Primer día de juicio al Escuadrón de la Muerte


En el día de hoy, primera de las jornadas de debate del juicio contra el Escuadrón de la Muerte, la discusión giró alrededor de una causa paralela que se abrió contra Hugo "Beto" Cáceres. Se trata de la causa número 1621/03, por tenencia ilegal de armas de guerra. El proceso comenzó pocos meses después del asesinato de Gastón "Monito" Galván, de 14 años, y Miguel "Piti" Burgos, de 16, fusilados de 11 y 7 tiros. Pocos meses después del asesinato, el fiscal de San Martín, Héctor Scebba, realizaba un reconocimiento en un frigorífico en desuso en Bella Vista, casi en el límite con Don Torcuato. Allí se encontró con un guardia civil, armado con una pistola 9 mm con la numeración limada. Decidió detenerlo, y a los pocos minutos llegó Cáceres para hacerse cargo de la situación. "Él trabaja para mí"- dijo el entonces sargento, que en ese acto reconoció ser quien le había entregado el arma al vigilador. Ambos, el sargento y su empleado, pasaron entonces dos días en prisión y luego siguieron procesados. El empleado de Cáceres reconoció luego, en un juicio abreviado, haber tenido el arma entre sus ropas. Por eso fue condenado, y hoy comenzó el debate para conocer la responsabilidad de Hugo Beto en el asunto.
Aquella es quizás la causa más liviana que enfrenta el jefe del Escuadrón de la Muerte de Don Torcuato. Sin embargo, sirvió para que todos los actores salgan a escena. Mañana, cuando comience el debate sobre el asesinato de José "Nuni" Rios, todas las cartas estarán sobre la mesa.
-Pinceladas del tribunal
Hugo Alberto Cáceres entró a la sala esposado, flanqueado por un policía muy joven. Intentó ser confidente con [*1] él, pero el acompañante no respondió; apenas se apuró para quitarles las esposas, y plantarse a su lado como un florero armado. Cáceres estaba enfundando en un traje nuevo y muy grande para su talle, ropa holgada y de porte artificial, que lo hacía semejante a un espantapájaros desgarbado. El corte de pelo al estilo policial -rapado donde terminaría una gorra imaginaria - contrastaba con su cara marcada, brotada por los nervios o por cicatrices de antaño nunca cerradas. Sus ojos celestes casi se perdían entre las sombras negras y las ojeras encarnadas, similares a patas de gallina, delatando su falta de sueño. Debajo de lo bigotes asomaban labios morados y finos, que cada tanto ensayaban una sonrisa negra o una mueca nerviosa que repetida como un tic a lo largo de toda la jornada. La imagen de llevarse el mundo por delante se le borró de la frente. En cambio, parecía un psicópata derrotado, carcomido más por la incertidumbre de su suerte que por la culpa de sus asesinatos.
El escenario era similar a cualquier otra dependencia judicial. Colores marrones, oscuros o pálidos, presentes en los sillones de cuerina, en los escritorios de madera vieja, en las paredes tristes y hasta en el techo polvoriento. Hace un rato nada más, los del público entrábamos a ese mundo marrón por una puerta flanqueada por dos policías. Uno de ellos leía, con poca convicción, los nombres de las cincuenta personas que habían podido anotarse para presenciar la jornada. Y allí estábamos ahora; mezcladas las víctimas y los amigos de los victimarios, las madres dolientes con los policías de civil, los organismos de derechos humanos y organizaciones sociales con los periodistas y los curiosos, esperando todos que algo suceda. Allí, en la promiscuidad de la pequeña sala, el murmullo era apenas perceptible. Nadie abría la boca si no estaba plenamente seguro de quien era su compañero de al lado.
La monotonía la rompió una voz imperativa, inapelable, que nos invitó a pararnos. Estaban por entrar los jueces del tribunal, y el rito sagrado de la justicia debía repetirse. Todos de pie. Los tres jueces se acomodaron y el del medio dijo, con desgano, que ya podíamos sentarnos.
Los tres magistrados eran personajes particulares. El primero, alto y pálido, teñido con colágeno y con una barba pequeña del mismo color, evocaba la figura del inquietante Monseñor que protagonizó Saló, la película de Pier Paolo Passolini. A su lado, el presidente del Tribunal, era como un Danny de Vito actuando de mafioso con canas. En cambio, el tercer juez -quizás sin tanta pretensión cinematográfica- parecía un anciano tranquilo y distante.
Los sonidos de la calle apenas llegaban a la sala, ubicada en la otra punta del edificio. Sabíamos, sí, que varios centenares de personas se congregaron frente al tribunal para dar su apoyo a la familia Ríos, y que los cánticos no dejaron de sonar en ningún momento.
Grupos de desocupados, vecinos del barrio, organismos de derechos humanos y un nutrido grupo de familiares de víctimas del gatillo fácil, coparon las escalinatas de la entrada, tapizándola de carteles escritos a mano. En el centro de la escena, una bandera argentina larga y fina sostenía una leyenda simple y directa: los pobres también somos humanos.
-Poco debate y final del día
Quizás no haya mucho para decir sobre los testigos de esta jornada. La mayoría de los que desfilaron hoy eran policías que participaron de aquel procedimiento donde se secuestró el arma. Casi en su totalidad, todos apelaron al mismo latiguillo: "no recuerdo". La escena la repitieron tres oficiales seguidos. La fiscal intentaba escarbar en sus recuerdos, los policías balbuceaban alguna respuesta, los magistrados ponían cara de cansancio y Hugo Cáceres sonreía, seguro de que entre bueyes nunca hay cornada. No hubo mucho más en cuanto a testimonios. El Fiscal Scebba declarará mañana por la mañana, y quizás logre echar un poco de luz sobre la amnesia que protagonizó la jornada.
Hoy, definitivamente, fue un día de presentaciones. De mostrar quien está de cada lado. A la salida, como para confirmar eso, se produjo el primer entredicho. Mientras desalojábamos la sala, de entre medio de la gente salió estalló un grito. "¡Chau, asesino!", dijo la voz de Jorge Blanco, un obrero desocupado cuyo hijo, Fabián, fue asesinado por Hugo Cáceres mientras intentaba refugiarse arriba de un árbol. "Hasta luego" contestó un Cáceres cínico. Jorge se dio vuelta, esgrimió un prendedor con la cara de su hijo y lo increpó a que se anime a mirarlo. Afuera de la sala, mientras tanto, se producía un hecho curioso. Parecía que Igor había venido con toda su familia. Alertados por el grito, uniformados de traje y peinados a la gomina, un grupo de corpulentos se comunicaba con handies y se reagrupaban alrededor de la puerta, custodiando a los diez familiares de Hugo Cáceres que habían presenciado la sesión.
Del otro lado el de la familia Ríos, las cosas se veían distintas. Una vez en la calle, los que habían hecho el aguante desde la mañana temprano se fueron caminando despacito hacia la estación. Llevaban carteles con las fotos de sus hijos, pidiendo justicia, pidiendo castigo a los culpables y rechazando la represión. Y algunos de ellos contaban las moneditas para volver mañana.
Sebastian Hacher para CORREPI







