El fútbol y la subjetividad social

El fútbol nunca fue solamente fútbol. Quien crea que se trata apenas de veintidós jugadores corriendo detrás de una pelota no entendió mucho. Las tribunas transforman la guerra en rito, la rivalidad en pertenencia y el antagonismo en representación. Algo del antiguo circo romano, de las disputas tribales y de la necesidad humana de simbolizar el conflicto sigue latiendo en cada estadio.
El fútbol es un lenguaje, una pedagogía sentimental, una fábrica de identificaciones colectivas. Enseña cómo admirar, cómo odiar, cómo pertenecer y hasta cómo soñar. Por eso nunca habla solo de deporte, habla también de política, de poder, deseo e identidad. Y cuando el fútbol cambia, no cambia únicamente un deporte. Cambia algo mucho más profundo, la subjetividad.
La colonización más eficaz jamás necesitó ejércitos. No necesita tanques, ni golpes militares, ni censura explícita. Le alcanza con algo infinitamente más sofisticado, modificar el lenguaje, implantar deseos, organizar nuevas formas de admiración hasta que terminemos creyendo que elegimos libremente aquello que en realidad aprendimos a desear.
La colonización más importante empieza por las palabras. Y el fútbol se convirtió en uno de sus laboratorios privilegiados.
Parece un detalle menor, pero nunca lo es. Ya no se dice campeonato, se dice liga. Ya no se habla de equipo, ahora muchos hablan de plantilla, como si viviéramos en Madrid y no en Avellaneda, Rosario o La Matanza. Ya no hay divisiones inferiores, hay academias. El jugador dejó de ser crack para transformarse en "activo". El club mutó en marca. El hincha pasó de sujeto popular a consumidor global de contenido.
No es inocente. Las palabras modelan el pensamiento. Colonizar el lenguaje es comenzar a colonizar el deseo. Porque cuando dejamos de nombrar las cosas con nuestras palabras, empezamos a sentir con categorías ajenas.
El partido preparatorio con Honduras fue un ejemplo perfecto. Mientras los comentaristas se maravillaban con el estadio de Texas, nadie mencionó que la bandera y la camiseta hondureñas son un homenaje a la fragata argentina La Argentina, comandada por Hipólito Bouchard, que liberó esa región del dominio español y fue el primer barco con bandera patria en dar la vuelta al mundo.
No hizo falta ocultarlo. Simplemente dejó de ocurrírsenos.
El fútbol argentino, históricamente irreverente, barrial, creativo, desprolijo y hasta insolente, empezó a parecer demasiado a un producto global perfectamente empaquetado. El potrero fue reemplazado por el alto rendimiento, la picardía por la optimización, la gambeta por la estadística, el barrio por el marketing. Y el problema no es solamente económico. Es subjetivo. Porque nadie coloniza únicamente territorios. También se colonizan imaginarios.
Por eso quizás una de las escenas más reveladoras de nuestro tiempo haya sido aquella decisión posterior a la consagración en Qatar; la selección campeona del mundo decidió no ir a la Casa Rosada. Se argumentó prudencia, neutralidad, evitar divisiones políticas. Había que ser cuidadosos. No incomodar. Sin embargo, hay algo profundamente extraño en las neutralidades contemporáneas; casi siempre funcionan de manera selectiva y hacia la derecha.
Porque aquello que aparece como intolerable en el plano local suele volverse perfectamente natural cuando se trata de los grandes centros globales de poder. Allí la política deja de percibirse como política y pasa a llamarse institucionalidad, marketing o protocolo.
La Rosada no. La Blanca sí
Y si quedaban dudas, Messi y compañía visitaron la Casa Blanca, estrecharon la mano de Trump y aplaudieron. Sin conflicto visible. Sin incomodidad aparente. Lo que en casa parecía política, allí era simplemente un honor. Un presidente acusado de complicidad en redes de abuso sexual y de sostener políticas que organismos internacionales califican de genocidas no pareció representar problema alguno.
