De la democracia ficticia a la soberanía popular
¿Qué es la democracia? ¿Qué entendemos las clases populares que debería ser la democracia? ¿Tenemos hoy en argentina una democracia plena? La democracia que tenemos, ¿es la queremos o es “la que supimos conseguir” tras los 30 mil compañeros asesinados en la última dictadura? Todos estos interrogantes cotidianos, sumados al debate político instalado desde los medios de comunicación y los partidos tradicionales, ante la proximidad al aniversario número 30 de “recuperación” de la “democracia”, y hasta en el interior de nuestras propias organizaciones, son la evidencia concreta de que “la democracia” está en disputa.
La concepción de democracia que predominó en nuestra historia es la de las clases dominantes. Es la concepción liberal según la cual la democracia es votar cada dos años y, además, es la libertad de prensa. Se reduce a la “libertad” de votar y decir. Lo que esta concepción esconde es que las opciones de la democracia argentina han sido desde el 83 dos estructuras territoriales, punteriles y aparatos electorales, como son el PJ y la UCR, enquistados en el poder desde siempre, y que pactan entre sí según su conveniencia, para repartirse el poder y que nada cambie: pactaron con la dictadura, pactaron en olivos. Y que sirvieron también para la profundización del neoliberalismo, instaurado por el último golpe genocida. La otra pata de este discurso, la prensa, es la que lo alimenta y reproduce: los medios monopólicos de comunicación, siempre al servicio de las operaciones de prensa de los grupos de poder económico. Así planteada, la democracia es claramente un sistema de dominación.
Pero la historia ha demostrado que tanto de una forma o de otra, con dictaduras o con democracias a medias, no siempre las clases dominantes han podido concretar sus objetivos. El pueblo también se las ingenió para romper esas trampas. Sea contra una u otra forma de dominación, los pueblos hemos podido instaurar, con mayor o menor éxito, nuestros propios gobiernos: contra la dictadura de Batista en Cuba, mediante la guerra; mediante el camino de la democracia, en el Chile de Allende y en la Venezuela de Chávez, por citar algunos ejemplos.
Sea de una manera u otra, cuando se llega al gobierno lo primero que se plantea, siempre, como uno de los ejes, además de los cambios profundos en la estructura económica, es un cambio político profundo: no hay revolución si no hay participación del pueblo; si el pueblo no es parte de las decisiones, de la elaboración de las soluciones a los problemas de la sociedad, no hay cambio social posible.
Vamos a un ejemplo histórico, lo que decía Allende en 1972, cuando repasa los avances del proceso Chileno: “Desplazada la clase dominante de los latifundios, de los bancos, de la industria monopólica, las transformaciones estructurales y la transferencia de poder económico hacia las organizaciones populares han abierto el camino de la socialización del poder político: las autoridades tradicionales han perdido su vigencia ante los trabajadores, quienes se esfuerzan por crear, dentro del régimen institucional del Estado y su normativa legal, un orden que repose socialmente en ellos mismos. Comités de Dirección del Área Social, Consejos comunales campesinos, consejos de salud, consejos mineros”.
Allende habla a las claras de lo que para los pueblos de Latinoamérica significa la democracia: democracia es participación, participación popular, es desbordar de pueblo a las instituciones creadas con el objetivo de dominarnos para reventarlas, para apropiárnoslas y crear todas las instituciones nuevas que garanticen hasta la última de las medidas populares que socialicen la totalidad de la riqueza del país. No se trata, para nada, del acceso del pueblo a una “democracia” ya existente, representativa, de minorías, sino de una democracia nueva, participativa, popular.
Un camino hacia la soberanía popular
Así vista la democracia popular puede quedar en una mera consigna, es decir, claramente nosotros levantamos la bandera de la democracia popular, pero el problema es cómo lo llevamos a la práctica, cómo hacemos para traducir esa bandera en propuestas concretas para el momento actual en el que vivimos, en nuestro país y nuestra ciudad. ¿Qué vemos en general? Que los canales de decisión política tienen cerrada la participación del pueblo bajo siete llaves. Que el impulso que tomamos en 2001, donde se planteó seriamente un descreimiento de las estructuras tradicionales de poder y surgieron asambleas en los barrios, etc, no alcanzó todavía para crear lo nuevo. Pero que ese impulso vital vive todavía en el pueblo argentino, y que es una tarea de las organizaciones sociales y políticas poder potenciarlo e imprimirle un cauce emancipador.
Casi 12 años después de diciembre de 2001, no hubo renovación política: vemos con preocupación que las “figuras” de poder (diputados, ministros, concejales, legisladores, jueces, funcionarios) en su mayoría son los mismos que avalaron el neoliberalismo, y como hoy sostienen el modelo neodesarrollista del gobierno, sin despeinarse mañana pueden estar nuevamente al servicio de un proceso más regresivo. La pregunta es, ¿vamos a quedarnos mirando cómo lo hacen?
