Contra el libre comercio

Frustrada la inauguración de la "Ronda del Milenio" de Seattle por la presión popular y sus propias contradicciones internas, los países ricos retomaron la iniciativa en Noviembre de 2001 trasladando, lejos del territorio habitual de los antiglobalización, a Doha, capital del emirato de Qatar en el sur de la península arábiga, la Cuarta Conferencia Interministerial de la OMC, bautizada con el nombre de "Ronda del Desarrollo". En Doha, se proyectó hacia delante la agenda neoliberal instaurada en la ronda Uruguay desde 1986 que sentaba las bases para transformar lo que era solamente (y nada menos) que un acuerdo de desarme arancelario para eliminar obstáculos al comercio mundial (GATT; General Agreement on Tarifs and Trade - Acuerdo General de Aranceles y Comercio), en una "institución para el libre comercio" que tiende a dar un tratamiento integrado a todos los planos que afectan a dicho comercio (máxima libertad de inversiones de capital respecto a las instituciones y leyes de cada estado, derechos sociales, impactos ecológicos, etc.).
Bajo el impulso de la Ronda de Uruguay surgió, en 1995, la OMC que desborda, en sus fines, medios y procedimientos, los objetivos del GATT. No es casual la coincidencia, en la segunda parte de los ochenta, entre este proceso y la crisis irreversible de las economías planificadas del este de Europa, como modelos de modernización económica alternativos a la economía capitalista de mercado. Con el desplome del modelo soviético cayó también el modelo de acumulación capitalista que se le oponía en Europa. Este modelo, perfectamente acotado en sus circunstancias históricas, consistía en un ciclo económico que ponía la demanda como motor. La condición de su funcionamiento estaba en el pleno empleo y la intensa participación de las masas trabajadoras en el consumo que, a su vez, actuaba como dinamizador del crecimiento económico. La izquierda europea, olvidando que fueron las revoluciones obreras y populares y la amenaza de la Unión Soviética como ejemplo de bienestar al margen del mercado, las causas políticas del capitalismo con rostro humano, han teorizado el Estado de Bienestar como una etapa irreversible de la civilización.
Dicha izquierda, en un pacto político y social con el capitalismo, ha permitido formas productivas y tecnológicas destructoras de mano de obra, contaminantes del aire, el suelo y el agua y expoliadoras de los países pobres. En el mundo no ha habido capitalismo con rostro humano porque solo puede haber consumo opulento de masas en el primer mundo a costa de la pobreza de una gran parte de la humanidad. El estado de bienestar europeo tiene como condición migraciones, contaminación y guerras en los países empobrecidos. Considerar la ocupación de las instituciones como único camino hacia la transformación social, fomentando la complicidad de las clases populares de los países ricos con la expansión del capitalismo global, ha convertido a las organizaciones de la izquierda mayoritaria en un sindicato de jornaleros del estado, donde la parte más social y militante está inerme ante la descomunal fuerza de la parte cuya única política es la que le permite, en cada momento, conservar sus privilegios a costa de lo que sea. Una característica de esta izquierda, cínica y globalizadora es la reivindicación del Estado de Bienestar como consigna descontextualizada, mientras entrega, mansamente, zonas del mismo a la voracidad del capitalismo privado con la única condición de que se negocie con ella. Esta izquierda que habla, como la derecha de democracia y participación necesita evitar la constitución política de movimientos populares que, expresando los daños de la globalización neoliberal, estén fuera de su control.
A escala europea, la aceleración del "libre comercio" impulsa la independencia de los grandes negocios respecto a cualquier norma jurídica o ética. Su complemento es la estrategia de Moneda Única como eje central de la construcción europea. El Acta Única Europea, en medio de la habitual hojarasca de buenas intenciones medioambientales y sociales, consagró, en 1986, la reducción del "proyecto europeo" a el libre comercio entre los países miembros, para colonizar sus propias sociedades e instituciones y para ganar en competitividad frente al gigantesco mercado único de EEUU. La deriva neoliberal en Europa, reforzó este proyecto unilateral del capital europeo mediante la estrategia de Moneda Única contenida en el Tratado de Maastricht de 1992. El Euro está basado en la convergencia en déficit y deuda pública, inflación y tipos de interés. Las políticas monetaristas de los gobiernos europeos, tanto de la derecha clásica como de los partidos socialistas, han sido en la última década, más duras y ortodoxas, que las practicadas por los gobiernos de EEUU.
