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17/10/2009 :: Pensamiento, Argentina, Cuba

Aportes para una crítica del reformismo en la Argentina

x John William Cooke
Texto poco conocido de Cooke escrito entre 1961 y 1962 a pedido de Fidel Castro, luego entregado al Che Guevara

Estos dos trabajos resumen nuestro planteo de la situación argentina. El primero es un análisis de la posición del Partido Comunista Argentino, preparado en 1961, para conocimiento del cro. Fidel Castro. Al no poder cumplir ese propósito (*), y como su índole excluía toda difusión de su contenido, esto solo fue conocido por dos compañeros comunistas extranjeros a cuyo requerimiento fue redactado; la entregué al comandante Che Guevara. Allí están consignadas nuestras discrepancias fundamentales con el PCA y se exponen las razones de la línea que proponemos. El tiempo transcurrido y los acontecimientos posteriores en la Argentina no quitan valor a ninguna de aquellas premisas sino que, creemos, las reafirman. Por eso lo hemos dejado tal cual estaba.

La conclusión general de este trabajo era postular una política insurreccional, a la cual debían subordinarse todos los movimientos tácticos, incluídas las posiciones que se adoptasen frente a los comicios de fines del '61 y marzo del corriente año. Nuestro escepticismo sobre la posibilidad de llegar a la unidad por los caminos que proponía el PCA fue confirmado por el fiasco del candidato de la "unidad" en Santa Fe, doctor Alejandro Gómez, que solo obtuvo 40000 votos sobre un total de casi un millón de sufragios. Pese a que el PCA quiere capitalizar para el doctor Gómez el prestigio de la Revolución Cubana, los restantes movimientos fidelistas -PRAN (Peronismo Revolucionario de Acción Nacionalista), Partido Socialista Argentino de Vanguardia (secretario Tieffemberg), Movimiento de Liberación Nacional (Ismael Viñas, Sra. de Guevara) - constituyeron otro frente, que retiró sus candidatos y votó al candidato Peronista, que obtuvo 240.000 votos. De ese episodio las fuerzas de izquierda salieron más divididas que antes, al punto que hubo un serio enfrentamiento entre comunistas y socialistas argentinos, que venían actuando en común.

No es de extrañar, así, que en los comicios de marzo ultimo el PC tuviese que aceptar una unidad que consistió lisa y llanamente en su apoyo -lo mismo que los Socialistas de Vanguardia y demás partidos de izquierda- a los candidatos Peronistas. La decisión fue, en sí, auspiciosa y correcta. Pero la insistencia constante del PC en plantear erróneamente la unidad dio motivo a que solo le quedase abierta esa forma de unidad inorgánica, circunstancial. Paradójicamente el PC tuvo que decidirse por el movimiento de masas, pero en condiciones en que, dentro de este, favorecía a los sectores mas politiqueros y reaccionarios, recibiendo ataques de muchos de los candidatos que estaban obligados a votar.

La unidad, tal como la concibe el PC, es imposible e inaceptable; la unidad a que se llegó es la variante menos favorable a la izquierda. Entre uno y otro extremo hay una gama de gradaciones posibles y eficaces, que dependen no solamente de las circunstancias sino de la habilidad con que proceden los comunistas y los pequeños partidos que ellos controlan. La batalla definitiva por la unidad se dará en el seno del Peronismo pero influirá la actitud de las fuerzas de izquierda, cuyos aciertos facilitaran la lucha de los elementos revolucionarios por el control del movimiento. Y, simultáneamente, la unidad férrea y permanente solo será factible en la medida en que gravite internamente el ala izquierda Peronista.

El segundo trabajo parte de que la estrategia de masas debe ser insurreccional y entra en aspectos concretos a desarrollar. No es un recetario de formulas infalibles para tomar el poder ni un plan que pretenda prever las varias etapas de la lucha y la táctica adecuada a cada una de ellas. Pero sintetiza las bases de esa política revolucionaria y encara los pasos iniciales.

¿LUCHA LEGAL O INSURRECCIÓN?

