"Estén tranquilos, compañeros, no los traicioné"

Allá por 1978, con Marenales y Sendic disfrutábamos de la hospitalidad del Batallón No. 3 de Ingenieros en Paso de los Toros. Una mañanita otoñal Eduardo Benítez bajó los seis escalones hacia el semi subterráneo donde estaban los calabozos.
Eduardo era sargento del S-2 y en los ratos que no vigilaba vecinos suyos o torturaba comunistas y tupamaros, oficiaba de pastor en una iglesia evangelista. Este candoroso personaje llegó acompañado por el cabo Raúl Rodríguez, cuya mayor hazaña de guerra fue engañar a Carmen para que le trajera un pollo a su esposo-rehén y luego de comérselo impunemente, verduguear cada vez que podía a Marenales contándole lo rico que estaba.
Pero esa mañana estaban “apretados”. Por el silencio en la sala de guardia adiviné que había algún oficial presente. Capucha, esposas y me sacaron en el aire hacia la superficie de la tierra. En el salón de la escuela me esperaban tres conocidos míos: el generalazo Feola (devenido jefe de la División III), el coronel Cordero (ahora gozando impunemente del carnaval en Livramento) y Portela, a quién había conocido como mayor en el cuartel de Paysandú.
¿Qué querían a cinco años de aislamiento?
Los tres estábamos reducido a un estado de neurosis aguda. Fotobia, broncoespasmo, lumbociatalgia y diarreas constantes entretenían nuestros ocios. La relación con los oficiales era la “correcta”, o sea, cada tanto descendían desde su Olimpo para azuzarnos y nosotros reaccionábamos como perros rabiosos.
Ellos reían burlonamente, salvo cuando Raúl le pegó el piñazo al capitán “Chepe” González. Nuestra vida diaria transcurría en una especie de limbo nebuloso, sacudido cada tanto por temporales, algunos de bronca y otros de depresión. Sin embargo, como ya no nos quedaba nada que perder, los tres nos sentíamos parapetados en una fortaleza… ¿qué otra cosa podían hacernos? Éramos impunes de cierto modo.
Cordero empezó con un despliegue de interés por mi situación personal: la salud, la atención, la comida, el recreo, las visitas, el dentista...demasiado sabía él. Después una hora y pico de reflexiones filosóficas sobre la guerra, las razones de nuestra derrota y el asesinato –que él llamaba muerte- de mi hermano, que el llamaba “joven idealista”.
¿Qué mierda quiere este verdugo? Información “operativa” no podían pensar que tuviéramos. “Ahora soy virgen en información”, les dije para cubrirme, por las dudas. Al haber olvidado cómo pensar racionalmente, al torturado sólo le queda aferrarse a los instintos.
Está clarito pensé: estos locos quieren saber si estoy quebrado, vienen a comprobar el fruto de sus esfuerzos y regodearse con mis desgracias. Allá muy adentro se tensó la cuerdita que quedaba sana en mi guitarra... resistir es sobrevivir, mantenerse íntegro como ser humano, prepararse para el plantón, prepararse para los golpes, prepararse para el submarino… aguantar el dolor, no dejarse derrotar, porque el dolor pasa, pero la derrota no.
Tiraron una montaña de fotos sobre el pupitre del maestro de la escuela. Era de gente que no había caído presa. Atalivas, Juancito, el Beto, el Loco Iglesias, Melián, Luisito, el Negro Mansilla, Navillat, Bandera... ¡qué cuadro de tupamaros había quedado afuera!
Muy amable, Corderito me pidió que les hablara de ellos, de mis hermanos. Entonces, entendí todo: algo debe estar pasando afuera que éstos se toman la molestia de venirse hasta donde nos tienen enterrados casi vivos. Quieren información para saber con quienes se las tienen que ver. Se encendió una luz de esperanza. Y me hundí en el silencio, única manera que tenía de apoyar a quienes siguen luchando afuera.
Recuerdo cuando me mostraron la enésima foto y Feola, muy seco, en su papel de dios todopoderoso, me conminó que le dijera quién era el fotografiado y, después de mi respuesta, me dice medio caliente: “pero si es el novio de tu hermana, cómo no vas a saber quién es”. Sonreí de la boca para dentro. Les había ganado la partida de ajedrez. No estaba derrotado.
Cuatro horas después me tiraron de cabeza en el calabozo. Me zambullí debajo de la cucheta y saqué del berretín el grafo y papel que tenía escondidos para las urgencias. Relaté el interrogatorio al Bebe y al Viejo Julio. Les informé de mis impresiones y de las conclusiones que había sacado.
Como escribió Graciela Estefanell días antes que la asesinaran tras el vuelo cero, pude decirles con tranquilidad de conciencia: “estén tranquilos, compañeros, no los traicioné”.
A la mañana siguiente llevaron a Sendic y a la otra a Marenales. Cuatro rigurosas horas a cada uno. Tenían agendados los interrogatorios. No hubo golpes. Sólo presión.
El sargento-pastor Benítez nos trajo papel y lápiz por si nos arrepentíamos de nuestro silencio y queríamos escribir lo que habíamos callado. Los tres le devolvimos las hojas en blanco.
Ellos ignoraban que nos estaban haciendo un gran favor. En medio de la neurosis galopante que vivíamos, nos peleábamos entre nosotros por quítame allá esas pajas... pero el enemigo nos unió, los interrogatorios nos dieron tema para varios meses de especulaciones... ¿qué estarían haciendo los compañeros en el mundo exterior? La esperanza nos ayudó a llegar a 1985 [NR: año en que volvió la "democracia" y liberaron a los presos políticos].
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Tinku







