a favor del pueblo.

Aún hoy, 30 años después, los resabios del horror no desaparecen. Se manifiestan en el lenguaje de los trogloditas defensores de la Constitución, las leyes y el “orden” heredados de la dictadura. En la super explotación de los trabajadores. En las vergonzosas franquicias al capital extranjero. En el enriquecimiento acelerado de los más ricos. En la destrucción del medio ambiente. En la represión a estudiantes, trabajadores, mujeres y pensionados que reclaman sus derechos. Y en la saña con que el estado trata al pueblo mapuche –ejemplo histórico de resistencia- que hoy mantiene viva la llama de la rebeldía.

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(1) Entrevista en televisión, Vía X, agosto 2019.

(2) El capitán de ejército Luis Sanhueza Ross admitió que la Dine preparó dos alternativas de asesinato: Jécar Neghme y el director de la revista “Punto Final”, a quienes vigiló de cerca, decidiéndose finalmente por el primero.

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