Este Trabajo es un análisis critico tendiente a demostrar que la línea del Partido Comunista Argentino no contempla las urgencias de esta hora dramática para la Nación y decisiva para Latinoamérica. La revolución socialista en Cuba crea condiciones para la unidad y el avance de las fuerzas revolucionarias del continente; al mismo tiempo, agrava las consecuencias de este error hasta un límite que no está condicionado por la gravitación del Partido Comunista como agrupación política interna sino por su calidad de representante oficial del socialismo mundial.

Esto determina el sentido de nuestra crítica, despojándola de la virulencia y carácter público que tendría si enjuiciase actitudes similares de fuerzas circunscriptas al ámbito local; porque lo que nos interesa de los desaciertos que señalaremos no es que no favorezcan en la lucha por la dirección de las masas sino que provengan del partido que, por su condición de socialismo "canónico", es obligado participante del proceso liberador y factor de su retardo o aceleramiento. El razonamiento que expondremos supone, para fundamentar que el PCA propugna un curso de acción en pugna con la correcta aplicación de la teoría marxista, la mención de los antecedentes que la originan y las causales de ese reiterado fallo metodológico.

La táctica del PCA puede resumirse así: "formación de un frente democrático nacional, base de sustentación en un futuro próximo de un gobierno de amplia coalision democrática."(V.Codovilla 5-5-61). Los medios de lucha implican la coalición electoral, apoyando a candidatos y/o partidos progresistas y a la presión de masas contra la política proimperialista y antipopular del gobierno.

Está descartada, en cambio, la acción insurreccional, por no existir condiciones objetivas; sin perjuicio de que, si en el curso de la lucha por el pleno restablecimiento de las libertades publicas, dichas condiciones apareciesen, podría entonces recurrirse a formas violentas para tomar el poder; mientras eso no ocurra, la incitación a la violencia es provocación que desata la saña persecutoria y disminuye el margen de legalidad. Así podrán solucionarse los problemas de la nación, mediante la "revolución democrática, agraria y antiimperialista".(V.Codovilla).

¿Están esos planteos de acuerdo con los intereses populares y nacionales en esta etapa histórica de la Argentina? Sostenemos que no. Como el marxismo es una "guía para la acción" que debe aplicarse teniendo presentes las circunstancias de tiempo y lugar, ninguna circunstancia puede defenderse ex nihilo, sino en relación con la condicionalidad histórica que se tiene en vista. Ese principio nunca lo olvidan los comunistas argentinos cuando se trata de enfriar los entusiasmos insurreccionales que despierta el triunfo de Fidel Castro. Y nosotros nos cuidaremos muy bien de no prescindir de el al fundamentar que la lucha insurreccional es la única salida para los problemas nacionales. En ninguna forma intentamos un trasplante mecánico de los procedimientos de Cuba, ni juzgamos nuestras condiciones por las que allí imperaron durante el proceso libertador. ( Un artículo del comandante Guevara en Verde Olivo analiza a fondo la cuestión, deslindando lo que pueda ser particularismo cubano de aquello que constituye ejemplo para toda Latinoamérica.)

Partimos de que cada hecho histórico tiene un carácter distintivo, que autoriza a decir que es único; sabemos también que la actividad humana, por notable que sea, no puede exceder el marco del condicionamiento histórico-social. Intentamos eludir todo vestigio de mecanicismo en el caso Cuba y toda deformación que nuestros sentimientos tiendan a introducir en el escrutinio de los factores en juego. En otras palabras, no admitimos que las tesis insurreccionales tengan origen pasional (queriendo significar que no resistirían el examen que las confronte con la actualidad del país.)

Pero esa debilidad la encontramos, en cambio, en la posición del PCA, en la que vemos el arraigo a otras del pasado. El rasgo común en todas ellas es que provienen de esquemas teóricos en donde pretende encerrarse una realidad vivida y cambiante. Creen que los partidarios de la insurrección imitamos a Cuba simiescamente. Pero no reparan en que hace treinta años que los comunistas argentinos se copian a si mismos.

El Frente de Amplia Coalición Democrática que desemboque en el gobierno de amplia coalición democrática es la táctica permanente que parece servir para todas las circunstancias. En el año 1936, la solución correspondió a la táctica de los Frentes Populares; desde entonces es una receta invariada, con pequeñas modificaciones de enunciado, con Dimitrov o sin Dimitrov, pero aplicable a cualquier fin que se persiga. En la práctica, los llevó a la alianza con las peores fuerzas y los alejó del pueblo en cada episodio decisivo.