No importa solamente un edificio. Importa el símbolo. La pregunta es mucho más incómoda: ¿qué poder nos resulta ideológico y qué poder ya dejó de parecernos poder? ¿Cuándo comenzó a parecernos razonable desconfiar de los símbolos nacionales mientras admiramos sin conflicto los dispositivos globales que organizan nuestras formas de vivir, consumir y pensar?
El fútbol mundial se transformó en un inmenso organizador de subjetividad. Los jugadores ya no representan solamente a un club o un país, representan marcas, sponsors, intereses transnacionales, audiencias planetarias. Un futbolista de élite ya no es solamente un deportista. Es una empresa. Y eso produce inevitablemente un nuevo tipo de sujeto. Aquí es donde la comparación entre Messi y Maradona deja de ser futbolera para volverse cultural, ideológica y política.
Lionel Messi expresa, quizás sin proponérselo, al héroe ideal de la globalización deportiva. Extraordinario, silencioso, medido, impecable, profesional hasta el extremo, compatible con todas las marcas y todos los mercados. El ídolo perfecto para una época que premia la administración emocional y castiga el conflicto. No se trata de juzgarlo moralmente ni de desconocer su inmensa dimensión deportiva.
Probablemente sea el jugador más extraordinario que produjo la historia del fútbol. Pero los grandes ídolos nunca hablan solamente de sí mismos. También hablan de la época que los produce. Y Messi parece encarnar un tiempo donde el éxito consiste también en no hacer demasiado ruido.
Diego Maradona fue exactamente lo contrario. Ruidoso. Contradictorio. Desmesurado. Imperfecto. Un Dios Negro imposible de domesticar y colonizar del todo. Maradona discutía el poder dentro y fuera de la cancha, denunciaba injusticias, abrazaba causas incómodas, cometía errores y pagaba costos altísimos. Nunca fue neutral.
La diferencia no puede explicarse solamente diciendo que eran otras épocas. Las épocas condicionan, pero no determinan completamente. Maradona eligió hablar. Eligió exponerse. Eligió no dejarse domesticar por los poderes de turno. No era solo un hombre de otra época. Era también una decisión. Una posición ética frente al poder concentrado.
Messi expresa otra lógica subjetiva, la del sujeto hiperprofesionalizado del poscapitalismo global, donde el conflicto se administra cuidadosamente y la neutralidad cotiza alto. El problema no es singular. Es cultural. ¿Qué tipo de subjetividad produce el deporte contemporáneo? ¿Qué tipo de ídolos fabrica? ¿Qué se premia y qué se castiga?
Los jugadores aprenden rápidamente cuáles silencios son recompensados y cuáles palabras tienen costo. Y allí la colonización subjetiva alcanza uno de sus puntos más profundos. No hace falta imponer obediencia. Basta con producir identificación. La colonización más sofisticada jamás obliga. Seduce. Implanta. Persuade. Hasta que un día descubrimos que hablamos con palabras ajenas creyendo que son propias. Liga. Plantilla. Branding. Performance. Activo. Contenido.
El lenguaje nunca es inocente. Cada palabra organiza un mundo, crea una sensibilidad, delimita qué puede pensarse y qué ya no. La verdadera colonización empieza cuando dejamos de nombrar el mundo con nuestras propias palabras. Y entonces también dejamos de desear desde nosotros mismos.
La Rosada no y la Blanca sí no es simplemente una discusión política ni una polémica deportiva pasajera. Es el síntoma silencioso de una transformación mucho más grande.
¿Cuándo empezamos a sentir vergüenza de lo propio y fascinación automática por lo ajeno? ¿Cuándo empezamos a creer que modernizarnos consistía en parecernos a otros? ¿Cuándo dejamos de hablar como nosotros mismos?
Porque la colonización más importante no empieza por los territorios. Empieza por las palabras y termina con las palabras. Las sociedades no se entregan solamente cuando pierden soberanía económica o política. También empiezan a entregarse cuando dejan de nombrarse a sí mismas, cuando aprenden a admirar desde ojos ajenos y a desear desde palabras importadas.
Y quizás la colonización más profunda sea precisamente esa. La que ya no necesita imponerse porque logra que la confundamos con libertad.
CALPU







