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Colombia :: 02/07/2026

Colombia: Abelardo de la Espriella enfrentará una resistencia firme

Pablo Castaño
Para llevar adelante su agenda extremista, tendrá que enfrentarse a una izquierda colombiana que, en términos de poder parlamentario y popular, nunca estuvo más fuerte

Abelardo de la Espriella, el candidato de ultraderecha, fue elegido presidente de Colombia por el margen más estrecho en décadas recientes. Según el conteo preliminar, obtuvo el 49,66 por ciento de los votos, frente al 48,70 por ciento de su rival, el izquierdista Iván Cepeda, es decir, una diferencia de apenas 250.000 votos.

La victoria del líder de Defensores de la Patria --un movimiento que él mismo creó para el ciclo electoral en curso-- es una noticia desastrosa para Colombia, ya que De la Espriella amenaza con revertir los avances sociales del gobierno de Gustavo Petro (2022-2026) y renovar una estrategia militarista que podría agravar el conflicto armado interno que el país padece hace décadas.

Desde una perspectiva regional, la llegada de De la Espriella a la presidencia extiende el control de Donald Trump sobre América Latina. El candidato de ultraderecha prometió sumisión a Washington y recibió el apoyo abierto de Trump y de otros presidentes de ultraderecha de la región, como el argentino Javier Milei y el ecuatoriano Daniel Noboa. Brasil y México son ahora los únicos países grandes que aún están gobernados por la izquierda en la región, y el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva enfrenta unas elecciones inciertas en octubre.

Colombia fue tradicionalmente una base clave para proyectar la dominación estadounidense sobre su «patio trasero»: es el país con mayor presencia militar de Estados Unidos (bajo el pretexto de la guerra contra las drogas) y, hasta que Gustavo Petro llegó al poder, era un aliado tan fiel que a veces se lo llamaba el «Israel de América Latina». De hecho, De la Espriella citó a Benjamin Netanyahu como una inspiración.

Con la recuperación de Colombia, Trump se acerca a la concreción de su «Doctrina Donroe», tal como se expresó en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, con un hemisferio occidental sometido a sus designios geopolíticos y comerciales.

Un país dividido

El resultado de las elecciones presidenciales colombianas muestra la extrema polarización política del país. En la primera vuelta, los partidos de centro sumaron juntos el 5 por ciento de los votos, y la candidata conservadora Paloma Valencia obtuvo menos del 7 por ciento (una suma mucho menor que el 24 por ciento que el centrista Sergio Fajardo había obtenido en las elecciones de 2022). Esta vez la mayor parte del electorado se agrupó en torno a dos candidatos con plataformas diametralmente opuestas. Para un segmento de la sociedad, Cepeda es un comunista peligroso y amigo de los insurgentes guerrilleros. Para otro, De la Espriella es un fascista y amigo de los paramilitares, que pondrá fin a la democracia en Colombia siguiendo los pasos de Nayib Bukele en El Salvador.

La participación en ambas vueltas fue muy alta para los estándares colombianos: 58 por ciento en la primera vuelta el 31 de mayo y casi 64 por ciento en la segunda. Dado que las bases movilizadas de cada candidato ya habían votado, en las últimas semanas antes del balotaje ambos apuntaron a atraer a quienes habían favorecido a los candidatos centristas. La exalcaldesa de Bogotá Claudia López --conocida por ser una política volátil que se mueve según sople el viento-- esperó hasta los últimos días para expresar su apoyo al candidato del Pacto Histórico, Cepeda, lo que limitó el impacto del respaldo, mientras que el centrista de la Tercera Vía Sergio Fajardo no apoyó a ninguno.

Por el contrario, Paloma Valencia, representante de la derecha uribista (heredera del expresidente Álvaro Uribe), respaldó de inmediato a De la Espriella, lo cual no sorprende dado que el candidato de ultraderecha se inspira abiertamente en la estrategia militarista de Uribe contra las guerrillas y los grupos armados, que causó miles de muertes de civiles a comienzos de la década de 2000.