Lenín, que captaba cada pequeña variante de la historia, decía: "Ocurre con harta frecuencia que cuando la historia da un viraje brusco, hasta los partidos avanzados dejan pasar un tiempo mas o menos largo antes de orientarse ante la nueva situación creada, repitiendo consignas que si ayer eran exactas, hoy han perdido ya toda razón , tan súbitamente como súbito es el gran viraje de la historia." Desde 1935 hasta la fecha, la fisonomía de la Argentina cambió, se modificó su sistema productivo, la composición social de la población, la correlación de clases, etc., etc. Lo único que ha permanecido fijo atemporalmente es la consigna que comentamos, que no sufre el efecto ni de los "virajes violentos" ni de los virajes que ya tienen sobrada perspectiva histórica como para ser escrutados en todas sus consecuencias.

Esto es una crítica constructiva y no un memorial de agravios contra un adversario, así que nada que se diga lleva intención aviesa. Pero en la medida en que asignamos importancia a la función que debe cumplir el PCA en la lucha de liberación, debemos prescindir de los pasos de minué y plantear con claridad lo que consideramos sus errores. Seria incompleta la afirmación de que el frente propuesto "no toma en cuenta las nuevas circunstancias" ; la verdad es que tampoco tuvo en cuenta "las anteriores" circunstancias. Si en alguna de las oportunidades propuestas pudo haber cumplido un fin útil, es materia de especulación literaria. Lo cierto es que cuando funcionó en alguna forma, el PCA estuvo en la vereda de enfrente de las masas.

Pero ahora ya es totalmente obsoleto. Ademas de impracticable -cosa que nadie puede afirmar sin incurrir en cierto grado de agoreríaes inocuo para los fines propuestos. Es demasiado amplio, demasiado vago, demasiado impreciso y no da solución a los problemas fundamentales. Carece, por lo demás, de atractivo para las masas; es un frente de superestructura que, de ser factible, solo serviría para usufructo de políticos burgueses con veleidades progresistas. Ese frente, ¿para qué sirve?

Admitamos que ese agrupamiento posea posibilidades mágicas que nuestra intuición no alcance a captar, y tenga perspectivas de constituirse. Entonces preguntamos: ¿un frente para qué? Y nos encontramos con el primer golpe de la realidad: las masas argentinas no se movilizarán detrás de soluciones electorales, en las que no creen.

Frondizi tuvo, al menos, el mérito de matar las ilusiones electoralistas. Todas las fuerzas "democrática, populares y nacionales" lo votaron en base a un programa de izquierda moderada. Mientras el Peronismo, después del triunfo negaba que Frondizi pudiese dar soluciones de fondo, aunque si crear condiciones para cambios profundos en caso de cumplir el programa prometido, el PC proclamó que "con Frondizi, el pueblo entró a la Casa de Gobierno". Lo importante no es confrontar esa disparidad de apreciaciones (aunque es extraño que el partido mayoritario no tenga afecto por la legalidad que le aseguraría el poder), sino poner de relieve que la masa popular votó "contra el continuismo de Aramburu-Rojas". Y que cualquier esperanza remanente, se desvaneció un mes mas tarde. Al ser declarados fuera de la ley el partido Peronista y el comunista, se demostró que la oligarquía solamente daría "estado de derecho" hasta el límite en que no estuviesen en peligro sus privilegios. El pueblo lo sabe, los comunistas lo saben, ¿A qué entonces, ponemos a restablecer esperanzas en los comicios?

En la Capital federal pudo darse el caso de que Alfredo Palacios, utilizando las banderas de la revolución cubana y de la libertad a los presos políticos, triunfase. Saquemos del episodio todo el dividendo propagandístico que podamos, pero no nos autoengañemos. En ese distrito, las fuerzas son mas parejas entre los partidos: un vuelco en algunas barriadas Peronistas, sumado al voto de los comunistas, permitió resucitar la momia. El resultado es que, mediante eso, se fortaleció el ala reaccionaria del Partido Socialista Argentino, que acaba de expulsar, por pro soviéticos, a los grupos que dieron contenido popular a esa candidatura.

