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Argentina :: 24/03/2026

50 años del Golpe: 24 de marzo, cincuenta años para abonar lo nuevo

Guillermo Cieza
Este 24 años de marzo volveremos a la calle reivindicando a nuestros 30.000 desaparecides, levantando las viejas banderas de soberanía de los pueblos y el socialismo

La primera reflexión que quisiera hacer sobre esta fecha es que hubo un 24 de marzo de 1976, porque se habían producido en Argentina una serie de hechos que pusieron en riesgo la dominación capitalista y la subordinación al imperialismo estadounidense. Estuvimos a las puertas de una revolución y la respuesta que dieron a esa amenaza fue la misma que dieron en otros lugares del mundo: Chile, Guatemala, Irán, etc.

La democracia es como una pelota con la que te dejan jugar al fútbol mientras no haya ninguna posibilidad de que tu equipo, el equipo popular, gane. Si por el contrario, se acumulan fuerzas suficientes para poner en discusión el resultado, se llevan la pelota y se acaba el partido.

Si las fuerzas populares llega al gobierno por vía democrática, el imperio y las burguesías locales pondrán en marcha una serie de medidas para golpear la economía, tratando de que los sectores populares sufran desabastecimiento, escasez y hambrunas al punto que retiren apoyo al gobierno con vocación revolucionaria. Las amenazas de seguridad obligarán al gobierno a concentrar decisiones y limitar libertades democráticas. El secretismo militar y la centralización de decisiones crearán contextos favorables para la burocratización, e incluso alentarán la tentación de los dirigentes a reducir el esfuerzo revolucionario a un recambio de la clase dominante. Es de manual, si las las protestas populares no consiguen reencauzar o voltear al gobierno, se pasará a la etapa de la intervención militar directa.

En la Argentina, correspondió a las fuerzas armadas quebrar la institucionalidad constitucional, pero ellas fueron parte de un armado político que incluía al conjunto de las clases dominantes de país, que además contaba con el apoyo del gobierno de EEUU que había empezado a implementar el Plan Cóndor.

En los años previos al 24 de marzo de 1976, en la Argentina se habían combinado distintas acciones populares, que habían acumulado fuerzas para una trasformación: Puebladas, acciones militares directas, un pico de luchas obreras que incluían el control obrero de la producción como forma de lucha, un crecimiento exponencial de la agitación estudiantil, desarrollo de movimientos de base agrarios y territoriales, multiplicación de expresiones artísticas anti-sistema, expresiones rebeldes en instituciones tradicionales como la Iglesia, desarrollo de una prensa alternativa, etc.

Más allá de los niveles de articulación política alcanzado por esas protestas, su sola existencia ponían en riesgo la continuidad de la dominación capitalista. El regreso de Perón al país tuvo un doble carácter. Fue una concesión de las clases dominantes y, por lo tanto, un triunfo popular; pero también, un intento de que el viejo líder contuviera y encarrilara a las fuerzas revolucionarias hacia una salida reformista. Perón apeló a todo su prestigio y habilitó la represión de la Triple A, sin conseguir ese objetivo. Y después de su muerte, quedó claro que el débil gobierno de Isabel Perón, manejado por José López Rega, que acentuó el accionar represivo, no podía contener a la lucha popular.

En los últimos meses de vida de Perón, los impulsos populares de transformación se habían trasladado a las fábricas. Más allá de los avatares de las organizaciones guerrilleras, unas muy golpeadas y otras que desde otros orígenes se sumaban a la lucha armada, peligraba la dominación capitalista. Ricardo Balbín (derecha), uno de los políticos más lucidos del sistema, caracterizó a esa etapa como "subversión industrial".

A lo largo de estos 50 años, desde la derecha, o desde militantes quebrados, se han inflado polémicas que pretendieron crear distinciones entre los que militaban armados y los no armados, entre los que marcharon al exilio y los que se quedaron, entre una minoría que sobrevivió a los campos de concentración y entre los que continúan desaparecidos. La gran madurez de nuestros organismos de DDHH ha devaluado esos intentos. Siempre se reclamó por nuestros presos/as políticos y nuestros desaparecidos/as, sin hacer juicios de valor o distinción entre su forma de militancia, afinidades ideológicas, origen social o racial, orientación sexual, o las decisiones que tomaron los militares sobre la sobrevivencia o no de los secuestrados políticos.

En los últimos años, desde el ámbito académico, han surgido algunos debates sobre la condición o no de víctimas de los afectados por la represión que no militaban. Y es seguro que el accionar represivo tuvo víctimas. Basta recordar el caso de aquella persona a quien se le detuvo el vehículo, por fallas mecánicas, frente a una comisaría y fue ametrallado, o el que recibió un disparo en la cancha de Estudiantes cuando se desplegó una bandera de Montoneros, o vecinos que fueron sorprendidos en un cumpleaños o una fiesta familiar cuando se produjo un allanamiento.

