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21/07/2019 :: Venezuela, Venezuela

Radiografía sentimental del chavismo (XII): Servicios

x Reinaldo Iturriza
"Conseguiste transporte y tienes luz. Después no te andes quejando. Malagradecido”

El sábado alrededor de las diez de la mañana llegamos al punto acordado. Apenas se montó en ese artefacto raro, maravilloso y fascinante llamado carro, en el que viajábamos tres amigos provenientes de Caracas, Gerardo, que vive en La Carucieña, el barrio más grande de Barquisimeto, decidió otorgarnos una prórroga de cinco minutos. Antes quiso comprobar si de verdad andaba, si realmente habíamos podido llenar el tanque de gasolina, si no se trataba de un ardid, de una broma de mal gusto que le estuviéramos gastando.

Gerardo llegó a pensar que más nunca conocería las interioridades de un carro. Al cabo de algunas pocas cuadras, y luego de permitirse disfrutar de aquella maravillosa experiencia, dejándose acariciar el rostro por la tenue y deliciosa brisa del aire acondicionado, la emprendió contra nosotros, inclemente, con una mordacidad incomparable, a toda prueba.

Nos preguntó si en Caracas habíamos tenido problemas con la conexión a Internet. Un tanto extrañados, le respondimos que el servicio funcionaba, pero que fallaba con alguna frecuencia, que era lento y, para colmo de males, hacía pocos días había colapsado durante horas en algunas zonas y en otras hasta un par de días. Sin poder disimular la carcajada, nos contó que Miguel, su hijo mayor, llevaba la cuenta del tiempo que tenían sin Internet en casa: nueve semanas. Nos reveló su plan: al llegar a las nueve semanas y media lo celebrarían viendo la famosa película homónima, no importa si Miguel no está en edad de verla. La ocasión lo merece.

El problema, nos siguió contando, es el servicio de luz eléctrica. Nos preguntó cómo iba la cosa por Caracas. Le respondimos que la luz muy rara vez falla, solo en algunos lugares puntuales, como en Ciudad Tiuna o Caricuao, vaya usted a saber por qué motivo. Nos explicó algo que conocíamos parcialmente, porque tenemos amigos y familiares en Lara, pero una cosa es enterarse por terceros y otra muy distinta es vivirlo: casi todo Barquisimeto está sin luz hasta por doce horas, a veces más, a veces menos, todos los días. Puede hablarse, por tanto, de una cierta regularidad, aunque es prácticamente imposible saber cuándo se irá, muchos menos cuándo volverá. Salvo cuando el Presidente visitó la ciudad, recientemente: ese día se prestó el servicio ininterrumpidamente. Lejos de celebrarlo, el grueso de la población estuvo en ascuas durante toda la jornada, esperando el inminente corte. Llegó la noche y la luz seguía allí, tercamente. Se fueron a la cama preocupados por lo que les depararía el día siguiente. Pero no nos desviemos: el punto es que, dadas las circunstancias, no es posible saber si, llegado el día, podrán disfrutar de la película.

Eventualmente llega la luz, pero igual siguen sin el servicio de Internet, y hace mucho más tiempo que en casa no funciona el teléfono local. Esto último no importa tanto: total, casi todo el mundo tiene a la mano sus teléfonos celulares, aunque cada vez menos inteligentes. No habrá Internet en la computadora personal, pero con luz, y si se dispone de datos, puede navegarse un rato. El problema, como es sabido, es que para usar los celulares es preciso poder cargarlos. Pero bueno, un paso a la vez, hay que ser inteligente, paciente, ver el vaso medio lleno y no medio vacío, que eso es cosa de pesimistas.

El detalle es que el servicio de agua está imposible. Es decir, casi nunca hay agua en La Carucieña. Siendo así, se entenderá que no es posible llenar ningún vaso, por lo que no queda otra que imaginárselo medio lleno. Y claro que lo consiguen: imaginación, inventiva popular, eso sí que nunca falta.