Podemos decir, por tanto, que en Doha se inauguró, tras el paréntesis de Seattle, la "Cumbre del Desarrollo del Capitalismo Global", reforzado, tras los atentados del 11 de Septiembre de 2001, por el imperialismo de EEUU, basado en la guerra preventiva, la ocupación por la fuerza de naciones y territorios, la ilegalidad manifiesta y el proyecto de destrucción de los pocos espacios de participación social y libertad de expresión que se habían salvado de la metástasis de la "democracia del consumidor global". El libre comercio progresa merced a un terrorismo de estado, legalizado por la fuerza y legitimado, precisamente, en nombre de la lucha contra el terrorismo.
EEUU y la UE gastan anualmente 300.000 millones de dólares (60 billones de pesetas) en subvenciones agrícolas. Eso supone el desplome de los precios en los mercados mundiales y la consiguiente ruina de los campesinos de los países pobres. Las subvenciones a los 25.000 empresarios agrícolas que producen algodón en EEUU violan los acuerdos de la cumbre de la OMC en Marrakech (1994) y están causando una catástrofe económica y social en países enteros como Burkina Fasso, Benin, Chad y Mali, que carecen incluso de capacidad técnica para interponer una demanda contra EEUU por dicho incumplimiento.
La creciente impotencia de la izquierda ante estos procesos, se transforma en creciente complicidad, como eficiente reguladora de los conflictos y resistencias descentradas que protagonizan las víctimas de la globalización. El Movimiento Antiglobalización (MAG) irrumpe, desde finales de 1999, como una anomalía. Algo que no se deriva de los planes de los globalizadores. La visualización de la emergencia popular y del cierre de los cauces para una expresión democrática, no controlada por los poderosos, abre la posibilidad de que en sus éxodos, huidas y mecanismos de adaptación, las personas precarizad@s, l@s inmigrantes, las mujeres, l@s consumidores y ciudadan@s, se constituyan como clase, es decir se vean a sí mism@s como un sujeto colectivo actuante, influyente, existente, frente la inseguridad, el silencio y la soledad, oferta cotidiana del capitalismo global.
El discurso ambiguo del "libre comercio" está plagado de cautelas y declaraciones de principios acerca del medio ambiente, el pleno empleo y la soberanía de las instituciones democráticas. Pero su movimiento real, subordina todas estas "preocupaciones no comerciales" a la libertad de movimiento de los capitales, la centralidad del consumidor (reducción del ser humano a su dimensión irracional, deseante y solitaria) y la producción de valor para los más fuertes a costa de los más débiles.
El verdadero fin de la OMC consiste en la progresiva subordinación de todos los recursos materiales, sociales e inmateriales, a la circulación de los capitales. En esta imposición política los estados no desaparecen. Reducen su papel como garantes de los derechos y libertades populares, frente a un capital que persigue el crecimiento por el crecimiento y la competitividad por la competitividad, sometiendo por las buenas o por las malas a quien se resiste a comportarse como una mercancía. Simétricamente, los estados fortalecen la dimensión reguladora y garante del despliegue ininterrumpido del ciclo (gobernabilidad), dando algún tipo de protección marginal a los pobres buenos, cooptando a los militantes cansados ó arrepentidos (muchos de ellos jóvenes, incluso muy jóvenes) y reprimiendo y quitando de la circulación a los pobres desobedientes y a los militantes anticapitalistas verdaderos. Al propiciar la libertad de movimientos corporativos del gran capital transnacional, el Estado no se disuelve, no inaugura el anarcocapitalismo como nueva etapa de la humanidad, sino que reformula y resignifica sus tradicionales funciones de control, represión, legitimación y gobernabilidad, en el desquiciado proceso de la globalización capitalista. Ahora bajo su nueva forma de guerras preventivas, ocupación de naciones, caos, devastación y muerte.
