Bad Bunny frente al supremacismo blanco en EEUU
Amparado en su libertad artística, desplegó un mensaje que escapó al control de los productores, combinando contenido político profundo con una estética sutil y no panfletaria
La lucha actual en EEUU se configura como una disputa entre, por un lado, las fuerzas de la supremacía blanca que buscan reestablecer formas renovadas de apartheid --con nuevos dispositivos, pero con niveles similares de represión e institucionalidad-- para preservar la hegemonía de una supremacía blanca imperial y, por otro, las fuerzas sociales que se movilizan con el objetivo de transformar estructuralmente el sistema y avanzar hacia una descolonización del imperio desde su interior.
Pero ¿qué implica, en rigor, la descolonización del imperio? Supone cuestionar y desarticular el carácter imperialista de EEUU, lo que conlleva una transformación radical tanto de su política exterior como de su política interna, de modo que deje de operar como un Estado agresor frente al Sur global. Esto exige una reconfiguración estructural sostenida hasta que la supremacía blanca sea derrotada en los planos institucional, político y cultural.
Este este proceso, el multiculturalismo liberal --hoy debilitado y fuera del centro del poder, en parte porque el imperio ya no dispone de los recursos necesarios para sostenerlo-- desempeñó históricamente un papel de cooptación a las élites de comunidades inferiorizadas racialmente, cuyos costos políticos y económicos resultaron muy elevados. La experiencia del gobierno de Obama es ilustrativa en este sentido: la pertenencia de un Presidente imperial a una comunidad inferiorizada racialmente no implica, por sí misma, una transformación radical del sistema. El multiculturalismo liberal, en efecto, tiende a otorgar un "rostro diverso" al Estado mientras se mantienen intactas las políticas imperiales vinculadas a la supremacía blanca en EEUU. Si bien este mecanismo no ha desaparecido, ha entrado en crisis, dando pasos a formas más crudas de autoritarismo y represión. Están con la Gestapo en la calle secuestrando gente.
Es este contexto debe situarse la intervención de Bad Bunny: lo que está en juego dentro del imperio es la lucha por su descolonización o la derrota de dichas luchas frente a un proyecto de supremacía blanca de corte abiertamente pro-apartheid, asociado a liderazgos como el de Trump.
En consecuencia, la lucha antiimperialista en el siglo XXI debe contemplar necesariamente las luchas que se desarrollan dentro del propio imperio. Resulta indispensable una articulación entre las resistencias internas y externas, lo que supone un esfuerzo consciente de coordinación política. Al interior del imperio existen formas de contestación significativas, como las que se han manifestado en Mineápolis (Minnesota), donde han emergido expresiones de insurrección popular frente al Estado. En términos generales, pueden observarse brotes de radicalización social en EEUU con un gran potencial antiimperialista.
Hugo Chávez comprendió con claridad la relevancia estratégica del planteamiento. Su respuesta política fue concreta: impulsó el subsidio de calefacción, financiado con petróleo venezolano, destinado a comunidades latinas y afrodescendientes inferiorizadas racialmente y empobrecidas en EEUU, en un contexto de precios energéticos exorbitantes. Esta medida reflejaba una comprensión de la necesidad de articular las luchas "desde afuera" y "desde adentro" del imperio, es decir, de asumir la dialéctica entre ambos frentes de lucha en el siglo XXI.
Hoy se requiere una estrategia de mayor escala. Es necesario abandonar la visión del imperio como una entidad monolítica que invisibiliza las luchas que se desarrollan en su interior. Con frecuencia, incluso cuando estas luchas son reconocidas, se las interpreta de manera inadecuada al proyectar sobre ellas las experiencias históricas de América Latina, pese a que las condiciones sociopolíticas dentro del imperio presentan dinámicas distintas.
