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30/11/2019 :: Brasil, Anti Patriarcado

El aborto y el odio de género en Brasil

x Juan Domínguez y Araceli Carrizo
Entrevista con Debora Diniz, profesora, cineasta y antropóloga brasileña. Hay una guerra que proviene de una moral patriarcal, de una supremacía masculina en el poder

En lo que va del año 2019, y a partir de la asunción de Jair Bolsonaro como presidente de Brasil, el país atraviesa por una agitación política permanente, que penetró de lleno en toda la sociedad y provocó cambios que significan un innegable retroceso en cuestión de derechos y garantías dentro de un Estado democrático.

El hecho de Bolsonaro de defender la dictadura no es algo gratuito. Sus dichos calan hondo en la mentalidad de gran parte de la población que lo llevó a la presidencia. Y una especie de onda de virulencia políticamente intolerante sacude al país desde 2018. Los blancos de este odio son los movimientos sociales, los intelectuales, la prensa independiente, los sindicatos, la población LGBT y, entre otros, los movimientos feministas. La sensación que se vive en el país es de un estallido social a punto de explotar en cualquier momento.

Tres de los más destacados intelectuales brasileños tuvieron que abandonar Brasil ante la escalada de amenazas (por mail, por teléfono, en los medios digitales de comunicación e incluso, en la calle) que tornaron sus vidas un infierno insostenible de ser vivido. Marcia Tiburi, Jean Wyllys y Debora Diniz se exiliaron forzosamente, ocultando sus paraderos en el exterior, como una forma prudente de resguardarse y resguardar a sus seres queridos de la furia conservadora que cada día se cobra una nueva víctima.

Con los casos de violencia doméstica creciendo en número y en nivel de brutalidad, la discusión sobre a descriminalización del aborto se tornó una verdadera bomba política, capaz de hacer que Debora Diniz tenga que abandonar la universidad donde daba clases y realizaba investigaciones como antroóloga a causa de amenazas concretas de sufrir un atentado, amenazando también la vida de los alumnos y de sus colegas.

Diniz trabaja hace años como profesora, cineasta, antropóloga e investigadora. Su investigación más importante es la PNA, que traducida sería “Investigación Nacional sobre el Aborto”, publicada en 2010. Desde entonces, actúa publicando documentales, ensayos, y textos, en varios idiomas, para demostrar que una de cada cinco mujeres brasileñas ya realizó un aborto. Esto, en números concretos, significa que ya son veinte millones de mujeres en ese país las que se ven afectadas por esta situación. Esta investigación es acompañada por la tesis que demuestra que las mujeres más afectadas, las que son más vulnerables a morir durante la práctica de un aborto, son las mujeres pobres, negras, indígenas o de barrios marginales. O sea, que la problemática del aborto, además de ser una cuestión de salud pública, se trata de una problemática social y étnica.

—Tu única conexión con el mundo digital hoy es twitter, ¿verdad?

—Sí, tuve que dejar Brasil en septiembre de 2018, lo que volvió imposible quedarme y practicar mi actividad como profesora. Las amenazas fueron contra mí, mi familia, mi esposo, mis padres, mis estudiantes. Por lo tanto, no era solo un sentido de autoprotección, sino un sentido de responsabilidad como docente; yo ya no podía estar en la universidad ejerciendo mi cargo de profesora. Y como me vi obligada a vivir otra vida que era diferente de lo que hice durante 25 años, quería mantener un poco de espacio para comunicarme con el mundo como siempre lo hacía, y ese espacio fue twitter. Entonces para mí ese lugar es tipo una plaza pública donde hablo y mantengo el diálogo como creo que debería ser, civilizado pero permanente, para garantizar la democracia.

Me gustaría comenzar explicando a la gente, a todos los que están a favor y en contra del aborto, de qué se trata el mundo del aborto clandestino. Porque cuando hablamos de la despenalización del aborto, estamos diciendo que hay un mundo hoy que, independientemente de si el aborto está penalizado o no, está funcionando y es el mundo del aborto clandestino.

—¿Podrías contar un poco cuáles son los métodos y los productos que se usan, cuál es la consecuencia en el cuerpo de esta mujer que busca estos recursos en la clandestinidad?

—El aborto en Brasil es un crimen y es un crimen en cadena. Una mujer que tiene un aborto puede terminar en la cárcel, por lo que, cuando hablamos de que el aborto sea criminalizado, debemos entender que estamos hablando de una de las penas más graves que el Estado puede imponer a una persona, y es la de enviar a esa persona a la cárcel.

—¿Quién es esta mujer que el Estado amenaza con encarcelar?

—Son mujeres ordinarias. Lo que sabemos de un estudio de la Organización Panamericana de la Salud es que al menos se trata de una de cada cinco mujeres aquí en Brasil. Detente y piensa en cinco mujeres que conoces en tu vida. Una de ellas tuvo un aborto antes de cumplir los 40 años. Una de cada cinco mujeres ya tuvo un aborto. Esta mujer que es una mujer de tu familia, tu madre, tu pareja, tu hermana, tu hija, tu vecina, podría haber ido presa. Entonces, el aborto es un evento común en la vida de las mujeres. Pero cuanto más criminalizamos, así como sucede en Brasil, así como sucede en América Latina (que es la región que más criminaliza en el mundo), más colocamos a las mujeres en amenazas de cárcel, y la paradoja es que aun así tenemos mayores tasas de aborto.