Las múltiples tensiones y luchas transversales entre los distintos bloques capitalistas y los distintos capitales dentro de cada uno de los bloques, todo ello bajo la hegemonia imperialista de EEUU, constituyen una trama de contradicciones sistémicas que, en ausencia de grandes luchas anticapitalistas, juegan, simultáneamente, a favor de la continuidad del ciclo de producción y reproducción del capital como relación social. El Estado sigue condensando la soberanía (el poder), la identidad (la nación) y la legitimidad (régimen parlamentario, nacionalismo del consumo, orden social) El imperialismo norteamericano aparece como el vector hegemónico de un proceso enormemente complejo, la globalización. Todo ello tiene como condición la subordinación del trabajo asalariado, de los trabajos de cuidados, del conjunto de la actividad social y de los recursos naturales al ciclo de reproducción ampliada del capital.
Los beneficiados por la globalización no son solamente los centros de poder financiero, las multinacionales y las oligarquías de los países desarrollados. También lo son todas aquellas personas domesticadas para vivir con el objetivo de satisfacer su deseo consumista a través del mercado y disponen de dinero para hacerlo. Es decir, mil millones de beneficiarios indiferentes a las consecuencias de sus modos de trabajo, consumo y ocio. En este grupo de integrados se encuentran las grandes clases medias de los países de capitalismo más desarrollado que sostienen a los grandes partidos capitalistas de derecha y de izquierda. Estos ciudadanos bienpensantes, bienintencionados y bienconsumientes dan limosna para las misiones o pagan una cuota a una ONG. Pero no quieren ni oír hablar de que la condición social de los muertos del Estrecho de Gibraltar está indisolublemente unida a la condición social de sus propios hábitos de consumo globalizado. Sin modificar la condición social (gasto energético, movilidad, hábitos alimentarios, concepción del bienestar y de la cultura, modos de participación política, etc) de los incluidos en el consumo global, no es posible mejorar la condición social de los excluidos, garantizándoles sus derechos humanos, sus alimentos, su salud, su derecho a la vida y sus libertades.
No es desde el libre comercio, desde donde luchar contra la pobreza y el hambre, sino desde la limitación del comercio, el control político de las multinacionales y su reducción drástica; la salvaguarda de la producción de alimentos en base a la cercanía, los ciclos naturales, el consumo de temporada, la valoración del saber campesino y la dignificación de la vida en el campo. Poner por delante los derechos humanos y el patrimonio biogenético; la dignidad del trabajo, su utilidad social y su respeto al medio ambiente; la igualdad entre hombres y mujeres ante los trabajos asalariados y los trabajos de cuidados. Promover la cultura de la austeridad, una vez satisfechas las necesidades básicas, como única fórmula para garantizarlas a escala global. Este es el contenido de "OTRO MUNDO" políticamente imposible.
Para producir los bienes y servicios vinculados a la dignidad y la autonomía de todas las personas es necesario impedir que sea el mercado quien se encargue de ello. La democracia aparece vinculada al libre mercado pero no hay democracia sin privar políticamente al mercado de su capacidad para violar los derechos humanos, las libertades y las leyes. Si fueran protegidos por decisiones políticas de la sociedad, los bienes de primera necesidad ya no serían objeto de la economía. Pero ¿Qué será entonces de las multinacionales de la alimentación y de los productos farmacéuticos? ¿Qué será de las mafias inmobiliarias del PP y del PSOE en la Comunidad de Madrid? ¿Qué harán con la democracia si en vez de estar a su servicio se convierte en el "gobierno del pueblo"? Sin crear, con la insurrección de las conciencias y la participación política de los desheredados, son las condiciones políticas para detener, localmente, esta globalización y "hacer posible otro mundo necesario".
Los efectos de la OMC y de su antecesor, el GATT son evidentes: Precariedad, privatizaciones, inseguridad alimentaria, desnutrición, enfermedades y millones de muertes evitables, represión, embrutecimiento cultural, degradación de la democracia, genocidio laboral, guerras por el control de materias primas, petróleo y zonas geoestratégicas, voladura de la legalidad internacional, imperio de la violencia y la intimidación. Aunque no hace falta ningún periodo de la OMC para hacer balances, basta que los poderosos lo nieguen para que deba ser apoyado.
Las víctimas del libre comercio y la globalización carecen hoy de cualquier alternativa real para oponerse a esta dinámica. No es una alternativa real votar a partidos que impulsan la globalización, el militarismo, la OTAN y la guerra, aunque se oponen de palabra cuando están en la oposición y se aproximan las elecciones. Tampoco es una alternativa un movimiento que se opone de palabra a la OMC pero que olvida la política agraria común y las políticas que la implementan aquí y ahora. Tod@s desconfían, pero todos obedecen y cuando protestar no es peligroso, protestan. Pero ese movimiento desde el punto de vista de su capacidad para impedir los desmanes de la OMC, es decir de sus políticas concretas, no es real.
