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Mundo, Mundo :: 09/03/2026

Trump abre un nuevo frente militar en Ecuador

Daniel Kersffeld
La presencia armada de EEUU contribuirá a sostener el orden público neoliberal y a disciplinar la protesta social

Como si no tuviera suficiente con la actual guerra no provocada contra Irán, Trump decidió abrir un nuevo frente bélico en Ecuador, con la inapreciable colaboración de su presidente Daniel Noboa. El 3 de marzo, Washington y Quito iniciaron una operación militar conjunta que, en el relato oficial, tiene por objetivo principal combatir a las bandas del narcotráfico que convirtieron a Ecuador en uno de los países más violentos de todo el continente: las 9 mil muertes violentas sólo en 2025 contrastan gravemente con el plan de seguridad de los anteriores gobiernos progresistas de Rafael Correa, cuando el pueblo vivía en seguridad.

Si bien se trata de un giro a la derecha cada vez más pronunciado que comenzó a operarse durante la presidencia de Lenin Moreno y que se profundizó en la breve gestión de Guillermo Lasso, ha sido durante el presente mandato de Noboa y, más aún, desde la llegada de Trump a la Casa Blanca en enero del año pasado, que la vinculación con EEUU se transformó en el eje prioritario de la política externa del régimen ecuatoriano.

Esta subordinación a los dictados de Washington se produjo en lo económico, principalmente, en la renegociación de la deuda externa con aumento de intereses y en el establecimiento de acuerdos arancelarios pero, sobre todo, en el combate a la inseguridad y en las políticas de defensa sostenidas por el país andino. En el marco de diversos acuerdos de cooperación y formación en materia militar, en los últimos meses las Fuerzas Especiales estadounidenses, dependientes del Comando Sur, empezaron a ayudar a los comandos ecuatorianos a entrenarse en tácticas represivas y planificar diversas redadas que se espera que se lleven a cabo en todo el territorio en las próximas semanas.

Según lo estipulado, se supone que los soldados estadounidenses no combatirán directamente en Ecuador sino que solo se dedicarán a compartir información con sus colegas sudamericanos: en caso de ser así, no resulta claro el sentido del envío por parte del Pentágono de cientos de militares totalmente equipados para desarrollar una ofensiva bélica en el escenario andino.

Como un exacto reverso de Claudia Sheinbaum que, pese a las incesantes presiones provenientes del norte, reivindica para México un programa de seguridad sustentado en la colaboración externa, pero también en la autonomía y en la defensa de la soberanía, Noboa en cambio pretende convertir a Ecuador en el socio privilegiado de EEUU en el 'combate al narcotráfico' (más bien en la represión a los movimientos indígenas).

Es un papel que anteriormente desenvolvió Colombia mediante un plan que, en la primera década del actual siglo XXI, benefició con recursos militares, y sobre todo, financieros en más de 10 mil millones de dólares, sin contar con los todavía más amplios aportes realizados por el Estado colombiano. Todo destinado al asesinato de campesinos que se negaban a vender sus tierras a las multinacionales.

Noboa procuró allanar el camino para el inicio de este nuevo plan: no sólo destacó, sin brindar mayor información, que esta nueva estrategia de combate al narcotráfico se extendería por varios años sino que, además, se hacía por la defensa de la “seguridad nacional”, bajo cuya inspiración solicitó a Washington que catalogara como “organizaciones terroristas” a las dos principales bandas que operan en el país: los Lobos y los Choneros.

Ya con la convalidación del presidente ecuatoriano, EEUU fue por más cuando en la conferencia inaugural del encuentro “Las Américas contra los Cárteles”, celebrada el 5 de marzo en la sede del Comando Sur, en Miami, el secretario de Defensa Pete Hegseth afirmó que su país está preparado para enfrentar la amenaza del narcotráfico en la región “y, si es necesario, tomar la ofensiva en solitario”. Aunque destacó que a la Casa Blanca, principal impulsora de la “Doctrina Donroe”, le interesaba hacerlo de manera coordinada con los gobiernos de la región.

En el Ecuador de estos tiempos, caracterizados por la represión, la inseguridad y por el miedo a la violencia del narco, pero también por la implementación de planes de ajuste neoliberal, y por una creciente activación de la izquierda y de sectores indígenas y campesinos frente al incremento de la pobreza y de la precarización laboral, la presencia armada de EEUU contribuirá a sostener el orden público neoliberal y a disciplinar la protesta social. Más aun cuando públicamente se admite que, a diferencia de Colombia, Ecuador no está considerado como un país productor sino, en todo caso, como un centro de distribución de drogas. Principalmente a trasvés de las empresas del presidente.

Por ello, y en medio de diversos frentes de conflicto distribuidos por todo el mundo, la intervención militar en Ecuador resulta estratégica para los EEUU por varias razones. Principalmente, por la ubicación privilegiada de la nación andina en el escenario sudamericano, así como también por su amplia vinculación con el Pacífico, con China y con otros países del continente asiático.

En este sentido, la progresiva inclinación hacia EEUU le otorga a Ecuador un mayor nivel de confiabilidad que la que se pueda impulsar desde Chile, otro país con una importante presencia en el Pacífico. Si bien el próximo mandato de José Antonio Kast será orientado desde la ultraderecha, alineada en términos generales con la doctrina trumpista, los fuertes lazos comerciales con Beijing por parte del empresario chileno impedirán un alineamiento absoluto hacia el líder republicano como hoy le garantiza el empresario bananero devenido en presidente ecuatoriano.

Más allá de la elección de Ecuador como un baluarte frente a la presencia comercial de China en la región, se adivinan otros motivos que incidieron en la avanzada militar estadounidense y en la mayor sumisión del Ecuador, ligados en este caso, con el incierto futuro político de Sudamérica. Mientras que Argentina opera como el principal gobierno satélite de EEUU en el Cono Sur, y Venezuela está en duda en el Caribe, son Colombia, Brasil y Perú los que, por distintos motivos, asoman como factores de preocupación para el horizonte hegemónico y disciplinante que se busca imponer desde la Casa Blanca.

Gustavo Petro intentará dar continuidad a la izquierda gobernante en un contexto electoral que se desarrollará entre mayo y junio de este año: el senador Iván Cepeda es por ahora quien más chances tiene de triunfar, si bien la derecha más dura de Abelardo de la Espriella podría complicar en segunda vuelta el camino al poder del candidato del Pacto Histórico. En Brasil, las elecciones serán en octubre y Lula da Silva podría obtener su reelección, siempre que la derecha, todavía en busca de un candidato sólido, no termine capitalizando a su favor el inevitable desgaste del presidente. Perú es un caso aparte, caracterizado por una permanente inestabilidad y una incesante fragmentación partidaria que dificulta la continuidad institucional de los sucesivos regímenes corruptos.

Con su alineamiento irrestricto a Washington, y frente a otros candidatos, Noboa hace méritos para convertirse en el discípulo más aguerrido de Trump, sobre todo, gracias a su permanente política de enfrentamiento y de acoso contra los gobiernos progresistas de la región. Frente a la disputa contra Claudia Sheinbaum por el arresto del ex vicepresidente Jorge Glas, detenido cuando estaba asilado en la embajada mexicana en Quito, y en paralelo al actual conflicto comercial con Colombia, la ruptura reciente de relaciones con Cuba y la expulsión de su embajador son la mejor prueba de fe que en estos momentos puede brindar el ecuatoriano a la administración republicana como compensación ante el inminente programa de militarización y de control social del país.

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