Es por el petróleo, pero también para destruir el chavismo

No por casualidad, Venezuela se ha convertido en un caso emblemático de esta nueva fase de la confrontación global, por su posición estratégica sobre el mar Caribe, su historia política reciente, -desde advenimiento al poder del presidente Hugo Chávez en 1999-, su demostrada capacidad de resistencia frente a presiones externas, pero sobre todo por su tan apetecido potencial energético.
La violenta y criminal agresión armada y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa marca una nueva etapa: lo ocurrido a partir del 3 de enero no debe leerse como un episodio aislado ni como una simple escalada táctica del hegemón, sino como un mensaje dirigido al conjunto del Sur Global, sobre todo en los últimos meses, a raíz del cambio profundo en el que ejerce el poder Trump en el sistema internacional,
Secuestrar a Nicolás Maduro no hizo caer al gobierno. En la calle, los venezolanos lo saben. Conviven en una paz vigilada, condicionada, frágil. Caminan con cautela y todavía hablan bajito. En muchos, el miedo todavía persiste. Por eso, un mes después del ataque de EEUU, Venezuela sigue siendo ese lugar donde pasó todo y, al mismo tiempo, no ha pasado nada. Cambiaron los personajes, no el guion. El chavismo, tras 27 años en el poder, sigue gobernando el país con gran apoyo popular, señala el portal TalCual.
Ahora lo hace bajo una supuesta tutela externa que nadie en Occidente disimula. EEUU intenta marcar el ritmo y Trump proyecta su sombra sobre el nuevo tablero político. Se habla de transición, de una etapa intermedia que podría durar meses o años. Pero en la vida cotidiana, todavía no hay traducción concreta, añade. Hasta ahora nadie se ha tomado en serio el deseo de Trump de convertir a Venezuela en el Estado número 53 de su país.
El mundo actual no enfrenta un conflicto aislado, sino la convergencia de tres crisis terminales: una civilizatoria, marcada por el agotamiento de recursos y la urgencia de la transición energética; la implosión del orden mundial de la posguerra, donde las instituciones internacionales han perdido su capacidad regulatoria; y la crisis de la hegemonía unipolar estadounidense.
Pareciera que no le diera el resultado esperado el intento de derrotar a un adversario en el terreno militar o de imponer sanciones económicas para asfixiarlo materialmente. Los expertos señalan que lo que se está experimentando es un proceso más complejo y silencioso: la reconfiguración de las percepciones, de los marcos mentales y de los sentidos comunes que organizan la vida política, social y cultural de las sociedades, señala el venezolano Oscar Schemel, director de Hinterlaces.
En este escenario, Trump ha optado por el camino de la dominación ante la pérdida de influencia del dólar y su rezago en la carrera tecnológica. Venezuela, poseedora de las mayores reservas de hidrocarburos y de minerales críticos esenciales para la inteligencia artificial (IA), se convierte así en el epicentro de la estrategia de seguridad nacional de Washington, que busca asegurar recursos energéticos para ganar la competencia industrial frente a China.
Según la investigación de la BBC sobre reconstrucciones y análisis del ataque militar del 3 de enero éste dejó más de cien muertos, más allá del bombardeo de infraestructura estratégicas y el secuestro del presidente. Un artículo de Global Trade detalla cómo el ataque impactó el transporte de contenedores en el puerto de La Guaira: la incursión provocó daños en infraestructura y cuellos de botella logísticos A un mes del ataque la jefa del gobierno venezolano, Delcy Rodríguez, se reunió con la enviada especial de Trump para Venezuela, Laura Dogu, y lo que trascendió es que abordaron una agenda común en materia energética, política y económica. Dogu ratificó las tres fases que intenta alcanzar EEUU y había anunciado el canciller estadounidense Marco Rubio: estabilización, recuperación económica y transición.
El esquema de fases es parte del diseño estratégico de Washington para tratar de gestionar le política interna y la economía durante su supuesta ocupación. Trump ha pedido a grandes petroleras invertir miles de millones de dólares en la industria venezolana, pero éstas exigen condiciones claras: seguridad jurídica, reglas estables y garantías tras años de expropiaciones, sanciones y cambios abruptos. El petróleo puede generar ingresos, pero no reemplaza a las instituciones.
Un informe reciente de Oxford Economics es contundente: incluso en escenarios optimistas, el PIB venezolano tardaría al menos una década en ubicarse a un 50% por debajo del máximo de 2013. La recuperación no depende solo del flujo petrolero, sino de mejoras sustanciales en instituciones, educación e infraestructura. El ascenso de Delcy Rodríguez a la presidencia encargada ha sido recibido con niveles de aceptación inéditos (71% a nivel nacional). El análisis cualitativo revela que el ciudadano valora la continuidad institucional como el antídoto contra el caos y la eventual presencias de matones estadounidenses en las calles venezolanas.
Maduro fue depuesto por la vía del secuestro, algo que Capriles había tratado por vías políticas desde que se enfrentaron en las elecciones de 2013. Entonces era Capriles el líder de una derecha que ahora dice comandar María Corina Machado, la preferida de los presidentes estadounidenses (pero con 91% de opinión desfavorable de los venezolanos, según una encuesta de noviembre pasado). Lo cierto es que el chavismo sigue al frente con Delcy Rodríguez como presidenta encargada y con mucho apoyo del pueblo.
Lo que llama la atención a la prensa extranjera es que Capriles ha sido acusado por derechistas partidarios de Machado de colaborar con el gobierno. El señaló que espera que realmente los intereses de Trump no vayan en contra de los intereses que cree que son los de la mayoría de los venezolanos y que este proceso termine con un llamado a elecciones. Interrogado sobre si ¿Es la negociación ser colaboracionista? ¿Es realmente un problema de fondo o es un problema de protagonismo?, Capriles señaló que "pareciera que es un problema de protagonismo y ahí sí tenemos una diferencia.
Añadió Capriles que el peor error que puede cometer la derecha es pensar que estamos en un proceso interno de definir liderazgos. Quien le va a dar legitimidad al nuevo gobierno no es Trump, sino el pueblo venezolano.
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