Desde Cali continúa la minga de resistencia popular de los indígenas colombianos

“Llaman violento al río que se desborda y no al cauce que lo oprime”
Tierra, dignidad y paz. “Que esta no sea solo una marcha de los indígenas, tiene que convertirse en una minga planetaria donde se levanten los obreros, los campesinos y trabajadores para hundir el capitalismo criminal que nos asfixia”, expreso Daniel Piñacué unos de los líderes del pueblo Nasa. La marcha de los pueblos indígenas llegó el 25 de octubre a Cali y durante más de una semana ha venido reivindicando la recuperación de sus tierras, el respeto por sus costumbres y tradiciones, la desmilitarización de los cabildos y la negativa a aceptar el TLC y el neoliberalismo explotador.
Son aproximadamente 40.000 indígenas los que integran esta protesta que salió de la María, Piendamó en el sureño departamento del Cauca, Colombia, uno de los territorios indígenas más combativos de la nación. Aquí vienen familias enteras, niños, ancianos, jóvenes o adultos de las etnias Quillancingas, Yanacona, Wayúu, Sibundoyes, Nasas, Guambianos, Emberas, corteros de caña de azúcar, campesinos, desplazados, mestizos, zambos, mulatos, negros, criollos, blancos, gringos, en fin todas las razas de la tierra todas las sangres todas. Sus únicas armas son las guitarras, charangos kenas y sikus y los clásicos bastones de mando de la Guardia Indígena. Esta es una organización popular basada en la no violencia para resolver los conflictos.
No es una sorpresa que los hayan estigmatizado una vez más acusándolos de terroristas, de delincuentes o de no querer integrase a la sociedad civilizada (Vargas Llosa ya lo dijo "los indígenas son el mayor obstáculo para el progreso") Son calificados de indios patisucios y malolientes, despreciados por la sociedad mestiza que se cree aria y de rancio abolengo ¡Qué ingenuos! esos infames no se dan cuenta que por sus venas también corre sangre aborigen pero odian sus ancestros y subliman una falsa identidad blanca, católica y apostólica.
La gran minga, una de las manifestaciones más multitudinarias que se hayan visto en Colombia no viene a pedir nada sino exigir sus justos derechos de tierra y libertad, respeto a la vida y sus costumbres, Saben que igual que la naturaleza están en peligro de extinción. Ellos son los jornaleros, los trabajadores de la tierra que abastecen los mercados de la ciudades, son las víctimas directas de la guerra interna y cada día son menos pues no les queda otra que emigrar a la ciudad para salvaguardar sus vidas. El ciudadano o el consumidor poco le importa la tragedia del indígena o del campesino colombiano pues vive hipnotizado frente al televisor o las computadoras inmersos en una realidad virtual más propia de extraterrestres. Embuchados de propaganda se agolpan en los grandes centros comerciales a comprar su ración de alimentos procesados no aptos ni para los cerdos. Y pare de contar.
Es una alegría el ser testigos de esta gran manifestación de dignidad y de resistencia. Hoy por hoy los pueblos originarios tienen la palabra, porque lo demás es pura entrega y sumisión a las leyes del capitalismo. Pero lo más deprimente es la poca solidaridad que se le ha ofrecido a la minga indígena a su llegada a Cali. Parecieran más bien extranjeros, unos pobres indios rebeldes sin oficio ni beneficio, que es como les califican. Tal vez si fuera un grupo de rock famoso de los Estados Unidos se hubieran llenado los estadios. Pero no, aquí en Cali, llegaba un desfile de parias y pocos ciudadanos se hicieron presentes a darles la Bienvenida. Seguramente estaban durmiendo la mona de la borrachera o seguirían el After party esnifando cocaína en alguna discoteca de moda. Cali es la capital de la rumba, el vicio y la bohemia.
Los dirigentes indígenas y los manifestantes se concentraron en el centro de la ciudad donde esperaban que le presidente Álvaro Uribe se hiciera presente para estudiar con ellos sus propuestas. Esta era una cita pública y no privada, como lo pretendía el mandatario. La minga indígena redactó un pliego de peticiones que se debería discutir en una asamblea popular. Pero Uribe Vélez no aceptó. El adalid de la seguridad democrática adujo razones de seguridad y no fue capaz de darle la cara al pueblo y prefirió refugiarse en el hotel Sheraton. Claro su majestad sin sus ejércitos y guardaespaldas se siente sin autoridad. Si no está respaldado por el poder de las armas no vale ni un pepino. La tan elogiada democracia nos es nada más que una vil dictadura de la clase burguesa que aliada con los militares, narcotraficantes y paramilitares manejan el país.
Aquí no valen los votos sino las balas. Los más humildes solo tienen derecho a ser despojados de sus tierras, asesinados o masacrados por los batallones del Esmad o el ejército. Si los pudieran fumigar para quitárselos de encima, ya lo habrían hecho pero los detiene el qué dirá la comunidad internacional y los organismos de derechos humanos.
La minga indígena se quedó esperando el presidente, pasaron las horas y nada de nada. Ya cuando se retiraban apareció desde un puente Uribe Vélez con altavoz en mano rogando dialogo y comprensión. De inmediato fue abucheado por los indios rebeldes que le gritaron “Uribe, paraco el pueblo esta verraco” Junto a sus guardaespaldas y el séptimo de caballería se retiró el minúsculo reyezuelo con el rabo entre las piernas sin darle la cara al pueblo soberano. Se ha comprobado que él sólo se sienta en la mesa de los ricos, de los empresarios e inversionistas o lo que le gusta es irse a Washington a hacerle una felación a lo Lewinski a su amado George Bush en el despacho oval.
Así que la minga de resistencia tendrá que continuar su lucha y seguramente seguir caminando hasta Bogotá, o tal vez mejor hasta Washington que es donde reside el jefe de jefes. Los caminantes se desbordan por las calles de Calí y regresan a la universidad del Valle donde han instalado un campamento con cambuches de plásticos y carpas. La verdad es que su existencia es austera y necesitan muy poco para subsistir algo fundamental. Esa es la clave: los bomberos los bañan a manguerazos y en grandes pailas y ollas preparan alimentos como el sancocho de papa, arroz, yuca o plátano que se reparte solidariamente entre los manifestantes.
Uno de los principios filosóficos es el compartir en comunidad en contradicción al individualismo occidental que nos vuelve avaros e indiferentes. Su misión es caminar y caminar, escribiendo la historia con los pies, despertando las conciencias y devolviéndole al pueblo un rayo de esperanza para hacerle frente a la globalización criminal. Los más humildes nos dan un ejemplo de lucha y entrega, un sacrificio que sin lugar a dudas tiene que ser correspondido. No es posible postrarse de rodillas y entregarse con mansedumbre, hay que vender cara la piel pues los oprimidos y vilipendiados no tienen nada que perder y si mucho que ganar. Tal y como lo dijera el gran jefe Indio Norteamericano Toro Sentado: “llaman violento al rió que se desborda y no al cauce que lo oprime”
Carlos de Urabá, investigador colombiano.
La Haine







