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28/06/2020 :: Brasil

Brasil: ¿un hitlerismo tropical? (I)

x Maciek Wisniewski
La base material de su empuje revisionista para reescribir la historia de la dictadura como un régimen democrático de fuerza

Cuando Renato Aroeira, un caricaturista brasileño, dibujó a Jair Bolsonaro con un tarro de pintura negra haciendo intervenciones sobre la cruz roja, convirtiéndola en una esvástica (Hakenkreuz), con un golpe de pincel captó y tocó varios procesos que tienen convulsionado a Brasil: el creciente despotismo y autoritarismo −que según algunos bordea ya con el fascismo− del errático gobierno de Bolsonaro, su desastroso manejo de la pandemia del Covid-19 y su apología y blanqueamiento de la historia de la dictadura militar brasileña (1964-1985): el caricaturista fue acusado de calumnia y difamación del presidente de la república con base en la Ley de la Seguridad Nacional que data aún de sus tiempos.

Aparte del virus que va infectando a la gente –y de paso al lenguaje, destruyendo la semántica, aislando el significado y trivializando la crisis (bit.ly/37Xz0cW)−, parece rondar por el mundo también un fantasma de las analogías. Un verdadero espíritu del tiempo (Zeitgeist) de hacer apresuradas comparaciones históricas, sobre todo entre la Alemania de los 20/30, la Segunda Guerra Mundial y el presente.

Un afán, en principio noble, que acompaña el auge global de la extrema derecha, de sacar las lecciones de la historia y evitar repetir las tragedias y los errores del pasado, pero que a menudo oscurece más que explica. Esta búsqueda de paralelas que tuvo su clímax respecto a Donald Trump, está igual en curso respecto a Bolsonaro, gracias también –aparte de algunos ecos preocupantes: su desdeño a la democracia, sus políticas de odio, etc.− a sus propias declaraciones en las que ensalzó a Hitler como un gran estratega (sic) o las de su ex ministro de Cultura que, con Wagner de fondo, plagió todo un discurso de Goebbels.

Así, para algunos, dada su conexión con sectores paramilitares −los modernos Sturmtruppen− estamos observando el ascenso de un hitlerismo tropical (bit.ly/3dxnINO, bit.ly/2CGyhl2), él mismo es un fascista del siglo veintiuno, “un Führer en Brasilia”, o un destructor de la democracia a la par con Hitler y Mussolini.

No obstante, como apuntaba Richard J. Evans –historiador de la época y biógrafo de Hitler− al margen de este uso y abuso de las comparaciones, por más nefastos que sean los ecos, no estamos reviviendo los años 30. En el siglo veintiuno las democracias caen de otras maneras. No habrá repetición directa. Si la democracia en Brasil está agonizando, lo está haciendo a su propio modo y a su propio ritmo.

Más que al nazismo, incapaz, igual que Donald Trump, de llevar a cabo una sincronización de todos los sectores del Estado (Gleichs-chaltung), inmerso en conflictos internos e institucionales –dicho sea de paso, he aquí un ejemplo de a qué nivel llegamos con las comparaciones: uno de los ministros bolsonaristas, el duodécimo en dejar el cargo, aludió a la pelea de su administración con el sector judicial, enfatizando su propia victimización (bit.ly/2NuUzIM), como... La noche de los cristales rotos (Kristallnacht); mejor le habría quedado La noche de los cuchillos largos (Nacht der langen Messer), pero incluso así, todo esto ya llegó ad absurdum...−, lo que trata de reconstruir Bolsonaro es el bloque de poder que estaba detrás del golpe de 1964 para quitar las restricciones puestas al capital durante los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff, por más laxos que hayan sido.

De allí la base material de su empuje revisionista para reescribir la historia de la dictadura como un régimen democrático de fuerza (sic) o de su defensa de los verdugos y torturadores, un característico afán de la derecha actual que, neutralizando el pasado, trata de normalizar la toxicidad de sus políticas del presente.

La desastrosa política sanitaria es un buen ejemplo de esto: su negacionismo de la gravedad del coronavirus −la alusión al negacionismo del holocausto aquí parece apropiada−, su menosprecio como gripecita (sic), su alentar a sus seguidores a no respetar medidas de aislamiento social e incluso a invadir los hospitales para demostrar que no hay tantos enfermos (sic) y –copiados de Donald Trump− los llamados a volver a la normalidad con los cuales desarrollaba un discurso que invertía la realidad, que lo absolvía y endilgaba sobre otros las responsabilidades, un verdadero discurso genocida (sic) dirigido a los ricos que controlan la economía y quieren volver a ganar dinero a cualquier precio (bit.ly/2Z7dKh8), no sólo expuso límites y fallas de su propio proyecto, sino simplemente puso en riesgo la salud y la vida de millones de brasileños.

Brasil ya es el segundo país más afectado detrás de EEUU, con más de 50 mil muertos por el Covid-19, entre los que –muy a tono con el propio racismo de Bolsonaro− lideran los negros y los indígenas del Amazonas al borde de un verdadero genocidio, algo que llevó a unos comentaristas –¡el espíritu del tiempo no nos deja en paz!− a comparar su actitud con la falta de compasión –una envenenada influencia de Nietzsche− de los perpetradores del holocausto, como Hans Frank, el nefasto jefe del Generalgouverment en la Polonia ocupada (bit.ly/3dwkoT9).

@MaciekWizz

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