Pero, electoralmente hablando, tengamos en cuenta: 1) que Palacios tiene simpatías entre la burguesía de la Capital, así que el aporte adicional de votos populares le dió el triunfo; en otros lugares, no se movilizaran las masas detrás de ningún mamarracho, aún cuando simule adhesión a causas simpáticas; 2) costó un gran esfuerzo evitar que Palacios repudiase el apoyo de los comunistas, que hicieron su campaña con el lema "Apoye a la revolución Cubana votando a Palacios", en contra de la voluntad del candidato; 3) que sin que viniese a cuento, Palacios acababa de hacer una declaración "contra el imperialismo soviético", para demostrar que sigue siendo "democrático". Eso en cuanto a la elección en la Capital, que tuvo características especialísimas. Algún partido nuevo con plataforma "progresista" podrá obtener muchos votos. Pero en ningún caso arrastrarán a las masas. Cuando más sacaran algunos legisladores, y con eso no pasa nada.

Si por algo decimos que el pueblo trabajador argentino esta politizado, es porque no cree en las tonterías de la democracia "representativa". Los Peronistas vivimos diez años inculcándoles esa idea, y otro tanto hicieron los marxistas. Y ahora que ese Pueblo sabe que no puede esperar nada de los partidos burgueses ¿vamos a restablecerle la fe perdida y tratar de demostrarles que por medio de las elecciones se alcanzaran los fines revolucionarios que terminen con la explotación y el imperialismo? ¿Es que acaso nosotros lo creemos?

Se dice, como argumento, que un gran triunfo electoral promovería la acción de los grupos mas reaccionarios del ejército, con la contrapartida del descontento general que podría llegar hasta desembocar en condiciones para otro tipo de lucha. Ese razonamiento es demasiado tortuoso para nosotros. Porque significa aceptar que la proscripción del partido mayoritario y del Partido Comunista, la persecución a los obreros, las torturas, el Plan Conintes, etc. no bastan para estimular la rebeldía y demostrar que "dentro del régimen" el pueblo no puede llegar al poder: pareciera que el pueblo recién se enardecerá cuando perjudiquen y hagan trampa a los burgueses. ¿Así que tenemos que tratar de restaurarle la confianza en las elecciones, hacerle aceptar candidatos más o menos burgueses para que, en caso de triunfar, se sienta otra vez burlado y busque salidas no pacíficas? Esa sutileza escapa a nuestra percepción; es como si para demostrarle a un ateo que la idea de la trascendencia es falsa le inculcamos la fe católica y después lo ponemos en contacto con los prelados para que vea que son servidores de las malas causas y se desilusione. Siempre tendremos lo mismo que en el primer momento: un ateo (pero tal vez un poco mas cansado.)

Hay un razonamiento supremo en abono de la coalición electoral: como las elecciones son inevitables, y la gente tiene que votar y esta cansada del voto en blanco, hay que procurar que no se fortalezcan las fuerzas mas reaccionarias, y triunfen candidatos que merezcan mas confianza. No creemos que sea tan sólido el razonamiento. En primer lugar, porque como vote la gente carece de importancia: ese sufragio desganado no expresa una voluntad combativa. Luego, porque en muchas partes la única manera de triunfar será optando entre los dos radicalismos que son otras tantas variantes de la infamia. Les daremos consagración de "populares" a los politiqueros, siempre rápidos en defender verbalmente las buenas causas que arrastran votos.

La objeción fundamental es que iremos al juego de la oligarquía, allí en el terreno donde es mas fuerte y tiene los resortes a su servicio. Los partidos "tradicionales" nos harán la ofrenda de protestar por las libertades de que los Peronistas y comunistas estamos privados, pero seguirán felices con esa maravillosa condición de vicarios en el mundo feliz de las estructuras intocadas. Si en algunos lugares podemos imponer partidos nuevos con planteos progresistas, suministraremos, a elementos que pueden ser útiles, el declive hedónico de las "oposiciones legales".

En ningún caso haríamos triunfar las buenas causas: en todo caso, haríamos triunfar a la legalidad. Pero en versión muy restringida. Porque si se considera que el paso ineludible en una aproximación a la revolución antiimperialista es "el restablecimiento pleno de las libertades públicas", nuestro disentimiento sigue válido. Las libertades públicas no se conquistan, hoy en día, por mayoría de sufragios: que nosotros sepamos, los coroneles, generales y almirantes no se eligen por sufragio popular.