Valencia se presentó a las elecciones con el respaldo de Juan Daniel Oviedo, un político de centroderecha abiertamente gay. Dado el discurso homofóbico de De la Espriella, se esperaba que Oviedo apoyara a Cepeda, arrastrando consigo a algunos de sus votantes. Pero no lo hizo, a pesar de que De la Espriella había hecho comentarios homofóbicos dirigidos específicamente contra él. Como en otros países, la radicalización de la derecha tradicional y la triangulación de los centristas fueron claves para el ascenso al poder de la ultraderecha.

Geográficamente, los patrones políticos habituales en Colombia se repitieron en líneas generales, mostrando profundas divisiones territoriales. Las empobrecidas regiones periféricas como la costa del Pacífico y la Amazonía apoyaron a Cepeda con cifras que en algunos casos superaron el 80 por ciento, mientras que De la Espriella arrasó en Antioquia --cuna del uribismo y del paramilitarismo-- y en algunas zonas donde la violencia de los grupos armados se ha multiplicado en los últimos años, como Norte de Santander, en la frontera con Venezuela. En las grandes ciudades, la ultraderecha se impuso en Medellí, con el 64 por ciento de los votos, mientras que Cepeda ganó en Bogotá.

En definitiva, el candidato de Defensores de la Patria logró apropiarse del electorado de la derecha tradicional y movilizar nuevos votantes con un discurso demagógico que prometía mano dura y soluciones fáciles a la violencia que azota a Colombia. La estrategia, aunque ya demostró ser ineficaz, atrajo a votantes desconfiados del plan de «paz total» de Petro que, pese a algunos éxitos, no logró materializarse.

Por su parte, Cepeda ganó tres millones de votos desde la primera vuelta, superando el incremento de 2,5 millones de De la Espriella y estableciendo un récord de máximo de votos obtenidos en términos absolutos por la izquierda colombiana en toda su historia. En el último año, el Pacto Histórico se ha consolidado como la principal fuerza política del país, mientras que Defensores de la Patria sigue siendo por ahora una cáscara vacía, con apenas tres senadores y ningún representante en la cámara baja. Sin embargo, el poder político del Pacto Histórico no fue suficiente para ganar.

Emociones versus programa

El resultado de la primera vuelta, en la que De la Espriella superó a Cepeda pese a que todas las encuestas apuntaban a una victoria cómoda del candidato del Pacto Histórico, fue una sorpresa para la izquierda. Cepeda, un defensor de los derechos humanos con una actitud profesoral y un tono tranquilo, llevó adelante una campaña tradicional basada en actos públicos en los que explicaba su plataforma. En principio, centrarse en las propuestas parecía una buena estrategia, dado que Gustavo Petro termina su mandato con un índice de aprobación relativamente alto. Era lógico prometer continuidad con un gobierno que había logrado buenos resultados económicos y avances sociales tangibles, como la reducción del hambre, la pobreza y la desigualdad.

Esta campaña tranquila, sin embargo, fue perturbada por las intervenciones de Petro, a menudo de carácter histriónico, y su insistencia en mantener propuestas divisivas como la convocatoria a una asamblea constituyente (un proyecto cuestionable, dado que la Constitución colombiana de 1991 es considerada progresista, y el principal freno a la agenda de reformas del Pacto Histórico no fue la Constitución sino la falta de mayoría parlamentaria y la resistencia de las élites políticas, económicas y mediáticas).

Solo tras el susto de la primera vuelta Cepeda se distanció del tono agresivo del presidente, con el objetivo de atraer a los votantes centristas que serían clave para cerrar la brecha con De la Espriella. Tanto el candidato como el presidente abandonaron la propuesta de una asamblea constituyente. En las redes sociales surgieron iniciativas de base en apoyo al candidato del Pacto Histórico --como «K-Popers por Cepeda»--, y el sobrio senador llegó incluso a dejarse ver con algunos influencers. Pero estas fueron excepciones en una campaña que, en términos generales, parecía sacada del siglo XX.