Esto lo podemos afirmar porque estamos situados con un pie dentro y otro fuera del imperio, como ocurre en la experiencia puertorriqueña-- es posible comprender tanto la dominación imperial en el Sur global como la dominación racial-imperial en el interior del propio imperio y en Europa. La participación directa en luchas antiimperialistas y de liberación, dentro y fuera de estos espacios, nos permitió advertir que las luchas descolonizadores internas no son idénticas a las del Sur global: operan con registros, codificaciones y matrices teóricas e históricas distintas.
Por ello, se vuelve fundamental construir solidaridades recíprocas: las luchas dentro del imperio deben ser solidarias con las luchas del Sur global y, al mismo tiempo, las luchas dentro del Sur global deben acompañar los procesos de resistencia que emergen en el interior del imperio. Esta relación debe ser bidireccional. De lo contrario, las luchas internas corren el riesgo de volverse cómplices, por omisión, de las estructuras de dominación imperiales que no son confrontadas. Sin embargo, esta articulación todavía carece de un nivel de organización suficiente. No es que no existan luchas en el Norte o en el Sur, sino que falta la coordinación estratégica que exige el momento histórico actual. Mientras las élites imperiales coordinan activamente con las élites criollas neocoloniales del Sur, los pueblos permanecen desarticulados y, en ocasiones, enfrentados entre sí.
En los últimos días, muchos hermanos y hermanas del Sur global han criticado a Bad Bunny desde posiciones de "purismo" moral que dificulta la construcción de alianzas estratégicas. En este marco debe interpretarse su intervención en el Super Bowl, cargada de simbolismo político y cultural que no siempre resulta fácilmente decodificable fuera de su contexto, aunque ha sido analizado en otros trabajos.
Asimismo, parte de la izquierda latinoamericana --y de otras regiones -- andan desorientados analíticamente al desconocer las especificidades de las luchas al interior del imperio, así como las particularidades de la cultura latina y, especialmente, puertorriqueña. Como resultado, se pierden múltiples claves simbólicas y políticas presentes en el espectáculo, que sólo pueden comprenderse adecuadamente a partir de ese contexto sociocultural e histórico específico.
Una semana antes del Súper Bowl, Bad Bunny obtuvo dos premios Grammy y, en su discurso, afirmó: "Antes de agradecer a Dios quiero decir: fuera ICE. No somos salvajes, no somos animales, somos humanos y somos americanos". Sin embargo, el término "americano" en su boca no se restringe a EEUU, sino que abarca todo el continente, descolonizando así la visión supremacista blanca e imperial que identifica lo "americano" exclusivamente con lo blanco estadounidense.
Esta resignificación cuestiona la lógica monroísta de "América para los americanos", donde, en la práctica, los "americanos" han sido históricamente concebidos como las élites blancas estadounidenses. Esto pone en cuestión Bad Bunny y desafía el racismo de la supremacía blanca estadounidense.
En este sentido, asume una responsabilidad ético-política como puertorriqueño, expresando solidaridad con las poblaciones migrantes de América Latina y del mundo. La condición colonial de Puerto Rico implica que sus habitantes poseen ciudadanía estadounidense, impuesta durante la I Guerra Mundial, entre otros motivos, para reclutar varones puertorriqueños en el esfuerzo bélico. Esta ciudadanía forzada impide su expulsión del país y los sitúa en una posición jurídica distinta a la de muchos migrantes, incluso aquellos con residencia legal, que son objeto de detenciones y deportaciones por parte de ICE.
En términos simbólicos y políticos, esto coloca a los puertorriqueños en una primera línea de visibilización y denuncia dentro del propio territorio imperial: al haber impuesto su soberanía sobre la isla, el imperio no puede desvincularse de sus responsabilidades históricas ni de las consecuencias de esa dominación. En Puerto Rico a esto le decimos: "Si te comiste la carne, ahora chúpate los huesos".