Sin localizar la lucha global no se puede salir de este simulacro. Hasta ahora el fogonazo mediático de las contracumbres es influyente, sobre todo, para que los burócratas de las asambleas ficticias se postulen como líderes de un movimiento secuestrado, porque sólo se manifiesta cuando suenan los altavoces del poder. Este movimiento es como espuma que no influye en la dinámica real de la sociedad. Ni siquiera, tal como vemos, en la orientación del voto, entre la derecha clásica y la nueva derecha socialdemócrata. Pero aunque contado, por ahora, por la izquierda parlamentaria, el movimiento siempre es necesario y hay que impulsarlo.
Es necesario transformar el impacto mediático de las movilizaciones a fecha fija en un estimulo para la convergencia, el dialogo y cooperación de los innumerables acontecimientos de oposición a los efectos del libre comercio. Sin lucha local no hay lucha global que valga. Lo que hay es espectáculo a mejor gloria de una libertad de comercio que genera su propia autooposición.
"Fuera la Agricultura de la OMC" es una negación correcta pero indeterminada. Aquí y ahora, las proclamas a favor del desarrollo de los pueblos, son consignas necesarias, pero no suficientes. Sin poner en España, que es Europa, la política agraria común (PAC), y nuestros propios hábitos de alimentación y consumo en primer plano, es falsa la oposición a la OMC. Se la combate en sus manifestaciones en la India ó Brasil, pero no aquí. Toda la estrategia de la Agenda 2000 (presupuesto de la UE para el período 2000-2006) y toda la política agraria común de la UE, de la que se deduce toda la política agroalimentaria de España, están impregnadas de los criterios de industrialización, concentración, intensificación, competitividad y eficiencia económica, como ejes dominantes, que emanan de la OMC. Es imprescindible hablar de la PAC en España para hablar de la OMC, al igual que lo es hablar de la OTAN y las bases norteamericanas en nuestro territorio para estar contra la guerra, hablar del derecho de autodeterminación en Euskadi para hablar de democracia o de la pertenencia al euro para hablar de lucha contra la precariedad.
Decir que la OMC debe estar controlada por la ONU, sobre todo tras el espectáculo de la agresión contra Iraq obliga a precisar quien va a controlar a quienes controlan a la ONU. Decir que el parlamento español controle al gobierno en su complicidad, por consentimiento, de las violaciones del derecho a un trabajo digno, un salario suficiente, o a una vivienda, a la integridad física y a la vida de los 1500 muertos y de los 4000 inválidos que causan los accidentes de trabajo cada año en España. Falta explicar cómo se controla al parlamento español. Este tipo de proposiciones son sólo el ruido de la izquierda globalizadora y sus criados para disfrazarse de oposición, una retórica vacía para aparentar que se tiene algo que decir.
¿Por qué la izquierda capitalista ha llegado a controlar el MAG con esta quincalleria? Por un lado, porque la progresía, la clase media instalada, es lo que quiere oír. Recetas morales que no comprometen mucho, aunque no sean racionales o verdaderas. Ese público manifestante ocasional, vota una y otra vez a las distintas marcas de la socialdemocracia, ante el espantajo fascista y neoliberal del PP. Constituye el principal soporte de la globalización económica y del bipartidismo orgánico que la gestiona en España. La lágrima ante el espectáculo televisivo del hambre coexiste pacíficamente con la compra en Carrefour y el voto a la socialdemocracia. Ese público es el que nos hace inviables política y electoralmente. Todos los esfuerzos de adaptación a ese público y a sus valores de cálculo racional y consumo, solo sirven para aumentar su degeneración y la de la izquierda.
Pretender, como prioridad, la unidad de toda la izquierda al precio de no decir lo que este público no quiere oír, con lo que, cada vez lo quiere oír menos y por lo tanto, lo podremos decir menos, es un suicidio. Sin embargo, no podemos ignorar a este público, porque también está amenazado, precarizado, hastiado. Tenemos que avanzar desde fuera de los valores de este público colonizado por la globalización, pero también desde dentro de sus carencias y daños.