En contraste, De la Espriella llevó adelante una campaña emocional, inspirada en las de otros líderes populistas de ultraderecha, con una fuerte presencia en las redes sociales que explotó la retórica incendiaria del candidato. Además, el millonario De la Espriella vendió el sueño aspiracional de enriquecerse como él, haciendo alarde de su fortuna personal de una manera que recuerda a Trump, a quien admira. Entre las dos vueltas, también suavizó los aspectos más agresivos de su retórica, temeroso de alejar a los votantes moderados. Pero no abandonó el discurso rupturista que le permitió presentarse como la única alternativa al establishment político, aun cuando recibió un apoyo discreto de los principales partidos tradicionales. La desesperación de la población colombiana ante el aumento de la violencia en los últimos años y el tratamiento favorable que los medios conservadores le dispensaron a De la Espriella hicieron el resto.

La resistencia que se avecina

Abelardo de la Espriella planea «achicar el Estado» (es decir, recortar el gasto público) en un 40 por ciento, lo que revertería los avances sociales logrados durante la administración Petro. Además, tiene la intención de suspender todas las negociaciones con los grupos armados ilegales --que, hay que reconocerlo, se habían estancado-- y retomar una estrategia puramente militar inspirada en el Plan Colombia, financiado por los Estados Unidos durante la presidencia de Álvaro Uribe (2002-2010). También tiene previsto, de manera polémica, reanudar la fumigación con glifosato, un herbicida tóxico, para destruir los cultivos de coca.

El resultado más probable será un aumento de la violencia rural y de las violaciones de los derechos humanos por parte del ejército, tal como ya ocurrió durante el período del Plan Colombia. Además, una escalada de la violencia estatal podría impulsar el apoyo popular a algunos grupos armados, como el Ejército de Liberación Nacional (ELN) o los disidentes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que gobiernan efectivamente grandes regiones del país y se ocultan tras una apariencia de legitimidad política. En otras palabras, la estrategia de De la Espriella podría contribuir al poder de los grupos armados que siembran el terror entre la población civil.

Por otra parte, De la Espriella amenaza con expandir la economía extractivista que está detrás de la degradación ambiental y el empobrecimiento de las comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes en grandes áreas de Colombia. Esta pobreza, a su vez, alimenta el persistente conflicto violento del país, dado que la falta de alternativas empuja a muchos campesinos a unirse a grupos armados. El nuevo presidente enterrará sin duda la ambiciosa agenda verde de Petro, que incluía la prohibición de nuevas exploraciones de combustibles fósiles.

La buena noticia en medio del desastre que representa la llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia es que encontrará una resistencia firme para implementar su agenda, obligado a tejer alianzas en el Congreso con los partidos del establishment político contra los que hizo campaña. Aunque es probable que estos partidos (en su mayoría conservadores) le den más margen de maniobra del que le concedieron a Petro, el tira y afloja con los políticos profesionales será una fuente de contradicciones para un presidente que hizo de la demagogia antipartidaria una piedra angular de su victoria electoral.

Al mismo tiempo, la izquierda es posiblemente más fuerte que nunca en Colombia. Desde que el Pacto Histórico, la amplia coalición que llevó a Petro al poder en 2022, se convirtió en partido, se ha convertido en el más grande del Congreso, y sigue siendo la fuerza política más organizada del país. Iván Cepeda confirmó que liderará la oposición, donde tendrá la tarea de mantener unida a la izquierda y dificultar la implementación de la agenda de De la Espriella mientras se prepara para una posible candidatura en 2030.

También se espera resistencia en las calles. El Paro Nacional de 2021, que llevó a millones a las calles en protesta, logró detener la regresiva reforma tributaria que buscaba el entonces presidente Iván Duque y sentó las bases para la victoria del Pacto en 2022.

Si el presidente electo intenta implementar su agenda extrema de recortes sociales, militarización y extractivismo sin restricciones pese a su limitada legitimidad electoral y social, una resistencia firme podría desbaratar sus planes.

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