Afganistán fuera del control de los invasores
A más de cinco años de la invasión, la situación en Afganistán se encuentra cada vez más complicada para el régimen estadounidense y sus aliados. A contramarcha de cualquier proyecto "pacificador" impulsado por el hombre fuerte George W. Bush, la situación en el sur del país árabe se encuentra totalmente fuera del control de los invasores, y los Talibanes han recuperado posiciones en numerosas partes del país.
Por este motivo, la Organización del Atlántico Norte (OTAN) anunció una espectacular ofensiva, que representa el mayor movimiento de tropas desde que comenzara la invasión ilegal en 2001. Según informó el general holandés Ton van Loon, responsable del mando sur de la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad, bajo órdenes de la OTAN), las acciones se enfocarán en mejorar la seguridad en áreas "donde extremistas del (movimiento) Talibán, narcotraficantes y otros elementos están tratando de desestabilizar al gobierno afgano". La denominada "Operación Aquiles", que involucrará a 4500 soldados de la ISAF y mil efectivos del ejército afgano, será de duración indefinida.
La nueva ofensiva es motivo suficiente para argumentar que la situación en Afganistán se le escapó de las manos a Estados Unidos. Contrariamente a lo que reflejan muchos medios de comunicación, engranajes fundamentales en la política exterior de Bush, no logró consolidarse un gobierno central serio, y tanto las tropas de la OTAN como la coalición internacional que tienen presencia en el país, nunca pudieron garantizar la seguridad de las multinacionales ni menguar la amenaza Talibán. Muy por el contrario, han colaborado a recrudecer la violencia.
Así lo demostraron dos ataques que se cobraron la vida de 19 civiles: esta vez no se trató de atentados efectuados por las milicias rebeldes, sino por las propias tropas invasoras de la OTAN.
El domingo, diez civiles perdieron la vida al quedar atrapados en una balacera entre las tropas invasoras y milicias rebeldes. Los altos mandos de la ISAF negaron su responsabilidad y acusaron a las fuerzas internacionales encabezadas por Estados Unidos. Mientras tanto, decenas de testigos afirmaron que los soldados abrieron fuego indiscriminadamente contra la multitud, al tiempo que varios periodistas denunciaron que efectivos estadounidenses obligaron a los cronistas presentes a borrar cintas y fotografías en las que se podían ver víctimas civiles.
Al día siguiente, nueve personas, incluidos tres niños, murieron en un ataque aéreo de las tropas de la OTAN contra presuntos combatientes talibanes al norte de Kabul.
Sólo el año pasado, murieron en Afganistán al menos cuatro mil personas, de los cuales al menos mil eran civiles. Sin embargo, la única respuesta de Estados Unidos, no sólo para este país, sino para todo Medio Oriente, es recrudecer los ataques militares y aumentar de esa forma los focos de violencia.
Asimismo, el narcotráfico se ha convertido en un argumento central para esta operación. La OTAN pretende eliminar los sectores donde se cultiva fuera de su control la adormidera, planta de la que proviene el opio, y partir de la cual se fabrica heroína.
Los comandantes que anunciaron este movimiento de tropas, ni los funcionarios de la Casa Blanca quieren reconocer, que el cultivo de opio creció de manera considerable desde la invasión en Afganistán, convirtiéndolo en el primer proveedor de heroína de Estados Unidos. Estadísticas de la propia Administración de Lucha Contra las Drogas (DEA, por sus siglas en inglés), publicadas en diciembre pasado por el diario Sunday Times afirman que el ingreso de narcóticos afganos creció un 50 por ciento desde 2001.
Según el informe de esta agencia, tristemente famosa por su implicación en el narcotráfico en Colombia y Centroamérica, esto se debe a que los campesinos se han visto enormemente afectados por la guerra y la desestabilizad económica, y han recurrido al cultivo de adormidera como medio de subsistencia. Además, es el narcotráfico el que financia a los señores de la guerra, con dinero proveniente directamente de los consumidores estadounidenses, al tiempo que desde Washington se manejan y se blanquean las rutas del dinero asistemático y la enorme cantidad de droga que ingresa en ese país.
Esto deja en evidencia la enorme hipocresía de la OTAN, que pone como excusa el narcotráfico, cuando son los propios países que la integran sus orquestadores y los mayores consumidores.
Otra de las excusas para la nueva operación de las fuerzas del ISAF en Afganistán es acabar con los intentos de desestabilización del gobierno por parte de las milicias talibanes. Sin embargo, a pesar de la evidente intención de los grupos radicales de derrocar a una autoridad impuesta, son los propios civiles afganos quienes descreen de su autoridad central.
La creciente corrupción y represión así como la sumisión del presidente afgano, Hamid Karzai a los dictados de la Casa Blanca, cansaron a gran parte de los habitantes del país árabe, que no ven los cambios prometidos luego de la invasión.
A modo de ejemplo, un informe de CorpWatch, ONG que se encarga de vigilar las acciones de las grandes compañías que actúan en la reconstrucción de Afganistán, afirmó el año pasado que las empresas "están embolsando millones de dólares y están dejando a la población cada vez más frustrada y desvalida con el resultados". Esto, según el documento, se debe a que la calidad de las construcciones es pésima, mientras las corporaciones que adquieren las concesiones (en su mayoría ex empresas en bancarrota y con probados vínculos con la familia Bush) facturan sumas exorbitantes.
La ofensiva impulsada por la OTAN es él último intento por controlar la caótica situación provocada por ellos mismos en Afganistán, al tiempo que la violencia estatal y de las fuerzas invasoras recrudece, así como la resistencia. Esto no es nada extraño si se considera que la depredación es una constante en la política exterior de Bush. Las próximas noticias sobre el país árabe no serán en absoluto alentadoras y, al contrario, contarán las muertes por decenas.
Roberto Aguirre, 06/03/07







