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Colombia :: 16/12/2013

Crisis y conflicto en Bogotá a raíz de la destitución de Petro

Horacio Duque
Los sucesos de Bogotá ha permitido la configuración de un importante bloque de la izquierda colombiana
Con ocasión de la destitución del Alcalde Gustavo Petro por el Procurador y de las campañas promovidas por la ultraderecha para bloquear el actual gobierno de Bogotá y su progresista Plan de Desarrollo, la situación política se ha tornado muy compleja involucrando no sólo aspectos coyunturales sino también estructurales. El conflicto ha derivado en una crisis de bastas proporciones en la que resaltan elementos políticos, institucionales, jurídicos y sociales. La idea de crisis como método, ha sido postulada para pensar sobre todo la producción de conocimiento en sociedades abigarrados o con diversidad cultural como la bogotana en la que habitan casi diez millones de ciudadanos. El caso que nos ocupa sugiere recurrir a un nuevo andamiaje conceptual, el cual nos parece más pertinente para abordar el contexto de transformaciones que opera en Bogotá en los años recientes con ocasión del triunfo electoral de Petro (2012-2015) como resultado de su dura campaña contra el robo de los presupuestos de la ciudad por los gobernantes del Polo Democrático (2008-2012), que llevó al encarcelamiento del Alcalde Samuel Moreno, del Senador Iván Moreno, de varios concejales, de contratistas y de otros altos funcionarios públicos. A lo que hay que sumar la adopción de un Plan de Desarrollo organizado con ideas reformistas para superar la segregación social, la degradación ambiental, la conservación del agua y la profundización de la democracia participativa. Las crisis permiten ver lo que no era obvio, discernir causalidades ocultas. Todo porque entran en juego y se tensionan una pluralidad de saberes e interpretaciones que trascienden las versiones sesgadas emitidas desde los poderes dominantes interesados en perpetuar la ignorancia de las mayorías sociales. Algunos, desde una postura de “ultra izquierda”, (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=178167 ) prefieren aludir a episodios pasados de la mecánica legislativa como el voto depositado por Petro en la elección de Alejandro Ordoñez como Procurador, que según aquel se hizo como un gesto de tolerancia y convivencia entre contradictores ideológicos, descartando el uso de la violencia y el ataque visceral tan común en nuestra sociedad, como una explicación de la situación que se vive en estos momentos, agregando consideraciones sobre identidades ideológicas, de cultura política o de formación económica, para congraciarse y justificar la arbitraria destitución de Ordoñez con la idea peregrina de que al Alcalde le están dando de su misma medicina. Olvidando, por lo demás, el importante papel jugado por Petro como Senador, en el destape y señalamiento de la parapolítica uribista. Se trata, a mi juicio, de una lectura muy simple, cargada de prejuicios personales, por eso mismo irrelevante en la interpretación de los hechos en curso. La crisis en desarrollo demanda un análisis multidimensional de los aspectos más relevantes de la realidad sociopolítica bogotana que permitan un abordaje integral del proceso, recoger sucesos que se encontraban desconectados, así como demostrar la complejidad de las relaciones sociales y de los fenómenos emergentes. Por lo pronto se han visibilizado saberes políticos, legales, jurisprudenciales y constitucionales como herramientas de interpretación y salida de la crisis. El Alcalde y el cuerpo político que lo acompaña han recurrido en las tres grandes manifestaciones realizadas a lo largo de la semana que finaliza, a la noción de “poder constituyente” como elemento de pulsión en su convocatoria a la multitud para confrontar el “poder constituido” atrincherado en la Procuraduría, utilizado por el bloque fascista para destruir la reforma social popular y progresista. Para los efectos de esta nota, y como un aporte preliminar, parece conveniente acudir a una categoría de mayor espesor en el análisis de la coyuntura generada con la destitución de Gustavo Petro. Me refiero al concepto de campo de conflicto (Melucci, 1999) como operador metodológico. El cual permite discernir entre los conflictos de carácter estructural o hegemónico que implican situaciones de crisis estatal y conllevan la posibilidad de una transformación de las relaciones, de aquellos corporativos o meramente coyunturales cuyo impacto y alcances son limitados, y no afectan a la estructura del poder. Además, constituye sujetos, en episodios de conflictividad los sujetos se agregan, articulan, construyen discursos, pueden cambiar la cualidad y el alcance de la acción colectiva, en tanto que en situaciones históricas en que no existe conflictividad o ésta se reduce a cuestiones puntuales, los sujetos colectivos tienden a inhibirse e incluso a desaparecer. Ello permite abordar a los movimientos en su multiplicidad y variabilidad, en sus desplazamientos entre los diversos ámbitos del sistema y del campo político; así su identidad no es una esencia sino el resultado de “intercambios, negociaciones, decisiones y conflictos entre diversos actores. Lo que hace estructural y hegemónico el conflicto perfilado con la destitución de Petro es su articulación con los diálogos de La Habana y las connotaciones de los mismos por lo concerniente a la reforma agraria, la participación política y la solución del problema de las drogas, temas que ya disponen de sólidos acuerdos entre las partes. La categoría de conflicto –campo de conflictividad– se vuelve central para la reconstrucción del proceso desatado con la destitución de Petro ya que permite no sólo la constitución y visibilización en el ámbito nacional de los actores estratégicos, sus luchas y discursos, sino también las contradicciones y fracturas sociales, así como la dinámica de la recortada democracia que rige en Colombia. Conviene un análisis de la dinámica política en curso, a partir del campo de conflicto, porque éste está dando lugar a la emergencia de nuevos sujetos, discursos y representaciones simbólicas en la disputa por el poder. Me limitó por ahora al hecho notorio del reagrupamiento de la izquierda después de la negativa experiencia del Polo Democrático. Más que las disposiciones legales sobre el sistema electoral (umbral, p.ej.) o el de partidos (castigo al transfuguismo), los sucesos de Bogotá ha permitido la configuración de un importante bloque de la izquierda colombiana, deslindada de aquella esfera inmersa en la degradación ética, que accede a niveles estratégicos en la disputa por la próxima elección presidencial. Con los diálogos de paz de La Habana en que las Farc han profundizado su desempeño político y simbólico y con la movilización popular desatada en Bogotá, liderada por Petro, en Colombia se ha iniciado el proceso de construcción de una nueva hegemonía, entendida como un “complejo entrecruzamiento de fuerzas políticas, sociales y culturales” (Gramsci en Portantiero, 1987) De ahí que ante estas nuevas configuraciones políticas y sociológicas, resulta apremiante una lectura atenta de los rasgos y connotaciones que adquiere la democracia, la acción colectiva y las emisiones discursivas de los sujetos, en la medida en que es ahí, en el territorio de las prácticas, donde se gestan las “nuevas” significaciones de la política y sus nuevos derroteros. La Haine
 

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