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13/02/2022 :: Chile, Chile, Anti Patriarcado

Cubo mágico: el 'interregno' $hileno

x Victoria Aldunate Morales
Intuyo (porque no sé, soy ignorante), que no habrá paz porque no habrá justicia

El único fantasma que recorre Chile es una agenda política presentada como “plurinacional” y “feminista” (entre otras particularidades). Y esto no nació de la nada. Lo que hoy pinta así y a la vez “ciudadano”, no es pura performance (sahumadoras, pechos desnudos, en fin…), son un par de siglos de colonialismo interno.

Hay calle y acción directa, es verdad. También encuentros feministas que marcaron autonomía y anticapitalismo; que anunciaron lesbofobia, heterosexualidad obligatoria, racismo, clasismo e institucionalización, al interior del propio feminismo. Y también son innegables las feministas de movimientos proletarios que denunciaron al feminismo burgués. Pero todo ello ha convivido con feminismos sufragistas, sindicalizados, que accionaron en razón de ciudadanías, partidos y gobiernos.

Entrada la segunda mitad del siglo XX, vinieron los feminismos antidictatoriales y bastante variopintos en toda América Latina y El Caribe. De esos, los más concurridos devinieron en instituciones, partidos y cumbres. Y los otros, los menos cotizados, se repletaron de pobladoras, trabajadoras, empleadas, y mujeres con pasión y testimonios. Vino el siglo XXI y llegaron novísimos feminismos de la mano de nuevos partidos y movimientos; sus instituciones vieron en “el feminismo” un potencial relevante para ascender a los gobiernos. Prueba clara de esto es Chile hoy.

Al feminismo actual no lo malograron la performance de las Tesis, ni las doctoradas que categorizan “las violencias” en sus cátedras. Creo que en realidad es fruto de luchas pujantes con objetivos partidarios y también de aspiraciones individuales.

El feminismo -como otros movimientos de izquierdas- aunque sea disonante, ha sido (y es) parte del racismo, la colonialidad del poder y la heterosexualidad obligatoria en toda su patriarcalidad política.

Los feminismos nombraron opresiones femeninas, a veces reducidas a las que vivían sus líderes desde su pequeña burguesía, o su intelectualidad, o sus matrimonios y sus barrios. Sus seguidoras, identificándonos con esos relevantes, pero limitados, hallazgos, casi borramos un montón de diferencias de clase, color y accesos. Es el colonialismo interno, endógeno, negado, no problematizado, que nos acecha permanentemente.

Somos feminismos venidos de las izquierdas que adolecen de la misma occidentalidad prestada. Y que ahora, no conformes con eso, mayoritariamente, tienen como único horizonte “luchar contra la exclusión” para “incluirse” (e incluirnos), en un periodo en que ya el fin del capitalismo, no es tema.

Un “vivir bien” neoliberal “es posible” y bienvenida sea la acumulación de los inversores y resignificar la competencia (así nomás).

Esas izquierdas son ahora “feministas”, son feminismos izquierdistas, son izquierdismos socialdemócratas y feministas… Lo mismo da el orden de los factores: copia y pega, todo se puede combinar como los cuadraditos de colores del cubo mágico (cubo rubik), solo depende de los gustos e intereses del manipulador del cubo.

Después de la caída del socialismo real les entró el espíritu de las identidades, los ropajes étnicos, las sustancias ancestrales que instantáneamente cambiarían vidas… Las necesidades vanguardistas les movilizaron, pero no obstante las performances, se multiplican los conflictos de comunidades. Sin embargo, para eso también hay fórmulas: institucionalizarse con la promesa de que así no te quedarás fuera de sus democracias.

En la filosofía Arjona, últimamente referenciada por Apruebo Dignidad, sí son una mezcla perfecta, pero en este caso, de academias y ciudadanías. Gozan de teorías contrahegemónicas, pero categorizan, dividen, desintegran, fragmentan, tal como lo hizo ya occidente con los saberes ancestrales y populares. Y si miras sus medios de comunicación y escuchas bien sus discursos, verás que aplauden a los feminismos útiles, mientras los beligerantes y separatistas, son invisibles y desechables.

Además, estos últimos vienen de mujeres viejas o escasamente educadas, sin doctorados ni títulos. Aunque igualmente -y no casualmente- los saberes de esos feminismos viejos, tan sospechosos, han sido objeto de extractivismo universitario, partidario e institucional. Los han transformado a todo tipo de terminología (a veces sorprendentemente críptica), para negar las fuentes, las raíces y sobre todo, los conflictos, tomando de ellos solo lo que luce tan impactante como ingenuo.

Las izquierdas socialdemócratas (feministas por añadidura) pueden caminar en la cuerda floja de un extremo al otro, pero se mueven en la estructura que el patriarcado capitalista creó para no ser intervenida. Menos por una socialdemocracia que funge de contrahegemónica, pero no lo es. Justo en ese punto, ocurre el “interregno” a la chilena -no el de Gramsci- un intervalo de tiempo (sui generis) en que lo anterior no se va, ni se irá, porque ya impregnó lo que se presenta como “nuevo”.

De hecho se cocinan cuestiones bien freak: por ejemplo la tele nombra “obreras textiles” a unas diseñadoras alternativas que hacen rituales indígenas para darle energías a la costura de la banda presidencial del presidente electo (¡?). Pero en fin, lo más relevante es que las memorias de un feminismo marcado por las luchas de clases, antirracistas, anticoloniales y disidentes sexuales, de territorios arrasados por el imperialismo, no calzan.

El único útil es un feminismo que no quede mal con nadie, ni con las clases dominantes ni con las subalternas. En este espíritu sororo, hacen pactos sociales interclasistas y transclasistas. Frágiles pactos porque las luchas de clases y antirracistas no les darán tregua, aunque el Estado las mantenga en suspenso para ahogarlas, aunque las apacigüe con leyes de inclusión y políticas de reconocimiento. Y es importante subrayar que no obstante toda esa seducción, igualmente sus gobiernos, despliegan “seguridad ciudadana” y control excluyente contra cualquier grupo que amenace su precario equilibrio.

Intuyo (porque no sé, soy ignorante), que no habrá paz porque no habrá justicia.

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