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15/11/2019 :: Chile, Chile

Próxima estación: Catrillanca

x Cristián Zuñiga
Todo Chile se moviliza a un año del asesinato del mapuche Camilo Catrillanca :: Alta represión policial en Santiago y Valparaiso

El 14 de noviembre del 2018, el actual gobierno vio venir al primer joven que saltaba el torniquete de la desigualdad en un campo de Temucuicui y le respondió con una bala de plomo disparada en la espalda.

El actual estallido social, en términos simbólicos, comienza con el salto de un grupo de jóvenes estudiantes por sobre los torniquetes del metro de Santiago. Estamos cumpliendo un mes de aquel hito histórico, que de seguro será recordado en los libros como el momento en que la juventud chilena evadiera los pórticos de la modernización capitalista. Una evasión que, dicho sea, no se concretó para que esa muchachada abordara los vagones del metro y se trasladara a sus hogares u otro punto de la ciudad. La juventud evadió la barra de pago y quedó ahí mismo, al otro lado del torniquete, saltando, gritando y arengando al resto del país para que hiciera lo mismo.

Luego esa juventud emergió a las calles y logró activar una especie de huracán que aún no amaina. Por el contrario, tiene a la institucionalidad en llamas, como si esto se tratara de un acto ritual que solo el fuego pudiera calmar. Es tal la intensidad de las ráfagas huracanadas, que hasta el poder político y empresarial parecieran, luego de haber pasado por torpes anuncios de agenda político- social, rogar por una salida vía asamblea constituyente.

Han sido semanas de muertes, marchas, represión, toque de queda, saqueos, incendios, promesas, votación de leyes express y perturbación institucional. Han sido días donde lo político rebalsó a la política y hasta las categorías ideológicas conocidas hasta ahora, comenzaron a arder en las barricadas centenialls.

Se trata de movilizaciones masivas, quizás las más masivas de nuestra historia, autoconvocadas desde las redes sociales, sin las firmas de Barbara Figueroa, Mario Aguilar, Luis Mesina o Rodrigo Mundaca. Movilizaciones donde no se aprecian poleras del Che Guevara, Lenin, Bakunin, ni banderas de la Fech o la Aces.

Las mayoritarias banderas del estallido corresponden a la chilena y la mapuche. En las últimas semanas hemos apreciado a Pikachu, Joker y hasta el Hombre Araña, anónimos íconos de estas últimas concentraciones, sosteniendo la bandera del pueblo mapuche. Y es que el malestar del Chile actual parece venir de una acumulación histórica que reclama no por 30, sino que por 500 años de hastío cultural. Una especie de rebalse emocional que logra encauzar el vómito posmoderno, en el torrentoso cauce ancestral. 

Por lo anterior, en el día 28 del Chile post estallido (asumiendo el 18 de octubre como hito refundacional), no pasará como una fecha más. El gobierno que hoy parece tambalear, hace justo un año encabezó la operación policial que terminara con la vida de Camilo Catrillanca: joven, mapuche, dirigente estudiantil, rebelde.

A Catrillanca lo mató un balazo por la espalda, disparado por Carabineros, institución encargada de custodiar a forestales de la Araucanía desde una operación denominada “huracán”, cuyos ideólogos fueron los mandatarios de la “era Caburga” (Bachelet- Piñera) y cuyo objetivo era encarcelar a dirigentes mapuche.

En ese entonces el gobierno intentó bajar el perfil de aquel crimen de Estado, con fundamentos payasescos, como el extravío intencional de la tarjeta que contenía las imágenes de la cámara gopro utilizada por efectivos policiales a cargo de ese operativo, sumado a las declaraciones del entonces intendente de la región de la Araucanía, Luis Mayol, quien calificaba el crimen como “acto de delito común”, argumentando que el joven comunero era un simple ratero de autos que había caído en su propia ley.

También es bueno recordar que tres días después del asesinato de Catrillanca, la selección chilena de fútbol jugó un partido amistoso en el estadio de Temuco y en este, se prohibió el ingreso de banderas mapuches al recinto. Esas son las mismas banderas que hoy abundan en las manifestaciones del Chile post 18 de octubre y que justo un año atrás, fueron prohibidas. En aquel partido de la selección, el único gesto lo realizó el jugador Jean Beausejour, quién puso su apellido mapuche “Coliqueo” en el dorso de su camiseta roja de lateral.

Hace un año atrás no cayó Chadwick, solo renunció un intendente y los funcionarios de carabineros imputados aún esperan sanción por parte de la justicia.