Frondizi saco 4 millones y medio de votos, representativos de una amplia coincidencia nacional a su programa nacionalista. Pero al mes ya estaba cumpliendo el programa que solamente se había atrevido a postular un partidito que no llego a 30000 votos. Salvo que caigamos en el burdo maniqueísmo de los partidos burgueses cuando están en la oposición, no pensaremos que es producto de la "maldad" de Frondizi. Pero extraigamos, si no lo sabíamos, la lección de que hay un poder real que predomina sobre la ficción de poder encarnada en los mandatos políticos.

En épocas normales, esa violencia está cristalizada en las instituciones del orden jurídico liberal burgués. Cuando toma caracteres tan concretos y se presenta sin ropaje, indica un estado avanzado en la descomposición del régimen. Las formas fascistoides indican una fase desintegrativa y no la invulnerabilidad del régimen.

Como hay que ser cuidadoso en las citas de los grandes marxistas (para evitar caer en lo que precisamente criticamos: la selección caprichosa de textos escritos para situaciones que pueden o no tener real similitud con la situación a que se aplican), prevengo que la que ahora transcribiré era un ataque de Rosa Luxemburgo a los revisionistas. Pero expone razones que pueden perfectamente aplicarse al caso argentino, en lo que tienen de esenciales.

"Para el revisionismo, las actuales erupciones reaccionarias son simplemente convulsiones que considera pasajeras y casuales y que no impiden establecer una regla general para las luchas obreras. Según Bernstein, la democracia se presenta, por ejemplo, como un paso ineludible en el desarrollo de la sociedad moderna; para el, exactamente igual que para los teóricos burgueses del liberalismo, la democracia es la gran ley fundamental del desarrollo histórico en su conjunto y todas las fuerzas políticas activas han de contribuir a su desenvolvimiento. Mas, planteado en esa forma absoluta, es radicalmente falso, y nada mas que una esquematización demasiado superficial y pequeñoburguesa de los resultados obtenidos en un pequeño apéndice del desarrollo burgués en los últimos veinticinco años. Si contemplamos mas de cerca la evolución de la democracia en la historia y, a la par, la historia política del capitalismo, obtendremos entonces resultados esencialmente distintos. El progreso ininterrumpido de la democracia se presenta, tanto para nuestro revisionismo como para el liberalismo burgués, como la gran ley básica de la historia."

El problema de las condiciones objetivas

La base de nuestra argumentación es que el frente electoral no es una actividad "hasta tanto se den las condiciones para otra clase de lucha" , o que se combine con otro tipo de lucha. Significa canalizar las energías y la rebeldía popular hacia vías electorales, haciendo concebir falsas esperanzas si se tiene éxito o dando sensación de debilidad del movimiento popular en caso contrario. En cualquier caso, se retrasa la lucha insurreccional y se aparta de ella a los elementos mas capaces y combativos del proletariado. Eludir el dilema entre revolución o compromiso con la burguesía es simple escapismo.

Sería admisible la posición si el planteo fuese insurreccional, y dentro de el se adoptase, como acción táctica eventual, un determinado apoyo electoral. Pero la táctica del PC es netamente electoralista. Las oportunidades para tomar el poder no caen llovidas del cielo sino que hay que crearlas; y centrar el esfuerzo en las elecciones es conspirar contra la creación de condiciones insurreccionales, si es que no existen.

Lo cual nos lleva al primer problema de fondo: analizar si hay condiciones. Y con esto, tanto como el análisis científico, entran a jugar las aptitudes personales de los grupos dirigentes revolucionarios y la capacidad para captar los sentimientos de la masa, sus aspiraciones, el grado de arraigo que tiene la ideología liberal, el residuo de prejuicios que conspiran contra soluciones radicales, etc. Los esquemas se someten ahora a prueba por contacto con la realidad, y los dirigentes pueden fracasar por estar rezagados con respecto al nivel revolucionario de las masas o por haberlo sobreestimado. Las decisiones quietistas implican menos riesgo desde que nada arriesgan y sometidas a criticas pueden ser defendidas escolásticamente con un manejo adecuado de citas marxistas; en las decisiones violentas, en cambio, el precio del error suele ser el desastre. Por eso inspira menos miedo la posibilidad de ser acusado de reaccionario que de provocador. Pero América Latina pasa por un período crítico, como todo el mundo subdesarrollado, y no es posible eludir un pronunciamiento, corriendo todos los riesgos que rodean a cada decisión histórica. Esa responsabilidad debemos asumirla, comenzando por plantear correctamente el asunto de debate.

