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Cuba :: 05/04/2009

Cuba: dice que periodista? y además mentiroso

Manuel David Orrio

La Habana.- Como si quisiera hacerme un “regalito” por el 50 aniversario de la Seguridad del Estado criollo, el “periodista independiente” Víctor Manuel Domínguez, publicó el pasado 26 de marzo un artículo en la página digital cubamatinal.com, titulado Espacios circenses, que por su grado de manipulación, medias verdades y otras hierbas, me obliga a dedicarle unas líneas. No sólo me menciona, sino que además confunde el mango con el mamey y emplea una intervención mía en un debate público al cual puede asistir cualquier hijo de vecino, para “demostrar” lo contrario de lo que es. Así, me ha dado la oportunidad de mostrar cómo trabaja uno de esos denominados “periodistas independientes cubanos”, no otra cosa que asalariados del Gobierno de los Estados Unidos de América.

El espacio donde se produjo mi intervención tiene lugar los últimos jueves de cada mes y es auspiciado por la revista Temas, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Es tan “clandestino”, que la televisión cubana lo publicita en su canal más visto y en horarios estelares. Domínguez no asistió al debate de marras y ni siquiera se molestó en confirmar las informaciones que obtuvo, no obstante saber dónde resido, probablemente mi número de teléfono y el hecho proverbial de que jamás me niego a conceder una entrevista, algo para lo cual nunca me tomo la molestia de solicitar autorización, porque ante todo es mi inalienable derecho ciudadano. Pregunten a Gary Marx, quien fuera corresponsal en La Habana del Chicago Tribune y tuvo la oportunidad de interrogarme en el verano del 2005, fotografiar cuanto quiso el desvencijado apartamento donde resido y obtener respuestas para todas sus preguntas. Si nada publicó después, como decimos en castellano de Cuba, es “su maletín”.

Domínguez reseña en su artículo mi presencia y participación en el encuentro, que para esa oportunidad estuvo dedicado a tratar el tema de la radio como espacio de debates públicos. Como casi siempre ocurre, en la discusión expresaron sus opiniones desde stalinistas vergonzantes hasta personas de abierta condena a los procesos de censura y autocensura existentes en Cuba, con entera y total libertad y respeto a la opinión del prójimo.

Apuntó Domínguez, a propósito del debate, que “al escuchar sobre la canalización, la falta de cultura del debate, el bajo perfil cultural, la intromisión del Estado repartiendo censura a tutiplén en el medio, y el cierre de programas que sacaban al aire los trapitos sucios de la revolución o la sociedad (Triangulo de la confianza, conducido por Fabio Bosch; A esta hora, María del Carmen Duranza), sacó la pistola de dialogar—refiriéndose a mí-- y disparó:

“Me llamo Manuel David Orrio. Para mí, que estuve once años en la Seguridad del Estado, la importancia de la radio es indiscutible. Lo primero que hicieron nuestros vecinos de la SINA fue distribuir de forma gratuita diez mil radios Tecsum. Además, tengo mucho temor a las palabras, y aquí se habla mucho.” Lo subrayado en negritas es terminantemente falso, quede claro, y es la primera prueba de la manipulación ¿dominguística? Así continuó las citas el plumífero, ahora con la evidencia de que escuchó campanas y no supo de dónde, más la prueba de su desconocimiento de las leyes cubanas:

“Estoy escuchando el concepto de cultura del debate. Yo los invito a cambiarlo por el de cultura del respeto a la ley, y de respeto a la libertad de palabra y prensa reconocida por nuestra constitución en el Decreto Ley 191.”

Nuevamente, como decimos en castellano de Cuba, “confundió gimnasia con magnesia” al mezclar nada menos que a la Constitución con el Decreto-Ley 191, el cual regula la protección de las informaciones oficiales cubanas y es la prueba documental de cómo Cuba, Estado de Derecho, custodia sus datos sensibles como cualquier país del mundo. Domínguez calló que en ése y en otros espacios, públicamente, he criticado a mis colegas periodistas por no conocer esa legislación y sus reglamentos, lo cual permite a los burócratas criollos hacer de las suyas para ocultar o negar el dar informes, algo que a los efectos de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) ha sido denominado como “problemas con las fuentes”. Repetidamente he afirmado en público y en privado que “los problemas con las fuentes” se eliminan publicando los nombres de quienes se nieguen a informar, salvo que estuvieren protegidos por el decreto mencionado o por el Código de Ética de la UPEC.

Perro huevero, aunque le quemen el hocico, Domínguez apunta que yo manifesté: “Montones de historias acerca de censuras, que se entienden como incomprensiones o falta de cultura del debate, lo que tienen detrás es una simple violación de la ley. El que la viola debe ser tratado como tal”.

La cita es cierta. Nada más, el “ilustre independiente” “olvidó” anotar que mi expresión exacta fue que el que viola la ley respecto a las libertades de palabra y prensa reconocidas por la Constitución cubana y otras legislaciones criollas, debe ser tratado como lo que es: un delincuente.

