Comienza lo peor para Gaza (la lógica de la incursión terrestre israelí)

El piloto que bombardea desde su F16, a miles de metros de altura, no se siente amenazado de manera alguna ya que Hamás carece de armamento antiaéreo. Se toma su tiempo para acertar en el objetivo.
Claro que los perversamente llamados “daños colaterales” están garantizados, pues soltar bombas de varias toneladas sobre uno de los lugares más densamente poblados del planeta implica matar a inocentes (como Gideon Levy enfatizaba en una misiva publicada ayer a los pilotos israelíes, pidiéndoles que reflexionen, quizás en honor al extraordinario aviador Yonatan Shapira que por razones morales se negó a bombardear a civiles palestinos en 2003).
Pero cuando los soldados se desprenden de la parte trasera de los Merkava y de los vehículos de transportes de tropas, y avanzan por las calles de los campos de refugiados, se sienten amenazados, expuestos, y sus respuestas son mucho más indiscriminadas ("Los primeros días de combate, los miembros de una nueva unidad mostrarán aprensión y miedo continuo", afirma Gwen Dyer en su famoso libro "Guerra").