La invitación a Bad Bunny para participar en el evento probablemente partía de la expectativa de una intervención crítica moderada; sin embargo, su presentación excedió ese marco. Amparado en su libertad artística, desplegó un mensaje que escapó al control de los productores, combinando contenido político profundo con una estética sutil y no panfletaria. Su intervención abordó, de manera simbólicamente elaborada, temas como el colonialismo en Puerto Rico, el racismo, la supremacía blanca, el fascismo y muchos otros. De haber recurrido a un discurso explícitamente panfletario, es probable que hubiera sido excluido del evento; en cambio, la sutileza artística le permitió introducir estas problemáticas en un espacio de alta visibilidad mediática.
No obstante, el espectáculo derivó desde el inicio en una confrontación política directa con Trump, quien, según diversos debates públicos previos, había criticado reiteradamente a la NFL y su orientación cultural. Tras la presentación, sus reacciones públicas reforzaron la idea de que la intervención había tocado una fibra sensible del clima político estadounidense, especialmente en relación con el empoderamiento de las comunidades latinas y su llamado a no actuar desde el miedo, sino desde la organización y la resistencia. En este sentido, también puede leerse como un acto de solidaridad directa con los puertorriqueños y con otras comunidades latinoamericanas.
Bad Bunny está poniendo su cuerpo bajo amenaza de muerte. No es el primero ni será el último. Los supremacistas blancos enseguida comenzaron a movilizarse y a emitir amenazas de muerte. Por eso, Bad Bunny utilizó varias capas de ropa para que no se percibiera que debajo llevaba un chaleco antibalas. Nos parece que hubo cierta subestimación al interpretar esto como si se tratara únicamente de ganar dinero, cuando en realidad se está jugando la vida.
Quienes no comprenden EEUU ni las luchas que allí se están desarrollando no advierten hasta qué punto Bad Bunny se está exponiendo. Como artista, podría haber optado por otros caminos, pero no lo hizo. Usó su posición como puertorriqueño --que no puede ser ni expulsado ni tratado del mismo modo que otros migrantes por ICE-- para solidarizarse con las hermanas y hermanos latinoamericanos reprimidos por la Gestapo de ICE.
Para Trump, el show fue una "bofetada en la cara" según sus propias palabras. Sin embargo, desde otros espacios esto no se percibe así y se interpreta como mera instrumentalización del capital. En este sentido, el espectáculo puede leerse también como una bofetada simbólica al fascismo en EEUU.
¿Bad Bunny es un producto del globalismo "woke"? Quien sostiene esto pierde de vista el componente antifascista y antirracista de su intervención. En una lucha antifascista es necesario aliarse con todos los sectores posibles. En un contexto donde la población latina es perseguida, detenida, secuestrada, desaparecida y trasladada a calabozos en distintos países del Sur global, la construcción de alianzas amplias se vuelve un imperativo político, aun reconociendo sus límites. En política, las alianzas deben ponerse en función de la factibilidad. También implica aprovechar las contradicciones existentes entre las élites occidentales.
Por ejemplo, los palestinos en medio de una situación de genocidio buscan alianzas de todo tipo, incluyendo el uso del discurso de los "DDHH". Hay quienes critican este recurso sin advertir que existen coyunturas en las que movilizar ese lenguaje permite impulsar la lucha y visibilizar la violencia sufrida. No se trata necesariamente de una adhesión plena a ese marco, sino de una estrategia para ampliar apoyos y generar presión internacional. Por ello han acudido a la Corte Penal Internacional para denunciar a Benjamín Netanyahu, y la Corte emitió un pedido de captura contra él y su ministro de Defensa por crímenes de lesa humanidad y crímenes de agresión, aunque todavía no por genocidio.
Desde el punto de vista de los DDHH y del derecho internacional, estas instancias pueden ser objeto de crítica; sin embargo, en la construcción de un frente amplio contra el fascismo, parte de la lucha consiste en individualizar y denunciar a los responsables.
