¿Cómo se extermina una civilización?
Hay una predisposición social a lo impensable y a la abominación, propias de aquellos tiempos de colapso del sistema de creencias prevaleciente y la ausencia, temporal, de uno nuevo
El 7 de abril en su red social Truth, Trump sentenció a Irán: "Esta noche una civilización entera desaparecerá".
Lo aterrador no es solo la intención de un presidente de una potencia nuclear de prepararse para exterminar a toda "una civilización", sino también el silencio y morbo con el que esta monstruosa declaración ha sido recibida por la "opinión pública" dominante en el mundo entero.
Pocos se horrorizaron ante la amenaza pública y oficial de asesinar a millones de personas -niños, adultos, ancianos- y devastar su cultura, su historia, su religiosidad, su economía, su geografía, sus instituciones y su descendencia, pues todo eso es una "civilización".
Unos corrieron a ver cuánto había afectado ese ultimátum al precio internacional del petróleo y el gas que consumen en sus países. Otros, con indiferencia desplazaron el dedo de la pantalla del celular para ver un video más jocoso, en tanto una gran cantidad de psicópatas con poder colocaron el cronómetro para contabilizar el tiempo que restaba para presenciar el nuevo espectáculo: ver a Trump recular épicamente, o contemplar en vivo la apocalíptica extinción de una nación de 90 millones de personas. Les daba igual que fuese una u otra.
Si alguien se pregunta cómo fue posible que mientras que en 1944 en Auschwitz se cremaba una civilización y en la costa báltica las clases medias alemanas disfrutaban con desbordante alegría el caluroso verano, no tienen más que ver la displicente parsimonia de los actuales gobernantes de la mayoría de los países del mundo, y de sus representantes letrados, ante el genocidio en Gaza o las estridentes intimidaciones de Trump.
La comparación no es forzada. En 1943, el jefe supremo de las SS A. Himmler, en un discurso en Polonia, trazó la forma operativa del "exterminio del pueblo judío" (yadvashem.org). Sustituyan la palabra pueblo por civilización y tendrán la misma sentencia genocida que hoy se ha lanzado sobre Irán. Con la diferencia de que Himmler señaló que de ello "no se hablaría en público". En cambio, hoy se lo hace a través de todos los grandes medios de comunicación.
Este desplazamiento de la frontera de lo normalizado públicamente, de lo indiferente o risible para los parámetros morales del votante, es llamativo. No tiene que ver únicamente con la cualidad personal de los presidentes que monopolizan la fuerza performativa del lenguaje oficial. Es, también, una predisposición social a lo impensable y a la abominación, propias de aquellos tiempos de colapso del sistema de creencias prevaleciente y la ausencia, temporal, de uno nuevo.
Pero, ¿cómo pasó Trump de planificar la decapitación de los líderes de un país soberano a anunciar el posible exterminio de una nación? Se puede decir que, en menos de un mes, Trump y el gabinete que lo acompaña pasaron por tres concepciones del Estado, todas ellas fallidas a la hora de instrumentalizarlas para sus expectativas.
La primera, más cercana al absolutismo monárquico que identifica el régimen de gobierno de un país con la persona del soberano. En este caso, decapitar al gobernante es descabezar la cohesión política de la sociedad, lo que la convierte en un conglomerado de personas derrotadas y sumisas hacia el soberano externo que detenta la capacidad de definir la vida, o la muerte, de cualquier otra persona del país. Por ello, matar al líder supremo iraní -Ali Jamanei-fue el principal objetivo del primer bombardeo norteamericano sobre Irán.
El éxito de este objetivo fue espectacular. Trump anuncia operaciones militares el 28 de febrero y el 1 de marzo, se confirma la muerte del líder iraní. Pero, contra todo lo esperado, el gobierno no cayó ni el pueblo iraní salió jubiloso a las calles para ondear banderas norteamericanas. Se suponía que muerto el líder, el gobierno se paralizaría y la sociedad iraní, que semanas atrás había salido a protestar contra el gobierno por la inflación y el colapso de los ingresos económicos, celebraría la muerte del gobernante. Pero nada de eso sucedió. La sociedad iraní se contrajo en un luto generalizado.