Tal y como afirmo en estas líneas, así me manifesté en la Asamblea Ramal de los Medios Nacionales de la Prensa Escrita, como parte de la preparación del último Congreso de la UPEC, que tuvo lugar en junio del 2008.Lo hice frente a Rolando Alfonso, jefe del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista; Tubal Páez, presidente de la UPEC y otros dirigentes del gremio, más su buen centenar de colegas de la prensa cubana. Me aplaudieron bastante, aunque no tanto como al colega que hizo una severísima crítica a la labor del mencionado Departamento Ideológico respecto a la prensa criolla. Ahí, cara a cara, frente a Rolando Alfonso.

Si el señor Domínguez hubiera tenido los pantalones para presentarse en mi hogar a fin de confirmar sus datos, se habría evitado esta respuesta. Por éso, con todo mi derecho, no le considero periodista y sí un cobarde y mentiroso.


Post-Scriptum:

Adjunto el artículo de Domínguez, para que los lectores ni tengan que molestarse en buscarlo en Internet.

Espacios circenses

Víctor Manuel Domínguez

La Habana, 26 de marzo.- La sobredimensionada guerrita de los email (tres días de combates a muequitas, pellizcos y plumazos entre amigos que hicieron a la presidencia de la UNEAC armar un taconeo cauteloso en las fauces abiertas del partido), así como los denominados espacios de debates Color Cubano y Provocaciones, no son más que volátiles respiraderos abiertos en la carpa antes de mudar el circo para el escenario de otras manifestaciones.

Parodiando un viejo refrán: “Donde manda censor, no manda escribano”

Esto se puso en evidencia una vez más durante la realización del panel La radio como espacio de debate, en el que sociólogos, realizadores, periodistas e investigadores del medio vieron fustigados sus criterios por un especialista en censuras, ya sean en el éter, una página escrita, o la pantalla de un televisor.

La coincidencia de los panelistas en señalar que la radio cubana, inaugurada en el año 1922, se convirtió en la década del 30 en el vehículo principal de la libertad de opinión y expresión del pueblo, hizo al censor mover el zapato del pie que utiliza para pensar.

Ya cuando un realizador expresó que si se pudiera hacer una antología del ejercicio de la opinión en la radio habría que incluir a La universidad del aire, de Jorge Mañach; El periódico del aire, de Guido García Inclán, o La hora de José Pardo Llada, entre otros, el Chan Li Po trasnochado comenzó a hervir.

Pero al escuchar sobre la banalización, la falta de cultura del debate, el bajo perfil cultural, la intromisión del Estado repartiendo censura a tutiplén en el medio, y el cierre de programas que sacaban al aire los trapitos sucios de la revolución o la sociedad (Triangulo de la confianza, conducido por Fabio Bosch; A esta hora, María del Carmen Duranza), sacó la pistola de dialogar y disparó:

“Me llamo Manuel David Orrio. Para mí, que estuve o¬nce años en la Seguridad del Estado, la importancia de la radio es indiscutible. Lo primero que hicieron nuestros vecinos de la SINA fue distribuir de forma gratuita diez mil radios Tecsum. Además, tengo mucho temor a las palabras, y aquí se habla mucho.

El silencio fue más grande que el de una reunión entre miembros de la Asociación Nacional de Sordos e Hipoacústicos (ANSOC), los únicos que pueden desarrollar un debate sin hablar. No obstante a la paradoja, continuó:

“Estoy escuchando el concepto de cultura del debate. Yo los invito a cambiarlo por el de cultura del respeto a la ley, y de respeto a la libertad de palabra y prensa reconocida por nuestra constitución en el Decreto Ley 191.

Semi atragantado por el exabrupto, mareado por el milagro de hilvanar tantas palabras huecas sin caer al vacío, nuestro hombre en la radio desenfundó un puñal de verborragia y atacó:

“Montones de historias acerca de censura, que se entienden como incomprensiones o falta de cultura del debate, lo que tienen detrás es una simple violación de la ley. El que la viola debe ser tratado como tal”.

Así de fácil se adueña la censura de cuanto espacio participativo discrepe del discurso oficial colgado al viento como una banderola vieja que anuncia su protagonismo en una y mil funciones.

Los tramoyistas de la revolución, el payaso saltarín que te sonsaca, la equilibrista que hace malabares sobre un cable de miedo, el domador domado por la sombra de la censura, y sobre todo, el tarugo que debe dar el santo y seña para comenzar el ataque, son parte del famoso combate de mono amarrado (los artistas) a león suelto (el Estado).

Ante un monólogo así, despierten los que aún sueñan realizarse en los espacios circenses abiertos para montar el número de la cultura del debate: En Cuba, el agente Tecsum se convirtió en domador.

orrio@enet.cu

 

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