En otras palabras, cuando se enfrenta una política de expulsión, persecución y disciplinamiento de poblaciones --como las políticas migratorias de EEUU-- se configura un escenario que muchos interpretan como una forma de terrorismo de Estado orientada a que las poblaciones latinas abandonen el país. En este contexto, el imperialismo estadounidense atraviesa una fase de decadencia y el recurso a formas autoritarias y represivas se vuelve cada vez más central para preservar su hegemonía. La crisis actual es presentada como existencial para el imperio, y el endurecimiento represivo aparece como un mecanismo para evitar su declive.
El fascismo, en esta lectura, opera como una herramienta funcional para intensificar la represión y, mediante organismos como ICE, intimidar a las poblaciones racializadas. Incluso se ha denunciado el hostigamiento y la violencia contra personas blancas que se solidarizan con los migrantes. El mensaje que se percibe, en este clima político, es disuasivo: avanzar sin concesiones y amedrentar a quienes se interpongan. Ese es el contexto que muchos observadores identifican en la actualidad estadounidense.
¿Existen problemas porque Bad Bunny no tiene un discurso radicalmente anticapitalista, claramente antipatriarcal o antisionista? En parte, sí, y por eso el fenómeno debe analizarse con una mirada crítica. Evidentemente, hay sectores del capital que se benefician del consumo masivo generado por el show.
Sin embargo, esto también forma parte de la complejidad de la lucha política. Existen momentos de alianzas con sectores en los que no hay coincidencia total. Pero la política implica, muchas veces, construir frentes ante un enemigo principal. Una vez que ese enemigo es derrotado, esos mismos aliados pueden convertirse en nuevos adversarios. Cuando llegue ese momento, el reacomodamiento político será necesario; pero en la coyuntura actual, la prioridad es articular la mayor cantidad de fuerzas posibles contra el fascismo.
Ahora bien, lo "latino" y lo "negro" funcionan como categorías raciales construidas dentro del orden imperial para clasificar poblaciones. Dentro de la experiencia latina existe una profunda heterogeneidad. Hay latinos que ingresan a EEUU y son asimilados al mundo blanco estadounidense; algunos eurolatinos --como ciertos euroargentinos, eurouruguayos o sectores de las élites blancas cubanas-- han sido blanqueados en términos raciales y sociales, aunque en números reducidos.
El territorio estadounidense no es una tabula rasa, sino un espacio atravesado por categorías raciales preexistentes, clasificaciones jerárquicas y racismo estructural. Existen grupos latinos que son racializados como blancos y que, por ello, acceden a determinados privilegios dentro del imperio, aunque constituyen una minoría. La mayoría, en cambio, ingresan como trabajadores explotados y dominados en el marco del capitalismo racial, siendo construidos como sujetos inferiorizados racialmente.
De este modo, el campo migratorio se divide entre quienes son asimilados al mundo blanco y quienes son incorporados al mundo de los no blancos. Por ejemplo, se ha hablado de la "puertorriqueñización" de los dominicanos en Nueva York: dado que los puertorriqueños llevan más de un siglo en esa ciudad, existen imaginarios raciales de larga duración asociados a ellos. Cuando llegan los dominicanos, no lo hacen a un espacio neutral, sino a uno ya estructurado por categorías raciales, y son frecuentemente clasificados como puertorriqueños a partir del fenotipo, el acento u otros marcadores culturales. Entran así al país siendo encasillados dentro de categorías raciales coloniales ya existentes.
Algo similar ocurre con procesos de "afroamericanización" de migrantes, como en el caso de cubanos o haitianos en Florida, donde en el mundo blanco son percibidos simplemente como "negros", sin distinciones internas, y quedan sujetos al mismo aparato de dominación racial dirigido históricamente contra los afroamericanos. También se observa la "mexicanoamericanización" de centroamericanos en Los Ángeles, donde el racismo dirigido contra los mexicanos se extiende a salvadoreños, guatemaltecos y otros migrantes de la región.