Pero quienes como militantes populares padecimos la represión por aquellos años, no podemos considerarnos víctimas. Quedar en el camino, "perder", como se decía en aquellos tiempos, era una contingencia probable de la militancia. Y esa conciencia no proviene del culto a la muerte, sino de la lucidez de advertir que tirar abajo siglos de dominación y privilegios de los de arriba no iba a salir gratis.

Lo que hoy nos ofrece el panorama internacional es bastante claro, y en ese sentido habría que agradecer a Trump que ha sincerado como funcionan las normativas internacionales. Esas normas se crearon después de la segunda guerra mundial, cuando cuatro grandes potencias dieron lugar a las Naciones Unidas. Esos grandes acuerdos internacionales se han mantenido mientras EEUU consideró que sus intereses no eran afectados. Hoy si Trump piensa que la soberanía de un país se convierte en un obstáculo para sus intereses lo bombardea, poniendo cualquier excusa. No vale la norma o la verdad, vale la fuerza para violar esa norma o para convertir una mentira en verdad.

En ese nuevo panorama internacional vale el dicho popular: "el que quiere pescar se tiene que mojar el culo". Y si uno hace una valoración de lo que han sido los gobiernos constitucionales posteriores a 1983, resulta evidente que nadie se quiso mojar el culo. A lo sumo, se trataron de hacer algunas pequeñas reformas, reconocer algunos derechos, o apoyar el reclamo de los organismos de DDHH y de una amplia mayoría de nuestro pueblo de que se juzgara a los genocidas. Reforzando el mensaje pedagógico, una de las pocas dirigentas políticas que apoyó estas reformas, esta presa. Y esta presa por lo que hizo bien, no por lo que hizo mal.

Si se piensa en el futuro político de la Argentina, es imposible no hablar del peronismo que durante muchos años se ha convertido en refugio del desánimo popular contra ataques del neoliberalismo. Pero el peronismo que ha sido un refugio, o una herramienta del voto castigo, no ha vuelto a ser una alternativa transformadora. Aquella vieja disputa entre los que marchábamos por la Patria socialista y los que defendían la Patria peronista (capitalista) se saldó trágicamente con la dictadura. Lo que quedó en pie fue el Partido Justicialista, defensor de la Patria peronista.

En lo personal, llegar a esta conclusión de que ganó la patria peronista me costó mucho tiempo. Fueron 10 años, desde 1983, de esfuerzos aportando a numerosos intentos por reagrupar la izquierda peronista.

El kirchnerismo, en el que no participé, fue como un despertar de esa vieja ilusión, pero no fue mucho más allá de una promesa. Basta recordar que los últimos tres candidatos presidenciales del peronismo, bendecidos por Cristina, fueron Daniel Scoli, Alberto Fernández y Sergio Massa. No estoy diciendo que en el peronismo no haya militantes políticos decentes y con aspiraciones de cambio social, conozco a unos cuantos; sí sostengo que están en una abrumadora minoría.

Con respecto al proceso de los cambios producidos en la politización de los jóvenes, creo que la aparición de fenómeno de Milei no puede explicarse exclusivamente porque Alberto Fernández hizo un mal gobierno. Hubo una ofensiva sobre las mentes de esos jóvenes, una verdadera guerra cognitiva ejercida desde las redes sociales, que se combinó con cambios en el mundo del trabajo, donde el empleo formal, o industrial fue reemplazado progresivamente por el cuentapropismo y las tareas de servicios, acompañadas de los mito del emprendurismo y la libertad como una aspiración individual.

Se borró la historia nacional y la del movimiento obrero y se nos metió en un identitarismo y en un supuesto universalismo que nos alejaba de las conclusiones acumuladas por nuestro pueblo. El neoliberalismo que promovió Macri nos pegó fuerte cuando la pandemia nos inmovilizó. El posmodernismo no nos pasó por debajo de la mesa.

Con respecto al futuro, creo que se presenta una extraordinaria oportunidad para crear algo nuevo. Milei ha quedado atado al destino de Trump, que está promoviendo políticas que solo acelerarán el declive de EEUU, y que va camino a un fracaso épico. El peronismo ha demostrado que ni siquiera pudo articular una oposición decente a Milei. Parece seguir el paso de la UCR (derecha), que se ha ido extinguiendo como identidad política, para convertirse en una asociación de aspirantes a ingresar al poder estatal que prescinde de principios políticos y valores.

Hoy los conflictos que se desarrollan en el mundo y que amenazan con el inicio de una tercera guerra mundial lo hacen en un nuevo contexto, caracterizado por la existencia de armas nucleares, y de una catástrofe ambiental muy cercana en el tiempo.

Abonar a lo nuevo es tan necesario como urgente.

Este 24 años de marzo volveremos a estar en la calle enfrentado a un gobierno negacionista, reivindicando a nuestros 30.000 desaparecidas y desaparecidos, levantando las viejas banderas de soberanía de los pueblos y el socialismo.

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