El ADN corrupto de la FIFA: de Havelange a Infantino

La Fédération Internationale de Football Association (FIFA), máxima autoridad del fútbol mundial, ha atravesado a lo largo de su historia moderna una sucesión de escándalos de corrupción de tal magnitud y persistencia que resulta imposible considerarlos hechos puntuales o desviaciones individuales.
Desde la era de João Havelange hasta la actualidad, pasando por Sepp Blatter y llegando a Gianni Infantino, las denuncias de sobornos, fraude, lavado de dinero, tráfico de influencias y clientelismo se repiten de manera sistemática.
Informes judiciales, investigaciones independientes y análisis de gobernanza coinciden en señalar que la corrupción está arraigada en la propia estructura de la organización: un sistema de patronazgo basado en el modelo "un país, un voto", la redistribución opaca de fondos de desarrollo, el conflicto de intereses entre su rol regulador y comercial, y la ausencia de controles independientes efectivos.
La era Havelange y el escándalo ISL: los cimientos del sistema
João Havelange presidió la FIFA entre 1974 y 1998, ampliando el número de federaciones afiliadas y transformando la entidad en un negocio multimillonario. Bajo su mandato se consolidó un modelo de lealtades basado en el apoyo a las federaciones de países en desarrollo a cambio de votos. El escándalo más emblemático de esta etapa fue el de International Sport and Leisure (ISL), la empresa de marketing que gestionaba derechos de transmisión y comerciales de la FIFA hasta su quiebra en 2001.
Investigaciones suizas y posteriores informes del Comité de Ética de la FIFA revelaron que Havelange y su yerno Ricardo Teixeira (entonces presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol, CBF) recibieron millones de francos suizos en pagos indebidos (propinas o "comisiones") de la ISL entre 1992 y 2000 a cambio de contratos lucrativos.
Havelange fue calificado como "moral y éticamente reprochable" y renunció a su cargo de presidente honorario en 2013. Nicolás Leoz, de Conmebol, también apareció entre los beneficiarios. Estos pagos no constituían delito penal en Suiza en la época, pero evidenciaron un patrón de enriquecimiento personal que se extendió a la cúpula.
La era Blatter y la cultura de la opacidad
Sepp Blatter, secretario general bajo Havelange y presidente desde 1998 hasta 2015, heredó y perfeccionó este sistema. Durante su mandato se multiplicaron las denuncias sobre la adjudicación de sedes de la Copa del Mundo. El proceso de 2010, que otorgó Rusia 2018 y Qatar 2022, estuvo rodeado de sospechas de compra de votos. Varios miembros del Comité Ejecutivo fueron suspendidos o excluidos por sobornos (como Amos Adamu y Reynald Temarii).
El informe Garcia (2012-2014), encargado al exfiscal estadounidense Michael Garcia, documentó un entorno de codicia, secretismo y conductas impropias. Aunque no halló una "pistola humeante" directa que anulara las adjudicaciones, sí criticó la cercanía entre la dictadura de Qatar y su candidatura, favores a votantes y falta de cooperación (especialmente de Rusia, cuyos ordenadores fueron destruidos). FIFA publicó solo un resumen de 42 páginas que Garcia consideró erróneo, lo que provocó su renuncia en protesta.
Otros episodios de la era Blatter incluyen denuncias de sobornos en derechos de televisión y marketing de torneos continentales, y el pago de 2 millones de francos suizos a Michel Platini en 2011 (por "servicios de consultoría" de años atrás), que derivó en sanciones éticas a ambos.
FIFAGate: el estallido que sacudió al fútbol mundial
El 27 de mayo de 2015, la policía suiza detuvo en un hotel de lujo de Zúrich a siete altos dirigentes de la FIFA a pedido del Departamento de Justicia de EEUU, país cuyos dirigentes se habían propuesto atacar a la FIFA porque esta no les concedió ninguno de esos dos mundiales.
La acusación inicial de 47 cargos (ampliada después) involucró a más de 40 personas y reveló un esquema de sobornos de más de 150 millones de dólares a lo largo de 24 años. Los pagos se realizaban a cambio de derechos de medios y marketing de competiciones de Concacaf y Conmebol (Copa América, eliminatorias, etc.) y por sobornos vinculados a la adjudicación de sedes mundialistas.
Entre los implicados figuraron Chuck Blazer (exsecretario general de Concacaf, que se convirtió en informante del FBI), Jeffrey Webb, Eugenio Figueredo, José Maria Marin (expresidente de la CBF, condenado a prisión), Juan Ángel Napout (ex Conmebol), Rafael Esquivel, Eduardo Li y empresarios de marketing como José Hawilla. Hubo decenas de confesiones de culpa y condenas. Blatter, aunque no detenido ese día, renunció días después de ser reelegido. Las autoridades suizas también investigaron las adjudicaciones de 2018 y 2022.
Este escándalo no fue un accidente: se construyó sobre las prácticas de décadas anteriores y expuso cómo el Comité Ejecutivo usaba su poder para extraer sobornos de empresas y candidaturas.
Reformas cosméticas y persistencia del clientelismo
Gianni Infantino llegó a la presidencia en 2016 prometiendo transparencia y reformas. Se crearon comités de ética y gobernanza, se amplió el Consejo y se implementó el programa FIFA Forward de redistribución de fondos. Sin embargo, análisis independientes (como el informe Substitute de FairSquare) sostienen que las reformas no atacaron el problema estructural: el patronazgo. FIFA distribuye sumas significativas a las asociaciones miembro de manera que genera dependencia financiera y lealtad política hacia el presidente.
Poco después de asumir, Infantino removió a líderes independientes de comités de ética y gobernanza. Se han documentado debilitamientos de controles, decisiones concentradas en un "Bureau del Consejo" reducido y críticas por la adjudicación de futuros Mundiales (como 2034 a Arabia Saudita) en procesos poco competitivos. Informes recientes describen un desplazamiento de la "corrupción antigua" (sobornos directos) hacia un clientelismo legalizado mediante fondos de desarrollo y alianzas políticas.
Una corrupción estructural
La corrupción en la FIFA no depende de individuos corruptos que llegan y se van. Se sostiene en el sistema de voto igualitario ("un país, un voto"), que permite que un pequeño grupo de dirigentes de federaciones europeas potentes, o bien un gran grupo de federaciones dependientes del Sur Global, según la conveniencia del presidente, controle el poder a cambio de recursos. Además, la dualidad de la FIFA como regulador del juego y actor comercial, genera miles de millones con la Copa del Mundo y derechos de transmisión. La opacidad histórica en contratos, fondos de desarrollo y procesos de adjudicación es un tema preocupante.
En la FIFA existe una resistencia a la supervisión externa e independiente. Cada intento de reforma interna ha sido neutralizado o diluido. Desde Havelange, pasando por Blatter y llegando a la era actual, los escándalos se suceden porque la estructura incentiva el intercambio de favores, la lealtad personal y el enriquecimiento a costa de la integridad del deporte.
Las condenas de 2015 recuperaron cientos de millones y generaron cambios cosméticos, pero no eliminaron las raíces. Mientras la FIFA opere como una red de patronazgo sin controles externos reales, la corrupción seguirá siendo una característica constitutiva de la institución. El fútbol mundial merece una gobernanza a la altura de su impacto global; la evidencia histórica muestra que la autorregulación ha fallado de manera reiterada y previsible.
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