Entonces, ¿cómo se puede prohibir, amenazar con la cárcel, y estas mujeres continúan teniendo abortos? Por dos razones, primero, porque cuando nosotros despenalizamos y colocamos el pecado, la culpa, el secreto, la clandestinidad, perdemos una oportunidad de resolver las dudas que esta mujer tiene sobre su vida reproductiva, sobre el uso de la píldora, sobre el uso del condón o si experimenta violencia y no tiene con quién hablar. Porque si está teniendo un aborto es porque algo malo ha sucedido en su vida reproductiva. Entonces llega al hospital y tiene miedo de decirle la verdad al médico o la enfermera. Ahí es que hemos perdido la oportunidad de evitar un aborto espontáneo. También perdemos la posibilidad que esta mujer les diga a otras mujeres cómo no entrar en una situación de aborto. La criminalización aumenta el aborto. Lo que sabemos en países donde el aborto ya no es un delito es que se reduce la tasa de abortos. ¿Por qué? porque al despenalizar podemos hablar de la situación. El método principal por el cual las mujeres abortan en Brasil es con el uso de un medicamento llamado misoprostol o Cytotec.

—¿Es posible decir que la problemática del aborto impacta más a sectores sociales y étnicos más vulnerables?

—Sin lugar a dudas, la criminalización del aborto tiene un mayor impacto cuanto más vulnerable sea la mujer. Cuanto más joven sea. Si es negra, parda, o indígena, y si tiene menos educación. Observamos a esta mujer promedio, que es una de cada cinco. Si ella es una mujer común, que va a sufrir los riesgos de esconderse, por lo que puede morir, o por lo que puede tener secuelas permanentes en la vida. Estas son las mujeres más pobres, más vulnerables y las más dependientes del Estado. ¿Quién comprará los medicamentos en el mercado clandestino? ¿Cómo podemos perseguir a estas mujeres marginales que no tendrán acceso a las mejores clínicas, y van a pasar sin control, en la clandestinidad, por estos métodos que son profundamente riesgosos, con sondas, u objetos perforantes, y que, por consecuencia, pueden morir?

—¿Cuál es el nivel de mortalidad que existe?

—Este es un hecho en Brasil que depende directamente de las capacidades de monitoreo de lo que llamamos comités de muerte materna, y cada muerte de una mujer en edad reproductiva durante el período que podemos llamar puerperio durante el embarazo debe investigarse. Aquí hay un punto muy importante: el punto más fundamental de una discusión sobre la despenalización del aborto, por supuesto, es la muerte de una mujer. Una mujer que muere en edad reproductiva por una necesidad de salud, debería ser considerado un crimen del Estado.

Pero tenemos otros problemas también. Esta mujer arriesgando su vida, esta mujer común y corriente que tiene que ir al mundo del crimen. Esta mujer que ya es madre (porque muchas madres intentan el aborto, porque saben que no pueden sustentar más hijos) tiene que arriesgarse a morir en el mundo del crimen. No estamos hablando de la fantasía de una adolescente, de una niña que va a una fiesta y tiene relaciones sexuales. No, estamos hablando de mujeres que saben lo que es criar un hijo, y que, por cualquier contingencia, quedaron embarazadas. Y que son tan responsables de su maternidad que no pueden tener otro hijo.

—¿En qué medida hemos retrocedido este año con la elección de Bolsonaro con respecto a los derechos de las mujeres a sus cuerpos?

—El retroceso brasileño fue tremendo en el último año, especialmente después de la campaña y el comienzo de la campaña del presidente Bolsonaro. No solo hubo una evangelización del Estado brasileño, sino una religiosidad de las instituciones del Estado. Pasamos por una crisis política que se canalizó en la persecución a las mujeres, a las poblaciones LGBT y a las discusiones sobre temas de género. Esa fue la bandera por la que él fue elegido. Fue elegido a partir de la demonización de los movimientos sociales en los que se refugian las minorías. Él supo explotar el mecanismo de producción de noticias falsas, y así se construyó un odio masificado contra las mujeres, los movimientos LGTB, los indígenas, y todas las minorías.

Brasil es un laboratorio experimental de la potencialidad de los medios digitales para la distorsión de la realidad. Durante los primeros seis meses de la presidencia de Bolsonaro, tuvimos el mayor número de proyectos de ley sobre el aborto en el Congreso Nacional, la gran mayoría de ellos para una mayor criminalización del aborto. En este momento existe un debate parlamentario sobre la criminalización total del aborto, incluso para salvar la vida de la mujer. Esto avanza en silencio, porque los escándalos de corrupción lo tapan todo. Pero la acción moral se está moviendo en el Congreso Nacional, formado por parlamentarios religiosos que creen que la religión viene antes de la constitución.

—Casualmente, las tres figuras más famosas exiliadas durante el gobierno de Bolsonaro son Marcia Tiburi (una mujer escritora, profesora e intelectual). Jean Wyllys (profesor, intelectual, escritor y activista por los derechos LGBT), y vos (mujer, profesora, escritora, cineasta, intelectual). ¿No te parece que hay un patrón, que se puede percibir algún tipo de odio patriarcal materializado en violencia política?

—No es una coincidencia, hay una cruzada de género. Es lo que puedo describir. Una guerra que proviene de una moral patriarcal, de una supremacía masculina en el poder. La cual se expresa contra las mujeres que ocupan espacios de habla o de escritura, y contra un hombre gay que ocupa un espacio de representación política de la comunidad LGBT. Marcia incluso era candidata para el gobierno del estado de Río de Janeiro, por lo que había dos involucrados en una política formal, y la mía, una política de derechos humanos, con toda la acción a través del poder judicial. No es una coincidencia, es imposible reconocer que el hombre este, un patriarca en el sentido más retrógrado, esté en la representación del poder y sea voz para la provocación del odio y el repudio hacia los que trabajamos para la garantía de los derechos fundamentales. Entonces sí. En Brasil hoy existe una moral patriarcal, una cruzada y un evidente odio de género.

Nodal / La Tinta

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