Para el gobierno, esto no había prendido. El año pasado en la Araucanía había una mecha que, según Chadwick, no lograba encender más allá de Temuco.

Pero el crimen de Catrillanca era observado desde todo Chile vía pantallas de TV y celulares; inspiraba las líricas de hiphoperos, cantantes de trap y hasta aparecía en cánticos de barras futboleras. La imagen de Catrillanca era proyectada en torres de Santiago centro y dibujada en cientos de murales de Arica a Magallanes.

El 14 de noviembre del 2018, el actual gobierno vio venir al primer joven que saltaba el torniquete de la desigualdad en un campo de Temucuicui y le respondió con una bala de plomo disparada en la espalda.

Quizás por esto es que hoy, cuando miles de chilenos están siendo reprimidos y baleados por carabineros, la imagen de Camilo Catrillanca aparece en el heroico cuadro de la generación sin miedo, junto a la bandera mapuche, el rostro tuerto de casi 200 jóvenes y la camiseta de la selección chilena con el apellido Coliqueo.

Al igual que Catrillanca, la generación sin miedo pareciera estar pidiendo un país distinto al que ofrecen los patrones de la gran forestal. Una generación que no quiere sobrevivir desde el chorreo del árbol fácil a costa de sus milenarias araucarias. La generación sin miedo quiere sacar de su ideal a los leones de Sanhattan y para ello recurre a la raíz, al sueño perdido.

eldesconcierto.cl

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Chile se moviliza a un año del asesinato de Camilo Catrillanca

Luego del asesinato de Camilo Catrillanca, su imagen se convirtió en un referente de lucha social para la comunidad mapuche y para todos los resistentes.

Movimientos sociales, sindicatos y defensores de DDHH de Chile se sumaron ayer jueves a la conmemoración del asesinato del líder y comunero mapuche Camilo Catrillanca, ultimado de un disparo en la cabeza por miembros del Comando Jungla de Carabineros el 14 de noviembre de 2018.

Unieron esta triste conmemoración a las diarias marchas de protesta contra el régimen neoliberal del presidente Piñera, por lo que hubo consignas compartidas.

En horas de la mañana, hubo velatones, concentraciones de calle y marchas en 26 ciudades del territorio chileno. Además, solidarios de seis países se sumaron a estos actos por la memoria del joven dirigente mapuche asesinado. 

Santiago de Chile inició la jornada de marchas a las 9:30 para concentrarse en Plaza Italia, Colina y San Bernardo, con la participación de cerca de cien mil personas. Carabineros reprimió con la receta habitual de camionetas con cañones lanzagases lacrimógenos, camiones de agua a presión con químicos y represores de a pié con escopetas de balines de plomo y porras.

Mientras que en Valparaíso, localidad costera de Chile, participaron decenas de miles de manifestantes. El punto de encuentro se acordó en las inmediaciones del Congreso Nacional, para luego movilizarse a la Plaza Sotomayor en hora de la tarde. Aquí se elevó el nivel represivo, ya que además de los efectivos de carabineros aparecieron en escena camions militares de la Armada con infantes de marina.

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La represión policial que no cesa

OPAL

Nueve minutos que desmienten a Carabineros sobre el respeto de sus propios protocolos y demuestran que la desmedida represión en las calles, es una política de Estado.

Mientras la clase política negocia con el Gobierno de Piñera una salida pactada a la crisis, como lo hicieron con la dictadura, en las calles la represión desatada de la policía sigue cobrando víctimas. Los mismos que mantuvieron la constitución de Pinochet, ahora rasgan vestiduras y se arrogan la representatividad de un movimiento que está lejos de ser representado por los que mantuvieron un sistema neoliberal para salvaguardar su privilegios, y que solo ha traído miseria al pueblo de Chile.

La violación sistemática de los derechos humanos y la impunidad con la que actúan los agentes del Estado, ha tenido no solo el apoyo del conglomerado derechista en el poder, sino que también de los medios y en gran medida, sus trabajadores. El periodismo chileno está inmerso en una profunda crisis, los periodistas viven en una burbuja mirándose al espejo. Y son meros relacionadores públicos del monopolio mediático y el poder económico. Por eso es que tienen que reportear desde el balcón o robar desde las redes el trabajo que otros hacen.

Si el gobierno impone la cultura de la fuerza bruta en las calles y los medios naturalizan la violencia de Estado, estamos frente a un escenario complejo para las luchas del pueblo. Por eso es importante que las redes y las formas de comunicación diversas, tomen un papel relevante para quebrar el bloqueo mediático.

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