En general, desde Camino de los libres entendemos que hoy la tarea es doble: por un lado seguir apostando con mucha firmeza a construir ese poder desde abajo sin el cual es imposible poder pensar en una democracia popular o en construir un sistema político más democrático.
O sea: construir desde una resistencia cada vez más poderosa, con más y más organización y capacidad de conquistas, una sólida conciencia, una voluntad que construya una capacidad, un poder desde abajo. Y por el otro, cosa que ya empezamos a hacer, es disputar, discutir, anteponer a las políticas públicas existentes nuestra propia salida, dentro de los marcos donde esas políticas públicas se desarrollan, que es el Estado. Disputar el Estado, el rumbo del mismo, osea pelear por el poder en todas sus aristas. Una doble tarea que podríamos resumir con el pelado Perdía, “Resistir construyendo”. Una resistencia que surja del seno del pueblo, en la lucha por los derechos y necesidades, por la dignidad; y otra resistencia “política”, disputando las palancas estatales y los espacios de poder. Una resistencia que es a la vez un contraataque.
Un espejo, una guía: en la Venezuela de Chávez, la gente elige cómo vivir
Dijo Chávez: “Logramos darle cauce constituyente a un proceso subversivo”, refiriéndose a la constitución bolivariana, en una entrevista reciente, poco antes de las elecciones de octubre del año pasado, en la que se definió como “un subversivo positivo, un subversivo constructor”. Lo que parece una paradoja, no lo es: el pueblo de Venezuela construyó, con Chávez a la cabeza, una democracia que se plantea la combinación entre el poder estatal en manos del pueblo y del poder del pueblo como garante del poder estatal.
Continúa el comandante: "Logramos desmontar la moribunda constitución del 61 y convocar al soberano poder del pueblo y darle cauce pacifico, constituyente, positivo, propositivo, a un proceso popular necesariamente subversivo, como fue el Caracazo". La comparación entre el caracazo, que fue una rebelión popular antinoeliberal en 1989 en Caracas y el argentinazo del 2001 son inevitables.
La constitución bolivariana resalta en varios de sus artículos que “el municipio es la unidad política primaria” de la revolución. De estos artículos de la constitución surge una de las experiencias más radicales de democracia popular que es la del Estado de Lara, donde los vecinos crean una constituyente municipal. Es un proceso que dura todo un año, con dos asambleas por semanas de las que participa la gente en la redacción de los puntos sobre cómo debería ser el municipio: el pueblo elige cómo quiere vivir. Dónde va a ir el presupuesto, quiénes lo distribuyen, cómo se reparte, qué hay que hacer con la salud, con las tierras, con la vivienda. Los vecinos se plantearon hasta qué hacer con el teatro que había sido privatizado y había que pedirle permiso a los dueños para hacer una actividad.
¿Democracia popular?
El escenario político Argentino nos hacer poner sobre la mesa la discusión de la democracia, a partir de los límites cada vez más expuestos del Kirchnerismo. La crisis política en el seno del bloque de la clase dominante hace repensar cómo las organizaciones del campo popular desarrollamos nuestra política con el neodesarrollismo retrocediendo y el liberalismo en avanzada.
Los derechos que conquistamos como pueblo desde el 2001 y que se cristalizaron parcialmente en los 10 años Kirchneristas, hoy no tiene un arraigo institucional que permita su continuidad en el tiempo. Por el contrario, la continuidad en términos institucionales tiene más que ver con las continuidades neoliberales que el gobierno contiene en su seno. Es por eso que debemos construir las herramientas necesarias que nos permitan poder sostener nuestros logros, para seguir en ese camino de avanzada sobre un piso más alto. En ese lugar, cabe la preocupación por construir una democracia popular, participativa y que garantice nuestros derechos, ante los reacomodos de la clase dominante. Solo el “empoderamiento del pueblo” determinará el proceso político argentino en el largo plazo. Profundizar la discusión sobre qué democracia y para qué, será lo que nos permita como organizaciones del campo popular encarar un proyecto emancipatorio.
Por nuestra parte, es capital la construcción de espacios concretos de participación popular, que surjan desde los barrios y se institucionalicen es parte del proceso que tenemos que encarar. Como así también, la participación efectiva de los trabajadores y el pueblo en espacios institucionales que hoy carecen de prácticas reales, como las comunas, es también nuestro horizonte.
Gran parte del paso que hoy debemos dar para alcanzar la Liberación Nacional y Social es la construcción de una democracia popular plena, que garantice los derechos conseguidos y se pare ante los avance liberales. Camino de los Libres se propone avanzar en los espacios donde sea necesario para que el pueblo tome en sus manos las instancias de poder y pueda así hacer avanzar este proceso.