Fracasada la interpretación absolutista del cuerpo gubernamental, se pasó inmediatamente a una concepción weberiana del Estado. Según esta concepción, el Estado es el monopolio de la coerción por lo que, terminar con ese monopolio externamente, se presentó como la manera de colapsar cualquier tipo de gobierno e, incluso, de aniquilar la represiva maquinaria que supuestamente "impide" a los iraníes festejar la "liberación" estadounidense.
De esta forma, en los siguientes días aviones y misiles de EEUU e Israel intentaron acabar con la aviación, la flota naval y los puestos de mando del ejército de Irán. Además, asesinaron a algunos mandos políticos y militares de la Guardia Revolucionaria Islámica, del Estado Mayor, de las milicias y a tres ministros. Pero, tampoco así el gobierno islámico cayó, ni se rindió y mucho menos desapareció.
Al contrario, en una sorprendente lógica descentralizada y diluida en la población, propia de las guerras de guerrillas -solo que ahora con misiles hipersónicos, drones, barcazas rápidas y RPG- los iraníes han neutralizado las sofisticadas y carísimas baterías de defensa aérea de EEUU e Israel desplegadas en medio oriente. Han destrido y obligado a evacuar las 13 bases militares norteamericanas del golfo Pérsico llevando a los 40 000 militares allí asentados a refugiarse en hoteles civiles o en las bases de Alemania e Italia (Wall Street Journal, 8 de abril).
Ese error de concepción le ha resultado muy caro a Trump. Para fines de marzo, el Financial Times calcula un costo de cerca de 30.000 millones de dólares, sin que se haya podido cambiar al "régimen" y controlar el estrecho de Ormuz. Luego está, la disparada del precio del petróleo que contraerá el crecimiento de la economía global. Y, en lo interno, el escandaloso incremento del precio de la gasolina en un 30 %, que ciertamente cobrará su factura política en las elecciones parlamentarias de noviembre.
Todos estos fracasos han enturbiado aún más la razón de Trump, llevándolo ahora a ensayar una concepción racial del poder. Apoyándose en Huntington -para quien el Estado es solo un vehículo de una unidad más elevada llamada "civilización" compuesta por la religión, la historia compartida, las costumbres, autoidentificación e idioma- y cuya superioridad frente a otras se mide en la "aplicación de la violencia organizada" (El choque de civilizaciones, pág. 58), concluyó que para terminar con el "régimen" de gobierno iraní había que arrasar la "civilización" iraní. Y eso es lo que ha anunciado.
Pero ¿cómo se aniquila "en una noche" la cultura, la historia, la forma de vida las instituciones y la religión de 90 millones de personas? Las formas tradicionales de colonialismo de catequesis y aculturación requieren décadas o siglos. Matarlos en campos de concentración, como en Gaza, llevaría años. Hacer desaparecer una civilización en una noche requiere inevitablemente una "solución final" atómica. Esa es la amenaza subyacente.
Finalmente, el mismo 7 de abril, Trump anunció una tregua de dos semanas. Las acciones de Wall Street volvieron a subir, la llegada del Armagedón se guardó en el cajón y la tolerancia global a la barbarie se escondió detrás de un hipócrita silencio. Pero, como en 1943 en Europa y ahora en Gaza, el mundo de lo "normalizado" ya se desplazó aún más hacia el abismo.
Se dice que Trump, sus palabras y acciones, no serán duraderas y muestran la decadencia de un imperio y del viejo orden mundial. Si, pero también deben ser vistas como el temible estremecimiento del inicio de uno nuevo. Como nos lo recuerda Hegel, la historia siempre avanza a tropezones del lado malo de las pasiones y deseos egoístas. Por eso Trump es la mismísima personificación del tiempo liminal.
Diario Red