Por alguna extraña razón, Gerardo no nos preguntó si teníamos agua en Caracas. Quiso saber, en cambio, cómo nos iba con el servicio de gas. Y sí, hay en Caracas infinidad de lugares con problemas de gas, pero ninguno de los que íbamos en el carro los padecemos. Nos acusó de privilegiados. Lo conminamos a reducir su hostilidad hacia nosotros, bajo amenaza de bajarse del carro. Soltó otra carcajada, y nos contó que por el barrio hace tiempo que cocinan a leña, a veces turnándose varias familias para aprovechar el fogón, que tampoco es que sea fácil conseguir la leña y no pueden permitirse el lujo de desaprovechar el fuego. Nos confesó que varias veces se ha enfrentado al dilema de quemar madera todavía verde o húmeda y por tanto tener que lidiar con el humo casi insoportable o quemar los muebles y libros de la casa. Cuando nos aseguró que su biblioteca se había reducido a la mitad, sospechamos que exageraba, pero nos quedamos con la duda.

Le reclamamos una vez más el hecho de que volcara todo su resentimiento en nosotros, sus queridos amigos caraqueños y, entre risas generalizadas, le exigimos que pensara en la gente de Táchira, Zulia, Delta Amacuro. Nos respondió, esta vez con toda seriedad, que lo que sucede con aquella gente está siempre en sus pensamientos: no pueden imaginar cómo debe ser vivir en algún pueblo o ciudad de frontera, tan alejados de la capital del país, tan cerca de la tragedia cotidiana.

Cuando llegamos a Sarare, les contamos a varios amigos en común sobre todo lo que habíamos tenido que escuchar durante el trayecto. Como aliviados, satisfechos casi, los amigos sarareños nos contaron que al menos el servicio de luz eléctrica se había regularizado un poco, que lo que nunca llegaba era el CLAP. En lo que va de año solo llegó cuando tuvieron la fortuna de recibir, al mismo tiempo, a un integrante de la dirección nacional del PSUV. No faltaba más: Gerardo se precipitó en detalles sobre la irregularidad del CLAP en La Carucieña, la gente de Sarare nos contó del sabotaje permanente contra la empresa de producción social directa comunal que se encarga de la distribución de gas en el municipio, de la vez que el pueblo se quedó sin luz durante cinco días y el alcalde se refugió con toda su familia en un hotel con planta eléctrica, y fue como si volviéramos a comenzar de nuevo.

Ya de noche, sin perder un instante el buen humor, Gerardo nos comentaba que buena parte del malestar popular asociado a la pésima prestación de servicios era perfectamente digerible, que la situación era incluso comprensible: mucha gente sabe que, al menos en parte, lo que está padeciendo es producto de la guerra contra el pueblo, que hay una relación directa entre las sanciones imperialistas y los problemas de la cotidianidad, que lo que se persigue es doblegar la voluntad popular. Lo que resulta absolutamente intolerable, nos explicaba, más que la corrupción de algunos funcionarios de las empresas prestadoras de servicios, es la inconsecuencia del Gobierno, el hecho de que, por regla general, los responsables no den la cara, ni expliquen, ni informen, pero sobre todo que no acompañen a la gente. Lo que más molesta es sentirse solos, no desprotegidos, sino solos, soledad popular que contrasta con un discurso oficial que abunda en referencias a la “protección” del pueblo.

Gerardo es sin duda un hombre afortunado: al día siguiente, luego de abastecernos en la tienda de la Comuna Socialista El Maizal (cosa que, dicho sea de paso, Gerardo reclamó airado, porque cómo van a venir estos caraqueños a comprar más barato en Sarare), a pesar de todo lo que nos había hecho pasar, le dimos la cola hasta su casa. Mentira: hasta la Avenida Vargas. Allí lo dejamos en castigo, para que tuviera que agarrar la camionetica o, como dicen en Barquisimeto, el ruta hasta La Carucieña.

Cuando íbamos a medio camino, nos envió un mensaje por wasap: había logrado llegar a casa, todo bien. Le respondí: “Ah, pero conseguiste transporte y tienes luz. Después no te andes quejando. Malagradecido”.

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