Se trata de estructuras raciales de larga duración que se originan en la clasificación de sujetos colonizados y que luego incorporan a los migrantes dentro de esas jerarquías. No obstante, existe también una minoría de migrantes latinos que es clasificada como blanca. Por ello, la categoría "latino" no puede ser entendida como homogénea, sino como un espacio profundamente heterogéneo, atravesado por distintas experiencias de racialización: puede implicar ser racializado como blanco o como no blanco según el contexto social e histórico.
En consecuencia, no puede afirmarse de manera automática que todo sujeto latino sea un sujeto colonizado dentro del imperio; no necesariamente. Puede tratarse de un latino blanqueado, incorporado al orden dominante y beneficiario de los privilegios de la supremacía blanca. De forma análoga, también existen figuras negras que han sido integradas a las élites del poder estatal e imperial supremacista blanco, como Barack Obama, Colin Powell o Condoleezza Rice. Esto muestra que las categorías raciales no se reducen a la pigmentación, sino que remiten a construcciones sociales de jerarquías y dominación. En este proceso, pueden existir latinos, negros o asiáticos incorporados a las élites imperiales, lo que complejiza cualquier lectura simplista basada únicamente en la identidad.
Bad Bunny no es descolonial, pero sí puede caracterizarse como antifascista y antirracista. Está movilizando a millones de personas, animándolas y elevando su autoestima colectiva, lo cual resulta políticamente significativo. ¿Es anticapitalista? No lo es. Sin embargo, su intervención contribuye a las luchas antifascistas y antirracistas desde el plano cultural. Esto no impide señalar críticas legítimas, como expresiones de sexismo, su inserción en lógicas capitalistas o la ausencia de una perspectiva descolonial en sentido epistemológico. Aun así, no se le puede negar su aporte: está interviniendo culturalmente en favor de causas antifascistas y antirracistas.
No todo puede subsumirse a una lógica sistémica totalizante de la que nada escape. Existen fisuras, ambigüedades y elementos que desbordan la instrumentalización total. En una situación de resistencia, se actúa con las herramientas disponibles y desde los espacios que cada quien ocupa. Adoptar una postura sectaria o purista --según la cual, si una figura no es "anti-todo", no merece apoyo-- conduce a la parálisis política. El "anti-todismo" termina siendo la muerte de la política, porque exigir pureza absoluta imposibilita la construcción de alianzas reales.
Ello desconoce el principio de factibilidad política: se pueden sostener discursos moralmente coherentes, pero ineficaces si no inciden en la transformación concreta. Así, se corre el riesgo de caer en un moralismo sin efectos políticos. Desde una perspectiva descolonial se puede aspirar a una crítica integral, pero no es viable exigir que todos los actores de un frente político compartan idénticas posiciones. De lo contrario, no habría política, sino una secta moral basada en un narcisismo político que invalida cualquier alianza con quien no sea una réplica exacta de la propia postura.
Por ello, es posible criticar a Bad Bunny en aspectos como el sexismo, su inserción en lógicas capitalistas o la ausencia de una visión descolonial en sentido epistemológico. Sin embargo, también es necesario reconocer que se está movilizando desde el lugar que ocupa y con las herramientas que tiene. Se puede apoyar su contribución en lo positivo --la lucha antifascista y antirracista-- sin dejar de formular críticas. Su intervención cultural constituyó, en ese sentido, un aporte relevante.
Frente a ello, el sectarismo y cierto infantilismo político de algunos sectores de izquierda tienden a invalidar luchas que no son una copia exacta de su propia posición, perdiendo de vista la complejidad y la necesidad estratégica de las alianzas en contextos fascistoides de alta violencia y conflictividad política.
No olvidemos que los latinos en EEUU están enfrentando a la GESTAPO: secuestran niños/adolecentes/adulto/abuelos y los desaparecen sin que sus familias sepan donde se encuentran. Muchos terminan en calabozos en El Salvador, Ruanda, Congo o Sudan. La lucha anti-fascista es una prioridad. Agradecemos a Bad Bunny por poner su cuerpo en la primera fila de la lucha contra el fascismo.