Es decir, comenzando por no confundir "condiciones" con "oportunidades. Demostrar que el poder represivo de la oligarquía dominante es inmenso, que el imperialismo acudirá en su ayuda, que la fuerza revolucionaria es el proletariado urbano desarmado y no la gente del campo, todo eso tiene que ver con los métodos insurreccionales y no con las condiciones. Incluso admitimos que, dadas las "condiciones" pueden las clases populares pasar mucho tiempo sin encontrar las tácticas adecuadas. Pero hay que empezar por no confundir la estrategia con la táctica. Y sobre todo, con no seguir tácticas que, lejos de aprovechar las condiciones, si existen, o contribuir a crearlas en caso contrario, impiden que estas se desarrollen. La concentración de poderío bélico en manos de los sectores reaccionarios implica la necesidad de un análisis exhaustivo de la oportunidad en que se den las batallas decisivas; en forma alguna puede inferirse, en cambio, que constituyen el argumento para descalificar la insurrección. ¿Es que acaso el poder del estado no ha sido siempre el dispositivo de defensa de las clases dominantes? ¿Es que acaso las FFAA de la Argentina permitirán un avance por medios democráticos o de cualquier índole, que ponga en peligro el "orden de Occidente" del cual son custodios en el país?

Las condiciones jamas se presentaran formando un haz, completas, sin que falte nada. Hay que descubrirlas escrutando algo tumultuoso, turbio y complicado como es la realidad económico-social. De lo contrario, las revoluciones serían perfectas: estallarían exactamente en el punto histórico de incidencia, ni un minuto antes ni un minuto después. Y la vanguardia no necesitaría más que estar atenta a ese llamado, que le indicaría que puede proceder a instalar la dictadura del proletariado en un medio donde la razón no dejaba ningún estrato en la penumbra.

En la Argentina de hoy, si nos atenemos a una estimación más modesta de las posibilidades de que las condiciones aparezcan configuradas nítidamente, éstas están dadas con exceso: empobrecimiento de la clase trabajadora y desconocimiento de sus derechos como tal, proscripción política de los partidos Peronista y comunista, concentración de riqueza en los sectores agropecuarios e industriales vinculados al imperialismo, inmoralidad administrativa, resentimiento nacional ante el sometimiento a las potencias anglosajonas, falta de confianza en los partidos tradicionales, estímulo del caso Cuba, quiebra del orden institucional por las continuas interferencias del Ejército, etc. Todo lo cual configura un cuadro propicio para las soluciones revolucionarias, que cuentan con el elemento básico de un proletariado numeroso, combativo y antiliberal y una clase media políticamente desilusionada en su parte conservadora y entusiasmada por la gestación cubana en sus sectores más avanzados.

Estas son, aún superficialmente enumeradas, las condiciones que objetivamente autorizan la licitud del planteo insurreccional. La función de la vanguardia es incrementarlas, dar cohesión al esfuerzo popular, ofrecerle una salida, buscarle los medios de dar la lucha. Que se acierte o no en esa labor, es otra cosa. Que pueda decirse que no hay condiciones para un alzamiento no es argumento para afirmar que tampoco existen para la tarea insurreccional. Cuya tarea es la que dará lugar a las restantes condiciones. No podrá imputársenos el pecado de mecanicismo si traemos una cita del caso cubano.

Fidel Castro vió claramente lo que el resto de los políticos no veían y con el seudónimo de Alejandro afirmó en una publicación clandestina: "El momento es revolucionario y no político. A un partido revolucionario debe corresponder una dirigencia revolucionaria, de origen popular, que salve a Cuba". Y debemos convenir en que había entonces, aparentemente, muchas menos condiciones, y la realidad cubana ofrecía escasos indicios para semejante afirmación. La historia es cruel y no hay otra manera de demostrar que se tiene razón triunfando: Fidel Castro es el líder de la liberación americana; de lo contrario, hubiese sido un provocador.

