Diego, siempre Diego

Ese pequeño hombre, como todos, ese gran hombre, como ninguno, Maradona, Diego, El Diego. Y aquí el meollo de la cuestión. Toda la historia del fútbol argentino, toda, no la de los últimos años, se condensa de una manera laberíntica pero inexorable en su persona. Y si el fútbol en la Argentina es constructor de identidades nacionales, portadora de contradicciones, arrogancias, fracasos, no hay más remedio que concluir que por carácter transitivo, El Diego sintetiza buena parte del drama de la argentinidad.
Ese eterno caer y levantarse, morder el polvo, la humillación, la gloria máxima, los claroscuros, la transparencia del pibe de barrio, la ilusión del “cebollita” de jugar un mundial y consagrarse en primera, el rey del mundo, Dios, ese Dios humano, al decir de Eduardo Galeano, ese Dios que nos representa porque es uno de nosotros, no inmaculado sino sucio, contradictorio, lleno de miserias y de grandezas. Y también, como supo serlo Evita, el ab anderado del pueblo postergado. Diego nunca se olvidó de sus raíces, es más, siempre las reivindicó. Sus aritos de diamante, su tapado de zorro blanco, no solo adornaban sus orejas ni abrigaban su cuerpo, sino que al mismo tiempo, también vestían a todos los de su clase.