Decir que la tesis de la insurrección de América Latina (los Andes serán la Sierra Maestra del continente) es un injerto trotskista es no decir nada. En primer lugar, porque casi todas las sectas realmente trotskistas tampoco creen que existan las famosas "condiciones". Y luego, porque el debate sobre el tema no es una discusión en el seno del partido, donde la imputación basta por si sola para desprestigiar la tesis incriminada. Aplicar el calificativo es una forma de ahorrarse la demostración de que el enfoque propio es correcto, inventando al contradictor un aporte teórico ficticio que oculte la real coincidencia con los mas destacados lideres de la ortodoxia marxista-Leninista (entre ellos, claro esta, Mao y también Jruschov: ´Por eso solo con la lucha comprendida la lucha armada, es como pueden los pueblos conquistar su libertad e independencia ¿Pueden tener lugar en el futuro guerras como esa? Si, pueden ¿Pueden tener lugar insurrecciones como esa? Si, pueden. Pero son precisamente guerras o insurrecciones populares. ¿Pueden crearse en otros países condiciones en las que el pueblo, agotada la paciencia, se levante con las armas en la mano? Si, pueden crearse. ¿Cuál es la actitud de los marxistas hacia esas insurrecciones? La más positiva. Los comunistas apoyan en todo, esas guerras justas y marchan en las primeras filas de los pueblos que sostienen una lucha de liberación".)

Dentro de una estrategia insurreccional, las combinaciones políticas o los apoyos electorales ante el hecho concreto de las elecciones, tienen un sentido que es muy diferente del que adquieren cuando el frentismo es un fin en sí mismo (al menos para toda una etapa). Porque en este último caso no solamente es ineficaz para los fines perseguidos, sino que anula los expedientes de la violencia. Si las "condiciones" no existen, la coalición del tipo de la propuesta no contribuirá, por cierto, a crearlas. Si la táctica es inocua, es una derrota de las fuerzas populares. Si llega a tener algunos éxitos desencadenara medidas represivas: y con eso no adelantamos nada porque lo que sobran son ejemplos de prepotencia oligárquica; estaremos a fojas uno.

Pero vamos a suponer lo que ninguna persona en sus sano juicio puede aceptar como posible: que con la organización del PC y la fuerza numérica del Peronismo comencemos a imponer candidatos que lleven planteos de izquierda, y que eso triunfe contra las maniobras del gobierno, los divisionismos fomentados desde los poderes públicos, el silencio de la prensa, la campaña de la Iglesia contra el "avance rojo", etc.; y que las Fuerzas Armadas dejen que este proceso se desarrolle sin tomar medidas en defensa de la "democracia". Aun en ese supuesto idílico habríamos actuado como disolventes de la unidad que puede darnos el triunfo, que es una unidad dinámica, solamente forjable en una lucha trascendente, y no la unidad que consiste en la coincidencia comicial. Porque no son dos aspectos de una misma unidad, sino dos tipos de unidades, excluyentes entre si. La unidad que nos interesa no es independiente ni de los fines perseguidos ni de las tácticas empleadas.

En la lucha insurreccional tanto en sus aspectos centrales como en las acciones marginales de agitación, propaganda, etc., únicamente le proletariado puede asumir el rol de vanguardia. En la táctica reformista el proletariado deberá someterse a la burguesía, abandonarle la dirección, actuar en el terreno que ella fija, someterse a las reglas de juego que ella establece, quedarse dentro de los limites que ella admite. Es decir que los trabajadores se reducirán, en ultima instancia, a las tareas de "presión" sobre los aliados -la mayoría de los cuales serán circunstanciales- para que estos a su vez "presionen" dentro del régimen.

Y todo este ajedrez tan complicado se termina apenas tres guarniciones se pongan de acuerdo por teléfono y resuelvan darle una patada al tablero so pena de frenar la ola roja. Porque la presión de las capas populares, para ser efectiva, tiene que expresarse en formas que nada tienen que ver con las elecciones.

Aunque manden algunos electos a representarlas en los cuerpos políticos, no son estos los que constituyen su fuerza de presión: seria un optimismo infundado el que pensase que cogobiernan, que integran el poder del Estado. Compárese con dos casos en que realmente hubo cogobierno. En 1917, frente al Gobierno Provisional de Lvov había un gobierno suplementario, accesorio, de fiscalización, encarnado en el Soviets de los diputados obreros y soldados de Petrogrado "que se apoyaba directamente en la mayoría absoluta del pueblo, en los obreros y soldados armados" (Lenín). El otro caso es de la misma esencia; después del triunfo de la revolución cubana, durante varios meses coexistieron el gobierno de Urrutia y Miró Cardona con otro gobierno, formado por Fidel Castro como representante del Pueblo. En los dos ejemplos citados, puede hablarse de un poder compartido -tecnicismos aparte-, pero con el gobierno popular apoyado en fuerzas que impedían que el gobierno reaccionario pudiese reprimirlo. Eso es jugar la presión de las masas; lo otro es plegarse al enemigo.

No nos engañemos; ningún partido ni grupo burgués quiere un proletariado político; todos aspiran a representarlo como tribunos de la plebe, con empleo de todo el lenguaje progresista y el cubanismo que aporte votos. Al llevar a los trabajadores a votar por alguno de ellos, estamos fortaleciendo a los enemigos -confesados o no- de su ascenso al poder. Y estamos debilitando esa voluntad de poder que es uno de los ingredientes insustituibles de la revolución.

Los individuos que componen una clase tienen su visión del mundo y de los problemas derivados del papel que desempeñan en la sociedad; pero solamente mediante la acción, actuando como clase, es que toman conciencia de ello. En épocas en que los sucesos son normales, en el proletariado conviven su visión particularísima con la ideología impuesta por la clase dominante. Mientras aquella es inarticulada e inorgánica esta es coherente, orgánica, fijada por el machacar de las maquinarias educacionales y propagandísticas. Pero en los momentos decisivos, esa ideología extraña a sus intereses entra en colisión con las necesidades del proletariado, que pasa a actuar con autonomía y asciende así a la autoconciencia. Por eso, salvo en cierta capa minúscula, es imposible un desarrollo de la mentalidad revolucionaria a través de tácticas no revolucionarias.

Si un mérito nadie le niega a Perón es el haber desarrollado en los trabajadores el sentido de clase y la conciencia de su fuerza. Sobre esa mentalidad así preparada, hay que actuar sembrando la ideología de la revolución. Lo que será imposible si se encara como una mera difusión teórica, mientras se aconsejan políticas pragmáticas dentro del orden establecido. Esta dicotomía entre pensamiento y acción es factible para movimientos pequeños integrados por iniciados; es nefasta para un gran movimiento de masas, donde el ascenso al sentido de la libertad real se adquiere por la praxis y no en la difusión teórica. Los objetivos no pueden estar divorciados de los medios que se utilizan, porque los pueblos no asimilan las nuevas concepciones en abstracto, como pura teoría, sino combinadas con la acción. Los métodos revolucionarios impregnan a la masa con la teoría revolucionaria. (Y lo mismo ocurre, con signo inverso, con la táctica reformista.)

Un efecto secundario -pero en modo alguno omitible- de la aceptación de la tesis del Partido Comunista, seria el retroceso de los cuadros revolucionarios en el seno del Peronismo, en beneficio de los elencos politiqueros y sumisos. Estos tendrían frente a la masa el argumento de que lo único que los separa del ala izquierda es el criterio para seleccionar los candidatos que merecen apoyo. Y hasta alegaran su mayor ortodoxia, pues en lugar de combinaciones electorales siempre sospechosas para mucha gente ofrecerán partidos neoPeronistas, que el gobierno estimula para dividir el sufragio popular.

(Escrito entre mediados y fines de 1961 para la dirección de la Revolución Cubana)

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* Nota de La Haine: Según fuentes que en aquellos momentos estaban cerca del Che Guevara, fueron altos dirigentes cubanos, muy afines a la URSS, los que impidieron que este documento, tan crítico con el PC argentino, llegue a manos de Fidel.

Acción Revolucionaria Peronista (ARP), 1961

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